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Full text of "Tratado del alma;"

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v.e)S7<^v 


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University  of  Toronto 


http://www.archive.org/details/tratadodelalnnaOOvive 


PROLOGO 

Si  en  la  historia  de  la  filosofía  española  qui- 
siéramos buscar  un  nombre  que  representara 
en  ella  un  valor  semejante  al  de  Descartes, 
Bacon  o  Kant  en  la  de  Francia,  Inglaterra  o 
Alemania,  seguramente  habríamos  de  acordar- 
nos del  de  Luis  Vives.  Porque  ni  nuestros  mís- 
ticos, no  obstante  su  alta  y  tal  vez  incompara- 
ble significación,  ni  la  pléyade  de  nuestros 
grandes  juristas,  sin  los  cuales  no  podría  expli- 
car la  historia  cabal  y  completamente  la  perso- 
nalidad de  Grocio,  y  en  su  consecuencia,  la  de 
todo  el  movimiento  de  la  filosofía  del  derecho 
en  los  siglos  xvii  y  xviii,  ni,  en  fin,  ninguno  de 
nuestros  teólogos,  aunque  alguno  como  Suárez 
vaya  vSubiendo  cada  vez  más  en  jerarquía,  pue- 
den ser  en  justicia  considerados,  al  modo  de 
Luis  Vives,  como  un  eslabón  en  la  cadena  del 
pensamiento,  sin  el  cual,  no  ya  esta  o  la  otra 
actividad  especulativa  quedaría  disgregada  y 
suelta  de  la  totalidad  y  del  conjunto,  sino  que 


VI  PROLOGO 

la  evolución  y  la  continuidad  lógica  de  la  filo- 
sofía entera  quedaría  truncada  y  deshecha. 

En  efecto,  bastará  para  justificar  nuestra 
aserto,  la  sencilla  consideración  de  que  no 
podríamos  comprender  nunca  el  alcance  y  la 
significación  de  la  filosoñ'a  moderna  si  desco- 
nociéramos el  valor  sustantivo  y  la  finalidad 
suprema  del  Renacimiento,  y  éste  sería  inexpli- 
cable si  prescindimos  de  lo  que  en  él  represen- 
tan, especialmente  Erasmo  y  nuestro  gran  pen- 
sador. 

Hemos  de  ver,  por  tanto,  en  Luis  Vives,  un 
filósofo  que  entra  por  derecho  propio  en  la 
historia  universal  de  la  especulación  filosófica, 
aunque  su  intelecto  tenga,  como  era  y  será 
siempre  necesario  en  semejantes  casos,  aquella 
modalidad  y  aquella  característica  distintiva  e 
inconfundible  de  la  raza  y  del  pueblo  de  donde 
procedía.  Esto  quiere  decir,  que  la  doctrina  y 
la  concepción  total  de  nuestro  filósofo  na 
puede  ser  íntegramente  comprendida  si  no  es 
considerada  desde  el  doble  punto  de  vista  de 
lo  humano  y  de  lo  nacional,  o  si  se  quiere, 
de  lo  universal  y  podríamos  decir  genérico  y 
objetivo  de  la  indagación  filosófica,  y  desde 
aquel  otro,  en  que  la  propia  especulación  se  nos. 
ofrece  condicionada  y  como  moldeada  por  los 
elementos  inseparables  de  su  propia  esencia^ 


PRÓLOGO  VII 

el  del  lugar  y  el  del  tiempo,  y  el  que  a  nosotros 
ahora  más  nos  importa,  el  de  su  raza  y  su  na- 
cionalidad. O  si  se  nos  exigiera  una  mayor 
concisión  en  lo  que  queremos  expresar,  que 
habrá  que  estudiar  en  Luis  Vives,  su  doble  cua- 
lidad de  filósofo  y  de  español,  cuando  se  pre- 
tenda conocer  el  valor  íntegro  de  su  doctrina 
en  la  historia  de  la  cultura. 

Ahora  bien,  si  después  de  enfocada  de  esta 
manera  nuestra  atención,  nos  preguntamos  en 
primer  término,  cuáles  son  las  aportaciones  más 
decisivas  de  carácter  y  valor  universales  que 
nuestro  genial  pensador  hace  a  la  investigación 
filosófica,  nos  sería  muy  difícil  dar  una  contes- 
tación rápida  y  sencilla,  como  podría  darse  de 
cualquiera  otro  filósofo  de  su  representación  y 
de  su  categoría.  Y,  sin  embargo,  tal  vez  no  fue- 
ra imposible  encontrar  en  sus  libros,  los  gérme- 
nes unas  veces,  las  raíces  otras,  en  ocasiones 
las  plantas  ya  formadas,  cuyas  flores  han  embe- 
llecido más  la  cultura  europea  de  la  época  mo- 
derna, y  cuyos  frutos  han  sido  atribuidos  a  sus 
más  grandes  representantes. 

¡Cuántas  veces  por  entre  las  líneas  de  sus 
obras  inmortales  hemos  sido  llevados  a  inter- 
calar nombres  como  los  de  Comenio,  Bacon, 
Descartes,  Newton,  Leibniz,  Kant  y  aun  los  de 
poetas  como  Shakespeare  o  Calderón,  cuando 


VIII  PROLOGO 


hemos  sorprendido  coincidencias,  y  probable- 
mente repeticiones  de  sus  mismas  ideas,  en  las 
páginas  más  profundas  y  características  de  estos 
genios  incomparables!  Y  es  que  ningún  otro 
gran  pensador  de  su  época  representa,  como 
Luis  Vives,  el  entronque  del  espíritu  moderno 
en  toda  su  inagotable  complejidad  y  policro- 
mía, con  la  cultura  greco-romana  y  con  lo  más 
excelso  y  supremo  de  la  inspiración  genuína- 
mente  cristiana.  Y  así  es  como  se  explica,  que 
no  sepamos  a  punto  cierto  dónde  situarlo,  si 
entre  aquella  corriente  de  pensadores  que  han 
hecho  de  la  conducta  y  de  la  acción,  de  la  mo- 
ral propiamente  dicha,  la  finalidad  última  e  in- 
superable de  la  humanidad  en  la  tierra,  o  en 
aquella  otra,  para  la  cual,  la  ciencia,  la  especu- 
lación, el  conocimiento,  es  cifra  y  compendio, 
alfa  y  omega  de  cuanto,  como  seres  de  razón, 
nos  está  encomendado  realizar  en  el  mundo. 

Tocaba  a  un  español  realizar  la  obra  de  pre- 
sentar a  la  filosofía  del  siglo  xvi,  una  concep- 
ción genial  y  admirable,  en  la  que  se  equili- 
braran y  se  armonizaran  perfecta  y  adecuada- 
mente estas  dos  tendencias,  que  desgarran  más 
que  escinden  y  separan  las  modaUdades  del  es- 
píritu moderno,  y  tal  vez  sea  ésta  la  enseñanza 
más  preciada  que  nos  haya  dejado  a  sus  com- 
patriotas. Porque  bien  pudiera  suceder,  que  la 


PROLOGO  IX 


misión  que  nos  toque  realizar  en  el  campo  de 
la  indagación  filosófica,  cuando  propiamente 
seamos  un  órgano  vivo  de  la  investigación,  sea 
el  de  llevar  al  acuerdo  y  a  la  conciliación  en  un 
plano  más  complejo,  y  en  su  consecuencia  más 
elevado,  teorías  y  doctrinas  que  se  ofrezcan 
como  antagónicas  e  irreductibles  para  otras  po- 
siciones menos  complicadas  del  intelecto.  Pue- 
blo el  nuestro  el  más  vario  y  rico  de  composi- 
ción de  todos  los  de  Europa,  en  cuyo  territo- 
rio se  han  entrecruzado  las  lenguas,  las  artes, 
el  derecho,  la  ciencia  y  la  filosofía  de  las  civili- 
zaciones más  diversas  y  apartadas,  ^no  será  el 
propiamente  llamado,  cuando  purifique  y  des- 
envuelva los  elementos  vivos  y  eternos  de  esas 
culturas,  para  encontrar  el  sentido  y  la  fórmula 
de  humanidad  en  que  todas  necesariamente  han 
de  coincidir? 

Cuando  vemos  que  nuestro  Luis  Vives  es  el 
pensador  en  que  aparecen  como  definitiva- 
mente unidos  Platón  y  San  Pablo,  Aristóteles 
y  San  Agustín,  Cicerón  y  Séneca  con  los  Evan- 
gelios, el  Cristianismo  en  suma,  con  el  espíritu 
de  Atenas  y  de  Roma,  y  al  propio  tiempo  le 
vemos  abrir  ancho  camino  al  estudio  amoroso 
y  paciente  de  la  naturaleza  en  toda  su  inagota- 
ble variedad,  sacar  a  plena  luz  de  la  reflexión 
el  valor  sustantivo  e  irremplazable  de  la  mate- 


PROLOGO 


mática  para  toda  la  investigación  científica, 
mostrar  el  influjo  del  arte  en  la  cultura  y  en  la 
formación  del  espíritu,  describir  con  mano  fir- 
me y  segura  el  sistema  de  educación  que  en 
sus  orientaciones  fundamentales  pudiera  ser- 
virnos en  el  siglo  en  que  vivimos  como  ideal  y 
definitivo,  distinguir  y  separar  inapelablemente 
las  ciencias  particulares  de  la  metafísica,  y  mos- 
trarnos, por  último,  en  el  siglo  xvi,  el  programa 
de  la  vida  ciudadana  de  nuestros  tiempos  ma- 
duros de  libertad,  y  todo  ello  sin  violencia,  con 
la  aparente  sencillez  con  que  el  árbol  produce 
sus  frutos  o  la  fuente  vierte  su  agua,  no  puede 
parecer  absurda  nuestra  anterior  afirmación. 

[Ejemplo  lleno  de  enseñanzas  y  de  promesas 
el  de  nuestro  gran  filósofo,  de  lo  que  podría 
ser  esta  raza  si  hubiera  tenido  en  sus  manos  los 
medios  y  los  instrumentos  de  cultura  de  otros 
pueblos! 

Ahora  bien,  si  circunscribiendo  nuestra  aten- 
ción al  problema  del  concepto  y  de  la  posición 
que  la  psicología  deba  tener  en  la  enciclopedia 
de  las  ciencias,  nos  preguntamos  cuál  era  la 
concepción  de  Luis  Vives,  podríamos  tal  vez 
definirla  con  rigurosa  exactitud,  respondiendo 
sencillamente,  que  es  la  dominante  y  casi  ex- 
clusiva de  los  psicólogos  contemporáneos. 

Y  en  efecto,  coincidiendo  con  ellos,  separa 


PROLOGO  XI 


de  la  metafísica  y  hace  de  la  psicología  una 
ciencia  particular  y  completamente  indepen- 
diente; adelantándose  a  todos,  se  propone  estu- 
diar primero  los  fenómenos  del  alma,  para  aco- 
meter después  la  indagación  racional  de  su  na- 
turaleza, porque  «sólo  por  sus  operaciones  po- 
demos conocer  las  cosas  que  no  son  accidentes» ; 
hace  descansar  los  cimientos  de  la  pedagogía 
en  la  ciencia  del  espíritu,  ya  que  «lo  primero  es 
conocer  el  artífice  para  saber  qué  actos  hemos 
de  esperar  de  él»;  considera,  por  último,  el  es- 
tudio y  conocimiento  del  elemento  fisiológico 
como  imprescindible  para  comprender  cabal- 
mente el  desenvolvimiento  y  el  alcance  de  los 
fenómenos  psíquicos,  y  de  un  modo  especialí- 
simo,  ¡quién  habría  de  decírselo  a  Lange  y  a 
AV.  James!,  de  las  emociones. 

Si  tenemos  en  cuenta  que  cualquiera  de  es- 
tas ideas,  que  ahora  podemos  enumerar  de  pa- 
sada y  sin  esfuerzo,  cómo  el  niño  de  nuestras 
escuelas  puede  decirnos  cuántos  y  cuáles  son 
los  continentes,  de  qué  gases  se  compone  el 
agua,  cuál  es  el  volumen  del  sol,  etc.,  repre- 
sentan una  fase  nueva,  mejor  dicho,  un  tras- 
torno en  la  concepción  tradicional  y  más  hon- 
damente arraigada  en  la  cultura  europea  res- 
pee  toa  la  naturaleza  y  a  la  función  del  es- 
píritu en  el   mundo,  y  que  es  un   pensador  el 


XII  PROLOGO 


que  la  sustenta,  que  nace  en  el  siglo  xv  y  en 
un  país  tan  poco  propicio  para  novedades  y  re- 
voluciones en  las  doctrinas  como  el  nuestro, 
surgirá,  sin  duda  alguna,  en  nuestra  mente  la 
más  decidida  admiración. 

Surgirá  la  admiración,  y  también  la  amargu- 
ra, si  somos  llevados  a  pensar,  en  que  habiendo 
nacido  entre  nosotros  el  hombre  que  no  sólo 
escribe  en  la  época  moderna  el  primer  tratado 
de  psicología,  con  el  carácter  y  con  los  méto- 
dos de  que  al  presente  se  valen  los  investiga- 
dores, sino  que  se  aventura  a  emplear  y  utilizar 
sus  enseñanzas  en  la  educación  (aspiración  que 
ahora  es  cuando  empieza  a  abrirse  camino  en 
los  pueblos  más  adelantados),  fundando  en  ella 
todo  el  sistema  v  los  diferentes  arados  de  la 
instrucción,  seamos  también  de  los  que  más 
rezagados  nos  hallemos  en  la  senda  abierta 
por  el  filósofo  genial. 

Tiempo  era  ya  de  hacer  asequibles  para  to- 
dos las  enseñanzas  de  nuestro  gran  maestro,  y 
honda  gratitud  merecen  los  que  publicando  sus 
obras  rinden  tamaño  servicio  a  nuestra  cultura. 
¡Ojalá  que  ello  sirva  para  que  en  adelante  po- 
damos presentarnos  en  la  historia  del  pensa- 
miento como  dignos  poseedores  de  tan  sobe- 
rana y  excelsa  herencia! 

Martín  Navarro. 


INTRODUCCIÓN 

EL  PADRE  DE  LA  PSICOLOGÍA  MODERNA 

POR   EL   PROFESOR   FOSTER   WATSON 

El  "padre"  de  la  Psicología  moderna  es,  en  mi  opinión^ 
Juan  Luis  Vives.  Podrá  objetárseme  que  si  empleamos 
la  palabra  "moderna"  en  una  significación  literal  rigurosa 
deberíamos  retroceder  hasta  Aristóteles,  ya  que  el  gran 
fi'lósofo  señaló  el  origen  y  desarrollo  de  la  Psicología  pre- 
socrática,  hizo  la  critica  de  la  doctrina  de  Platón  y  agru- 
pó y  organizó  la  de  aquellos  de  sus  predecesores  sobre 
que  se  sustentaba;  y  además,  mediante  sus  propias  inves- 
tigaciones y  con  su  inteligencia,  elaboró  un  sistema  orgá- 
nico de  Psicología,  que  ha  reclamado  incesantemente,  y 
todavía  reclama,  un  estudio  cuidadoso  durante  cerca  de 
veintitrés  siglos,  Santo  Tomás  de  Aquino,  quince  siglos 
después  de  Aristóteles,  reafirmó  los  soportes  esenciales  de 
la  Psicología  aristotélica,  completándola  con  una  inter- 
pretación racional,  en  la  que  en  muchos  casos  se  anticipó 
al  pensamiento  moderno  (i). 

No  liay  duda  de  que  se  puede  señalar  por  este  camino, 
la  línea  del  avance  continuo  de  la  Psicología  desde  Aris- 
tóteles, considerándolo  como  el  verdadero  fundador  de  esta 


(i)  El  Rev.  Profesor  Michael  Maher  ha  señalado  el  pa- 
ralelo entre  Santo  Tomás  de  Aquino  y  la  Psicología  moderna. 
en  su  interesante  obra  Psychology  Empirical  and  Rational. 


XIV  INTRODLCCION 


■ciencia.  Pero  nuestra  actual  división  de  la  historia  en 
antigua,  media  y  moderna,  nos  obliga  á  adoptar  nuevos 
puntos  de  partida,  no  obstante  lógicamente,  guiados  por 
el  principio  de  la  continuidad,  sea  erróneo  considerar  es- 
tas grandes  divisiones  como  cortadas  y  aisladas  las  unas 
de  las  otras.  Aun  cuando  en  el  Renacimiento,  en  el  pe- 
ríodo del  quince  y  del  diez  y  seis,  hubo  de  desenvolverse 
una  firme  y  concentrada  atención  hacia  los  problemas  psi- 
cológicos, como  igualmente  para  todo  lo  referente  á  las 
^'humanidades",  el  resurgimiento  más  importante  de  la 
ciencia  psicológica  ha  sido  determinado  manifiestamente 
por  los  grandes  pensadores  Aristóteles  y  Santo  Tomás. de 
Aquino.  y  era  de  esperar  que  continuaran  su  progreso  los 
que  partían  de  ellos  como  de  su  base. 

Se  ha  dicho  con  frecuencia,  que  el  ''padre"  de  la  Psi- 
•cología  moderna  fué  Renato  Descartes  (1596-1650).  Sin 
tratar  de  disminuir  la  gloria  de  las  conquistas  efectivas 
debidas  á  Descartes,  á  su  tiempo  y  á  su  pueblo,  en  la  es- 
fera de  la  Psicología,  sería  extraordinario,  razonando  a 
priori.  que  la  época  del  Renacimiento  (desde  1450  en  ade- 
lante) hasta  el  nacimiento  de  Descartes  (1596).  no  hubiera 
podido  producir  un  pensador  notable  en  una  clase  de  saber 
tan  esencialmente  humanista  como  la  referente  al  espíritu. 
Algunos  escritores  están  de  acuerdo  en  considerar  á  Fran- 
cisco Bacon  (1561-1626)  como  el  precursor  de  la  Psicolo- 
gía moderna.  Bacon  fué.  sin  duda,  el  defensor  más  influ- 
yente del  método  científico  y  empírico  de  todo  el  siglo  xvii. 
Y  la  Psicología  ha  logrado  sus  mayores  progresos  por  el 
cfmpleo  de  este  método.  De  esto  se  ha  inferido  que  ha 
sido  Bacon  el  primero  que  ha  señalado  los  comienzos  de 
la  Psicología  moderna.  Pero  ni  Bacon  ni  Descartes  han 
sido  los  primeros  escritores  del  Renacimiento  que  dirigie- 
ran su  atención  á  la  ciencia  psicológica,  ni  siquiera  los 
•defensores  del  método  empírico  de  la  inducción.  En  el 
más  amplio  sentido  de  la  palabra,  cada  hombre  es  un  psicó- 
logo, V  todos  emplean  el  método  inductivo;  por  tanto,  la 
paternidad  de  ambos  es  no  solamente  tan  antigua  como 
Aristóteles,    sino   por    lo   menos    como    el    hombre    mismo. 


INTRODUCCIÓN  XV 


Pero  el  consciente  valor  de  la  inducción  como  un  método 
Qe  indagación  y  de  descubrimiento  en  los  problemas  filo- 
sóficos, y  especialmente  e'n  los  psicológicos,  debe  retro- 
traerse dentro  de  la  época  del  Renacimiento,  más  allá  de 
Descartes  y  de  Bacon,  y  en  un  determinado  aspecto^  hasta 
Juan  Luis  Vives  (1492-1540). 

Vives  manifiesta  de  una  manera  explícita  su  pensamiento 
respecto  á  la  significación  del  método  empírico  inductivo, 
en  su  estudio  sobre  el  origen  de  las  artes.  El  nacimiento 
de  las  artes,  dice  Vives,  fué  deibido  á  la  observación,  uni- 
da con  el  razonamiento.  "Desde  muy  al  principio  fué  se- 
ñalada otra  observación  con  el  asombro  de  su  novedad, 
para  las  necesidades  de  la  vida;  de  un  grupo  de  hechos 
aislados,  el  espíritu  formaba  una  ley  universal,  que  con 
e]  apoyo  y  confirmación  de  otros  varios,  era  considerada 
como  permanente  y  verdadera.  Después,  este  conocimiento 
era  transmitido  á  la  posteridad.  Otros  agregaban  sus  ob- 
servaciones encaminadas  al  mismo  fin  y  para  el  mismo 
uso.  y  esta  suma  de  materias  y  de  conocimientos  hecha 
por, hombres  de  grande  y  brillante  inteligencia,  dio  naci- 
miento á  las  diferentes  ramas  del  saber,  ó  sea  á  las  ar- 
tes... Todo  lo  que  hay  en  las  artes,  estuvo  primero  en  la 
naturaleza,  de  modo  semejante  á  como  las  perlas  se  en- 
cuentran en  las  conchas  ó  las  piedras  preciosas  entre  la 
arena  (i)."  La  idea  por  la  cual  Vives  llevó  al  campo  del 
método  empírico  inductivo  la  formación  de  las  artes  y 
de  las  ciencias  fué  para  él  de  capital  importancia  cuando 
abordó  el  estudio  teóricamente  del  problema  de  la  Psi- 
cología. 

En  1538  publicó  Vives  su  obra  de  Psicología  titulada 
conforme  á  la  de  Aristóteles:  De  Anima  et  Vita.  La  de- 


(i)  Para  el  estudio  de  las  relaciones  de  Francisco  Bacon 
y  Juan  Luis  Vives,  véase  Rudolf  Günther,  Inwicweit  hat 
Ludzvig  Vives  die  Ideen  Bacas  von  Verulan  vorbereite'r  (1912), 
y  en  cuanto  al  influjo  de  Vives  sobre  Descartes,  véase  Ro- 
mán Pade,  Dic  Affectenlehrc  des  Joliannes  Ludovicus  Vi- 
ves (1893). 


XVI  INTRODUCCIÓN 


dicó  á  D.  Francisco,  duque  de  Béjar;  y  á  uno  de  sus  descen- 
dientes, otro  Duque  de  Béjar,  dedicó  también  Cervantes, 
en  1605,  El  higenioso  Hidalgo  don  Quijote  de  la  Mancha, 

En  el  prefacio  de  la  obra  dice  Vives  claramente  que 
él  no  escribe  de  las  cosas  del  espíritu  de  una  manera  neg- 
ligente ó  puramente  convencional,  pues  reconoce  que  el 
conocimiento  del  alma  se  relaciona  con  asuntos  ''de  la 
mayor  utilidad".  Para  gobernarse  uno  á  sí  propio  debe 
conocerse  á  sí  mismo  y  no  ciertamente  los  huesos  y  la 
carne,  los  nervios  y  la  sangre,  aunque  todo  ello  también; 
mas  lo  que  quería  que  se  estudiase  es  la  naturaleza  y  cua- 
lidad del  alma,  su  ingenio,  facultades  y  afectos,  así  como 
explorar  en  lo  posible  sus  diversas  y  largas  revueltas  y 
sinuosidades...  He  pensado,  dice,  por  dichas  razonas,  ex- 
plicar algunas  cosas  acerca  de  asunto  tan  importante,  y 
nmcho  más  cuando  en  ésta  como  en  las  distintas  materias 
de  conocimiento,  han  mostrado  indiferencia  los  filósofos 
modernos,  contentándose  con  lo  que  dejaron  escrito  los 
antiguos;  si  bien,  para  no  estar  totalmente  ociosos,  agre- 
garon algunas  cuestiones,  ya  de  explicación  casi  imposi- 
ble ó  ya  sin  utilidad  alguna  después  de  explicadas"... 
Primeramente,  'ios  antiguos,  al  tratar  asuntos  tan  re- 
cónditos, cayeron  y  se  enredaron  en  grandes  absurdos;  y 
no  es  extraño  que  juzgasen  tan  mal  del  alma,  como  cosa 
que  no  se  percibe  por  ningún  sentido  corporal,  cuando 
tales  necedades  dijeron  de  aquello  mismo  que  recibimos 
mediante  los  sentidos''. 

Deliberadamente  \'ives  abandona  como  siempre  el  mé- 
todo ''de  refutar  las  falsas  opiniones  acerca  del  alma,  más 
numerosas  que  en  ninguna  otra  materia,  cosa  que  sería 
muv  trabajosa,  larguísima  y  con  más  espinas  que  frutos 
por  resultado"  (i).  Él  quiere  emplear  "no  sólo  aquellas 
palabras  de  origen  y  uso  popular,  sino  también  las  de  los 


<i )  Vives,  sin  embargo,  enumera  con  alguna  extensión  las 
"falsas  opiniones"  de  sus  predecesores  en  la  investigación 
psicológica  en  su  De  Causis  Corruptarum  Artium  y  en  su  De 
Vertíate  Fidei  Christianae. 


INTRODUCCIÓN  XVII 


doctos,  para  acomodar  á  nuestro  lenguaje  las  que  son 
poco  congruentes ;  pues  no  existiendo  cosa  más  recóndita 
que  el  alma,  ni  más  oscura  é  ignorada  de  todos,  son  las 
cosas  que  á  ella  atañen  las  que  menos  han  podido  expre- 
sarse con  vocablos  perfectamente  adecuados".  Y  tratán- 
dose de  los  recónditos  problemas  del  espíritu,  el  uso  de 
un  vocabulario  preciso  es  una  parte  esencial  de  la  tarea 
de  hacerse  entender  de  los  que  los  estudian.  Y  en  lo  que 
respecta  á  la  elección  del  lenguaje  y  del  vocabulario,  será 
bueno  recordar  cuánto  influyó  y  con  qué  éxito  en  sus  su- 
cesores Francisco  Bacon,  Tomás  Hobbes,  Renato  Descar- 
tes, y,  muy  especiamente,  sobre  el  libro  tercero  del  En- 
sayo sobre  el  entendimiento  humano,  de  Locke,  pues  sería 
difícil  encontrar  una  maestría  superior,  tanto  en  el  len- 
guaje como  en  el  arte  de  expresar  las  ideas  con  cla- 
ridad. 

En  el  prefacio  dedicado  al  Duque  de  Béjar,  dice  Vi- 
ves que  se  ha  separado  de  los  estoicos,  "que  al  querer  de- 
finirlo todo  y  envolverlo  en  nimiedades  sutiles,  derrocha- 
ron hasta  el  infinito  su  molesta  palabrería",  y  no  menos 
de  Aristóteles,  que  "como  suele  se  muestra  oscuro  y  as- 
tuto". 

Pasando  al  contenido  del  Tratado  del  alma,  diremos 
que  Vives  tiene  más  empeño  en  hacer  resaltar  la  indepen- 
dencia y  originalidad  de  sus  ideas  que  en  señalar  las  coin- 
cidencias que  indudablemente  se  encuentran  en  su  libro 
con  aquellas  obr-as  en  que  se  ocuparon  del  mismo  asunto 
Aristóteles  y  Santo  Tomás  de  Aquino  (i). 

Alejado  Vives  de  la  atmósfera  de  los  torneos  dialécti- 
cos que  favorecían  la  vanidad  de  la  victoria  más  que  es- 
timulaban para  la  investigación  de  la  verdad,  se  hallaba 
en  una  situación  favorable  para  encontrar  los  nuevos  ca- 
minos. El  método  psicológico  alabado  en  su  época  exigía 
la    discusión    del    problema    respecto    á    la    naturaleza   del 


(i)  Véase  T.  G.  A.  Kater,  /.  L.  Vives  und  seine  Stellung 
su  Aristóteles;  G.  Hoppe,  Die  Psychologie  des  J.  L.  Vives; 
K.  Pade,  Die  Affectenlehre  des  /.  L.   Vives. 


II 


XVIli  INTRODUCCIÓN 


alma,  y  sin  embargo.  Vives  se  atrevió  á  escribir  su  Tra- 
tado del  Alma,  en  el  cual  dice:  "Xo  nos  importa  saber  qué 
es  el  alma,  aunque  si,  y  en  gran  manera,  saber  cómo  es  y 
cuáles    son    sus    operaciones    (i).    Esta   sencilla    renuncia 
de   la   metafísica   en   obsequio   del   examen   descriptivo   de 
las  actividades  del   espíritu,  era  un  resultado  necesario  y 
natural  de  la  protesta  de  \'ives  contra  los  antiguos  méto- 
dos  académicos   para    la    disputa   que   cerraban    la   puerta 
á   todo   progreso,  ya   que   no   se   podía   ir   más   allá   en   la 
conclusión  de  lo  que  se  contenía  en  las  premisas,  v  éstas 
descansaban  en  último  término,  sobre  abstracciones  aprio- 
rísticas.  De  esta  manera,  la  discusión  respecto  á  la  natu- 
raleza del  alma  empezaba  en  lo  desconocido  y  acababa,  ó 
únicamente  buscaba  el    apoyo   de   una  autoridad,  que  era 
igual   y    fundamentalmente  desconocida   (ya  que   no   se  la 
hacía  objeto  de  indagación).  Mves.  consecuentemente,  ale- 
jó de  su  propósito  la  discusión  de  la  esencia  del  espíritu. 
y    en    su   lugar    hizo   una    investigación    cuidadosa    de   las 
manifestaciones   del   alma   en   todas   las   actividades   de   la 
conciencia."  \'eamos  ahora,  dice,  "lo  que  es  el  alma''.  Pero 
esto  no  puede   hacerse   directamente,   puesta  y  como  pre- 
sentada ante  la  vista  la  nuda  esencia  del  objeto,  sino  ves- 
tida y  como  en  pintura,  con  los  colores  más  propios  y  ade- 
cuados que  podamos.  Ella  habrá  de  ser  observada  en  sus 
operaciones,  porque  no  se  ofrece  á  nuestros  sentidos,  mien- 
tras que  con  todos  estos,  aBÍ  internos  como  extemos,  po- 
demos conocer  sus  obras. 

"Se  demuestra  la  bondad  de!  autor  de  la  naturaleza 
para  con  nosotros  con  grandes  pruebas  y  por  todos  lados ; 
puso  á  nuestra  disposición  con  la  mayor  abundancia,  todo 
aquello  que  nos  conviene,  y  la  señal  más  evidente  de  no 
convenirnos  algo,  es  el  que  esté  apartado,  sea  raro  y  di- 
fícil de  adquirir." 

"Quien  encareció  que  nos  conozcamos  á  nosotros  mis- 
mos, no  quiso  se  entendiese  con  respecto  á  la  esencia  del 
alma,  sino  de  los  actos  necesarios  para  la  moderación  de 


(i)     Página  55   de   la   traducción. 


INTRODUCCIÓN  XIX 


las  costumbres ;  para  que,  rechazado  el  vicio,  sigamos  la 
virtud  que  ha  de  conducirnos  adonde  pasemos  la  vida  más 
feliz,  siendo  sapientísimos  é  inmortales  (i)."  Es  doctrina 
fundamental  de  Vives  la  de  que  el  valor  del  conocimien- 
to depende  de  su  valor  para  la  práctica.  El  método  de  ob- 
servación para  estudiar  las  manifestaciones  de  nuestra 
alma  tiene  un  valor  de  aplicación  que  no  necesita  que  se 
le  demuestre.  Aun  cuando,  sin  género  de  duda,  la  forma- 
ción del  conocimiento  era  considerada  como  la  única  de  un 
propio  valor  intelectual,  un  estudio  profundo  de  las  pa- 
siones como  se  presentan  en  nosotros  mismos  y  en  los 
grandes  personajes  de  la  historia,  puede  tener  un  alto  va- 
lor moral,  presentándolas  como  ejemplos  y  como  conse- 
jos. Vives  lo  comprendió  así,  y  consagró  uno  de  los  tres 
libres  del  Tratado  del  alma  al  estudio  crítico  y  constructi- 
vo de  las  pasiones. 

Hemos  visto  anteriormente  que  Vives  pone  la  finalidad 
de  los  estudios  psicológicos  en  la  observación  de  las  ma- 
nifestaciones del  alma  al  exteriorizar  sus  actividades.  Y 
de  este  modo,  cuando  observamos  los  resultados  de  la  ac- 
tividad psíquica  en  la  fenomenología  numerosa  de  los 
conocimientos,  de  los  sentimientos  y  de  los  deseos,  tanto 
€n  nosotros  como  en  los  demás,  nos  situamos  en  el  punto 
de  vista  de  'la  psicología  empírica.  Por  esta  razón,  debe 
ser  considerado  Vives  como  el  mantenedor  de  la  defensa 
de  este  método  antes  que  Francisco  Bacon  y  que  Renato 
Descartes.  No  era  muy  largo  el  paso  que  había  que  dar 
para  llegar  desde  la  Psicología  empírica  que  se  limita  á 
describir  el  proceso  de  la  actividad  mental  en  'los  otros, 
a  la  de  registrar  por  el  camino  de  la  investigación  psi- 
cológica los  resultados  de  las  indagaciones  de  lo  que  apa- 
rezca en  nuestra  propia  conciencia.  Así,  podemos  encon- 
trar en  Vives  pruebas  manifiestas  del  empleo  reflexivo  de 
la  introspección  como  método  empírico,  que  es  el  que  ca- 
racteriza de  una  manera  especial  a  los  últimos  investiga- 
dores; y  como   estas   aplicaciones  son  los  primeros  ejem- 


(i)     Páginas  54  y  55   de  la   traducción. 


XX  INTRODUCCIÓN' 


píos  de  la  introspección  reflexiva  en  los  estudios  psicológi- 
cos en  los  tiempos  modernos,  ó  sea  desde  el  Renacimiento, 
tienen  un  alto  interés  y  signiñcación. 

"Así,  dice  Vives,  siempre  que  veo  en  Bruselas  una  casa 
que  se  ve  ro  lejos  del  palacio  real,  me  acuerdo  de  Idiá- 
quez,  de  quien  era  aquélla,  y  en  la  cual  hemos  conversado 
muchísimas  vces  y  muy  largos  ratos,  cuando  se  lo  permi- 
tían sus  ocupaciones,  acerca  de  asuntos  sumamente  gratos 
para  ambos.  Pero  no  al  contrario:  es  decir,  no  siempre  que 
me  viene  á  la  imaginación  Idiáquez,  pienro  en  aquel  edi- 
ficio :  y  es  que  en  mi  espíritu  es  más  notable  el  recuerda 
suyo  que  el  de  la  casa  (i)." 

"Lo  mismo  sucede  con  los  sonidos,  con  el  sabor  y  eí 
olor.  Hallándome  en  \'alencia  postrado  con  la  fiebre,  y  ha- 
biendo comido  cerezas  con  mal  sabor  de  boca,  siempre  que 
comía  esta  fruta,  después  de  pasados  muchos  años,  no  sólo 
me  acordaba  de  la  calentura,  si  no  que  me  parecía  tenerla 
en  aquel  momento  (2)." 

Estos  ejemplos  de  la  aplicación  del  método  introspectivo 
se  relacionan  con  el  estudio  que  hace  Vives  de  la  asocia- 
ción de  dos  ideas  [recordatio  gemina].  Y  dicho  sea  de  paso^ 
no  es  cierto,  como  afirman  algunos  escritores,  que  la  teo- 
ría de  la  asociación  empiece  con  David  Hartley.  ó  con  los 
dos  Mili,  ni  siquiera  con  Tomás  Hobbes  ó  con  Juan  Loc- 
ke.  La  explicación  de  este  fenómeno  mental  se  remonta  á 
Aristóteles,  Pero  ha  de  reconocerse  que  se  debe  á  Vives  el 


(i)  Página  79  de  la  traducción.  Vives  sostiene  que  nuestro- 
espíritu  va  más  fácilmente  de  lo  más  pequeño  á  lo  más  gran- 
de, que  al  contrario.  Podría  pensarse,  según  esto,  que  la  casa 
opuesta  al  palacio  nos  llevaría  á  recordar  el  palacio;  pero  Vi- 
ves cumple  cortésmente  con  su  amigo,  sin  dejar  de  ser  psicó- 
logo, cuando  dice  que  la  casa  de  su  amigo  le  recuerda  lo  más 
importante,  ó  sea  la  idea  elevada  de  su  amigo  y  sus  conver- 
saciones  de  antaño. 

(2)     Vives  agrega    que,  por   esta    razón,   en  la   "mnemotec- 
nia"  los  "recursos"  para  excitar  la   memoria  no   deben  des- 
pertar un  interés  que  aparte  la  atención  excesivamente  de  las 
cosas  que  se  trata  precisamente  de  evocar  con  ellas. 


INTRODUCCIÓN  XXI 


progreso  que  se  inicia  en  el  Renacimiento  con  el  desarrollo 
de  la  doctrina  de  Aristóteles,  ya  que  ningún  otro  autor 
antes  que  él  hizo  de  ella  una  exposición  tan  exacta  y  tan 
completa.  Por  esto,  sir  William  Hámilton,  el  más  erudito 
de  todos  los  filósofos  ingleses,  dice,  al  ocuparse  de  la  his- 
toria de  la  Psicología,  que  "en  las  observaciones  de  Vives, 
está  compendiado  y  resumido  casi  todo  lo  más  importante 
de  cuanto  se  ha  dicho  sobre  el  problema  de  la  asociación 
mental,  lo  mismo  antes  que  después'^  (i). 

Antes  que  sir  William  Hámilton,  Samuel  Taylor  Co- 
lerjrdge  (2),  en  su  empeño  de  demostrar  que  no  debe  con- 
siderarse á  Hobbes  como  el  primer  descubridor  de  la  ley 
de  la  asociación,  como  había  sostenido  Sir  James  Mac- 
kintosih,  recuerda  el  Tratado  del  alma,  siendo  el  primer 
pensador  inglés  que  fijó  su  atención  en  el  modo  de  enun- 
ciar Vives  la  ley  de  la  asociación  de  las  ideas.  Esto 
ocurrió  en  1817.  Las  palabras  de  Vives,  anotadas  por  Co- 
leridge,  son  éstas:  Quae  simul  sunt  á  phantasia  comprc- 
hcnsa  si  altenitrum  occurrat,  solet  secum  alterum  repre- 
sentare (3),  Coleridge  creyó  que  Vives  "subordina  todas 
las  demás  causas  de  evocación  á  la  asociación  del  tiempo". 
El  espíritu  va  "a  causa  ad  affectum,  ab  hoc  ad  instru- 
mentum,  á  parte  ad  totum;  de  éste  al  lugar;  del  lugar  á 
la  persona ;  de  ella  á  sus  antecedentes,  á  sus  consiguientes, 
á  los  contrarios,  á  los  semejantes,  en  proceso  indefini- 
do" (4),  como  siendo  partes  de  una  impresión  total  en  la 
que  cada  una  debe  tirar  de  la  otra.  La  cadena  de  las  ideas 
asociadas  debe  tener  sus  eslabones  más  lejanos,  unidos 
por  el  mismo  pensamiento,  no  siendo  más  que  partes  in- 
tegrantes  de   dos   ó   más   impresiones   totales.    El   ejemplo 


(i)  The  Works  of  Thomas  Reid  (incluidas  las  Disertacio- 
nes de  Hámilton),  1872,  7^  edic.  Vol.   H,  pág.  896,  column.  f. 

(2)  Véase  la  Biographia  Literaria,  cap.  V. 

(3)  "Las  cosas  que  se  han  recibido  juntas  en  la  fantasía,  rd 
presentarse  una  de  ellas,  suele  llevar  también  consigo  la  otra." 
Página  79. 

(4)  De  la  causa  al  efecto;  del  efecto  al  instrumento;  de  la 
parte  al  todo.  Página  78. 


XXII  INTRODUCCIÓN 


señalado  por  Coleridge  es  aquel  en  que  dice  Vives,  que 
de  "Escipión  se  viene  al  pensamiento  del  imperio  turco,, 
por  las  victorias  de  aquél  en  Asia,  donde  reinaba  An- 
tíoco"  (i). 

Hámilton,   que    muestra,   por   cierto,    poca   inclinación 
hacia   Coleridge,  nos  dice  que  todo  el  último   capítulo  de- 
la  historia  de  'la  ley  de  la  asociación,  fué  transcrito,  usan- 
do  una   antigua   expresión,   del   alemán   Maass,   y   es  "un 
plagio  grotesco".  Y  respecto  al  aserto  de  Coleridge  de  que 
Vives   circunscribe    la   ley   de    la   asociación    a   la    de    la 
sucesión   de    las    representaciones    en    el    tiempo,   esto    es,. 
á   los  fenómenos  del   recuerdo,   Hámilton   sostiene  termi- 
nantemente   que    Vives    no    encierra   la   asociación  de    las 
ideas   en   el    tiempo   y   en   el  espacio,   sino   que    encuentra 
sus  manifestaciones  en  todas  las  relaciones  del  pensamien- 
to y  del  sentimiento. 

La  doctrina  sostenida  por  Vives  en  su  exposición  de  la 
ley  de  la  asociación  de  las  ideas  nos  prepara  para  enten- 
der algunos  pormenores  de  su  estudio  empírico  de  la 
memoria.  De  igual  modo  dice  que  tenemos  dos  manos, 
poseemos  dos  clases  de  memoria,  la  de  recoger  y  la  de 
retener  (2).  Las  diferentes  clases  de  memoria  que  hay  en 
los  ihombres  son  debidas  a  'la  naturaleza;  "así  se  dice  qui?^ 
Temístocles  se  distinguió  mucho  en  la  memoria  de  cosas^ 
y  Hortensio  en  la  de  palabras";  "unos  recuerdan  más 
pronto  y  mejor  los  hechos  curiosos;  otros,  los  corrientes 
y  sencillos;  quiénes,  los  públicos  ó  los  privados,  'los  an- 
tiguos ó  los  recientes;  quiénes,  los  propios,  los  ajenos,, 
los  vicios,  las  virtudes  conformes  es  lo  peculiar  de  su 
condición,  y  según  que  atienda  con  preferencia  á  unas 
ó  á  otras  cosas,  pues  'la  atención  es,  en  una  palabra,  la 
que  sanciona  la  memoria...  Tiene  grandísima  relación 
con  la  memoria  el  temperamento  natural  del  cuerpo,  como 
es  presumible  le  tuviesen  TemJstocles,  Ciro,  Cineas  y  Hor- 


(i)     Página  78. 

(2)     Dos  son  las  funciones  de  la  memoria,  como  las  de  las 
manos:  "coger"  y  ''retener".  Página  74- 


'^ 


INTRODUCCIÓN  XXIII 


tensio...  Se  fa»vorece  esta  facultad  mediante  d  régimen 
entero  de  sustento,  etc..  La  memoria  es  más  tenaz  en  el 
tardío,  como  es  más  duradero  el  sello  en  la  roca  ó  en  el 
hierro,  aunque  también  los  rápidos  vuelven  al  recuerdo 
con  más  facilidad". 

"A  lo  hondo  de  la  memoria  bajan  las  cosas  que  desde 
el  principio  se  han  recibido  con  atención  y  cuidadosa- 
mente... Cuando  á  la  memoria  primera  de  cualquier  ob- 
jeto se  une  un  vivo  afecto,  es  luego  su  recuerdo  más  fá- 
cil, pronto  y  duradero,  como  sucede  con  aquello  que  ha 
penetrado  en  nuestra  alma  con  gran  tristeza  o  con  gran 
dolor;  por  lo  cual  hay  en  algunos  pueblos  la  costumbre 
de  golpear  cruelmente  á  los  niños  que  presencian  el  des- 
linde de  sus  campos  para  que  se  recuerden  los  límites  res- 
pectivos con  más  firmeza  y  duración." 

"Adquiere  la  memoria  gran  vigor  con  el  ejercicio  y  la 
reflexión  frecuente...",  mientras  las  demás  "dotes  del  en- 
tendimiento no  se  deterioran  con  'la  interrupción  y  el 
descanso,  sino  que,  á  menudo,  con  ellos  se  restauran  y  ad- 
quieren mayor  vigor;  la  memoria  que  no  se  ejercita  se 
embota  y  hace  más  tarda  cada  día  y  más  floja  por  el  ocio 
y  la  quietud  (i)." 

"De  cuatro  distintas  maneras  se  produce  en  nosotros 
el  olvido :  cuando  la  imagen  pintada  en  la  memoria  se 
desvanece  y  borra  por  completo;  cuando  está  como  inte- 
rrumpida y  destruida  en  parte;  cuando  se  oculta  á  nuestras 
pesquisas,  y,  por  último,  si  se  halla  como  tapada  ó  cubierta 
con  un  velo,  según  pasa  en  las  enfermedades  ó  en  la  ex- 
citación pasional."  Vives  describe  el  medio  de  evocar  una 
representación  por  "una  restauración  verificada  mediante 
pesquisa  y  como  por  grados  que  nos  lleven  á  lo  que  bus- 
camos; v.  gr.,  del  anillo  al  orfebre,  de  éste  al  collar  de 
una  reina,  de  aquí  á  (la  guerra  que  hizo  su  marido,  de  la 
guerra  á  sus  caudillos,  de  éstos  á  sus  antepasados  ó  á  sus 
hijos,  de  ellos  á  los  estudios  en  que  se  ocupaban,  sin  que 
exista  límite  a'lgunO'  en  la  serie  (2)."  Estas  conexiones  se 


(i)     Páginas  75,  76  y  -]-]. 
(2)     Páginas  -]-/  y  78. 


XXIV  INTRODLCCION 


extienden  á  toda  clase  de  asuntos,  además -de  las  de  causa 
y  efecto  y  todas  las  demás  que  hemos  visto  en  la  nota  de 
Coleridge.  Vives,  por  otra  parte,  describe  un  ejemplo,  que 
no  cita  Coleridge,  pero  que  debe  aquí  recordarse,  ya  que 
hemos  acentuado  su  apelación  á  la  experiencia:  "Del  nom- 
bre de  Cicerón  se  pasa  al  recuerdo  de  Lactancio,  que  fué 
su  imitador,  y  luego  á  'la  calcografía,  porque  dicen  que 
fué  el  libro  de  este  escritor  el  primero  ó  de  los  primeros 
que  se  estamparon  con  caracteres  de  cobre." 

"Esta  reminiscencia   es:  ó  natural,   que  pasa  de  unos 
pensamientos  á  otros,  ó  voluntaria  é  impuesta  cuando  el 
alma   se  propone  llegar   al  recuerdo  de   alguna  cosa.   Las 
cosas  anotadas  y  dispuestas  por  orden  son  fáciles  de  re- 
cordar ;  y  de   este   género   son   las   verdades  matemáticas. 
También  los  versos   son  adecuados  para  su  fiel   retención 
en  la  memoria,  á  causa  del  orden  de  su  composición  y  de 
su  estructura...   que  no   permite  divagar   al   espíritu   (i)." 
El  arte  mnemotécnico  se  basa  en  ordenar  lo  que  se  con- 
fía á  la  memoria.  Y  precisamente  al  tratar  de  este  asun- 
to es  cuando  \'ives  da  su  definición  de  la  asociación.  En 
lo   que   respecta   á   las   representaciones,   "las   que    se  han 
recibido  juntas  en  la  fantasía,  al  presentarse  una  de  ellas, 
suele  lle^'ar  también  consigo  la  otra"   (2).   Según   su  cos- 
tumbre.  Vives  aclara  con  ejemplos   su  definición:   "En  la 
construcción    de    la    memoria    hay,    pues,    ciertos    asientos 
como  para  mirar  el  sitio  de  las  cosas,  desde  el  cual  nos 
viene  á  la  mente  lo  que  en  él  sabemos  que  ha  pasado  ó 
se   halla.    En   ocasiones,   simultáneamente   con   una   voz   ó 
un    sonido,    nos    sucede    algo    agradable,    y   así    nos   gusta 
siempre  que  volvemos  á  oírle,  ó  nos  entristecemos  si  lo  que 
ocurrió  fué  triste ;  cosa  que  también  se  observa  en  los  ani- 
males; si  al  llamarlos  de  cierto  modo  se  les  da  una  cosa 
que   les   guste,   acuden   alegres   corriendo   cuando   oyen   el 
mismo  sonido;  pero  si  han  recibido  daño,  tiemblan  al  oírle. 


(i)     Página   78. 
(2)     Página  79- 


INTRODUCCIÓN  XXV 


por  el  recuerdo  de  los  golpes  (i)."  Volviendo  á  la  memo- 
ria, el  otro  factor  que  señala  Vives  para  que  ésta  sea 
clara  es  el  del  tiempo.  Una  distinción  del  tiempo  es  nece- 
saria en  la  reminiscencia,  pues  de  otra  manera  se  confun- 
den las  imágenes,  de  igual  modo  á  como  si  sobre  las 
figuras  de  un  cuadro  se  pintaran  otras  después  de  un  in- 
tervalo. Las  imágenes  que  hemos  recibido  con  el  ánimo  se- 
reno y  tranquilo  dejan  impresa  su  huella  con  mayor  du- 
ración y  son  más  permanentes  cuanto  más  atención  les 
prestemos.  A  esto  se  debe  que  las  cosas  que  hemos  visto 
ú  oido  en  los  primeros  años  de  nuestra  vida,  sean  recor- 
<iadas  con  mayor  claridad.  La  causa  es  que  en  esa  edad, 
la  mente  está  libre  de  cuidados  y  de  cavilaciones.  Todas 
las  cosas  nos  parecen  nuevas.  Por  esto,  observamos  aten- 
tamente los  objetos  que  despiertan  nuestra  admiración  y 
los  imprimimos  profundamente  en  nuestro  ánimo.  Los  viejos 
se  hallan  preocupados  y  "reina  en  su  alma  un  tumulto  que 
ni  la  permite  admitir  cosa  alguna  tranquilamente,  ni  ha- 
llarla cuando  se  la  busque"  (2). 

Al  ocuparse  de  la  asociación  por  semejanza,  advirtió 
Vives  la  facilidad  para  incurrir  en  error  en  la  memoria 
y  en  el  juicio,  cuando  pasamos  de  lo  semejante  á  lo  se- 
mejante: "así  tomamos  Jorge  por  Gregorio,  problema  por 
entimema,  Píndaro  por  Pándaro,  semejanza  que  en  los 
vocablos  puede  estar  en  el  medio,  en  el  principio  ó  en  el 
fin.  Igualmente  puede  ofrecerse  el  error  con  respecto  á  lo 
que  considera  nuestra  atención  en  ciertas  cosas  ó  perso- 
nas, v.  gr.,  confundir  á  Xenócrates  con  Aristóteles;  á 
Escipión  con  Quinto  Fabio  en  las  guerras  púnicas,  á  Iro 
con  Codro  por  la  pobreza,  á  Narciso  con  Adonis  por  su 
hermosura,  al  ajo  con  las  cebollas  por  el  olor.  Del  mismo 
modo  hay  errores  de  lugar  y  de  tiempo,  de  actos  y  de 
cualidades,   cuyos  ejemplos  son  innumerables". 

"La  semejanza  perturba  también  la  memoria  como  los 


(i)     Página  79. 
<2)     Página  82. 


XXVI  INTRODUCCIÓN 


ojos  corporales,  de  suerte  que  no  puede  formar  juicio  acer- 
tado de  aquello  que  se  la  confía  confusamente  (i).'' 

Vives  observa  que  los  errores  pueden  nacer  de  la  "pr:- 
mera  atención",  que  es  cuando  se  forman  las  imág^enes,  ó 
en  la  "se^nda  reflexión"  que  tiene  lugar  "cuando  saca  con 
falsedad  lo  que  se  había  depositado  íntegramente  en  la 
memoria"  (2).  "Ayer,  dice, "  me  saludó  en  la  plaza  Pe- 
dro de  Toledo;  pero  no  me  fijé  bastante,  ni  me  acuerdo 
bien  de  ello ;  ahora,  si  alguno  me  pregunta  quién  fué  el 
que  me  saludó,  si  no  dice  otra  cosa,  me  acordaré  más  fá- 
cilmente que  si  añade:  ¿Fué  J.  Manrique  ó  L.  Abilense... 
Así  es  doble  el  trabajo:  primero,  el  de  rechazar  lo  no  con- 
o-ruente ;  después  el  de  determinar  lo  que  se  pide  (3)." 

Podemos,  pues,  ver  que  Vives  tuvo  un  concepto  claro 
del  método  empírico  de  la  introspección,  tal  como  ahora  se 
le  entiende  en  su  Tratado  del  Alma,  y  que  lo  aplicó  exten- 
samente en  el  desarrollo  de  la  doctrina,  de  la  asociación, 
de  las  ideas,  y  en  la  exposición  de  los  fenómenos  de  la 
memoria. 

Emitió,  además,  Vives  otras  ideas  que  tienen  un  gran- 
dísimo interés.  Así,  por  ejemplo,  su  reconocimiento  de 
la  necesidad  de  observar  y  distinguir  la  gran  variedad 
de  las  diferencias  que  hay  en  el  espíritu  del  hombre,  fué 
la  base  del  tratado  de  su  compatriota  Juan  Huarte,  escrito 
€n  1557  y  traducido  al  inglés  (4)  por  Richard  Carew  en 
1594  con  el  título  de  Examination  of  Men's  IVits.  Este 
libro  desarrolló  la  idea  expuesta  claramente  por  Vives  en 
el  Tratado  del  Alma,  al  pedir  que  se  observaran  los  im- 
pulsos y  las  inclinaciones  de  los  niños  en  sus  juegos  y 
en  sus  actos,  lo  cual  serviría  de  base  psicológica  para  co- 
nocer la  clase  de  estudios  y  profesiones  á  que  se  les  de- 
biera dedicar. 


(i)     Página  80. 
.(2)     Página  81. 

(3)  Página  81. 

(4)  Indirectamente,    pues   se    hizo   la   traducción   de   la   ita- 
liana de  Gamillo  Camilli. 


INTRODUCCIÓN  XXVII 


Vives  distinguió  exactamente  la  ratio  speculativa,  cuya 
fin  es  la  verdad,  de  la  vatio  practica,  cuyo  fin  es  el  bien. 
El  profesor  español,  biógrafo  de  Vives,  D.  Adolfo  Bo- 
nilla y  San  Martín,  observa  la  semejanza  de  esta  teoría 
de  Vives  con  la  que  después  desarrolló  Kant.  Vives  in- 
trodujo las  formas  subjetivas  y  a  priori  de  la  razón,  que 
él  llama  anticipationes  seu  informationes  naturah's,  y'  como 
advierte  Bonilla,  el  término  anticipationes  naturales,  es  el 
que  fué  empleado  por  Francisco  Bacon  en  el  libro  prime- 
ro de  su  Novum  Organum.  No  habrá  teólogo  ni  filósofo 
que  al  revisar  el  Tratado  del  Alma  no  le  sorprenda  el 
modo  cómo  se  estudian  los  problemas  del  libre  albedrío  y 
de  la  inmortalidad,  pues  se  plantean  de  una  manera  inte- 
resante y  característica  de  esta  época  del  Renacimiento. 

Los  educadores  deberían  realizar  lo  que  Vives  escribe- 
en  el  Tratado  del  Alma,  en  el  capítulo  que  denomina  "De- 
Discendi  Ratione"  {De  la  man-cra  de  aprender).  Busca  un 
camino  seguro  para  la  valoración  de  los  diversos  auxi- 
lios y  disciplinas  intelectivas  aportadas  por  los  sentidos,  y 
dice:  "La  marcha  del  aprendizaje  va  desde  los  sentidos 
á  la  imaginación,  y  de  ésta  á  la  mente,  como  pasa  en  la 
vida  y  en  la  naturaleza;  así  va  el  proceso  de  lo  simple- 
á  lo  compuesto,  de  lo  particular  á  lo  general,  como  es  de- 
observar  en  los  niños...  Por  eso  son  los  sentidos  los  pri- 
meros maestros  (í),  en  los  cuales  está  como  encerrada  la 
inteligencia  (2)."  En  este  capítulo  es  donde  refiere  Vives 
con  admiración  rayana  con  la  incredulidad,  "que  ha  habí  - 
do  un  sordomudo  de  nacimiento  que  aprendía  las  le- 
tras" (3),  y  advierte  que  la  enseñanza  implica  necesaria- 
mente y  en  gran  medida  el  aprender  por  cuenta  propia. 

Aun  cuando  las  teorías  psicológicas  de  Vives,  apunta- 
das anteriormente,  tienen  un  carácter  marcadísimo  de  mo- 


(i)  Compárese  con  la  afirmación  repetida  de  Rousseau,  de 
que  nuestros  primeros  maestros  de  Filosofía  son  nuestro-^ 
pies,  nuestras  manos  y  nuestros  ojos. 

(2)  Página  113. 

(3)  Página   114.  •  ' 


XXVIII  INTRODUCCIÓN 


dernidacl,  debe  quedar  bien  sentado  que  descansan  sobre  la 
antigua  concepción  de  la  Psicología  aristotélica;  y  también 
que  las  modificaciones  introducidas  en  su  exposición  están 
frecuentemente  inspiradas  de  un  modo  indiscutible  por  los 
escritores  escolásticos,  ya  que  como  español,  Vives  recha- 
zó cuidadosamente  el  utilizar  á  sabiendas  ninguna  fuente 
árabe.  Al  estudiar  las  clases  de  almas  como  diversas  de  las 
"cosas  inertes"  (ó  sea  el  mundo  de  lo  inorgánico),  las  cla- 
sifica atendiendo  al  poder  que  tengan  para  moverse  á  sí 
mismas.  Así,  atribuye,  conforme  con  los  psicólogos  aris- 
totélico-escolásticos,  un  anima  aleus  á  las  plantas;  uíi  ani- 
ma sentieus  á  los  zoófitos;  un  anima  cogitans  íi  las  aves  y 
á  los  cuadrúpedos,  y  un  anima  rationalis  al  hombre  (i). 
El  alma  del  hombre  es  la  "fonna'',  de  la  cual  es  el  cueree 
la  ''materia''.  El  cuerpo  humano  es,  por  tanto,  una  poten- 
cia que  pasa  al  acto  por  su  unión  con  el  alma.  Ahora  bien, 
este  principio  de  la  forma  haciendo  pasar  á  acto  la  poten- 
cia de  una  materia  apropiada,  es  el  que  caracteriza  á  to- 
dos los  seres  vivos,  ya  sean  plantas,  zoófitos,  aves  ó  ani- 
males superiores,  incluso  el  hombre.  Los  seres  vivos  más 
inferiores,  ó  sea  las  plantas,  poseen  el  movimiento  de  la 
nutrición,  del  crecimiento  y  de  su  aniquilamiento ;  los  ani- 
males tienen,  además,  la  sensación  y  cuanto  se  debe  al  des- 
arrollo de  las  sensaciones;  en  el  hombre,  por  último,  se 
combinan  todas  estas  cualidades,  incluso  los  deseos  que  na- 
cen de  la  sensación,  del  conocimiento  y  de  la  razón.  El 
alma  humana,  por  tanto,  es  un  resumen  de  todas  las  de 
los  seres  inferiores,  poseyendo  además  sus  facultades  aní- 
micas características.  De  aquí  surge  la  necesidad  de  un  es- 
tudio del  "a'lma  vegetativa"  como  de  la  del  "animal",  lo 
mismo  que  de  la  del  hombre.  Por  esto  se  hace  un  examen 
de  los  fenómenos  físicos  de  la  nutrición,  del  crecimiento, 
de  ía  corrupción,  de  la  generación,  de  la  sensación  (en 
su  significación  general)  y  de  los  sentidos  especiales  (en 
la  jerarquía  que  en  ellos  existe),  á  la  par  de  los  del  cono- 
•cimiento   interior,   incluyendo   la   imaginación,   la    fantasía 


(i)     Véase  la  página  63. 


INTRODUCCIÓN  XXIX 


(en  'la  cual  "los  ángeles  buenos  y  los  malos  intervienen 
para  excitarla")  (i),  el  sensus  communis,  el  juicio  y  la  ra- 
zón. Vives  nos  da  también  su  definición  del  alma  (2),  y  al 
hacer  la  habitual  indag-ación  del  lugar  en  que  se  halla,  sos- 
tiene con  Aristóteles,  que  "informa'-  el  cuerpo  entero,  au,i 
cuando  localiza  ciertas  y  determinadas  funciones,  como,, 
por  ejemplo,  en  la  parte  delantera  del  cerebro  radica  la 
fantasía,  en  la  posterior,  la  memoria,  y  asi  sucesivamente. 

Todas  estas  materias  se  contienen  en  el  libro  primero 
del  Tratado  del  Alma.  El  libro  segundo  está  dedicado  aÁ 
alma  racional  y  á  sus  facultades.  El  hombre,  dice,  ha  sido 
creado  para  la  felicidad  eterna  y  provisto  de  todos  los 
medios  para  conseguirlo.  Esto  exige  implícitamente  la 
inteligencia  para  conocer  d  bien,  la  memoria  para  con- 
servar este  conocimiento  y  la  voluntad  para  obrar.  Aquí 
tenemos  la  trinidad  del  espíritu.  Vives  describe  también, 
al  por  menor  'las  funciones  de  la  simplex  intelligentia  (sim- 
ple aprehensión)  de  la  memoria,  y  el  recuerdo,  la  inteli- 
gencia compuesta,  'la  razón,  el  juicio,  el  ingenio  y  sus  va- 
riedades individuales,  el  lenguaje,  la  manera  de  aprender 
(en  donde  indaga  por  qué  son  tan  pocos  los  pueblos  cul- 
tos), el  conocimiento,  la  contemplación,  la  voluntad  (y  aquí 
discute  el  problema  de  su  libertad  (3)  del  alma  en  gene- 
ral, del  sueño,  de  los  ensueños,  de'l  hábito,  de  la  vejez,  de 
la  longevidad,  de  la  muerte  y  de  la  inmortalidad  del  alma 
humana. 

En  el  libro  tercero,  que  trata  de  las  emociones  ó  pasio- 
nes ("affectus"),  Vives  sigue  indudablemente  á  Santo  To- 


(i)     Página  46. 

(2)  En  esto  sigue  fundamentalmente  las  enseñanzas  de 
Aristóteles:  "Animan  esse  agens  praecipium,  habitam  in  cor- 
pore  apto  ad  vitam." 

(3)  Es  digno  de  notar  que  Vives  protesta  enérgicamente 
contra  la  doctrina  admitida,  aun  muicho  después  de  su  época, 
de  que  la  voluntad  es  gobernada  ó  influida  por  el  movimiento 
de  los  astros.  El  valor  de  esta  protesta  se  aprecia  sólo  cuando- 
se  recuerda  que  Tycho-Brahé,  Keplero  y  el  mismo  Galileo 
examinan  las  clases    de  nacimientos.    (Cast  nativitiesj 


XXX  INTRODUCCIÓN 


más  de  Aquino  (i).  Hemos  ya  visto  cómo  Vives  considera 
á  la  intlig-encia  como  la  que  nos  suministra  el  conoci- 
miento del  bien  que  ha  de  realizar  la  voluntad,  y,  por  tan- 
to, debemos  prepararnos  para  hallar  que  las  "pasiones"  son 
estudiadas  en  su  relación  con  el  fin  supremo  en  que  ter- 
mina la  volición. 

Las  pasiones  son  definidas  por  Vives  como  los  "actos 
■de  'las  facultades  otorgadas  á  nuestra  alma  por  la  natura- 
leza para  seguir  el  bien  y  evitarnos  el  mal"  (2).  Existe. 
pues,  una  evidente  y  estrecha  relación  entre  la  ética  y  Ca 
Psicología.  El  estudio  de  las  pasiones,  aun  cuando  inspira- 
do en  Santo  Tomás  de  Aquino,  es  grandemente  ampliado 
con  el  auxilio  de  la  propia  observación  é  introspección. 

Por  esto,  aunque  tiende  á  hacer  resaltar  el  interés  de  In 
descripción  y  el  análisis  de  cada  una  de  las  emociones,  y 
nos  presenta  las  enseñanzas  recogidas  en  su  trato  con  las 
personas  de  todas  las  clases  sociales,  no  se  muestra  tan 
cuidadoso  como  acostumbra  en  su  Psicología  de  las  emo- 
ciones en  general.  A  'lo  menos,  no  nos  ofrece  una  doctri- 
na completa  de  las  pasiones  como  Descartes  y  Espinosa, 
encaminada,  por  una  parte,  al  estudio  de  la  emoción  en 
abstracto,  y,  por  otra,  á  formular  una  teoría  basada  aprio- 
rísticamente  en  la  matemática,  sino  que,  apartándose  por 
entero  de  puntos  de  vista  tan  generales,  señala  las  rela- 
ciones empíricas  más  profundas,  situándose  con  ello  en  la 
corriente  de  pensadores  que  media  entre  la  Escolástica  y 
ja  escuela  moderna  de  la  Psicología  descriptiva  cuando 
hace  el  estudio  de  las  pasiones. 

Vives  reduce  todas  las  pasiones  á  las  del  amor  y  el 
odio.  Todo  'lo  que  nos  excita  y  estimula  hacia  el  bien,  pro- 


(i)  Aristóteles  queda  fuera.  Como  dice  Mr.  Hicks,  "Aris- 
tóteles sublimó  el  elemento  cognoscitivo,  y  su  estudio  de  las 
emociones  y  de  la  voluntad  es  completamente  inadecuado,  si 
la  ética  y  la  retórica  son  las  llamadas  á  dirigir  la  balanza." 
Aristotle  de  Anima,  pág.  lxxii.  Para  el  paralelo  entre  Vives 
y  Santo  Tomás,  véase  Román  Pade.  Die  Affectenlehre  des 
J.  L.   Vives,  Münster,  I.  W.,   1803. 

(2)     Página  184. 


INTRODUCCIÓN  XXXI 


viene  del  impulso  del  amor,  y  todo  cuanto  nos  empuja  al 
mal,  nace  de  la  pasión  del  odio,  en  alguna  de  sus  formas. 
Esto  no  obstante,  Vives  estudia  completa  y  separadamen- 
te las  pasiones  siguientes:  el  amor,  los  deseos,  la  venera- 
ción y  respeto,  misericordia  y  simpatía,  alegría  y  gozo, 
el  deleite,  la  risa,  el  disgusto,  el  desprecio,  el  odio,  ía  en- 
vidia, los  celos,  la  indignación,  la  venganza  y  la  crueldad, 
üa  tristeza,  las  lágrimas,  el  miedo,  la  esperanza,  el  pudor 
y  el  orgullo. 

Vives  estuvo  profundamente  influido  por  la  doctrina 
-de  Platón,  especialmente  la  que  expone  en  el  "Fedro"  y 
en  el  "Banquete".  Pero  el  valor  del  libro  tercero,  como  e^ 
de  los  otros  dos,  descansa  en  la  aplicación  del  método  em- 
pírico, encontrándose  en  ellos  numerosas  observaciones  y 
ejemplos  aportados  por  su  propia  experiencia  introspecti- 
va. El  renombrado  psicólogo  Harold  Hoí¥ding  (i),  en  la 
parte  de  la  Psicología  del  sentimiento,  al  estudiar  la  risa, 
recuerda  que  Vives  observa  que  "cuando  tomamos  después 
de  sufrir  hambre  largo  rato,  los  primeros  bocados,  no  po- 
demos contener  la  risa''  (2).  Hóífding  dice  también  que, 
según  Vives,  lo  que  el  hombre  expresa  mediante  la  risa, 
Jo  manifiestan  los  animales  con  "saltos  y  gritos  infor- 
mes" (3). 

En  su  obra,  propiamente  psicológica  desde  el  principio 
hasta  el  fin,  de  'los  tres  libros  del  Tratado  del  Alma,  se 
destaca  Vives  como  el  mantenedor  del  método  empírico 
moderno  de  la  Psicología;  pero  cuando  realmente  adverti- 
mos cuan  completamente  convencido  estaba  de  su  método 
■de  observación  y  de  introspección,  es  cuando  vemos  la  per- 
sistente aplicación  que  de  él  hace  en  sus  restantes  obras  y 
en  los  asuntos  corrientes  de  la  vida.  Y,  en  efecto,  él  aplica 
constantemente  sus  principios  psicológicos  á  la  práctica 
profesional,  á  la  conducta  privada  y  de  un  modo  especial 


(i)    Bosquejo   de   una  psicología   basada   en    la   experiencia, 
traducción  española  de  D.  Domingo  Vaca. 

(2)     Página  250  de  la  traducción  de  Hóffding. 
-    (.3')     Página  252  de  ídem. 


XXXII  INTRODUCCIÓN 


á  la  función  de  la  enseñanza.  O  dicho  de  otro  modo,  se 
propone  adoptar  para  la  vida  práctica  preceptos  y  méto- 
dos psicológicos,  capaces  de  crear  el  hábito  de  -la  intros- 
pección y  formar  por  su  influjo  una  atmósfera  psicológi- 
ca, podríamos  llamarla  así,  que  nos  lleve  á  pensar  como- 
psicólogos. 

Ningún  otro  escritor  de]  Renacimiento  sobresalió  tan- 
to como  Vives  en  aplicar  á  la  educación  la  ciencia  psico- 
lógica. En  su  obra  De  tradendís  discip-linis  (1531),  está 
manifiesto  su  deseo  de  dar  á  '1?.  ciencia  de  la  educación  una 
base  psicológica.  En  efecto,  hemos  visto  que  su  estudia 
de  la  memoria  es  una  de  las  notas  más  sobresalientes  y 
características  de  su  Tratado  del  Alma;  pero  al  desarro- 
llar este  asunto  desde  el  punto  de  vista  del  educador,  es 
cuando  más  de  acuerdo  se  presenta  con  los  más  recientes 
investigadores  al  demostrar  que,  'lo  mismo  el  aprender 
rápidamente  'como  la  fidelidad  de  la  retención  en  la  me- 
moria, están  auxiliados  por  ]a  adecuada  disposición  en  que 
se  nos  presente  lo  que  haya  de  enseñarse.  Por  esto,  agre- 
ga, es  exacta  la  afirmación  de  que  el  arte  de  la  memoria,, 
es  uno  de  los  que,  según  se  ha  dicho,  carecen  los  animales. 

Sus  preceptos  para  el  cultivo  de  la  memoria  no  han 
perdido  su  interés  y  su  actualidad.  Veamos,  como  ejemplo, 
algunos  de  ellos:  Lo  que  queramos  recordar  debe  ser  im- 
preso en  nuestra  memoria,  estando  los  demás  en  silencio ; 
pero  no  necesitamos  guardarlo  nosotros,  pues  con  frecuen- 
cia, lo  que  hemos  aprendido  en  alta  voz,  es  retenido  más 
profundamente...  Es  una  costumbre  muy  útil  la  de  escri- 
bir aquello  que  necesitamos  recordar,  pues  queda  señalado 
con  la  pluma  lo  mismo  en  la  mente  que  en  el  papel.  La 
atención  se  conserva  fija  por  tiempo  más  largo,  sobre  un 
asunto,  cuando  escribimos  algo  sobre  él.  Muy  grande  es  el 
auxilio  que  recibe  la  memoria  si  se  asocian  los  razona- 
mientos á  la  materia  enseñada. 

Hemos  visto  también  que  Vives  considera  al  interés 
como  un  enérgico  estímu'lo  para  alcanzar  el  conocimiento 
de  las  cosas.  Él  llega  en  esta  dirección  de  Herbart,  no  sólo 
hasta  el  reconocimiento  de  que  el  interés  es  un  medio  para. 


INTRODUCCIÓN  XXXIII 


la  adquisición  de  los  conocimientos,  sino  á  sostener  que 
una  amplia  asociación  de  los  intereses  debiera  ser  el  fin- 
último  de  todos  nuestros  estudios.  En  la  historia  de  Car- 
los Virulus,  el  maestro  de  Lovaina,  se  nos  presenta  Vives 
con  una  orientación  tan  moderna  como  la  del  propio  Her- 
bart.  Cuando  el  padre  de  un  alumno  lo  visitaba,  sobre  toda 
en  la  hora  de  'la  comida,  tenía  un  gran  empeño  en  averi- 
guar la  profesión  y  las  cosas  que  le  interesaban,  y  se  pre- 
paraba con  el  mayor  cuidado  para  hablar'le  de  los  asuntos 
que  le  eran  más  familiares  y  apropiados  á  sus  gustos;  j 
le  requería  para  que  hablase  con  entera  libertad  de  aque- 
llo que  le  era  más  conocido.  De  este  modo  se  enteraba  en. 
un  corto  tiempo  de  pormenores  que  habría  difícilmente  re- 
cogido con  el  estudio  de  muchos  años. 

La  educación,  para  Vives,  no  es  la  preparación  para 
una  profesión,  sino  el  crecimiento  de  la  sabiduría  práctica 
para  la  vida  y  la  preparación  para  la  perfección  moraL 
En  todo  Centro  de  enseñanza  debieran  reunirse  los  maes- 
tros cuatro  veces  al  año  y  discutir  d  "modo  de  ser''  dé- 
cada alumno  para  encaminario  á  la  clase  de  estudios  para 
que  presentara  mayores  aptitudes.  El  premio  del  estudia 
no  es  el  dinero  ni  la  posición,  sino  la  cultura  del  espíritu, 
que  es  cosa  del  más  excelso  é  incomparable  valor,  puesta 
que  el  joven  debe  llegar  a  ser,  mediante  una  buena  ense- 
ñanza, más  instruido  y  má;s  virtuoso. 

Los  niños  deben  ser  clasificados  desde  un  principio  en 
la  escuela,  y  los  maestros  son  los  llamados  á  averiguar 
para  qué  clase  de  estudios  son  aptos  ó  incapaces.  Como 
Ascham  afirma,  Vives  advirtió  primeramente  que  las  in- 
teligencias más  lentas  son  frecuentemente  las  más  segu- 
ras. La  admirable  variedad  de  las  aptitudes  de  los  niños 
exige  la  más  celosa  atención  por  parte  de  'los  maestros 
para  "clasificar"  á  los  alumnos.  Esto  no  obstante,  difíci'l- 
mente  se  encontrará  alguno  que  no  pueda  ser  instruido, 
si  se  le  da  una  enseñanza  adecuada.  Y  dicho  sea  de  paso,, 
probablemente  ningún  otro  escritor  del  Renacimiento  ha 
tenido  tan  en  cuenta  el  problema  de  la  enseñaza  de  los 
mentalmente  retrasados,  de  los  sordomudos  y  de  los  ciegos,. 

in 


XXXIV  INTHODUCCION 


aun  cuando  no  estuviera  Vives  en  condiciones  de  señalar  los 
•métodos  más  adecuados  para  su  educación ;  pero  su  sólido 
•conocimiento  de  los  principios  que  deben  guiarnos  para  el 
cirltivo  de  las  diferentes  capacidades  de  los  individuos,  lo 
puso  en  camJno  de  darse  cuenta  de  todos  los  prablemas  que 
surgen  relativos  á  este  asunto.  En  este  respecto,  Vives,  ad- 
virtió con  entera  claridad  que  el  problema  fundamental  de 
la  educación  se  identifica  con  el  de  la  propia  actividad.  Así, 
abliga  a'l  alumno  á  conservar  las  libretas  de  apuntes  en  las 
•que  reúne  el  diverso  material  requerido  para   su  instruc- 
ción.  Estas   libretas  deben   tener  capítulos  y   secciones,   y 
-agregarles   un   índice   hecho   por   el   propio   alumno,   en   el 
que  se  contenga  convenientemente  clasificado  todo  cuando 
haya  aprendido  en  los  libros  y  con  los  maestros.  O  dicho 
-de  otra  forma,  el  alumno  debe  hacer  con  la  extensión  con- 
■\-eniente,  su  propio  libro  de  texto. 

También   nos   ofrece   un   buen   sistema   de  castigos   ba- 
sado en   la   Psicología,  y  sin  duda   alguna   su  experiencia 
-psicológica  de  los  exámenes,  si  podemos  llamarla  de  esta 
manera,  es  un  avance  de  los  métodos  de  nuestro  tiempo,  pues 
en  vez  de  comparar  niño  con  niño  (una  vez  comprobada 
la  gran  diversidad  de  aptitudes  que  existe  originariamen- 
te),  exige    lógicamente    la    comparación  del   niño    consigo 
mismo,  desde  su  primera  época.  "Haced  que  los  alumnos 
conserven    sus   resúmenes   escritos   en   los  primeros   meses 
con  el  fin  de  compararlos  con  los  hechos  últimamente,  y 
así  podrán  medirse  los  progresos  alcanzados  para  perse- 
verar en  el  buen  camino." 

De  este  modo,  si  por  un  lado  advierte  la  decisiva  im- 
portancia de  construir  la  Pedagogía  sobre  una  firme  base 
psicológio,  no  deja  de  reconocer,  por  otro,  el  valor  de  la 
Psicología  en  la  función  del  maestro.  El  conocimiento  de 
Ja  Psicología  es,  por  consiguiente,  esencial,  para  todos  los 
que  se  ocupan  de  cosas  referentes  al  espíritu.  ''El  estudio 
del  alma  humana  ejerce  el  influjo  más  útil  en  toda  dase 
-de  indagaciones  á  causa  de  que  nuestro  conocimiento  está 
•determinado  por  la  inteligencia  y  por  el  poder  de  nuestra 
jnente  y  no  por  las  mismas  cosas." 


INTRODUCCIÓN  XXXV 


Las  obras  de  texto  de  Psicología  recomendadas  poi 
Vives  son  la  Biblia  y  'los  tres  libros  del  tratado  De  Ani- 
mg^<%  Aristóteles  (especialmente  el  segundo  y  el  tercero)^ 
Lcl^  apropiados  para  'la  lectura  son :  Alejandro,  Temistio^ 
Timeo  de  Locrio,  el  Timeo  de  Platón,  Proclo,  Calcidio  y 
el  escritor  del  Renacimiento  Marsi'lio  Ficino,  al  cual  con- 
sidera como  guía  para  la  lectura  de  Plotino.  El  médico, 
para  Vives,  está  en  una  esfera  intermedia  entre  el  estu- 
dio de  la  naturaleza  y  el  del  espíritu,  que  deben  hacerse 
en  el  hogar.  Pero  su  aspecto  psicológico  debe  tenerse  en- 
cuenta,  no  sólo  para  los  estudios,  sino  también  para  los 
hábitos  profesionales.  No  deberá  ser  enfermizo,  ni  pálido' 
de  rostro,  para  que  no  nos  recuerde  aquella  frase  def 
evangelio:  "¿La  herida  del  médico  mata?"  Por  otra  par- 
te, el  médico  debe  vestir  con  más  'limpieza  que  lujo.  En 
su  primera  visita  al  enfermo,  se  revestirá  interior  y  exte- 
riormente  de  madurez  y  vivacidad.  Todos  los  informes  que 
juzgue  necesarios  deberá  recogerlos  de  la  manera  más 
afable  y  cortés.  Lo  oirá  todo  con  paciencia...  Jamás  cam- 
biará sus  impresiones  ni  discutirá  con  otros  médicos  ttt 
presencia  del  enfermo  ó  de  gentes  que  no  estén  enteradas 
de  lo  que  convenga  hacer.  De  otro  modo,  fácilmente  se 
despierta  en  ellos  cierto  desencanto  y  hasta  la  antipatía 
contra  unos  conocimientos  que  llegan  á  ser  considerados 
muy  adecuados  para  hacer  nacer  la  incertidumbre. 

Desde  el  punto  de  vista  del  historiador,  las  guerras 
y  las  batallas  deben  ser  considerados  como  casos  de  la- 
trocinio. El  (historiador  deberá  estudiar  las  cosas  propias 
de  la  paz,  señalar  la  gloria  y  la  sabiduría  de  los  actos  vir- 
tuosos, y  tomar  nota  de  'las  desgracias  que  acarrean  los 
perversos.  La  sabiduría  de  los  grandes  estadistas  y  !a 
de  los  que  'han  descollado  en  el  arte,  los  filósofos,  los  san- 
tos y  todos  los  que  .han  sobresalido  en  las  cosas  útiles 
deben  ser  estudiados  con  el  mayor  cuidado  é  inteligencia- 
Es  indigno,  dice,  conservar  en  nuestra  memoria  los  he- 
chos de  la  historia  debidos  á  nuestras  pasiones,  y  olvidar 
los  que  han  nacido  de  lo  más  excelso  de  nuestra  razón.  La 
historia  analiza  la  esencia  de  'la  naturaleza  de  los  seres 


XXXVI  INTRODUCCIÓN 


humanos  y  también  las  manifestaciones  del  sentimiento  y 
de  la  inteligenx:ia  del  espiritu,  y  en  su  consecuencia,  su 
asunto  descansa  manifiestamente  sobre  una  base  psicológica. 

Por  igua'l  motivo,  el  político  y  el  economista  deben 
estudiar  las  aptitudes  y  facultades  de  los  pueblos.  De  aquí 
nace  el  valor  predominante  de  'la  experiencia.  Frecuente- 
mente los  ancianos  conversan  entre  sí  de  un  asunto  de  su 
competencia  y  llaman  á  los  jóvenes  para  que  los  escuchen. 
Este  es  un  método  excelente  para  que  aprendan  los  jóve- 
nes con  tal  que  se  les  aparte  de  la  compañía  de  cavilosos 
y  obstinados  disputadores.  "Un  hombre,  como  dice  Cice- 
rón con  harta  razón,  que  desea  más  vivamente  alcanzar 
un  triunfo  dia'léctico  que  descubrir  la  verdad,  ocasiona  la 
ruina  de  la  verdadera  sabiduría."  Vives  describe  además  las 
características  mentales  que  deben  adornar  á  los  adminis- 
tradores del  pueblo,  y  recomienda  para  el  estudio  de  la 
filosofía  política,  no  solamente  á  Platón  y  Aristóteles  y  á 
otros  escritores  clásicos,  sino  también  la  Utopia  de  To- 
más Moro  y  'la  obra  de  Erasmo  Christiani  Principis  Ins- 
íitutio.  De  un  modo  igualmente  evidente,  el  jurisconsulto 
debe  ser  un  psicólogo,  pues  debe  conocer  la  naturaleza  uni- 
versal de  todos  los  hombres,  las  ideas  y  las  costumbres  de 
los  diversos  pueblos,  y,  especialmente,  las  de  las  gentes  de 
su  propio  país.  Esto  lo  consigue  mediante  una  rica  expe- 
riencia de  ver,  oír  y  de  observar  'las  cosas,  leyendo  las 
acciones  de  los  antepasados  y  los  cambios  y  mudanzas  que 
han  tenido  lugar  en  el  Estado.  Estos  hombres  necesitan 
iitia  inteligencia  viva,  nn  juicio  penetrante,  y  al  mismo 
tiempo  observar  v  valorar  cada  una  de  las  circunstancias. 

Todas  estas  indagaciones  de  Vives,  tienen  un  aspecto 
de  modernidad  por  su  constante  empleo  de  la  observación 
psicológica,  y  son  buen  ejemplo  de  la  gran  atracción  que 
siente  hacia  la  experiencia  y  hacia  'la  enseñanza  adquirida 
por  el  ejercicio  y  actuación  del  propio  entendimiento  sobre 
el  medio  que  nos  rodea,  abandonando  el  antiguo  sistema 
de  las  abstractas  explicaciones  y  discusiones  metafísicas 
sobre  los  fundamentos  últimos  de  los  fenómenos  psico- 
lógicos. 


INTRODUCCIÓN  XXXVII 


La  característica  más  señalada  de  los  escritores  del 
primer  Renacimiento  es  su  atención  concentrada  y  retros- 
pectiva sobre  la  cultura  y  la  sabiduría  de  la  edad  de  oro 
de  Grecia  y  d'e  Roma.  Pero,  esto  no  obstante,  Vives  nos 
dice  en  un  notable  pasaje  (i) :  "El  estudiante  no  debe  aver- 
gonzarse de  entrar  en  los  talleres  \  factorías,  ni  de  inte- 
rrogar á  los  obreros  para  conocer  los  pormenores  de  sus 
oficios.  En  otro  tiempo,  los  hombres  cultos  desdeñaban 
enterarse  de  estas  cosas,  que  tanta  importancia  tiene  para 
la  vida,  conocerlas  y  recordarlas.  Esta  ignorancia  ha  ido 
creciendo  en  los  siglos  sucesivos  hasta  la  época  actual... 
y  por  este  motivo,  nosotros  sabemos  más  de  la  edad  de 
oro  de  Cicerón  ó  de  Plinio  que  de  los  tiempos  de  nuestros 
abuelos."  Su  profundo  interés  por  el  aspecto  empírico  de 
la  PsicoloMa  se  infiltraba  consecuentemente  en  su  con- 
cepción  general,  impulsándolo  á  organizar  inteligentemen- 
te los  problemas  fundamentailes  del  espíritu  humano  y  de 
los  fenómenos  relativos  á  su  evolución  y  desarrollo  y 
también  de  su  acción  y  reacción  sobre  el  medio  en  que  se 
desenvuelve.  No  puede  ponerse  en  duda  que  Vives  par- 
ticipaba de  la  creencia  de  que  la  experiencia  y  las  glorio- 
sas conquistas  del  pasado  arrojaban  mucha  más  luz  sobre 
Cí^tos  problemas  de  lo  que  se  cree  probablemente  en  la 
actualidad ;  pero  su  posición  psicológica  respecto  de  la  vida 
y  del  medio  actual  en  que  se  desenvuelve  es  evidentemen- 
te mucho  más  moderna  que  antigua  ó  medioeval. 

El  nombre  de  Vives  ha  caído  en  Inglaterra  en  un  in- 
merecido olvido,  no  obstante  haber  vivido  en  esta  nación 
ei  glorioso  valenciano  durante  algunas  temporadas  de 
cada  año,  desde  1523  hasta  1528,  en  que  tuvo  que  abando- 
narla á  causa  de  su  conocida  adhesión  hacia  la  reina  Ca- 
talina de  Aragón,  la  cual  confiaba  tanto  en  su  talento,  que 
deseaba  fuera  su  abogado  ante  el  Tribunal  tan  hábilmen- 
te constituido  por  Enrique  VIII  para  juzgarla. 

En  sus  visitas  á  Inglaterra  enseñó  Vives  la  Retórica 
en  Oxford,  en  el  Coleg'io  del  Corpus  Christi,  al  cual  es- 


(i)     De  Tradendis  Disciplinis,  lib.  IV,  cap.  VI. 


XXXVIII  INTRODUCCIÓN 


tuvo  asociado.  Fué  uno  de  'ios  amigos  del  cardenal  Wol- 
sey  y  de  Tomás  Moro.  Y  sin  embargo,  es  sorprendente 
como  antes  hemos  visto,  que  se  deba  á  un  gran  escocés, 
á  Willianí  Hámilton,  que  Vives  haya  logrado  su  alto  re- 
nombre en  el  siglo  pasado,  y  también  que  otro  escocés^ 
Dugal  Steward,  sea  tal  vez  quien  con  mayor  precisión 
haya  puesto  de  relieve  el  carácter  moderno  de  la  doctrina 
de  Vives  en  este  párrafo  notable : 

"De  todos  los  escritores  del  siglo  xvi_,  parece  que  fué 
Luis  Vives  el  que  tuvo  la  más  viva  y  certera  visión  de 
la  nueva  tarea  que  iba  á  ocupar  al  espíritu  humano.  El 
siguiente  pasaje  tomado  de  una  de  sus  obras  (i)  no  des- 
merecía del  NoT/uní  Organum,  de  Francisco  Bacon :  "La 
"comparación  que  han  heoho  muchos  entre  la  superioridad 
''de  los  modernos  sobre  los  antiguos  con  la  altura  de  un 
'"'enano  puesto  sobre  las  espaldas  de  un  gigante,  es  al  pro- 
'*pio  tiempo  falsa  y  pueril.  Nadie  ha  sido  gigante,  ni  nos  • 
"otros  somos  enanos,  sino  hombres  todos  de  la  misma  ta- 
''11a,  aunque  estemos  más  altos  que  los  antiguos,  por  haber 
''sumado  á  su  estatura  la  nuestra.  Procuremos  que  en  cada 
''momento  no  les  cedam.os  en  el  estudio,  en  la  atención,  en 
'"el  cuidado  y  en  el  amor  á  la  verdad;  pues  si  carecemos 
"de  estas  prendas,  lejos  de  poder  subir  sobre  las  espaldas 
''de  los  gigantes,  anularemos  las  ventajas  de  nuestra  pro- 
*'pia  estatura,  quedando  tirados  en  el  suelo." 


(i)     De  Causis  Coruptarum  Artium,  lib.  I,  cap.  V. 


NOTA  BIOGRÁFICA 

He  aquí  algunas  de  las  fechas  más  importantes  de  la 
biografía  de  Luis  Vives. 

Vives  nació  en  Valencia  en  el  mes  de  marzo  de  1492 
y  allí  hizo  sus  primeros  estudios,  hasta  que  fué  á  Pa- 
rís en  1509,  en  donde  residió  cinco  años.  De  allí  pasó  á 
Brujas  y  á  Lo  vaina,  donde  estuvo  consagrado  á  la  ense- 
ñanza, teniendo  entre  otros  célebres  discípulos  á  Guiller- 
mo de  Croy  que  fué  cardenal  y  designado  para  el  Arz- 
obispado de  Toledo. 

En  1522  visitó  por  primera  vez  á  Inglaterra,  en  donde 
ya  conocía  al  cardenal  Wolsey,  encargándose  por  media- 
ción de  éste  de  la  educación  de  la  princesa  María  en  el 
año  1523.  En  este  mismo  año  dio  sus  enseñanzas  en  'la 
Universidad  de  Oxford. 

En  1524  volvió  una  corta  temporada  á  Brujas  y  allí 
se  casó  con  Margarita  Valdaura,  hija  de  otro  español, 
Bernardo  Valdaura.  En  los  años  su'cesivos  dividió  su  tiem- 
po entre  Brujas  é  Inglaterra,  hasta  que  en  1J28  'le  fué 
suprimida  su  pensión  por  el  Rey,  perdiendo  después  la  que 
le  había  asignado  la  Reina,  una  vez  expulsado  de  dicha 
nación,  y  ihabiendo  fracasado*  el  proyecto  de  Catalina  de 
que  fuera  su  abogado  en  su  divorcio  con  Enrique  VIII. 

Después  estuvo  dedicado  por  entero  al  estudio,  á  la 
enseñanza  y  á  la  redacción  de  sus  obras  más  importan- 
tes, siendo  escrito  el  Tratado  del  Alma  y  de  la  Vida  en 
Í538.  En  esta  época  estuvo  en  París  unos  seis  meses 
Í1536J  y  en  Breda  (1537-38).  De  allí  volvió  á  Brujas,  en 
donde  murió  á  la  edad  de  cuarenta  y  ocho  años  en  1540. 

Entre  dos  amigos  más  célebres  de  Luis  Vives  deben 
señalarse  á  Erasmo,  á  Tomás  Moro  y  á  Guillermo  de 
Budé. 

M.   N. 


PREFACIO 

DEDICADO    Á    DON    FRANCISCO,    DUQUE    DE    BEJAR, 
CONDE    DE    BELALCÁZAR,     ETC. 

No  hay  conocimiento  de  cosa  alguna  más  importante 
que  el  del  alma,  ni  tampoco  más  agradable,  ni  más  ad- 
mirable, y  que  tenga  mayor  utilidad  para  las  materias 
más  altas,  porque  al  ser  el  alma  lo  más  excelente  de 
cuanto  se  ha  creado  bajo  el  cielo,  y  aun  más  que  los  cie- 
los mismos,  sucede  que  tenemos  en  mucho  todo  aquello 
que  podamos  aprender  acerca  de  ella.  Hay  en  el  alma 
tal  variedad,  armonía  y  ornato,  que  no  se  ha  hecho 
pintura  ni  descripción  semejante  de  la  tierra  ni  del 
cielo;  es  además  inventora  y  artífice  de  las  cosas  admi- 
rables de  toda  la  vida,  hasta  el  punto  de  que  no  es  posi- 
ble contemplarla  sin  sumo  placer  y  gran  admiración. 
Desde  luego,  por  radicar  en  ella  la  fuente  y  origen  de 
todos  nuestros  bienes  y  males,  nada  más  conveniente 
que  el  conocerla  debidamente,  para  que,  una  vez  limpio 
el  manantial,  salgan  puros  los  arroyos  de  todas  las  accio- 
nes: pues  mal  podrá  gobernar  su  interior  y  sujetarse  á 
obrar  bien  quien  no  se  haya  explorado  á  sí  mismo.  En 
efecto:  lo  primero  es  conocer  al  artífice  para  saber 
qué  actos  hemos  de  esperar  de  él,  para  qué  cosas  es  apto, 
ya  como  agente  ó  paciente,  y  para  cuáles  otras  no  lo  es; 
por  eso  aquel  antiguo  oráculo,  famosísimo  en  el  mundo 
entero,  mandaba  establecer  como  primer  paso  en  el  ca- 


PREFACIO 


mino  de  la  sabiduría  éste:  «que  cada  uno  se  conozca  á 
sí  mismo»;  y  no  ciertamente  los  huesos  y  la  carne,  los 
nervios  y  la  sangre,  aunque  todo  ello  también;  mas  lo 
que  quería  se  estudiase  es  la  naturaleza  y  cualidad  del 
alma,  su  ingenio,  facultades  y  afectos,  así  como  explo- 
rar en  lo  posible  sus  diversas  y  largas  revueltas  y  sinuo^ 
sidades. 

He  pensado  por  dichas  razones  explicar  algunas  cosas 
acerca  de  asunto  tan  importante,  y  mucho  más  cuando 
en  ésta,  como  en  las  distintas  materias  de  conocimiento, 
han  mostrado  indiferencia  los  filósofos  modernos,  con- 
tentándose con  lo  que  dejaron  escrito  los  antiguos;  si 
bien,  para  no  estar  totalmente  ociosos,  agregaron  algunas 
cuestiones,  ya  de  explicación  casi  imposible,  ó  ya  sin  uti- 
lidad alguna  aun  después  de  explicadas;  tal  era  su  pru- 
rito de  gastar  las  fuerzas  hablando  de  cosas  en  absoluto 
vacías.  En  cuanto  á  los  antiguos,  al  tratar  asuntos  tan 
recónditos,  cayeron  y  se  enredaron  en  grandes  absur- 
dos; y  no  es  extraño  que  juzgasen  tan  mal  del  alma, 
como  cosa  que  no  se  percibe  por  ningún  sentido  corpo- 
ral, cuando  tales  necedades  [dijeron  de  aquello  mismo 
que  recibimos  mediante  los  sentidos.  Así,  los  estoicos, 
al  querer  definirlo  todo  y  envolverlo  en  nimiedades  su- 
tiles, derrocharon  hasta  el  infinito  su  molesta  palabre- 
ría; Aristóteles,  como  suele, '"se  muestra  obscuro  y  as- 
tuto. 

Yo  voy  á  exponer  con  más  claridad  lo  que  pienso 
según  la  norma,  no  de  la  luz  natural  con  que  sueñan  los 
indoctos,  sino  de  la  verdad,  la  cual,  tanto  en  la  natura- 
leza como  sobre  ella,  es  una  solamente  y  no  dos,  error 
del  cual  traté  con  bastante  extensión  en  ei  tratado  de 
la  Corrupción  de  las  ciencias,  y  hablaré  luego  en  los  li- 
bros de  la  Verdad  de  la  fe  cristiana.  Por  ello  no  me  ocu- 
paré aquí  en  refutar  las  falsas  opiniones  acerca  del  alma, 
más  numerosas  que  en  ninguna  otra  materia,  cosa  que 


PREFACIO 


sería  muy  trabajosa,  larguísima  y  con  más  espinas  que 
frutos  por  resultado. 

Ha  costado  en  cambio  gran  esfuerzo  el  empleo  de  las 
palabras,  no  sólo  aquellas  de  origen  y  uso  popular,  sino 
también  las  de  los  doctos,  para  acomodar  á  nuestro  len- 
guaje las  que  son  poco  congruentes;  pues  no  existiendo 
cosa  más  recóndita  que  el  alma,  ni  más  oscura  é  igno- 
rada de  todos,  son  las  cosas  que  á  ella  atañen  las  que  me- 
nos han  podido  expresarse  con  vocablos  perfectamente 
adecuados;  por  eso  hemos  tolerado  algunos,  pulido  y 
luego  adoptado  otros,  sustituido  algunos,  según  el  mayor 
fruto  para  los  lectores. 

Este  tratado  expuesto  en  tres  volúmenes:  Del  alma 
de  los  brutos,  Del  alma  racional  y  De  las  pasiones,  he 
determinado  dedicarle  á  vuestro  nombre,  oh  Francisco, 
exclarecido  Duque,  no  tanto  por  vuestros  beneficios  para 
conmigo,  que  desde  luego  son  muchos,  y  por  vuestra 
alta  consideración  hacia  mí  (lo  que  más  estimo),  como 
porque  sé  que  os  complace  ocupar  en  estos  estudios 
vuestro  buen  talento.  Es  además  el  Tratado  de  las  pa- 
siones que  contiene  el  libro  tercero,  el  fundamento  de 
toda  la  doctrina  moral,  privada  y  pública,  la  cual,  según 
oí  de  vuestros  mismos  labios  en  Bruselas,  es  la  que  os 
subyuga  y  preocupa  sobre  todas  las  restantes,  y  con  toda 
razón,  pues  ninguna  otra  es  de  tan  alta  conveniencia  para 
un  varón  principal,  si  ha  de  gobernarse  bien  á  sí  mismo, 
á  los  suyos  y  á  la  nación  entera. 


TRATADO  DEL  ALMA  Y  DE  LA  VIDA 


LIBRO  PRIMERO 

División  del  asunto.— Sólo  por  sus  operaciones  pode- 
mos conocer  las  cosas  que  no  son  accidentes — percep- 
tibles por  nuestros  sentidos— ni  están  en  ellos  envuel- 
tas. Vemos  en  el  mundo  natural  ciertos  cuerpos  pesados 
incapaces  de  movimiento,  que  ni  se  nutren  ni  crecen; 
no  mudan  de  lugar  por  impulso  propio,  sino  que  per- 
manecen siempre  fijos  en  el  lugar  en  que  desde  el  princi- 
pio fueron  creados  por  su  autor,  con  sólo  el  cambio  ex- 
terior del  aumento  que  sufren  por  agregárseles  nuevas 
moléculas,  ó  la  disminución  por  sustraérseles  otras,  tal 
como  ya  hemos  explicado  en  la  Filosofía  primera.  Otros 
vemos  que  se  nutren,  crecen  y  disminuyen  interior- 
mente; los  hay  que  se  mueven  por  sí;  otros  tienen,  ade- 
más de  esto,  sentidos  internos  y  externos;  por  último, 
hay  aquellos  que  están  dotados  de  razón  y  de  entendi- 
miento. Los  primeros,  careciendo  de  toda  fuerza  y  vigor 
propios,  no  puede  decirse  que  viven;  los  restantes,  de  los 
cuales  se  afirma  la  vida,  por  tener  aquel  impulso  inte- 
rior, forman  cuatro  distintos  grados:  los  que  únicamente 
reciben  alimento,  que  se  difunde  por  el  cuerpo  para  cre- 
cer y  reproducirse;  de  ellos  se  dice  que  tienen  vida  ó  fa- 
cultad nutridora,  y  en  este  grupo  se  contienen  todas  las 
especies;  los  que  además  han  sido  dotados  de  sentidos 
que  se  aplican  á  la  vida  sensible  ó  senciente,  como  son 


LIBRO  PRIMERO 


las  esponjas  marinas,  las  conchas  y  los  llamados  stirpani- 
tnantia,  en  griego  CwócpuTa;  luego  los  que  tienen,  además 
de  sentidosexternos,  una  cierta  vidaiinieligente,dotadade 
memoria  y  de  entendimiento,  como  las  aves  y  los  cua- 
drúpedos; por  último,  los  de  vida  racional  ó  humana,  la 
más  excelente  de  todas,  que  ocupa  un  término  medio  en- 
tre los  seres  espirituales  y  los  corporales;  tal  es  solamen- 
te el  hombre.  Así  se  distingue  la  vida  y  el  alma,  de  suerte 
que  es  en  unos  alma  alimentante;  en  otros  senciente;  en 
otros  inteligente,  y  racional  en  el  hombre.  De  cada  una 
trataremos  por  separado. 

Nutrición. — Es  nutrición  el  acto  de  convertirse  el 
alimento,  por  virtud  corporal,  en  el  cuerpo  mismo  ya 
antes  animado;  cualidad  que  existe  de  un  modo  fácil  é 
inmediato  en  aquellas  materias  que  por  sus  efectos  y  con- 
diciones son  á  propósito  para  que  de  ellas  se  sirva  la 
facultad  de  alimentarse  propia  del  ser  viviente;  pues  ni 
la  árida  madera  ni  las  cenizas  son  de  este  orden,  aunque 
á  veces,  por  los  cambios  de  las  acciones  naturales,  pue- 
dan convertirse  en  hierbas  y  en  frutos;  mas  esta  propie- 
dad es  ya  remota,  y  entonces  las  cosas  serían  muy  dis- 
tintas de  lo  que  antes  eran. 

Calor. — Dos  son  los  principales  instrumentos  que  en 
el  cuerpo  tiene  esta  vida  ó  alma  nutridora:  el  calor  y  la 
humedad;  de  ellos  el  primero  toca  propiamente  á  esa 
fuerza  de  alimentación,  mientras  que  la  humedad  per- 
tenece al  calor.  Mediante  éste  se  conserva  toda  el  alma 
en  el  cuerpo;  él  es  su  más  poderoso  instrumento;  é  igual- 
mente por  el  calor,  ó  sea  por  el  amor  divino,  se  difunde 
la  vida  de  nuestras  almas:  y  sin  él  todo  languidece  y 
muere.  Como  éste  á  su  vez  necesita  de  algo  á  modo  de 
alimento  para  no  desvanecerse  y  extinguirse  en  se- 
guida, se  ha  agregado  á  los  cuerpos  vivos  la  hume- 
dad, cual  freno  del  calor,  para  continuar  la  vida.  El 
calorse   apodera  de  la  humedad  y  la  absorbe;  en  cam- 


SED  V  HAMBRE 


bio  la  humedad  refresca  al  calor,  contiene  y  estorba  su 
rapidez. 

Regresión  del  agua  á  la  frialdad. — Y  no  es  otra 
cosa  ese  paso  del  agua  á  la  frialdad  que  mencionan  al- 
gunos filósofos  al  decir  que  el  agua  caliente  vuelve  poco 
á  poco  á  la  condición  de  su  naturaleza,  ó  sea  al  frío.  En 
efecto:  lo  mismo  el  agua  que  el  vino,  el  aceite  y  cual- 
quier otro  líquido  vuelven  al  frío  cuando  se  los  aparta 
del  fuego;  pues  lo  húmedo  por  virtud  de  su  naturaleza 
al  principio  refrena  el  calor;  y  si  es  en  gran  cantidad, 
le  consume;  por  lo  cual  todo  cuerpo  húmedo,  aunque 
esté  caliente  en  ocasiones,  se  enfría  al  quitarle  la  cale- 
facción exterior.  Volvamos  al  cuerpo  del  animal. 

Sed  y  hambre. — Cuando  en  él  domina  el  calor,  apa- 
rece la  sed,  que  es  el  deseo  de  lo  húmedo  y  lo  frío,  ó  sea 
lo  contrario  de  aquél;  entonces  hay  que  aumentar  la 
humedad  para  aplacar  los  ardores.  Si  llegan  á  la  fatiga 
al  obrar  el  calor  sobre  la  humedad  y  ésta  sobre  aquél, 
han  menester  ambos  restaurarse  y  adquirir  fuerzas;  á 
esto  se  llama  hambre,  apetito  de  caliente  y  de  húmedo  si 
el  líquido  que  la  sed  desea  es  menos  que  el  del  hambre; 
pero  cuando  se  aumenta  exageradamente  el  líquido,  se 
amortigua  el  calor  y  decaen  las  ganas  de  tomar  alimento, 
es  preciso  restablecerle  con  remedios.  Toda  nutrición 
es  hasta  cierto  punto  más  fuerte  que  la  medicina;  aun- 
que el  alimento  repara  lo  .animal  y  aquélla  los  instru- 
mentos de  la  fuerza,  que  son  de  estudiar  más  ade- 
lante. 

Se  ha  dado  el  apetito  á  los  seres  vivientes  para  su  con- 
servación, ó  sea  para  que  se  dirija  á  las  cosas  útiles  y 
evite  las  nocivas;  y  esa  conservación  se  verifica  por  el 
equilibrio  entre  la  humedad  y  el  calor  cuando  mantie- 
nen igualdad  ó  una  desigualdad  que  se  quita  fácilmente 
por  la  comida  ó  la  bebida;  desigualdad  por  cierto  muy 
agradable  como  uno  de  los  placeres  naturales,  un  inci- 


8  LIBRO  PRIMERO 


tante  para  desearlos  y  á  la  vez  condimento  para  que 
resulten  gustosos  en  extremo. 

De  todo  ello  aparece  claro  que  nos  nutrimos  con  las 
materias  análogas  y  nos  curamos  con  las  contrarias; 
porque  la  proximidad  de  las  cosas  hace  más  fácil  el  trán- 
sito de  unas  á  otras,  cosa  que  sucede  en  la  nutrición. 
Así,  los  animales  recién  nacidos  se  alimentan  perfecta- 
mente con  leche,  por  ser  lo  más  semejante  á  la  masa  de 
la  cual  se  han  congregado  las  partículas  de  su  cuerpo. 

Base  de  todos  los  alimentos. — Constan  los  cuerpos 
naturales  de  los  elementos  mismos  de  la  naturaleza,  que 
sabemos  son  cuatro:  fuego,  aire,  agua  y  tierra.  De  todos 
ellos  nos  alimentamos,  ya  de  su  misma  naturaleza,  ya 
de  la  de  sus  propiedades:  del  agua  y  el  aire  por  sí  pro- 
pios, y  por  semejanza  de  las  substancias  acuosas,  espiri- 
tuosas, calientes,  sólidas  y  duras,  como  cerveza,  vino, 
aceite,  carnes,  frutas  y  especias.  Como  el  cuerpo  del  ani- 
mal debe  ser  sólido,  á  fin  de  que  contenga  los  elementos 
vitales  que  en  él  funcionan  y  no  se  dispersen  y  disuel- 
van de  pronto  todos  ellos,  asimismo  conviene  que  en  los 
comestibles  haya  algo  sólido  y  como  de  la  cualidad  de  la 
tierra,  que  retenga  otros  líquidos  y  en  el  cual    sealoje  la 
fuerza  del  calor  y  pasea  la  masa  del  animal.  Este,  de  no 
ser  así,  estaría  siempre  hambriento  y  nunca  cesaría  de 
comer.  En  el  mar,  unos  peces  comen  á  otros,  y  los  que 
se  cree  sustentarse  con  agua  del  mar,  toman  de  ella  la 
crasitud,  y  así  se  hallan  peces  hasta  en  las  conchas  y  las 
ostras,  según  demuestra  su  sabor  aciduloso.   Los  seres 
naturales  fijos  en  el  suelo  chupan,  por  medio  de  sus  raí- 
ces, el  jugo  de  la  tierra,  de  cuya  parte  más  tenue  se  pro- 
ducen las  hojas  y  flores:  de  la  más  densa,  los  frutos,  y 
de  la  que  tiene  el  grado  mayor  de  densidad  la  raíz,  el 
tronco  y  las  ramas. 

Se  sabe  igualmente  que  en  todas  las  naciones  se  come 
pan  y  viandas,  ó  lo  que  haga  las  veces  de  pan,  como  cas- 


COCCIÓN 


tañas,  bellotas,  raíces,  pescados  secos.  Entre  los  anima- 
les, los  que  son  más  gruesos  y  tienen  calor  más  fuerte 
en  su  compacta  masa  necesitan  alimento  de  mayor  fuer- 
za y  gordura;  así  sucede  en  el  Norte  y  con  los  caballos 
y  asnos;  el  caballo  hasta  enturbia  con  sus  patas  el  agua 
que  bebe,  si  acaso  es  demasiado  líquida  y  en  tanto  poco 
conveniente,  como  alimento  tan  delgado.  Se  cuenta  de 
algunos  asiáticos  que  viven  sólo  con  el  olor  de  las  fru- 
tas, y  muchos  de  nuestros  españoles  mueren  en  las 
islas  del  Nuevo  Mundo  y  en  el  otro  extremo  del  Con- 
tinente, á  causa  de  la  tenuidad  del  cielo  y  de  los  ali- 
mentos; pues  aquellos  cuerpos  sólidos,  habituados  á  un 
aire  y  alimentos  más  gruesos,  no  pueden  sostener  más 
la  vida. 

Por  la  misma  razón  se  dice  que  el  agua  pura  no  ali- 
menta, sino  que  disuelve;  ni  la  bebida  por  sí  constituye 
materia  de  alimento  si  no  se  agregan  otras  substancias  que 
la  necesidad  ó  la  gula  inventaron,  ó  bien  jugos  de  fru- 
tas, como  uvas,  peras  y  manzanas. 

Bebida.  —  Pero  éstas  son  bebidas  que  nosotros  usa- 
mos; la  natural  es  aquella  que  beben  indistintamente 
todos  los  animales  y  también  los  hombres  que  se  rigen 
sin  artificio  alguno  por  solo  el  dictado  y  enseñanza  de  la 
naturaleza;  por  eso  vemos  que  se  presenta  abundan- 
tísima por  dondequiera  para  todos  los  seres  vivos.  Así 
como  la  humedad  detiene  el  calor,  éste  siempre  que 
puede  coge  y  absorbe  aquélla. 

Cocción. —  Cuece  y  disuelve  las  substancias  por  vir- 
tud y  operación  de  su  naturaleza;  al  cocerlas  separan  lo 
útil  al  cuerpo  de  lo  superfluo,  y  por  tanto  nocivo.  Lo 
útil  para  el  cuerpo  son  los  jugos  adecuados  á  él,  lo  no- 
civo es  ó  la  materia  árida  ó  el  jugo  extraño,  y  por  lo 
mismo  perjudicial  á  la  salud  del  cuerpo. 

Lo  útil  se  distribuye  primeramente  entre  los  miem- 
bros; después  se  convierte  en  cuerpo  del  animal,  y  queda 


ÍO  LÍBRÓ  PBÍMÉftO 


abarcado  ya  y  reconocido  como  parte  del  mismo  por  la 
fuerza  anímica. 

Partes  del  alma  vegetativa. — Muchos  son  los  ofi- 
cios y  como  funciones  particulares  de  esta  propiedad 
nutridora  que  sirven  á  la  general,  á  saber:  la  fuerza  que 
atrae  hacia  <íí  el  alimento,  y  que  vemos  también  en  las 
plantas,  las  cuales  extienden  por  todas  partes  las  fibras 
de  sus  raíces,  á  manera  de  dedos,  para  tomar  de  qué 
alimentarse;  por  eso  toda  raíz  tiene  cierta  natural  fuerza 
para  romper  y  abrir;  de  tal  suerte  que  estando  sujeta  en 
la  tierra  puede  abrirse  paso  por  sitios  duros  y  apreta- 
dos, ya  para  extenderse,  ya  también  para  absorber  lo 
que  haya  de  alimento  en  las  cercanías.  Mas  poco  le  apro- 
vecharía esta  facultad  de  coger  si  desapareciese  en  segui- 
da lo  que  se  ha  recibido;  por  eso  hay  otra  retentora  que 
detiene  y  sujeta  el  alimento  hasta  tanto  que  se  haga  su 
cambio  adecuado  mediante  la  potencia  coctri^;  viene 
luego  la  purgatri^,  que  separa  lo  puro  de  lo  impuro 
y  entrega  esto  último  á  la  expulsara  para  que  lo  arroje 
fuera  y  lo  puro  á  la  distributiva  que  lo  difunda  por  los 
miembros.  Es  la  última  de  ellas  la  llamada  función  incor- 
poradora;  pero  todas  se  relacionan  y  ayudan  entre  sí;  en 
efecto,  el  alimento  se  cuece  antes  de  separarse,  y  se 
separa  antes  de  que  se  expela  lo  nocivo;  la  función  de 
atraer  no  cumple  su  cometido  hasta  que  se  haya  eva- 
cuado el  cuerpo,  ni  la  de  cocer  si  no  se  ha  expurgado  el 
anterior  alimento.  Y  si  alguna  de  ellas  cesa  en  su  ejerci- 
cio, inmediatamente  se  siente  en  las  demás  cierta  floje- 
dad y  desidia;  tan  grande  es  la  armonía  que  entre  todas 
existe,  y  la  proporción  establecida  por  disposición  divina 
en  el  conjunto  del  cuerpo;  ella  nos  mueve  á  la  admira- 
ción de  aquel  supremo  Artífice  cuya  obra  es  tal  que  no 
ya  imitarla  (cosa  imposible  para  ningún  otro  poder  ni 
sabiduría)  sino  sólo  comprenderla  con  el  entendimiento 
y  la  razón,  es  obra  magnífica  y  hermosísima. 


Partes  vegetativas  íí 


Esas  facultades  no  tienen  su  sitio  establecido  en  el 
cuerpo  animado,  de  modo  que  cada  una  esté  en  un 
miembro,  y  no  en  otro;  sino  que  se  hallan  en  todas  las 
partes  y  miembros,  aunque  en  unos  en  mayor  propor- 
ción, y  más  expuesta  á  nuestra  observación,  mientras 
que  en  otras,  menos  señaladas,  más  oscuras.  Así  es  de 
ver  en  los  animales  perfectos  en  cuyo  estómago  se  veri- 
fica la  cocción  á  manera  de  tisana;  en  el  hígado  la  de  la 
sangre,  y  en  los  miembros,  la  de  la  substancia  animal. 
Al  principio  es  la  substancia  uniforme,  igual  sólo  á  sí 
misma;  luego,  distinta  y  desemejante. 

Tampoco  se  para  nunca  ni  termina  la  función  de 
cocer,  ni  la  de  purgar  ó  la  de  expeler,  pues  el  calor  man- 
tiene en  constante  ebullición  lo  húmedo;  ni  hay  subs- 
tancia alguna  tan  pura  que  no  tenga  heces  que  separar; 
por  eso  todo  el  cuerpo  del  animal  está  como  perforado 
de  poros  y  dispuesto  para  la  expulsión  de  residuos  que 
se  verifica  día  y  noche,  primero  por  los  orificios  abiertos 
arriba  y  abajo:  boca,  nariz,  oídos  y  ojos;  después  por 
los  llamados  descargadores  que  hay  en  los  sobacos  y 
junto  á  las  ingles,  en  fin,  por  todo  el  cuerpo,  se  exhalan 
heces  más  sutiles.  Así  lo  demuestran  también  las  cas- 
pas y  asperezas  de  la  cabeza,  el  lavado  de  las  manos 
que  siempre  halla  algo  que  eliminar,  y  del  mismo  modo 
en  los  pies,  como  en  toda  otra  parte  del  cuerpo.  Por  este 
motivo  necesita  el  animal  tomar  alimento  tan  á  menudo 
para  que  se  restaure  lo  que  continuamente  perece:  tal 
facultad  7iutridora  es  la  primera  y  la  más  sencilla  de 
todas,  dada  por  Dios  para  el  sustento  del  animal. 


CAPÍTULO  PRIMERO 

DE     LA     FACULTAD     ACRECEDORA 

Vemos  que  todos  los  seres  vivientes  crecen  de  algún 
modo  y  que  muchos  de  ellos  engendran  otros  semejan- 
tes á  ellos;  es  que  se  agrega  á  la  facultad  nutridora  la 
acrecedora  en  todos  y  la  generadora  en  la  mayor  parte. 

Al  afirmar  que  la  primera  es  universal,  no  se  dice  que 
funciona  siempre;  pues  las  cosas  acrecidas  paran  de 
crecer  y  aun  retroceden  de  modo  que  disminuyen  y  se 
contraen  como  antes  habían  expansionado  al  aumentar. 
En  cuanto  á  la  generadora,  se  presenta  en  época  deter- 
minada, cuando  las  fuerzas  están  desarrolladas;  á  su  vez 
se  debilita  por  la  disminución  de  vigor,  y  perece.  Así, 
pues,  la  potencia  alimentadora  es  perpetua  en  el  ser 
vivo;  la  acrecedora  y  la  que  produce  su  semejante  son 
temporales;  la  primera  de  estas  dos  funciona  desde  el 
nacimiento  mismo  hasta  un  cierto  límite;  la  segunda, 
sólo  después  de  alcanzar  determinados  tamaño  y  fuer- 
zas. Tratemos  en  primer  lugar  de  la  acrecedora. 

No  consiste  ésta  en  una  agregación  por  el  exterior, 
como  cuando  se  edifica  una  casa,  agregando  maderas  y 
piedras,  ó  se  hace  un  vestido,  cosiendo  telas,  sino  me- 
diante el  mismo  artificio  silencioso  y  oculto  por  el  cual 
nos  nutrimos,  esto  es,  al  convertirse  el  alimento  en  subs- 
tancia íntima  se  extiende  la  cantidad  exteriormente.  De 
aquí  que  esa  fuerza  dimana  de  lo  nutriente,  y  la  comida 
alimenta  donde   hay   substancia  dotada  de  cualidades 


CAP.  I,  —  DE  LA  FACULTAD  ACRECEDORA      l3 

adecuadas  y  alimenta  donde  existe  masa.  Por  eso  creó 
Dios  los  cuerpos  de  los  animales  á  manera  de  esponjas, 
teniendo  todos  ellos  poros,  unos  más,  otros  menos  nu- 
merosos, por  los  cuales  penetre  el  alimento  y  se  difunda 
la  masa. 

Hay  quien  incluye  los  metales  entre  las  cosas  dota- 
das de  alma,  al  ver  que  crecen  también  interiormente,  lo 
que  parece  no  puede  ser  sin  alimento,  opinión  que  de 
modo  alguno  es  absurda,  no  habiendo  motivo  que  impi- 
da considerarlos  como  seres  vivos  que  igualmente  tie- 
nen sus  poros.  Pero  su  aumento  puede  referirse  más 
bien  á  la  adaptación  de  la  masa  que  á  la  acción  de  la  fa- 
cultad acrecedora,  lo  mismo  que  crecen  los  manantiales 
y  ríos  por  agregación  del  agua,  los  peñascos  en  lo  más 
alto  de  la  tierra  y  las  peñas  en  la  superficie. 

Antiguamente  también  consideraban  algunos  el  fuego 
como  ser  vivo,  y  entre  los  primitivos  romanos  existía  la 
creencia  religiosa,  al  decir  de  Plutarco,  de  que  no  se 
apagaba,  sino  que  se  alimentaba  y  crecía.  En  realidad, 
no  es  tanto  el  fuego  un  animal,  como  más  bien  algo  muy 
semejante  á  la  virtud  nutridora  y  acreciente,  esto  es,  no 
ciertamente  causa,  sino  instrumento  de  dichas  faculta- 
des en  el  cuerpo  animado,  y  ya  Aristóteles  infiere  acerta- 
damente que  no  es  tal  causa,  por  cuanto  el  fuego  no 
tiene  término  en  su  incremento,  sino  que  se  extiende 
mientras  haya  materia  que  quemar,  al  paso  que  en  el  ani- 
mal hay  algún  límite  por  razón  del  alma,  ya  próximo, 
ya  más  lejano,  según  la  fuerza  y  proporciones  del  calor 
y  la  humedad,  ó  de  los  elementos  naturales  y  primitivos 
que  la  naturaleza  infundió  en  la  estructura  misma  cor- 
pórea, ó  ya  también  de  los  adquiridos  después  por  la 
cualidad  del  alimento,  del  lugar  y  del  hábito.  Todo  ello 
dentro  de  ciertos  límites  conocidos  del  Dios  creador  y 
prefijados  por  el  mismo  á  la  naturaleza,  de  los  cuales 
nos  es  más  fácil  decir  cuáles  no  son  que  señalar  los  que 


14  LIBRO  PRIMERO 


son.  En  eíecto:  el  hombre  jamás  llegará  á  tener  la  eleva- 
da talla  del  olmo  ó  de  la  encina,  ni  podrá  estar  contenida 
en  la  pequenez  de  una  hormiga  el  alma  humana,  pro- 
vista V  adornada  de  todas  sus  facultades  é  instrumentos. 
Se  ha  dicho  que  hay  gentes  que  adivinan  desde  el  naci- 
miento mismo  de  un  niño  la  estatura  que  ha  de  tener; 
pero  esto  habrá  de  entenderse  más  bien  del  tamaño  en 
general  que  respecto  de  un  punto  determinado,  pudién- 
dose decir,  por  la  constitución  de  los  miembros,  de  los 
huesos  y  la  proporción  del  conjunto,  que  será  de  poca 
altura,  regular  ó  mediana  ó  desmesurada;  de  cuerpo 
cuadrado  y  muy  compacto,  ó  por  lo  contrario.  Y  ^jcómo 
sería  de  otro  modo  cuando  tantas  cosas  hay  que  influyen 
más  tarde  en  ese  punto?  Así,  por  ejemplo,  el  alimento 
seco  ó  húmedo,  el  vivir  en  sitio  caluroso  y  árido  ó  frío 
y  con  humedad.  Pues  el  líquido  aumenta  los  cuerpos,  y 
por  eso  son  más  corpulentos  los  animales  marinos  que 
los  terrestres  y  éstos  más  que  las  aves;  así  son  más 
gruesos  los  hombres  que  viven  en  lugares  húmedos  que 
los  de  tierras  secas,  y  los  del  Norte  que  los  del  iMedio- 
día.  La  bebida  ensancha  los  cuerpos  más  que  la  co- 
mida. 

Esta  propiedad  de  aumentar  se  ha  concedido  para  la 
perfección  de  cada  ser  viviente;  plugo,  en  efecto,  al  Au- 
tor de  todas  las  cosas  imponer  tales  leyes  á  su  obra  de  la 
Naturaleza,  que  los  seres  creados  de  estos  elementos  del 
mundo  inferior  van  creciendo  paulatinamente  desde  sus 
pequeños  comienzos;  y  cuando  se  hacen  adultos  y  llegan 
como  á  la  plenitud,  detienen  un  poco  su  marcha  y  luego 
retroceden  despacio  hacia  su  origen,  según  observamos 
que  sucede  por  dos  veces  todos  los  días  en  el  movimiento 
del  océano. 

Esta  producción  de  cosas  realizada  por  la  Naturaleza 
es  una  imagen  del  mundo  creado  desde  el  principio.  La 
Naturaleza  no  puede  sacar  cosa  alguna  de  la  nada,  pues 


CAP.  I.  —  DE  LA  FACULTAD  ACRECEDORA  I  5 

eso  sólo  á  Dios  está  reservado;  y  las  crea  con  un  co- 
mienzo tan  débil  que  nos  parece  diferenciarse  muy  poco 
de  la  nada,  luego  sostiene  y  aumenta  lo  que  ha  produ- 
cido; con  lo  cual  admiramos  á  la  vez  la  bondad  y  el 
poder  del  Creador  en  esta  que  es  como  una  segunda 
creación.  Después,  ya  agotadas  las  fuerzas  de  aquello 
que  había  crecido  hasta  su  límite,  y  no  pudiendo  ya  sos- 
tenerse, disminuye;  así  resulta  el  curso  y  duración  de 
cada  día  como  una  especie  de  vaivén,  según  quedó  ex- 
plicado en  la  Filosofía  primera.  Por  ese  camino  van 
todas  las  cosas  que  vemos  y  palpamos  en  este  mundo 
sublunar,  ya  sean  obras  de  Dios,  ya  invenciones  de  los 
hombres.  Aquella  primera  constitución  del  cuerpo  ani- 
mado y  aquel  temple  por  acción  del  calor  y  de  la  hume- 
dad de  que  se  dotó  á  la  Naturaleza,  una  vez  llegada  ésta 
á  su  total  evolución  y  desarrollo,  al  luchar  en  ellas  las 
cualidades  diversas  del  lugar  y  de  los  alimentos,  se  des- 
gasta y  hace  más  débil  de  día  en  día,  hasta  que  sucumbe 
á  manos  de  los  oponentes.  Y  esto  sucede  en  la  marcha 
natural  de  las  cosas,  pues  se  presentan  muchísimos  in- 
cidentes que  unas  veces  no  permiten  evolucionar  aquella 
constitución,  otras  la  detienen  ó  hacen  retroceder  poco 
á  poco,  sino  que  la  matan  de  pronto  ó  en  breve  tiempo, 
pero  siempre  por  medio  violento. 

Sucede  también  á  menudo  que  aquella  constitución  es 
demasiado  endeble,  ó  porque  la  materia  no  obedece  bas- 
tante á  la  acción  de  la  Naturaleza,  ó  porque  es  escasa  y 
mal  abastecida,  ó  ya  por  hallarse  infectada  de  una  pro- 
piedad nociva.  El  instrumento  del  alma  nutridora  y 
acreciente  es  el  calor;  el  pábulo  de  éste,  la  humedad. 
Hay  en  la  Naturaleza  un  calor  ingénito  determinado; 
hay  tam.bién  cierta  humedad,  la  cual,  si  bien  está  difun- 
dida por  todo  el  cuerpo,  tiene  su  fundamento  en  los  ner- 
vios y  en  los  huesos;  cuando  ésta  abunda  al  principio  es 
causa  de  que  los  niños  sean  débiles,  que  no  se  sirvan  de 


l6  LIBRO  PRIMERO 


SUS  sentidos  y  de  su  capacidad,  y  que  necesiten  un  sueño 
prolongado. 

De  esa  humedad  se  apodera  el  calor  lentamente  y  la 
reforma;  á  la  vez,  para  alejar  la  violencia  del  calor  y  no 
acabe  en  poco  tiempo  con  toda  la  humedad,  nos  ha  dado 
Dios  los  comestibles  y  las  bebidas.  Aquella  humedad 
cada  día  se  hace  menor,  mientras  el  calor,  como  en  lo 
seco,  se  hace  más  activo  hasta  que  decrece  por  faltarle 
alimento,  por  lo  cual  flojean  asimismo  las  fuerzas  cor- 
porales; de  este  modo  vuelve  hacia  abajo  el  cuerpo  gra- 
dualmente casi  por  los  mismos  pasos  por  que  había 
subido. 


CAPÍTULO  II 

DE      LA      GENERACIÓN 

Adulto  ya  el  cuerpo  vivo,  é  iniciado  en  él  un  deseo  in- 
terior de  que  no  se  extinga  su  especie,  Dios  concedió  á 
la  Naturaleza  el  poder  infundir  en  los  seres  vivientes  la 
fuerza  de  engendrar  otros  semejantes  á  ellos.  Primero 
obra  la  Naturaleza  en  los  comienzos  del  ser  mediante  la 
función  de  alimentarle,  después  con  la  de  aumentarle  por 
el  crecimiento,  y  luego,  á  medida  que  puede,  por  la  con- 
servación de  los  individuos  de  cada  especie,  haciendo  que 
procreen.  Vemos,  por  tanto,  que  es  la  generación  obra  del 
animal  completo  y  adulto;  y  esto  no  sólo  se  observa  en  los 
animales,  sino  también  en  las  plantas,  que  en  época  de 
la  primavera  tienen  toda  su  fuerza  en  la  raíz;  después,  en 
las  hojas  y  las  ramas;  luego,  en  la  flor  y  el  fruto,  por  últi- 
mo, en  la  semilla,  de  la  cual,  sembrada,  sale  una  planta 
semejante  á  la  anterior.  Así,  es  la  generación  la  conver- 
sión del  cuerpo  animado,  que  realmente  es  una  semilla, 
en  otro  semejante  á  aquel  del  cual  fué  tomado. 

Y  como  el  nutrirse,  crecer  y  engendrar  provienen  del 
alimento,  se  comprenden  bajo  el  nombre  de  alma  vege- 
tativa. Aristóteles  la  definió  como  la  facultad  que  con- 
vierte el  alimento  en  cuerpo  animado,  para  su  salud,  le 
aumenta  hasta  completar  su  masa  debida  y  procrea  un 
cuerpo  animado  de  su  misma  forma  y  condición.  La 
semilla  contiene  en  pequeña  porción  de  materia  la  fuerza 
de  su  acción;  la  cual,  una  vez  que  alcanza  las  propor- 


l8  LIBRO    PHIMERO 


ciones  adecuadas,  se  extiende  y  desarrolla;  cosa  que  más 
bien  pertenece  á  la  índole  de  la  acción  que  á  la  de  la 
masa;  y  por  eso  viene  la  función  última  después  de  haber 
cumplido  su  misión  la  fuerza  vegetativa  aumentando 
el  cuerpo,  cuando  carece  ya  de  aquellas  facultades  que 
mantienen  al  alma  en  el  gobierno  del  cuerpo,  es  decir, 
las  de  reunir  mucho  en  pequeño  espacio.  Así  aparece 
más  tarde  una  acción  semejante,  en  cuanto  lo  permiten 
las  cualidades  de  la  materia;  pues  si  éstas  son  opuestas 
á  las  que  convienen  á  la  acción,  degenera  lo  producido, 
como  sucede  en  la  tierra  cuando  produce  plantas  distin- 
tas de  aquéllas  de  donde  se  había  tomado  la  semilla,  en 
los  monstruos  de  los  animales,  y  aun  en  la  mujer,  que  á 
veces  da  á  luz  un  animal  de  varias  formas,  según  es  fre- 
cuente en  Ñapóles  de  Italia,  y  en  Flandes  de  Bélgica» 
donde  se  engendran  en  las  mujeres  animales  multifor- 
mes, á  menudo  solos,  otras  veces  con  un  niño,  que  en 
ocasiones  nace  medio  comido  ó  chupado  por  el  animal. 
Ello  se  debe  á  que  abunda  en  tales  mujeres  un  humor 
muy  espeso,  y  en  extremo  pútrido,  por  alimentarse  de 
coles  y  beber  cerveza;  lo  mismo  se  procrean  en  ellas 
animales  que  las  lombrices  en  el  vientre  del  niño,  á  causa 
de  las  frutas  crudas.  En  efecto:  la  mala  condición  del 
receptáculo  causa  violencia  á  la  propiedad  de  la  semilla 
de  su  especie,  y  la  obliga  á  no  producir  su  semejante  ó  á 
producir  con  éste  otro  ser.  Igual  causa  reconoce  también 
el  tumor  de  la  matriz. 

A  menudo  proviene  de  degeneración  de  la  semilla, 
cuando  está  corrompida  por  infección  interior  en  su  pro- 
ducción, ó  exterior  por  el  lugar,  tiempo  ó  algo  agregado. 
De  los  seres  vivientes  unos  tienen  generación  espontá- 
nea, como  las  moscas,  mosquitos,  hormigas,  abejas,  que 
no  tienen  sexo  alguno;  otros  nacen  de  la  mezcla  de  sexos, 
como  el  hombre,  el  caballo,  el  perro,  el  león;  los  hay  de 
procreación  ambigua,  como  los  ratones,  de  los  cuales 


CAP.  II. — DE  LA  GENERACIÓN  IQ 

unos  provienen  de  las  inmundicias,  sin  concúbito,  otros 
de  concúbito.  Todas  las  plantas  tienen  origen  espontá- 
neo, primeramente  de  la  propia  semilla,  después  también 
de  la  fuerza  de  la  tierra,  en  la  cual  esparció  el  Creador 
del  mundo  semillas  de  todas  las  hierbas,  arbustos  y 
árboles,  cada  una  en  lugares  distintos.  Así,  los  cereales 
y  viñedos  que  con  tanto  esmero  cultivamos,  son  natura- 
les y  han  nacido  de  la  tierra  con  espontánea  originalidad, 
puesto  que  no  los  hemos  hecho  nosotros.  En  Sicilia  se 
dice  que  nace  el  trigo  de  suyo,  sin  el  cuidado  del  hombre; 
aunque  luego  nosotros  trabajamos  para  que  esas  semillas 
sean  más  adecuadas  para  nuestro  uso.  Por  eso  se  tienen 
como  inventores  de  ellas  aquellos  que  imaginaron  su 
cultivo  ó  le  enseñaron  á  otros:  así  lo  fué  Ceres  del  trigo, 
Noé  del  vino.  Minerva  del  olivo. 

Hay  ciertos  árboles  que  ni  tienen  fruto  ni  semilla, 
como  el  tamarindo  y  el  álamo,  por  lo  cual  se  llaman  in- 
fecundos; pero  si  no  se  propagan  por  la  semilla,  se  les 
quita  un  tallo  que  sirve  de  ella,  además  de  la  naturaleza 
y  fuerza  de  la  tierra.  De  los  que  procrean  por  la  mezcla 
de  sexos,  el  macho  es  de  donde  sale  la  semilla  y  la  hem- 
bra la  que  la  recibe  dentro  de  sí;  la  generación  se  veri- 
fica estando  ya  completo  el  animal  para  que  se  pueda 
sacar  del  macho  sin  perjuicio  y  recibirse  sin  molestia  en 
la  hembra,  nutrirse  y  aumentar  de  la  substancia  de  ella. 

Lo  que  hay  de  principal  en  el  cuerpo  vivo  y  como  más 
próximo  al  alma  proviene  de  la  semilla  del  padre;  y  lo 
más  craso,  de  la  materia,  de  la  madre;  por  esta  razón 
aventaja  en  calor  el  macho  ya  para  expeler  la  semilla, 
ya  para  comunicarla  alientos;  al  paso  que  la  madre  es 
más  fría  y  húmeda  para  conservar  la  semilla  y  alimen- 
tar el  feto.  La  semilla  masculina  y  la  materia  femenina 
son  lo  mismo  que  el  grano  seminífero  de  cualquier 
planta  y  la  substancia  de  la  tierra;  pues  la  fuerza  de  pro- 
crear tal  género  de  árbol  está  en  la  semilla,  y  la  masa  de 


20  LIBRO  PRIMERO 


la  cual  se  alimenta  y  crece  el  árbol  mismo,  en  la  facul- 
tad déla  tierra.  Por  eso  sale  y  se  desarrolla  la  fuerza  y 
naturaleza  de  la  semilla  en  la  materia  que  suministra  la 
tierra. 

La  diferencia  entre  los  sexos  es  pequeña,  pues  la 
hembra  no  es  más  que  el  macho  imperfecto,  porque  no 
hubo  en  ella  medida  justa  de  calor;  y  así  parece  que  la 
hembra  nace  por  escasez.  Pero  está  establecido  por 
mandato  de  la  Naturaleza  que  sean  necesarios  ambos 
sexos  en  los  animales,  y  uno  nazca  de  las  fuerzas,  otro 
de  la  debilidad,  sin  que  falten  nunca  ambas  causas  para 
engendrar  el  uno  y  el  otro.  Quien  supo  sacar  cosas  bue- 
nas de  las  malas  es  quien  saca  el  vigor  de  la  flojedad; 
tal  es  la  sabiduría  de  nuestro  Creador. 

Los  animales  que  por  su  corpulencia  recibieron  mu- 
cho de  la  semilla  paterna,  dominan  por  los  alientos, 
agilidad,  fuerzas  y  sutileza  de  alma;  mientras  que  quie- 
nes han  recibido  más  de  la  materia  de  la  madre  son  tar- 
dos y  flojos. 

En  la  familia  de  las  plantas  es  mayor  la  semejanza  de 
forma  é  índole  entre  engendrado  y  engendrador;  en  los 
animales  es  menor,  pero  mayor  entre  éstos  y  el  hombre, 
porque  en  ellos  es  más  estable  la  imaginación  que  en 
nosotros,  que  tenemos  mayores  divagaciones  con  el 
alma. 

Las  propiedades  particulares  de  la  facultad  genera- 
dora son  éstas:  la  expulsora  en  el  macho  por  la  cual  se 
derrama  la  semilla,  y  se  infunde  en  la  hembra;  en  ésta 
á  su  vez  se  recoge  y  conserva;  la  permutadora,  que  mez- 
cla y  modera  la  semilla  masculina  con  la  materia  de  la 
madre,  en  cuanto  conduce  á  comunicar  el  temple  del 
cuerpo  y  de  cada  uno  de  sus  miembros;  la  formatriz, 
que  forma  y  traza  los  miembros,  y  por  último  aquella 
que  hace  salir  el  feto  en  la  época  determinada  por  las 
leyes  naturales. 


CAP.  II. — DE  LA  GENERACIÓN  21 

Tal  es  el  alma  vegetativa  y  sus  funciones,  las  cua- 
les siendo  tantas  y  tan  diversas  es  conveniente  que  dis- 
ponga de  los  debidos  instrumentos  y  lugares  en  que 
funcionen.  Por  eso  también  hay  en  el  animal  partes  y 
miembros  no  de  una  sola  clase  y  semejantes  sino  di- 
ferentes, con  admirable  variedad,  por  su  aspecto  y  cua- 
lidades. 


CAPITULO  Ilí 


DE      LOS     SENTIDOS 


Esta  forma  de  vida  es  común  á  la  planta  y  á  los  ani- 
males; pero  en  éstos  vemos  que  hay  algo  de  que  carecen 
las  plantas,  á  saber:  el  conocimiento,  ver,  oír,  tocar 
gustar  y  oler,  cosas  que  pertenecen  á  lo  exterior,  una 
vez  que  toda  la  vida  de  la  planta  mira  hacia  adentro, 
privada  de  lo  exterior  é  ignorante  de  ello. 

Tres  son  las  clases  de  conocimiento:  el  que  conoce 
sólo  los  cuerpos  presentes;  otro,  que  también  los  au- 
sentes, y  el  tercero,  el  délas  cosas  incorpóreas.  El  cono- 
cimiento del  primer  género  se  llama  sensación  ó  sentido, 
y  aunque  de  nombre  poco  adecuado  por  ser  tan  extenso 
como  el  conocimiento  mismo,  hay  que  usar  las  palabras 
ya  admitidas,  salvo  cuando  se  habla  con  más  claridad, 
como  al  decir  «sensación  corporal». 

Esta  es  el  conocimiento  del  alma  mediante  el  instru- 
mento externo  del  cuerpo.  Vemos  en  el  animal  ojos  por 
los  cuales  ve,  oídos  por  donde  oye,  nariz  por  la  cual 
huele,  paladar  por  el  que  distingue  los  sabores,  y  además, 
difundido  por  todo  el  cuerpo,  un  cierto  sentido  de  lo 
caliente  y  lo  frío,  de  lo  húmedo  y  lo  seco;  se  los  llama 
sensorios,  y  son  como  los  órganos  é  instrumentos  del 
sentir  ó  r  eceptáculos  de  las  sensaciones;  así,  aquella 
fuerza  que  opera  y  efectúa  el  sentir,  se  llama  sentido,  y 
lo  que  se    siente,  lo  sensible;  habiendo,  por  tanto,  en  la 


CAP.  III.— DE  LOS  SENTIDO^  2^ 

sensación  dos  elementos  primeros,  el  vigor  y  el  órgano, 
como  potestad  de  la  naturaleza. 

Mas  para  que  esta  potestad  se  ejercite,  se  agrega  algo 
en  que  ejercitarse,  á  saber:  el  objeto,  como  materia  de 
sensación.  Para  ésta,  pues,  se  unen  los  sentidos  y  lo  sen- 
sible. Pero  como  en  la  naturaleza  se  reúnen  cosas  diver- 
sas, hay  que  referirlas  á  un  medio  común  adecuado  á 
ellos;  así  los  huesos  se  unen  á  la  carne  por  los  cartílagos. 
Es,  por  tanto,  el  medio  aquello  que  corresponde  con  lo 
sensible  y  con  el  sentido;  como  en  la  visión  ó  la  audi- 
ción el  aire  ó  el  agua.  Hay  también  que  ver  en  el  medio 
la  circunstancia  de  hallarse  lo  sensible  como  atenuado 
por  la  distancia,  y  venir  al  sensorio  algo  menos  mate- 
rial y  más  congruente  con  la  naturaleza  del  sentido,  el 
cual  es  más  espiritual  que  el  objeto  mismo  sensible.  Por 
eso  se  exige  una  distancia  proporcionada,  pues  si  está 
lejos,  ó  se  atenúa  la  imagen  enviada  por  lo  sensible,  ó  el 
vigor  de  la  impresión  que  ésta  deja  en  el  sentido,  de 
suerte  que  no  puede  ya  existir  sensación  alguna. 

Ejemplo  de  ello  puede  verse  en  el  sello  impreso  en 
cera;  si  fuere  demasiado  grande  la  figura,  no  se  estam- 
pará tanto  en  el  medio  como  en  la  parte  superior  pró- 
xima al  anillo.  La  distancia  no  es  única  y  siempre  la 
misma  en  todas  partes,  sino  distinta  en  cada  sitio  en  pro- 
porción del  sentido,  del  objeto  y  de  la  cualidad  del  me- 
dio; y  conviene  igualmente  que  haya  cierta  analogía  ó 
proporción  entre  la  fuerza  senciente  y  su  objeto  sensible 
para  que  éste  esté  comprendido  dentro  de  los  límites  de 
aquélla;  no  siendo  tan  tenue  que  se  escape,  como  sucede 
á  los  granos  pequeños  no  cogidos  por  la  piedra  del 
molino. 


CAPITULO  IV 


DE    LA    VISTA 


Trataremos  primero  de  este  sentido  por  ser  el  más 
sencillo  y  el  más  conocido,  hasta  el  punto  que  se  extien- 
de su  nombre  á  los  sentidos  restantes  y  al  conocimiento 
anímico.  Así  se  suele  decir:  «^Ves  qué  manzana  tan 
agradable,  qué  metal  tan  pesado,  qué  armonía  tan  suave, 
qué  olor  tan  pestífero  y  repugnante,  qué  raciocinio  tan 
bien  presentado?»  En  esto  referimos  las  diversas  nocio- 
nes á  una  sola. 

Los  ojos  están  en  el  alma  lo  mismo  que  en  el  cuerpo; 
cuanto  se  dice  de  la  vista,  ya  sea  perspicaz  ó  ya  sea  torpe, 
se  aplica  igualmente  á  las  funciones  de  los  demás  senti- 
dos. El  autor  de  todas  las  cosas  difundió  su  luz  por 
todo  el  mundo,  la  espiritual  para  los  objetos  espirituales 
y  la  corpórea  para  las  cosas  corporales,  á  fin  de  que  por 
este  beneficio  entendiesen  los  espíritus  y  viesen  los  ojos 
del  cuerpo:  en  los  ángeles  existe  la  luz  espiritual  de 
Dios,  y  en  el  sol,  la  corporal. 

Esta  última  luz  recibida  corporalmente  por  las  masas, 
si  se  detiene  en  un  objeto  tenue,  le  hace  transparente  de 
modo  que  puede  verse  por  entero,  como  el  cristal,  el 
agua,  el  aire;  y  los  griegos  le  llamaron  oicícpcívi;;  si  afecta 
á  una  substancia  más  densa,  no  penetrando  en  lo  inte- 
rior, se  queda  en  la  superficie;  y  la  luz  tenue  que  se  ve 
en  la  cara  externa  se  llama  color;  no  porque  no  esté 


CAP.   IV.  —  DE  LA  VISTA 


6 


también  coloreado  el  interior  de  los  cuerpos,  sino  por- 
que el  efecto  del  color  está  sólo  en  la  superficie. 

Según  la  cantidad  de  luz  se  gradúa  de  distinta  manera 
el  color:  ya  retiene  el  máximum  de  aquélla,  y  se  llama 
blanco,  ó  el  mínimum,  y  entonces  es  negro;  habiendo  en 
ambos  también  ciertas  diferencias  ó  grados;  pues  hay 
blanco  y  claro;  negro,  oscuro  y  sombrío.  De  la  mezcla 
y  combinación  de  éstos  salen  otros  diversos  colores; 
unos  próximos  al  blanco,  otros  al  negro,  y  algunos 
como  intermedios  entre  ambos,  con  matices  casi  infini- 
tos, pues  dentro  de  estas  mismas  formas  hay  otras  me- 
nores cuyo  número  no  es  fácil  de  señalar.  Baste  decir 
que  sólo  en  el  color  verde  no  hay  hierba  ni  árbol  que 
no  tenga  su  verdor  propio  y  distinto  del  de  todos  los 
demás. 

El  órgano  externo  de  la  vista  son  los  ojos;  el  interno 
son  dos  nervios  que  á  ellos  llegan  desde  el  cerebro.  La 
luz  exterior  se  junta  con  la  de  los  ojos  para  la  función  de 
ver,  como  la  espiritual  con  la  luz  de  la  mente  para  enten- 
der; no  siendo  posible  ver  ni  discernir  cosa  alguna  de  no 
haber  un  cierto  modo  de  luz  ó  claridad  según  la  poten- 
cia de  los  ojos;  y  no  basta  una  pequeña  cantidad  de  ella, 
como  sucede  de  noche. 

Por  otra  parte,  la  luz  exagerada  obstruye  el  empleo 
de  los  ojos,  como  cuando  miramos  al  claro  sol  de  po- 
niente, molestia  que  no  sufre  en  verdad  el  águila. 

La  luz,  ó  la  claridad  —  que  no  hay  para  qué  diferen- 
ciar aquí — no  es  tan  necesaria  por  el  espacio  que  media 
entre  el  ojo  y  lo  visible,  como  por  el  objeto  mismo — , 
una  luz  pequeña  se  sustenta  con  otra  mayor — pues  si  no 
hay  luz  cerca  del  objeto  visible,  aunque  la  haya  en  el 
intervalo  restante,  no  se  verá.  Pero  si  reina  oscuridad 
en  el  espacio  intermedio,  y  hay  luz  cerca  de  lo  visible, 
se  verá.  Por  eso,  á  quien  lleva  de  noche  una  hacha 
encendida  ó  una  linterna  le  ven  los  demás,  mientras  que 


20  LIBRO  PRIMERO 


él  no  los  ve;  y  los  objetos  que  más  luz  tienen  se  distin- 
guen con  mayor  facilidad  en  las  tinieblas;  como  las  bra- 
sas, los  diamantes,  los  granates,  la  nieve,  los  espejos,  el 
oro,  la  plata,  el  cobre,  el  oropel,  las  cosas  bruñidas  y 
pulimentadas  y  los  pequeños  animale¿i  llamados  luciér- 
nagas. La  luz  de  todos  ellos  se  cubre  por  el  resplandor 
del  día  y  persiste  de  noche  como  la  de  otros  luminares 
pequeños  en  la  de  los  mayores.  Y  no  sólo  esos  objetos 
lúcidos  se  suministran  luz  en  la  oscuridad  para  ser 
ellos  vistos,  sino  que  se  extiende  á  las  cosas  cercanas. 

Es  necesario,  pues,  que  exista  cierto  espacio  como 
intervalo  entre  el  color  y  el  ojo.  Este,  en  efecto,  nada  ve 
desde  luego  y  por  sí  mismo,  sino  la  luz,  y  ésta  sin  que 
haya  intervalo;  mientras  que  si  el  color  se  coloca  sobre 
el  ojo,  no  será  visto  porque  se  quita  la  luz  con  cuyo 
auxilio  se  realiza  la  función  de  la  vista.  Y  si  el  color  se 
retira  lejos,  no  se  verá;  ya  porque  la  fuerza  visual  es 
demasiado  débil  para  llegar  hasta  él,  ó  ya  porque  se 
desvanecen  con  tanta  distancia  los  rayos  que  parten  de 
lo  visible  al  ojo. 

Lo  visible  en  primer  lugar,  como  antes  decíamos,  es 
la  luz;  las  demás  cosas  se  ven  por  razón  y  modo  parti- 
cular de  la  luz,  á  saber:  en  forma  de  una  pirámide  cuya 
base  es  el  objeto  que  se  mira,  y  el  cono  toca  á  la  pupila, 
á  veces  no  por  entero;  porque  todo  el  cono  de  un  objeto 
grande  no  puede  contenerse  en  el  tamaño  de  la  pupila. 
En  tales  casos  ésta  se  revuelve  activamente  con  sorpren- 
dente rapidez  para  recorrer  todos  los  contornos  del  cono, 
hasta  donde  alcance.  Por  eso  si  se  agita  el  objeto  visible 
se  ve  con  menos  seguridad,  pues  que  las  líneas  del  cono 
no  hieren  el  centro  de  la  pupila  tan  fijamente  como  con- 
viene á  la  visión. 

También  se  perturba  la  vista  por  movimiento  del  es- 
pacio, como  pasa  en  el  aire,  y  más  claramente  en  cosas 
más  densas,  como  el  agua  y  el  cristal.  Los  que  tienen  la 


CAP.  IV.  —  DE  LA  VISTA  2'} 

vista  débil  necesitan  un  cono  mayor  para  ver,  y  por  lo 
mismo  no  ven  desde  lejos.  Para  remediarlo  se  usan  an- 
teojos para  que  el  objeto  aparezca  más  grande  y  no  es- 
cape á  una  vista  débil.  Algunos,  cuando  quieren  mirar 
una  cosa  más  intensamente,  contraen  las  mejillas  para 
que,  recogida  en  sí  la  fuerza  délos  ojos,  sea  más  eficaz  y 
á  la  vez  no  se  difunda  la  imagen  del  objeto,  reducida  en 
mayor  estrechez,  sino  que  se  imprima  con  más  ampli- 
tud y  estabilidad  en  el  órgano.  Así  vemos  que  ocurre 
una  cosa  igual  con  los  espejos  que  con  los  ojos:  si  unos 
y  otros  son  cóncavos,  reciben  una  imagen  mayor;  mien- 
tras que  es  menor  en  los  espejos  convexos  y  en  los  ojos 
salientes. 

De  suyo  no  tienen  los  ojos  color  alguno,  pues  si  le  tu- 
viesen, todas  las  cosas  parecerían  de  ese  mismo  color; 
así,  el  que  mira  por  un  cristal  azul  ó  rojo  cree  que  todo 
es  del  mismo  color.  Igualmente,  en  medio  de  una  fuerte 
congestión  biliosa  parecen  negras  las  cosas,  y  amarillas  ó 
sangrientas  en  un  ataque  de  ira,  sin  que  lo  sean  efecti- 
vamente. 

Por  tanto,  lo  primero  visible  es  la  luz,  lo  segundo  el 
color  y  lo  tercero,  por  virtud  de  la  proximidad,  aquello 
que  está  envuelto  en  luz  y  en  color.  Con  todo,  no  se  dice 
que  se  ven  las  cosas  que  obtienen  sólo  la  luz,  como  el 
aire  tenue  y  limpio,  por  lo  cual  nadie  dice  fácilmente  lo 
que  son,  mientras  que  sí  se  dice  del  agua  y  del  cristal  en 
los  cuales  es  más  densa  la  materia  y  devuelve  la  luz  que 
más  se  acerca  á  la  naturaleza  del  color. 


CAPITULO  V 


DEL    oído 


Hay  otro  sentido  por  el  cual  se  perciben  los  sonidos, 
pues  éstos  no  los  distinguimos  con  los  ojos.  Es  difícil 
explicar  lo  que  es  el  sonido:  se  produce  por  el  choque 
de  dos  cuerpos,  en  virtud  del  cual  se  empuja  el  aire 
hasta  llegar  al  oído. 

Es  cuestión  nada  fácil  de  explicar,  y  enteramente  in- 
necesaria, si  consiste  el  sonido  en  el  aire  así  expulsado, 
ó  en  aquel  golpe  de  los  cuerpos,  ó  en  alguna  substancia 
que  se  adhiere.  No  de  otro  modo  se  realiza  el  sonido  en 
el  aire  que  los  círculos  formados  en  el  agua  cuando  se 
arroja  en  ella  una  piedra;  lo  mismo  se  extiende  el  sonido 
por  el  círculo,  agotándose  y  desvaneciéndose  más  cada 
vez;  y  si  los  círculos  se  quiebran  antes  de  llegar  al  oído, 
se  oye  aquél  imperfectamente.  Por  eso  es  preciso  que  sea 
sólida  y  dura  la  masa  desde  la  cual  se  impele  el  aire, 
pues  la  que  es  blanda  como  el  lino  ó  la  lana  no  tiene  esa 
fuerza.  Una  materia  ligera,  extensa  é  igual,  mientras 
tenga  dureza  hiere  el  aire  vigorosamente,  le  envía  ínte- 
gro á  lo  lejos  y  suena  á  distancia.  Si  es  la  materia  hueca 
como  en  los  calderos  y  los  címbalos,  suena  aún  á  mayor 
distancia  y  más  íntegramente  por  la  frecuente  repercu- 
sión que  hace  aparearse  el  choque. 

Una  superficie  áspera  rompe  el  aire  y  suena  como  algo 
ronco  y  confuso.  El  aire  tiene  que  ser  impelido  sin  des- 


CAP.  V.  —  DEL  oído  29 


hacerse;  por  lo  cual  se  necesita  á  la  vez  el  golpe  y  la  ra- 
pidez, pues  si  los  cuerpos  chocan  con  flojedad,  el  aire 
lento  disipa  continuamente  sus  ondas,  cosa  que  hay  que 
prevenir  con  la  rapidez  del  choque.  Así,  cuando  se  hien- 
de el  aire  vivamente  con  una  varita  ó  correa,  no  permite 
la  velocidad  del  golpe  que  se  perturben  las  ondas  del 
aire,  y  se  verifica  el  sonido;  en  el  cual  el  aire  sacudido 
hace  de  masa  herida,  y  el  que  está  próximo  ocupa  el 
lugar  del  intervalo. 

El  sensorio  ú  órgano  externo  es  el  oído  y  un  cierto 
aire  craso  á  modo  de  humor;  el  interno  son  los  nervios 
que  llegan  desde  los  oídos  al  cerebro.  Este  aire  auricular 
se  une  con  el  exterior,  que  es  el  expulsado  por  el  golpe 
de  los  cuerpos,  y  de  ahí  resulta  la  audición,  así  como  la 
visión  de  unirse  luz  con  luz.  Se  da  como  prueba  de  este 
aire  natural  el  que  si  apretamos  la  oreja  con  la  mano 
sentiremos  ruido  interior  ó  sea  aquel  aire  en  movi- 
miento. 

Pero  si  existe  allí  algún  aire,  que  yo  más  bien  creo  sea 
un  humor  tenue  y  esponjoso,  el  cual  carece  en  absoluto 
de  movimiento  y  de  sonido,  ^cómo  ha  de  intervenir  en 
los  demás  sonidos?  Aquel  zumbido  es  del  aire  exterior, 
que  al  aplicarse  la  mano  está  encerrado  en  las  revueltas 
y  senos  de  la  oreja,  y  buscando  la  salida  produce  aquel 
sonido,  como  sucede  en  una  bocina  retorcida. 

Hay  quien  afirma  que  en  el  agua  también  se  oye,  por- 
que los  peces  oyen  los  sonidos,  cosa  que  no  creo  sea 
verdad,  pues  no  es  que  oigan,  sino  que  sienten  por  el 
tacto  el  movimiento  del  agua.  Yo  no  niego  que  oigan  al- 
gunos peces,  que  observamos  tienen  agujeros  en  la  ca- 
beza á  modo  de  oídos  y  que  fuera  del  agua  perciben  so- 
nidos que  escuchan  atentamente,  unas  veces  con  admi- 
ración, otras  con  terror  y  hasta  hechizados.  Pero  esos 
son  arcanos  de  la  naturaleza,  incomprensibles  para  nos- 
otros; bien  puede  suceder  que  algunos  peces  oigan  de* 


3o  LIBRO  PRIMERO 


bajo  de  las  aguas  y  sea  ésa  su  particularidad.  Quede  ello 
aquí  por  resolver.  En  cuanto  á  los  demás,  si  no  tienen 
acceso  para  el  aire,  tampoco  para  el  sonido,  lo  mismo 
que  ocurre  en  las  paredes  gruesas.  Con  todo,  yo  vi  en 
el  tesoro  eclesiástico  de  D.^  Mencía,  Marquesa  del  Cé- 
nete, un  globo  de  oro  sin  hendidura  alguna,  que  produ- 
cía un  sonido  interior  por  las  partículas  ú  hojas  de  oro 
que  le  formaban;  pero  eso  consistía  en  que  la  lámina  ex- 
terior de  oro  era  muy  delgada,  y  sacudida  por  las  par- 
tículas interiores,  agitaba  ella  misma  el  aire  producién- 
dose el  sonido. 

El  aire  que  salta  por  el  choque  de  las  masas,  si  se  re- 
chaza todo  él  del  sitio  de  donde  venía,  por  interposición 
de  un  cuerpo  sólido,  resulta  un  sonido  reflejo  ó  recípro- 
co que  los  griegos  llamaban  :^/o.. 

Cuanto  más  próximo  se  halla  el  cuerpo  con  el  cual 
choca  y  más  completamente  se  rechaza,  tanto  mayor  y 
más  completo  resulta  el  eco,  siendo  menor  y  más  confu- 
so cuando  aquel  cuerpo  está  más  lejos  ó  el  aire  está  más 
reducido.  Como  los  últimos  puntos  rechazan  más  que 
los  primeros,  el  eco  repite  siempre  con  mayor  claridad 
lo  último  del  sonido. 

Con  razón  dice  Aristóteles  que  el  aire  sacudido  se  re- 
fleja siempre,  y,  por  tanto,  que  siempre  se  produce  el 
eco;  pero  no  le  percibimos  por  ser  débil  la  reflexión.  El 
aire,  en  efecto,  aunque  no  se  interponga  cuerpo  sólido 
alguno,  no  empuja  al  aire  inmediato  sin  que  á  su  vez  sea 
repelido  por  éste;  pero  el  aire  sacudido  vence  al  próxi- 
mo, que  está  en  quietud  por  el  empuje  y  violencia  que  le 
comunica  el  choque  de  los  cuerpos.  Por  eso,  cuando  so- 
plan vientos  fuertes  se  oyen  menos  los  sonidos,  y  la  no- 
che es  más  á  propósito  para  oír  que  el  día,  pues  con  el 
movimiento  del  viento  no  se  extiende  el  aire  sacudido 
como  cuando  está  todo  en  quietud,  según  puede  verse 
en  el  agua  ondulante,  en  la  cual  se  interrumpen  de 


CAP.   V.  — DEL  OÍDO  3l 


continuo  los  círculos  producidos  por  el  objeto  que  se 
arrojó. 

El  sonido  es  el  objeto  sensible  del  oído,  y  los  cuerpos 
que  suenan  es  por  el  sonido.  Así,  aquellos  que  no  emiten 
sonido,  como  la  lana  y  el  lino,  se  llaman  inaudibles.  En 
su  acción  es  el  sonido  tardo  ó  rápido;  en  cuanto  á  la  sen* 
sación,  agudo  ó  grave.  Entre  ambos  existen  numerosos 
intervalos  con  distinta  gradación. 


CAPITULO  VI 


DEL    TACTO 


La  constitución  primitiva  del  cuerpo  natural  com- 
prende aquellos  elementos  de  la  naturaleza  cuyas  cuali- 
dades y  fuerzas  son  las  principales  y  las  más  sencillas: 
lo  caliente,  lo  frío,  lo  húmedo,  lo  seco.  De  éstas  nacen 
otras  combinaciones:  lo  duro  y  lo  blando,  lo  áspero  y  lo 
suave,  lo  pesado  y  lo  ligero. 

Hay  un  sentido  que  las  distingue,  el  cual  se  llama 
tacto  y  se  halla  diseminado  por  todos  los  nervios  del 
cuerpo  y  por  cuanto  hace  oficio  de  éstos.  Esa  propiedad 
de  tocar  se  comunica  igualmente  á  la  carne  por  la 
aproximación,  aunque  de  modo  más  tenue  y  débil. 
Cierto  que  es  la  carne  el  medio  del  tacto,  y  táctil  de 
suyo;  pero  también  órgano  ó  sensorio  por  virtud  de 
cierta  comunidad  que  tiene;  pues  si  se  pone  algo  sobre 
la  carne,  experimentará  sensación  el  alma  del  nervio  en 
que  está  la  facultad  de  tocar;  como  pasa  á  través  del 
guante  lo  caliente  ó  frío,  lo  duro  ó  blando,  pero  no  sin 
que  antes  penetre  en  la  carne  aquella  cualidad. 

Entre  aquellas  cosas  tangibles  que  hemos  establecido 
según  la  opinión  general,  quien  examine  la  cuestión  más 
detenidamente  hallará  que  en  rigor  sólo  pertenecen  á 
este  sentido  las  cualidades  primitivas  y  elementales;  las 
demás  tocan  á  las  fuerzas  y  al  vigor;  así  se  reputan 
unas  como  más  blandas  ó  más  duras,  más  pesadas  ó 


CAP.  VI. — DEL  TACTO  33 

ligeras;  pero  lo  áspero  ó  lo  suave  se  dice  de  lo  seco  y  de 
lo  húmedo  por  la  igualdad  ó  desigualdad  de  su  super- 
ficie. 

Es  por  tanto  uno  el  sentido  de  tocar  y  uno  lo  tangible; 
á  saber:  aquella  propiedad  elemental  por  cuya  virtud 
está  construido  y  compacto  el  cuerpo  natural. 

Como  dichas  cualidades,  por  su  proporción  y  con- 
gruencia, son  perjudiciales  ó  saludables  para  el  cuerpo 
de  los  animales,  se  ha  concedido  á  todos  éstos  el  tacto 
para  conocerlas,  extendido  por  el  cuerpo  entero  para  que 
se  deseche  más  fácilmente  lo  nocivo.  En  el  hombre  está 
principalmente  en  los  extremos  de  los  dedos  de  las  ma- 
nos; no  porque  sea  más  blanda  esa  carne,  sino  parte  por 
adaptación  y  parte  también  por  la  costumbre.  Así  es 
que  nos  inclinamos  naturalmente  á  tocar  con  los  dedos 
los  objetos  para  hacer  un  ensayo  de  sus  cualidades  pri- 
meras; como  cosa  tan  corriente  de  realizar,  será  muy 
pequeño  el  daño  que  pudiera  ocurrir. 

Y  es  éste  otro  beneficio  de  la  naturaleza;  que  las  mate- 
rias que  se  tocan  irritan  menos  el  sentido  que  las  visibles 
ó  audibles  que  por  sí  mismas  no  tocan  al  animal;  pues 
en  tal  caso  sería  el  perjuicio  más  directo  y  de  mayor 
gravedad.  En  efecto,  el  cuerpo  que  vemos  ú  oímos  no 
toca  al  ojo  ni  al  oído.  Hay  también  la  ventaja  de  que  los 
actos  de  tocar  y  de  gustar  se  hallan  circunscritos  en  tér- 
minos más  breves  que  los  de  la  visión  y  de  la  audición; 
por  eso  nos  cansamos  más  pronto  de  tocar  y  gustar  que 
de  ver  ú  oir.  Y  es  que  como  el  tacto  y  el  gusto  pertene- 
cen á  la  esencia  del  animal,  y  no  así  el  oído  y  la  vista, 
puso  la  Naturaleza  moderación  en  sus  actos  para  que  no 
se  estropease  el  sentido  por  sus  repetidas  operaciones,  y 
pereciese  el  animal:  peligro  que  no  existe  de  parte  de  los 
demás  sentidos. 


CAPITULO  VII 

DEL  GUSTO 

No  todas  las  cosas  que  saca  del  suelo  la  Naturaleza 
sirven  de  comida  á  los  animales.  Algunas  de  ellas  les  son 
adecuadas, j^como  las  frutas  y  el  pan  al  hombre;  las  hier- 
bas al  ganado;  otras  son  enteramente  contrarias  y  ene- 
migas, ya  por  su  amargura,  como  la  hiél  y  el  ajenjo,  ya 
por  el  perjuicio  que  causan,  como  los  venenos. 

Dio  asimismo  una  condición  repugnante  al  gusto  á  las 
que  han  de  resultar  nocivas,  y,  por  lo  contrario,  ade- 
cuada y  agradable  á  las  saludables,  dándolas  est^  nom- 
bre con  respecto  al  cuerpo  en  estado  de  salud,  no  al 
enfermo.  Y  no  son  del  caso  aquellos  que,  por  su  índole 
peculiar  ó  por  la  costumbre,  se  apasionan  por  cosas 
amargas,  desabridas  ó  extrañas  al  gusto,  como  sucede  á 
personas  voraces  ó  ebrias,  ó  á  mujeres  en  cinta,  ó  á 
quienes  padecen  bilis  negra.  Esa  cualidad,  que  agrada  ó 
desagrada  al  gusto,  se  llama  sabor. 

El  órgano  del  gusto  es  un  nervio  que  se  extiende  por 
la  lengua,  al  que  llega  el  sabor  mediante  la  saliva;  y  así 
como  el  sentido  del  tacto  es  más  delicado  en  las  puntas 
de  los  dedos,  lo  mismo  sucede  en  el  gustar  con  la  extre- 
midad de  la  lengua,  por  la  sutilidad  del  alma  del  nervio, 
no  por  sí  mismo  — pues  el  verdadero  y  más  seguro  sen- 
tido reside  en  la  raíz  de  la  lengua,  por  donde  se  une  al 
paladar — ,  sino  porque  como  toca  al  extremo  de  ella, 
llega  más  pronto  al  paladar. 


CAP.  vil.— DEL  GUSTO  35 


La  humedad  de  la  saliva  es  á  manera  de  un  medio 
para  la  sensación,  la  cual  cambia  el  sabor,  así  como  los 
demás  medios  por  sus  cualidades.  Careciendo  por  sí  la 
lengua  de  todo  sabor,  recibe  fácilmente  todos  ellos;  de 
ahí  que  nada  gustamos  cuando  está  seca,  y  si  la  saliva  no 
está  impregnada  de  algún  sabor,  no  percibirá  debida- 
mente los  demás,  como  sucede  en  la  fiebre;  de  igual 
modo  que  mirando  á  través  de  un  cristal  azul  todas  las 
cosas  parecen  de  ese  color. 

Algunos  dicen  que  hay  otro  medio,  unido  con  ese  mis- 
mo órgano  más  profunda  é  íntimamente,  á  saber:  la 
carne  de  la  lengua.  Pero  ésta  es  más  bien  que  medio,  una 
parte  del  órgano.  Los  animales  que  no  tienen  lengua  gus- 
tan con  su  boca  ó  con  la  parte  que  haga  veces  de  ésta,  es 
decir,  por  donde  toman  el  alimento. 

Siendo  el  medio  la  saliva,  solamente  se  gustan  aquellas 
cosas  que  pueden  convertir  la  saliva  en  su  cualidad,  ó 
sea  lo  cálido  y  lo  húmedo,  pues  de  resolverse  éste  por 
aquél  resulta  el  sabor.  El  calor  agota  la  saliva  para  reci- 
bir más  sutilmente  la  humedad  del  objeto  sápido;  por  lo 
cual  las  cosas  más  sabrosas  están  combinadas  de  lo  cálido 
y  lo  húmedo,  como  el  azúcar  y  el  vino.  En  cuanto  á  la 
miel,  aunque  tiene  la  virtud  de  enjugar  y  secar,  posee 
mucha  humedad  en  su  substancia. 

Las  cosas  que  tienen  más  calor  y  poca  humedad  se 
gustan  con  más  viveza  por  lo  que  acabamos  de  explicar, 
como  son  la  pimienta,  el  clavo,  la  canela  y  las  especias. 
En  cambio,  las  que  tienen  mucha  humedad  y  poco  calor 
son  insípidas  y  embotan  el  gusto,  como  las  acuosas.  En 
efecto:  se  espesa  con  ellas  la  saliva,  por  lo  cual  se  hace  el 
sentido  más  obtuso,  según  sucede  á  la  vista  en  la  oscu- 
ridad ó  en  la  niebla. 

La  estopa  y  la  madera  seca  no  afectan  al  gusto,  y  lo 
mismo  el  agua,  como  elemento  puro,  por  carecer  aqué- 
llas en  absoluto  de  humedad,  y  ésta  de  calor. 


CAPITULO  VIH 

DEL   OLFATO 

Hay  en  la  Naturaleza  muchas  cosas  que  inmediata- 
mente de  gustadas  producen  gran  daño,  y  hasta  á  veces 
una  ponzoña  mortal,  como  son  los  venenos  activos.  Por 
esta  razón  se  ha  dado  á  los  animales  la  facultad  de  oler, 
para  prevenir  al  gusto  respecto  de  aquello  que  es  conve- 
niente, ó  no  lo  es,  antes  que  el  animal  ponga  en  peligro  su 
vida  por  el  ansia  de  comer,  ó  se  abstenga  por  sospecha  ó 
miedo,  de  cosas  saludables. 

Así  es  que  este  sentido  tiene  gran  afinidad  y  concor- 
dancia con  el  gusto;  pues  lo  que  bien  sabe,  huele  bien,  y 
al  contrario.  Pero  no  es  cierta  la  recíproca,  porque  mu- 
chas cosas  de  buen  olor  repugnan  al  gusto. 

Esto  no  rige  siempre  tocante  al  provecho,  pues  en  el 
gusto  y  en  el  olfato  hay  conveniencias  y  hay  deleites; 
éstos  unas  veces  favorecen  y  otras  se  oponen  al  provecho. 

Esto  sucede,  no  sólo  en  caso  de  enfermedad,  como 
con  el  uso  del  ajenjo  y  del  ácibar,  sino  en  estado  de  com- 
pleta salud,  por  pervertirse  á  menudo  la  naturaleza  con 
la  educación  y  la  costumbre.  Antiguamente  nada  era 
más  agradable  que  el  olor  de  las  mieses,  el  del  campo  en 
primavera,  que  también  hoy  es  el  que  más  gusta  á  la 
gente  campesina,  como  igualmente  á  los  viejos  el  olor 
del  pan  recién  cocido. 

Luego  se  han  preferido  otras  cosas,  la  mejorana,  el 
aiuilzcle,  el  nardo;  aguas  destiladas  de  flores  ó  mezcla- 


CAP.  VIH. — DEL  OLFATO 


Í7 


das  y  preparadas  con  artificio,  que  hacen  tomar  disgusto 
á  lo  natural.  Lo  mismo  sucede  con  la  afición  á  los  ban- 
quetes y  á  la  taberna,  cosa  que  siendo  la  más  contraria  á 
la  naturaleza,  hay  muchos  que  no  pueden  vivir  sin  ella; 
esos  rechazan  los  manjares  dulces,  no  gozan  con  la  deli- 
cadeza de  los  olores  y  es  frecuente  que  les  produzca  do- 
lor fuerte  de  cabeza  el  más  agradable  de  ellos.  Esto  mis- 
mo sucede  también  en  algunas  personas  de  cerebro  débil, 
ó  por  la  violencia  misma  del  mucho  calor,  que  tienen  olo- 
res excelentes,  como  el  incienso,  el  ciprés,  el  almizcle. 
Su  órgano  reside  en  las  carnosidades  de  la  nariz,  ó  de 
lo  que  hace  sus  veces  en  otros  animales,  de  donde  llegan 
los  nervios  al  cerebro. 

Hay  olores  suaves  y  moderados;  hay  otros  acres,  como 
pasa  en  los  colores,  unos  de  los  cuales  son  agradables, 
como  el  verde,  otros  distinguidos,  como  el  muy  blanco 
y  brillante.  Por  razón  del  objeto  sensible  sobresale  la 
cualidad  primera,  como  en  la  luz;  al  paso  que  con  res- 
pecto al  órgano,  la  cualidad  de  lo  suave,  porque  se  refiere 
al  gusto. 

Lo  contrario  á  un  olor  favorable  se  llama  hedor;  y  lo 
opuesto  á  lo  dulce,  es  lo  amargo.  Como  no  se  gustan  las 
cosas  secas  y  frías,  tampoco  huelen;  aunque  el  olfato 
tiende  más  que  el  gusto  hacia  lo  caliente  y  lo  seco. 

La  evaporación  cálida  produce  un  calor  muy  acre, 
como  sucede  en  los  aromas.  Todas  las  plantas  de  Etiopía 
y  de  la  Arabia  son  en  extremo  olorosas. 


CAPITULO  IX 

DE  LOS  SENTIDOS  EN  GENERAL 

Son,  según  esto,  cinco  los  sentidos  de  los  animales 
perfectos:  ver,  oír,  tocar,  gustar  y  oler,  que  Dios  les  ha 
concedido  para  su  bienestar;  porque  siendo  todo  animal 
corpóreo  y  habiendo  de  vivir  entre  los  cuerpos,  quiso 
dotarlos  de  cierto  conocimiento  de  éstos,  á  fin  de  que 
buscase  lo  saludable  y  evitase  lo  que  habría  de  perjudi- 
carle. 

En  efecto:  estando  ocultas  las  cosas  que  hay  dentro  de 
un  objeto,  se  conocen  por  medio  de  lo  exterior;  y  para 
eso  se  han  dado  los  sentidos,  por  los  cuales  se  conozca 
todo  lo  externo,  sin  que  de  elle  quede  cosa  alguna  que 
no  caiga  bajo  el  conocimiento  de  los  sentidos.  De  aquí 
resulta  que  no  se  han  debido  dar  ni  más  ni  menos  sen- 
tidos al  animal  completo,  por  más  que  esto  sólo  pode- 
mos decirlo  por  conjetura,  dentro  del  respeto  á  la  sa- 
biduría y  al  poder  de  Dios,  único  que  sabe  lo  que  con- 
viene y  hasta  qué  punto.  Así,  continuemos  con  nuestros 
pobres  y  oscuros  razonamientos. 

De  la  fuerza  y  las  cualidades  de  los  cuatro  elementos 
hemos  obtenido  las  facultades  de  los  cinco  sentidos  para 
que,  con  cierta  proporción  y  semejanza,  experimente- 
mos cada  una  de  las  cosas;  tiene  el  tacto  un  vigor  como 
de  tierra,  es  decir,  espeso,  tenaz  y  capaz  de  coger  algo 
con  fuerza;  el  gusto  es  acuoso;  el  olfato,  de  aire  grueso, 
como  es  el  humo,  que  por  exhalarse  de  lo  húmedo  en 


CAP.  IX.  —  DE  LOS  SENTIDOS  EN  GENERAL     Sq 

virtud  del  calor,  le  relegaron  al  elemento  ígneo  los 
jefes  de  la  escuela  peripatética,  Aristóteles  y  Teofrasto. 
En  verdad,  aquél  es  su  fundamento  y,  en  cierto  modo, 
su  origen;  pero  el  olor  en  sí  se  halla  en  la  evaporación 
y  es  como  un  aire  más  denso;  el  oído  es  aéreo;  la  vista, 
ígnea;  pues,  aun  cuando  tienen  los  ojos  naturaleza 
acuosa,  son  ígneos  su  vigor  y  actividad.  En  suma,  los 
sentidos  experimentan  mejor  la  sensación  de  aquellas 
cosas  que  son  correspondientes  á  su  respectiva  índole. 
El  primero  de  los  sentidos  es  el  tacto;  el  último,  la 
vista.  La  unión  de  estos  dos  es  la  primera,  lo  mismo  que 
sucede  en  aquella  unión  material  del  mundo,  en  la  cual 
los  primeros  que  se  combinaron  fueron  el  fuego  y  la  tie- 
rra, siendo  agregados  después  los  otros  elementos. 

La  distinción  y  separación  de  los  elementos  deben 
partir  de  los  objetos  sensibles,  pues  toda  facultad  se  re- 
fiere á  aquello  en  lo  cual  se  ejercita.  Aunque  existen  al- 
gunos objetos  comunes  á  varios  sentidos,  como  el  movi- 
miento, el  tamaño,  el  número,  la  forma  ó  figura,  el 
sitio  ó  la  posición  en  un  lugar,  así  como  las  cosas  en 
ellos  comprendidas,  que  son  próximamente  comunes  á 
la  vista  y  al  tacto,  de  ningún  modo  pertenece  á  los  sen- 
tidos lo  que  la  facultad  interior  saca  de  los  conocimien- 
tos dados  por  ellos,  verbigracia,  la  hermosura  en  la  for- 
ma ó  la  fealdad,  la  semejanza  y  desemejanza.  Así,  tam- 
bién, después  de  gustar  una  manzana,  parece  que  los 
ojos  juzgan  del  sabor  y  del  calor  en  el  fuego;  mas  no  son. 
ellos  los  que  juzgan,  sino  el  alma  por  medio  de  la  me- 
moria, pues,  si  falta  ésta,  hay  que  volver  de  nuevo  al 
experimento  de  cada  sentido,  como  sucede  en  los  niños 
y  en  algunos  animales. 

Son  estos  verdaderos  objetos  sensibles  hermanos,  que 
se  llaman  xaGc^úid,  esto  es,  por  sí  mismos,  pues  la  subs- 
tancia es  percibida  por  su  inherente,  y  en  tanto  por  sen- 
sación ajena,  la  cual  es  más  bien  de  la  mente  que  de 


40  LIBRO  PRIMERO 


sentido.  Por  eso  mismo,  las  cosas  de  menor  valor  men- 
tal penetran  con  más  dificultad  por  los  inherentes,  hasta 
contemplar  la  esencia,  como  las  bestias,  los  hombres 
rudos  y  tardos.  Son  infinitas  las  cosas  que  inferimos 
por  conjeturas  y  por  raciocinio. 

Yo  veo,  en  efecto,  un  músico,  y  puedo  también  ver  un 
rey;  pero  el  conocimiento  del  uno  y  del  otro  no  es  délos 
ojos,  como  tampoco  el  del  canto,  aunque  vea  un  libro 
con  notas  musicales.  Es  esto  un  resultado  de  la  costum- 
bre cuando  hablamos;  y  aunque  cosa  natural  en  la  con- 
versación, no  hay  para  qué  tenerla  por  ley  y  regla  al 
juzgar. 

No  se  acabaría  nunca  si  pretendiésemos  siempre  cu- 
brir y  defender  tan  vicioso  hábito  con  mezquinos  distin- 
gos ó  con  nuevas  palabras. 

Pasemos  ahora  á  otras  cuestiones  del  mismo  asunto. 

Se  ha  discutido  si  á  nuestros  sentidos  llega  alguna  es- 
pecie procedente  de  las  cosas;  cuestión  no  tanto  de  esen- 
cia como  de  polémica,  y  por  tanto,  muy  apropiada  para 
los  grupos  de  las  escuelas  y  para  el  desarrollo  de  sus 
discusiones. 

Nuestros  sentidos  están  dispuestos  y  ordenados  por 
Dios  en  forma  de  ser  como  receptáculos  de  cuanto  suce- 
de fuera  de  ellos;  pues  es  evidente  que  sacan  de  lo  exte- 
rior, mas  nada  emiten  de  sí  mismos.  Se  ve  esto  por  la 
forma  cóncava  de  todos  los  órganos,  á  propósito  para 
recibir  lo  que  llega  de  afuera;  y  lo  propio  que  en  los 
sentidos  ocurre  en  el  alma,  que  de  suyo  nada  envía  al 
exterior,  sino  que  de  todas  partes  atrae  hacia  sí  materia 
para  conocer  y  elaborar. 

Ello  es  fácil  de  observar  en  los  sentidos  mismos,  que 
si  por  acaso  se  ocupan  en  echar  algo  fuera,  no  cumplen 
con  su  misión;  así,  por  ejemplo,  el  gusto  al  escupir,  el 
olfato  al  respirar  y  los  ojos  cuando  lagrimean.  Si  se 
realizasen  las   sensaciones  echando  algo  al  exterior,  se 


CAP.   IX.  —  DE  LOS  SENTIDOS  EN  GENERAL  4Í 

fatigaría  excesivamente  el  ser  animal  con  actos  tan 
continuos;  mientras  que  en  su  actividad  de  recepción  es 
mucho  menor  el  cansancio  y  más  fácil  la  reparación. 

En  cuanto  al  liecho  de  que  en  todo  conocimiento  pen- 
samos que  de  algún  modo  es  también  objeto  conocido  el 
mismo  que  conoce,  como  la  imagen  reflejada  en  un  es- 
pejo, ó  el  sello  estampado  en  la  cera,  no  es  ciertamente 
la  proyección  hacia  afuera  quien  lo  verifica,  sino  la  re- 
cepción hacia  dentro.  Es  un  hecho  bastante  aceptable 
que  vemos  demostrado  por  la  Naturaleza  misma,  por  la 
disposición  de  los  órganos,  ó  por  los  actos  de  las  sensa- 
ciones. 

Queda  todavía  la  cuestión  de  si  los  objetos  sensibles 
envían  de  sí  propios  algo  hacia  los  sentidos,  á  lo  cual  se 
llama  especies. 

Es  del  todo  evidente  que  algo  llega  de  los  cuerpos  mis- 
mos hasta  los  sentidos  en  las  cuatro  sensaciones:  á  la 
nariz  los  olores,  al  paladar  el  sabor,  al  tacto  las  cualida- 
des primeras  del  objeto,  y  al  oído  el  aire  en  movimien- 
to. En  cuanto  á  los  ojos,  les  llegan  las  luces  ó  luminares 
de  la  manera  que  ya  antes  explicamos;  y  es  indudable 
que  tocan  aquéllas  la  pupila  del  ojo  del  mismo  modo  que 
al  espejo,  siendo  en  ambos  casos  semejante  el  efecto. 

Estas  son,  pues,  las  especies  y  no  creo  sea  necesario 
que  haya  otras.  Cosa  es,  realmente,  admirable  y  que  en 
muchos  produce  confusiones  el  que  llegue  á  nuestros 
ojos  algo  del  cuerpo  exterior  con  rapidez  capaz  de  reco- 
rrer en  un  momento  larguísimas  distancias.  Hay  que 
distinguir  ahora  estos  movimientos  según  la  cualidad  é 
índole  de  cada  elemento.  En  la  vista  es  mayor  la  rapidez 
que  en  el  oído,  por  ser  ígnea  la  sensación  de  la  primera  y 
aérea  la  otra.  En  efecto,  el  ímpetu  del  fuego  es  rapidí- 
simo; y  si  llamamos  á  los  colores  luces  tenues,  es  por- 
que la  naturaleza  de  la  luz  indica  la  índole  del  color. 
Recorre  y  llena  la  luz  en  un  solo  instante  espacios  in- 


42  LIBRO  PRIMERO 


mensos;  los  colores  son  del  mismo  género  que  la  luz,  su 
origen  v  creadora. 

Necesitan  los  animales  muchas  cosas  para  conservarse, 
y  se  hallan  expuestos  á  muchos  peligros;  por  eso  han 
recibido  varios  sentidos  como  instrumentos,  ya  para  pro- 
curarse la  salud,  ya  para  evitar  el  mal.  El  tacto  y  el  gusto 
se  concedieron  á  todos  ellos  por  ser  necesarios  para  pro- 
pagar la  vida,  y  para  esto  también  se  les  dispuso  en  me- 
dio del  cuerpo  un  intestino.  Mediante  el  gusto  distinguen 
el  alimento  útil  del  inútil;  por  el  tacto,  lo  destructor  y  lo 
inocente;  y  á  este  fin  no  colocó  la  Naturaleza  este  sentido 
en  lugar  determinado,  sino  que  se  halla  distribuido  por 
todo  el  cuerpo  para  que  cada  una  de  las  partes  estén 
como  apostadas  para  vigilar  su  conservación. 

El  olfato  es  útil  para  el  gusto,  por  lo  cual  le  precede 
con  el  fin  de  anunciarle  los  objetos  que  reconoce,  incli- 
nándole á  ellos,  ó  apartándole.  No  era  sentido  muy  ne- 
cesario para  el  conocimiento  de  las  cosas;  habiendo 
quien  le  tenga  muy  débil,  y  conozca  solamente  los  man- 
jares por  el  nombre.  Es,  en  efecto,  un  sentido  que  se 
embota  con  facilidad  por  el  flujo  del  humor  craso,  y 
hasta  llega  á  destruirse  completamente;  así  es  que  mu- 
chas personas  carecen  de  él,  con  lo  cual,  en  realidad,  se 
ven  libres  de  no  pequeñas  molestias,  sobre  todo,  dadas 
las  costumbres  privadas  y  públicas  que  hoy  existen. 

Aquellos  animales  que  tenían  que  buscar  lejos  su  sus- 
tento recibieron  oído  y  vista,  sentidos  que,  además,  tie- 
nen utilidad  por  otros  conceptos:  la  vista  nos  presenta 
el  propio  aspecto  del  mundo  y  de  la  Naturaleza;  es  para 
cada  uno  su  guía  y  maestro  familiar;  por  eso  la  conside- 
ramos como  el  sentido  más  precioso  y  así  lo  demuestra 
el  sitio  elevado  que  ocupa  en  la  cabeza,  á  modo  de  ata- 
laya. Es  sentido  al  que  tenemos  mayor  cariño  porque 
obtenemos  de  él  grandes  comodidades  para  la  vida  en- 
tera; fué  autor  é  inventor  de  casi  todas  las  artes  y  estu- 


CAP.  IX.  —  DE  LOS  SENTIDOS  EN  GENERAL     4^ 

dios;  por  su  explicación  conocemos  la  luz,  color,  tamaño, 
figura,  número,  lugar  y  movimiento  de  los  cuerpos  que 
se  hallan  esparcidos  en  nuestra  proximidad  y  á  lo  lejos. 
El  oído  es  también  muy  á  propósito  para  transmitir  los 
conocimientos  de  unos  á  otros  y  por  eso  se  llama  el  sen- 
tido de  la  enseñanza,  del  cual  carecen  los  animales  que 
no  son  adecuados  para  entender  lo  que  se  enseña,  como 
verbigracia,  los  gusanos. 

Es  increíble  hasta  qué  punto  se  mostró  cuidadosa  la 
Naturaleza  para  compensar  á  quienes  privó  de  algún 
sentido,  bien  aumentando  el  vigor  de  los  restantes,  bien 
por  el  conocimiento  interno.  Así,  dio  á  los  ciegos  y  á  los 
sordos  sutilidad  de  tacto,  una  memoria  rápida  y  firme 
y  agudeza  de  entendimiento;  agrégase  á  esto  la  necesi- 
dad, con  cuyo  estímulo  se  despierta  el  ingenio.  Como  la 
vista  y  el  oído  sirven  al  conocimiento  interno,  no  las 
hallamos  en  todo  animal,  como  se  hallan  los  otros  tres 
que  sirven  al  cuerpo. 

Tienen  estos  dos  sentidos  una  gran  comunicación  y 
como  mutua  afinidad;  de  suerte  que  el  uno  corrige  los 
errores  del  otro  en  un  objeto  sensible,  común  á  ambos; 
en  la  pintura,  por  ejemplo,  cree  la  vista  percibir  algunas 
partes  salientes;  pero  deshace  ese  error  el  tacto,  que  es 
el  sentido  más  seguro  que  tiene  el  hombre.  Aunque  tal 
engaño  es  de  los  ojos,  no  del  alma;  y  entre  los  filósofos 
se  discute  si  pueden  ó  no  engañarse  los  sentidos. 

Cuestión  antigua,  que  ya  trataron  los  estoicos,  epicú- 
reos y  académicos.  A  mi  juicio,  los  sentidos  no  pueden 
engañarse,  si  bien  pueden  engañar;  porque  se  equivoca 
quien  toma  lo  falso  por  verdadero,  ó  al  contrario;  pero 
los  conceptos  de  verdad  y  falsedad  constituyen  una  de- 
terminación y  distinción  que  no  caen  bajo  los  sentidos, 
los  cuales  conocen  simplemente  sus  objetos,  sin  agregar 
que  tal  cosa  sea  esto  ó  lo  otro,  lo  cual  corresponde  al 
pensamiento.  Y  tal  creo  fué  la  idea  de  aquel  axioma  an- 


44  Libro  primero 


tiguo:  «quien  abstrae  no  puede  mentir».  Pues  la  noticia 
que  nos  dan  los  sentidos  no  es  sino  una  cierta  recepción 
ó  la  impresión  de  una  imagen  como  la  de  un  anillo  en  la 
cera  ó  de  una  figura  en  un  espejo.  Pero  todavía  queda 
la  duda  de  si  puede  el  alma  engañarse  en  virtud  de  la 
noción  de  los  sentidos. 

Existen  en  la  sensación  el  órgano,  el  objeto  sensible 
y  el  medio.  Puede  engañar  el  órgano  mal  impresionado, 
como  unos  ojos  lagañosos  ó  miopes;  también  un  objeto 
que  esté  lejano,  agitado  ó  que  se  ofrezca  de  repente,  y 
puede,  por  último,  engañar  un  medio  no  bastante  ade- 
cuado, como  el  humo,  la  niebla,  el  agua,  el  aire  en  movi- 
miento, un  cristal  manchado  de  color. 

Si  todos  estos  factores  se  mantienen  en  buen  estado  na- 
tural, á  saber:  un  órgano  bien  impresionado,  un  objeto 
que  se  presenta  tranquilamente  y  el  medio  congruente 
en  tiempo  y  lugar,  no  engañarán  al  alma  atenta.  Lo 
mismo  sucede  en  todas  las  demás  cosas;  si  se  sigue  to- 
talmente á  la  Naturaleza,  de  ningún  modo  se  errará.  De- 
cimos que  el  alma  debe  estar  atenta,  porque  si  se  dirige 
á  otra  parte,  aunque  cumpla  el  sentido  con  su  misión 
ella  juzgará  mal,  com.o  cuando  un  mensajero  refiere  una 
cosa  cierta  á  quien  no  le  escucha.  De  igual  modo  cree- 
mos no  haber  visto  lo  que  realmente  vimos,  ó  haberlo 
visto  en  otro  lugar;  y  sé  comprende  bien  que  esto  puede 
suceder  cuando  alguien  oye  cosas  que  no  escucha  y  se 
calla  sin  haberlas  entendido;  pero,  á  poco,  como  desper- 
tando de  un  sueño,  repite  de  memoria  lo  que  se  le  había 
dicho,  y  declara  que  lo  ha  oído  y  entendido. 


CAPITULO  X 

DEL    CONOCIMIENTO    INTERIOR 

Además  del  conocimiento  externo  de  estos  objetos 
presentes,  es  manifiesto  que  existe  otro  de  las  cosas  au- 
sentes, pues  no  sólo  vemos  muchas  en  sueños,  sino  que 
estando  despiertos  y  sin  funcionar  absolutamente  ningún 
órgano  de  nuestros  sentidos,  damos  vueltas  con  el  pensa- 
miento á  cuanto  hemos  antes  visto,  oído,  tocado,  gus- 
tado y  olido:  fenómenos  que  se  presentan  con  claridad  á 
la  observación  de  todos,  aun  en  los  mudos. 

Así  como  en  las  funciones  de  nutrición  reconoce- 
mos que  hay  órganos  para  recibir  los  alimentos,  para 
contenerlos,  elaborarlosjy  para  distribuirlos  y  aplicarlos, 
así  también  en  el  alma,  tanto  del  hombre  como  de  los 
animales,  hay  una  facultad  para  recibir  las  impresiones 
délos  sentidos,  la  cual  se  llama  imaginativa;  otra  para 
retenerlas,  ó  sea  la  memoria;  otra  que  las  perfecciona, 
la  fantasía,  y  finalmente,  la  que  las  clasifica  según  su 
asenso  ó  disenso,  que  es  la  estimativa.  Son,  en  efecto,  las 
cosas  espirituales  imágenes  de  Dios;  al  paso  que  las  cor- 
porales son  en  cierto  modo  como  simulacros  de  aqué- 
llas; por  eso  no  ha  de  sorprender  que  se  infieran  las  cosas 
espirituales  de  las  corporales,  como  hay  también  repre- 
sentaciones délos  cuerpos  en  sombras  ó  por  pinturas. 

Es  la  función  imaginativa  en  el  alma  como  los  ojos  en 
el  cuerpo,  la  de  recoger  las  imágenes  mirando;  luego 
está  la  memoria  en  forma  de  abertura  de  vaso,  para 


46  LIBRO  PRIMERO 


conservarlas;  la  fantasía,  que  reúne  y  separa  aquellos 
datos  aislados  y  simples  que  recibiera  la  imaginación. 

No  ignoro  que  muchos  confunden  ésta  con  la  fanta- 
sía, empleando  ambos  nombres  indistintamente,  y  que 
algunos  creen  ser  idéntica  su  función;  pero  juzgo  más 
conveniente  dividirlas  tanto  por  el  fondo  de  la  cuestión 
como  para  la  facilidad  de  la  enseñanza,  por  cuanto 
vemos  que  existen  funciones  distintas,  de  las  cuales  in- 
ferimos sus  facultades.  Con  todo,  no  habrá  incon- 
veniente en  usar  á  veces  una  ú  otra  denominación. 

Agrégase  á  ellas  la  del  sentido  que  llama  Aristóteles 
común,  por  el  cual  se  juzgan  los  objetos  sensibles  ausen- 
tes, y  se  distinguen  los  que  tocan  á  varios  sentidos; 
puede  colocarse  después  de  la  imaginación  y  la  fantasía. 
Es  esta  última  admirablemente  suelta  y  libre:  ella  for- 
ma, reforma,  combina,  encadena  y  disocia  cuanto  se  le 
antoja;  enlázalas  cosas  más  distintas,  y  separa  hasta  el 
extremo  aquellas  que  se  hallan  más  íntimamente  unidas. 

Por  eso,  de  no  hallarse  gobernada  y  contenida  por  la 
razón,  agita  y  perturba  al  alma  como  al  mar  las  tempes- 
tades. Esa  función  se  pone  en  movimiento  por  los  sen- 
tidos y  también  por  el  estado  del  cuerpo;  del  mismo 
modo  los  seres  espirituales,  como  los  ángeles  buenos  y 
los  malos,  intervienen  para  excitar  aquella  facultad,  em- 
pleando con  suma  delicadeza  las  acciones  de  las  cosas 
naturales,  impidiendo  fácilmente  el  conocimiento  de  los 
sentidos  y  nuestro  propio  juicio. 

Realizan,  en  efecto,  aquellos  espíritus  ciertos  actos 
desconocidos  para  nosotros,  como  el  hombre  también 
hace  cosas  que  no  comprenden  los  brutos. 

De  igual  modo  que  algunos  hombres  son  capaces  de 
conmover  la  fantasía  y  la  mente  de  los  demás  por  medio 
déla  palabra,  con  señas  o  gestos,  con  escritos  y  signos, 
lo  cual  excede  á  la  comprensión  de  los  animales,  así 
también  pueden  las  ciencias  espirituales  agitar  nuestra 


CAP.   X. — DEL  CONOCIMIENTO  INTERIOR  47 

fantasía  mediante  actos  propios  y  sólo  de  ellos  conoci- 
dos, moviendo  antes  la  facultad  imaginativa,  la  cual 
está  grandemente  unida  con  el  cuerpo,  pues  á  la  par  que 
es  influida  por  los  sentidos,  ella  infunde  en  el  cuerpo 
admirables  energías;  cualquier  cosa  que  impresione  á 
uno,  refleja  también  en  el  otro. 

El  cuerpo  recibe  y  devuelve  aquella  misma  forma  y 
acción  que  la  fantasía  concibió,  como  se  ve  muy  clara- 
mente en  las  relaciones  amorosas  y  del  modo  más  expre- 
sivo en  las  mujeres  embarazadas,  en  las  cuales  realiza  la 
imaginación  excitada^ aquello  que  en  ningún  otro  caso 
podría  hacer  la  inteligencia  ni  la  razón. 

La  facultad  estimativa  es  aquella  que  partiendo  de  las 
impresiones  sensibles  produce  el  acto  del  juicio,  dirigido 
á  distinguir  lo  que  puede  ser  provechoso  ó  nocivo, 
puesto  que  la  naturaleza  le  creó  para  nuestra  salud,  y 
para  el  conocimiento  ó  estímulo  de  los  sentidos.  Así, 
primeramente  se  juzga  qué  es  en  sí  cada  objeto,  y  des- 
pués, si  es  conveniente  ó  perjudicial.  En  el  primer  jui- 
cio sigue  el  alma  el  dictamen  del  sentido,  verbigracia,  de 
la  vista;  en  el  segundo  se  mueve  por  un  misterioso  estí- 
mulo natural  y  se  retira  de  pronto,  como  la  oveja  hu- 
yendo de  un  lobo  que  antes  nunca  viera,  ó  las  gallinas 
del  águila  ó  del  buitre,  y  el  hombre  mismo  del  dragón  y 
de  los  monstruos;  hasta  en  ocasiones  nos  asustamos  de 
la  repentina  presencia  y  encuentro  de  ciertos  hombres. 

De  la  memoria  trataremos  más  adelante. 

Es  indudable  que  los  sentidos  externos  tienen  cierta 
proporción,  ó  sea  analogía,  con  los  interiores,  pues  hay 
imágenes  crasas,  terreas;  las  hay  de  cosas  sutiles  y  espi- 
rituales. En  el  alma  nada  hay  tan  semejante  á  los  senti- 
dos como  el  ojo.  Así  que  las  imágenes  anímicas  pare- 
cen hallarse  allí  de  igual  modo,  dada  la  proporción  de  las 
cosas,  que  las  externas;  pues  como  éstas  se  imprimen 
en  los  ojos,  aquéllas  en  el  espíritu  luminoso  que  las  con" 


48  LIBRO  PRIMERO 


serva  largo  tiempo  y  las  presenta  con' mayor  pureza  y 
claridad  á  los  ojos  del  alma,  formando  en  ella  como  una 
impresión  ó  afecto;  y  cuando  se  ocupa  en  combinarlas  ó 
separarlas,  resulta  un  acto  anímico. 

Otorgó  la  Naturaleza  á  estas  facultades  diversos  ins- 
trumentos, á  modo  de  laboratorios  distintos  en  las  par- 
tes del  cerebro:  en  la  región  anterior  de  éste  se  afirma 
que  está  el  origen  y  asiento  de  los  sentidos,  y  que  en  ese 
mismo  sitio  se  forma  la  imaginación;  en  el  centro  se 
hallan  la  fantasía  y  la  facultad  estimativa;  la  memoria 
en  el  occipucio.  Y  lo  infieren  de  que  cuando  se  perturba 
cualquiera  de  estas  partes,  sucede  lo  mismo  á  la  función 
correspondiente,  sin  que  las  demás  cambien  de  estado. 
Y  no  es  cosa  distinta  la  que  observamos  en  los  miem- 
bros del  cuerpo:  teniendo  malo  un  pie,  no  podemos  an- 
dar; pues,  aunque  el  principio  y  la  facultad  de  la  marcha 
está  en  el  alma,  el  instrumento  y  la  actividad  están  en 
los  pies. 

El  conocimiento  y  juicio  de  lo  nocivo  y  de  lo  prove- 
choso engendran  en  nosotros  el  deseo  de  esto  y  la  aver- 
sión y  alejamiento  de  aquello;  así  como  los  movimientos 
del  alma  que  nos  inclinan  hacia  el  bien  presente  ó  veni- 
dero y  nos  desvían  del  mal,  los  cuales  se  llaman  afec- 
tos ó  perturbaciones,  en  griego  T.ádq,  de  que  trataremos 
por  separado  con  más  extensión. 

Aquel  apetito,  por  tanto,  que  es  «hacia  algo»  y 
aquella  aversión  que  es  «de  algo»;  lo  mismo  que  con- 
mueven el  alma,  comunican  también  ese  movimiento  al 
cuerpo  para  que  se  dirija  á  lo  útil  y  se  aparte  de  lo  da- 
ñoso. 

Esto  se  verifica  andando,  volando,  nadando  ó  arras- 
trándose; pero  hay  animales  minúsculos  que  están  quie- 
tos en  un  sitio  porque  no  tienen  que  buscar  en  otra  parte 
lo  que  necesitan,  y  carecen  de  aquellos  movimientos;  así 
son  las  conchas  y  las  esponjas,  las  cuales  no  hacen  más 


CAP.  X. — DEL  CONOCIMIENTO  INTERIOR  49 

que  encogerse  y  estirarse  en  la  forma  que  basta  para  su 
vida. 

En  cuanto  á  la  palpitación  ó  pulso,  en  cualquier  ani- 
mal, no  es  un  movimiento  producido  por  el  apetito,  sino 
que  es  de  la  nutrición,  pues  el  calor  actúa  sobre  las  co- 
sas húmedas,  según  puede  verse  en  aquellas  que  se 
aplican  al  fuego. 


CAPITULO  XI 


DE    LA   VIDA  RACIONAL 


Estas  facultades  de  los  sentidos,  ya  externos  ya  inter- 
nos, son  las  superiores  en  los  brutos,  mientras  que  en 
el  hombre  sirven  á  la  mente,  que,  partiendo  del  cono- 
cimiento de  la  imaginación  y  de  la  fantasía  se  eleva  más 
alto,  ó  sea  hasta  conocer  las  cosas  espirituales. 

Pero  encerrada  como  está  ella  en  la  oscura  cárcel 
corpórea,  y  cercada  de  tinieblas,  se  ve  privada  de  la  inte- 
ligencia de  muchos  objetos;  no  puede  mirar  ni  entender 
con  toda  claridad  lo  que  quisiera,  esto  es,  la  esencia  de 
las  cosas  envueltas  en  la  materia,  la  cualidad  de  índole 
de  lo  inmaterial,  como  tampoco  emplear  su  suspicacia  y 
su  viveza  dentro  de  aquella  obscuridad.  A  tal  altura  no 
llega  nmguna  de  las  facultades  de  los  animales,  porque 
no  es  capaz  de  volver  jamás  sobre  sí  misma,  ni  piensa  ó 
juzga  cosa  alguna  que  se  halle  sobre  los  sentidos  del 
cuerpo. 

De  aquel  conocimiento  de  los  objetos  supremos,  los 
más  excelentes  de  la  naturaleza,  por  los  cuales  llega  la 
mente  hasta  al  autor  mismo  de  todas  las  cosas,  nace  el 
amor  hacia  ellas.  De  aquí  la  pugna  y  lucha  entre  la  mente 
y  la  fantasía:  ésta  arrastra  al  alma  hacia  lo  corpóreo, 
aquélla  tiende  hacia  lo  más  elevado,  á  las  cosas  supremas 
no  comprendidas  por  ningún  sentido  ni  por  la  fantasía, 
deteniendo  á  ésta  en  su  marcha  errante  y  divagadora  á 


CAP.  XI — DE  LA  VIDA  RACIONAL  5l 

través  de  inacabables,  pervertidos  caminos  y  trayéndola 
al  verdadero. 

No  se  inclina  la  aspiración  entera  de  la  mente  ante 
la  utilidad  ó  daño  presente  sino  que  recuerda  lo  pasado, 
y  conjetura  acerca  de  lo  futuro;  busca  el  juicio  de  lo 
verdadero  y  de  lo  falso,  cosa  de  que  no  se  preocupa  el 
animal,  sólo  atento  á  mirar  lo  que  conviene  al  cuerpo  y 
lo  que  le  daña,  sin  más  que  el  arrebato  de  la  fantasía. 

De  esa  potencia  de  la  mente  trae  su  fuente  y  origen  el 
lenguaje,  expresión  de  cuanto  en  ella  se  contiene  y  facul- 
tad de  que  asimismo  carecen  los  brutos,  que  por  eso  se 
llaman  «mudos»,  según  explicaremos  detalladamente  en 
lo  sucesivo.  En  cuanto  á  la  cuestión  que  ahora  nos 
ocupa  la  definiremos  por  el  orden  siguiente,  para  no  traer 
confusión  á  la  inteligencia  de  cosas  tan  difíciles  y  abstru- 
sas:  «La  vida  dotada  de  mente,  esto  es,  de  prudencia,  de 
juicio,  de  razón,  llamada  en  lo  antiguo  Xo^i/rj  y  por  nos- 
otros vida  racional,  es  la  que,  siendo  creada  para  cono- 
cer á  Dios,  y  en  tanto  para  amarle,  tiene  por  fin  la  feli- 
cidad eterna  adquirida  por  esos  medios.» 


CAPITULO  XII 

^QUÉ     ES     EL     ALMA? 

Hasta  aquí  hemos  hablado  de  la  vida  de  los  anima- 
les. Veamos  ahora,  hasta  donde  nuestra  investigación 
alcanza,  qué  es  aquello  por  cuya  virtud  viven  todos  los 
seres. 

Hay  en  éstos  manifiestamente,  según  dejamos  al  prin- 
cipio sentado,  algo  que  infunde  vigor  á  sus  actos,  y  que 
falta  en  las  cosas  inertes,  ó  sea  aquello  que  les  da  vida, 
y  á  éstas  les  falta.  No  es  posible  que  sea  aquella  masa 
que  se  llama  materia,  inmóvil  siempre,  y  sólo  semejante 
á  sí  misma  sin  ser  capaz  de  sacar  fuerzas  de  su  propia 
índole  y  naturaleza.  Si  tuviese  esta  virtud  la  materia 
donde  quiera  que  abundase,  hallaríamos  que  también  la 
tenía  en  grandes  proporciones,  siendo  así  que  vemos 
suceder  lo  contrario;  que  en  un  cuerpo  de  tamaño 
mediano  no  existe  menor  alma  é  inteligencia  que  en  uno 
grande  y  enorme;  ni  sería  menos  hombre  un  cadáver, 
que  en  vida. 

Ningún  elemento  adherente  puede  dar  aquellas  facul- 
tades tan  grandes:  es  quien  la  da  antes  bien  la  cosa  extre- 
ma y  más  tenue  de  toda  la  naturaleza;  próxima  á  la  nada, 
casi  la  nada  misma  y  muchas  veces  sin  existencia  total- 
mente, existiendo  no  más  que  en  el  conocimiento  de 
nuestra  mente. 

Pero  esa  fuerza  y  facultad  de  la  vida  produce  admi- 


Cap.  xií. — ¿que  es  él  alma 


>  bi 


rabies  operaciones  que  es  maravilloso  se  originen  de 
una  substancia  que  con  razón  la  han  colocado  los  hom- 
bres más  sabios  en  el  orden  superior  de  las  substancias. 
Luego  no  es  racional  admitir  que  lo  que  de  éstas  pro- 
viene con  gran  admiración  nuestra  se  atribuya  sólo  á  las 
cosas  inherentes. 

Veamos,  pues  en  qué  consisten  éstas. 

Son  las  cualidades  de  los  elementos  que  se  llaman 
primeras  ó  principales,  y  la  conformación  misma  de  los 
miembros,  interior  y  exteriormente.  Mas  no  porque  uno 
tenga  más  calor  ó  más  frío,  tiene  también  más  inteligen- 
cia; ni  aquel  enlace  y  armonía  resultantes  de  tal  diversi- 
dad de  cualidades  puede  ser  una  forma  de  la  naturaleza; 
pues  aquella  puede  aumentar  ó  disminuir,  mientras  que 
las  formas  son  siempre  las  mismas  y  de  igual  manera. 
En  otro  caso,  podría  variar  el  orden  y  la  naturaleza  de 
la  especie;  cosa  que  á  ningún  filósofo  se  le  ha  ocurrido 
afirmar.  Nada  por  tanto  hace  para  el  caso  la  composición 
y  figura  del  cuerpo,  la  cual  es  idéntica  en  un  cadáver 
que  en  el  ser  vivo. 

Además,  es  mayor  y  más  próximo  al  sentido  humano 
el  de  algunos  animales  que  más  se  apartan  de  la  confor- 
mación del  hombre,  como  el  elefante,  que  el  del  puerco, 
del  cual  se  dice  que  ningún  otro  se  parece  más  á  aquel 
interiormente,  hasta  en  el  temperamento  de  la  carne, 
como  lo  demuestra  su  sabor,  según  afirman  quienes  se 
vieron  precisados  á  comer  cadáveres  humanos,  y  halla- 
ron un  gusto  semejante  al  de  la  carne  de  aquel  animal. 

En  cuanto  á  nuestra  mente,  no  solo  no  sigue  la  natu- 
raleza del  cuerpo,  sino  que  le  gobierna,  doblega  y  tuerce 
á  su  arbitrio;  son,  para  ella  repugnantes  las  impresiones 
que  provienen  de  esa  como  maceración  de  la  masa.  Y  si 
la  sola  facultad  de  experimentar  sensaciones  excede  de  la 
potencia  corporal  y  la  de  sus  adherentes,  incapaces  de 
expresar  las  operaciones  de  aquella;  en  mucho  mayor 


$4  LIBRO  PRIMERO 


grado  la  excederá  la  facultad  de  entender,  que  es  en  nos- 
otros la  más  elevada. 

Con  mucha  razón  pregunta  Aristóteles  á  Empedocles 
qué  es  en  definitiva  aquello  por  cuya  virtud  se  contienen 
y  encierran  en  el  cuerpo  todos  aquellos  adherentes  con 
tan  gran  variedad  de  funciones,  sino  alguna  sustancia, 
y  ciertamente  no  de  los  grados  últimos  de  la  esencia. 

Es  evidente  que  hay  también  en  los  distintos  cuerpos 
de  los  animales  unos  mismos  inherentes,  ya  sean  de  pri- 
mero ó  segundo  orden,  ya  también  de  tercero  ó  de  úl- 
timo; pero  con  muy  diversas  operaciones,  como  puede 
observarse  en  el  niño  y  el  mono,  en  el  león  y  el  gato,  en 
el  cuervo  y  el  grajo;  que  al  contrario,  existen  adherentes 
distintos  siendo  muy  semejantes  las  acciones,  como  en 
el  viejo  y  el  joven.  Aquellos  que  no  hacen  investigación 
alguna  en  las  cosas  insensibles,  fácilmente  atribuyen  á 
los  inherentes  algo  que  está  más  elevado  y  recóndito  que 
la  apreciación  de  los  sentidos;  así  que  les  parece  super- 
fina toda  forma,  y  aun  la  materia  misma,  no  quedán- 
doles más  que  una  cierta  masa  del  género  de  la  cantidad, 
como  son  las  cosas  geométricas.  Tampoco  se  puede  afir- 
mar que  esta  facultad  de  sentir  y  entender  es  un  cuerpo 
compuesto  de  materia  y  forma;  pues  lo  primero  que 
mueve  al  ser  viviente  á  realizar  las  operaciones  de  la 
vida  es  aquella  fuente  y  principio  vital  de  que  ya  habla- 
mos: luego  en  todo  cuerpo  es  la  forma  misma  el  princi- 
pio y  origen  de  sus  actos.  Y  aun  fuera  más  acertado  de- 
cir que  es  la  forma  aquello  por  lo  cual  vivimos,  que 
llamar  al  cuerpo  compuesto  de  materia  y  forma;  pues 
antes  pudiera  esto  llamarse  cuerpo  animado  que  alma, 
ó  sea  lo  que  vive  por  su  forma,  como  lo  blanco  es  tal 
por  la  blancura. 

De  cuanto  llevamos  dicho  es  fácil  colegir  «qué  no  es  el 
alma».  Veamos  ahora  «lo  que  es».  Pero  esto  no  puede 
hacerse  directamente,  puesta  y  como  presentada  ante  la 


CAP.  XII. — ¿QUE  ES  EL  ALMA?  55 

vista  la  nuda  esencia  del  objeto,  sino  vestida  y  como  en 
pintura,  con  los  colores  más  propios  y  adecuados  que 
podamos.  Ella  habrá  de  ser  observada  en  sus  opera- 
ciones, porque  no  se  ofrece  á  nuestros  sentidos;  mientras 
que  con  todos  estos,  así  internos  como  externos,  podemos 
conocer  sus  obras. 

Se  demuestra  la  bondad  del  autor  de  la  naturaleza 
para  con  nosotros  con  grandes  pruebas,  y  por  todos 
lados:  puso  á  nuestra  disposición,  con  la  mayor  abun- 
dancia, todo  aquello  que  nos  conviene;  y  la  señal  más 
evidente  de  no  convenirnos  algo,  es  el  que  esté  apartado, 
sea  raro  y  difícil  de  adquirir. 

No  nos  importa  saber  qué  es  el  alma,  aunque  sí,  y  en 
gran  manera,  saber  cómo  es  y  cuales  son  sus  opera- 
ciones. Quien  encareció  que  nos  conozcamos  á  nosotros 
mismos,  no  quiso  se  entendiese  con  respecto  á  la  esen- 
cia del  alma,  sino  de  los  actos  necesarios  para  la  mode- 
ración de  las  costumbres;  para  que,  rechazado  el  vicio, 
sigamos  la  virtud  que  ha  de  conducirnos  á  donde  pase- 
mos la  vida  más  feliz,  siendo  sapientísimos  é  inmortales. 

Continuando  nuestra  explicación,  diremos  que  tam- 
poco es  posible  definir  en  absoluto  todo  lo  relativo  á  las 
operaciones  mismas,  pues  se  presentan  poco  á  poco  y 
por  partes  á  nuestra  inteligencia,  hasta  que  logramos 
abarcar  el  conjunto.  A  la  materia  bruta  é  inerte  agregó 
Dios  aquellas  «eficacias»  que  se  ha  dado  en  llamar  espe- 
cies ó  formas,  de  que  en  otra  parte  hemos  tratado.  Son 
partícipes  de  la  magnificencia  divina,  cada  una  según  su 
manera  y  alcance,  y  podemos  representarlas  como  rayos 
de  aquella  luz  infinita  y  perpetua.  Es  la  excelencia  su- 
prema de  Dios  condición  de  aquella  vida  eterna,  col- 
mada de  toda  bienaventuranza;  cuanto  se  pueda  pensar 
ó  desear,  quiso  por  su  bondad  comunicarla  á  las  inteli- 
gencias, que  creó  para  ser  capaces  de  tan  gran  bien. 

De  tal  modo,  en  las  cosas  creadas  es  la  felicidad  como 


56 


LIBRO  PRIMERO 


una  mano  en  el  extremo  de  la  perfección  universal,  y 
como  consecuencia  de  ésta  la  bondad,  á  modo  de  instru- 
mento por  el  cual  Dios  nos  infunde  aquella  y  nosotros 
la  recibimos.  Es  la  bondad  quien  le  impulsó  á  comuni- 
carnos la  felicidad,  y  la  que  nos  eleva  hasta  participar  de 
ésta.  No  puede  existir  bondad  alguna  donde  no  haya 
conocimiento  de  ella,  esto  es,  de  lo  que  se  debe  hacer, 
de  lo  que  hemos  de  conservar,  y  de  aquello  de  que  tene- 
mos que  huir. 

Se  asciende  á  todas  estas  cimas  tan  elevadas  por 
medio  de  las  formas,  á  modo  de  escalones  unidos  y  rela- 
cionados entre  sí,  de  suerte  que  nada  queda  vacío  entre 
los  extremos  más  apartados  por  Dios  y  los  más  inmedia- 
tos. Llámase  así  esta  unión  y  proximidad,  más  por  ana- 
logía de  su  importancia  para  nuestros  juicios  que  por 
aplicación  de  su  esencia;  de  modo  que  tal  conjunción  y 
separación  no  han  de  tomarse  simplemente,  sino  para 
algo;  esto  es,  por  comparación,  no  respecto  de  Dios,  sino 
entre  las  cosas  creadas^  por  la  participación  que  tienen 
de  la  excelencia  divina.  Son,  pues,  aquellos  elementos 
por  los  cuales  viven  las  cosas,  formas  ó  especies  de  los 
seres  vivientes:  así  por  ejemplo,  aquello  por  lo  cual  este 
objeto  es  papel,  es  la  forma  del  papel;  si  diamante,  lana 
ó  piedra,  la  forma  de  cada  una  de  estas  especies.  Y  del 
mismo  modo,  solo  soy  hombre  por  la  forma  humana, 
el  caballo  lo  es  por  su  forma  equina,  y  el  perro  por  la 
canina.  Esta  forma  toma  su  nombre  del  género  de  las 
cosas  individuales;  géneros  y  partes  ó  figuras  que  efectúa 
la  naturaleza  misma  de  la  forma,  como  son  la  diaman- 
tina, papirácea  ó  lapídea  por  virtud  de  las  cuales  son 
aquellos  objetos  diamantes,  papel  ó  piedras. 

Ella  pudiera  llamarse  vida  en  los  animales  á  no  haber 
empleado  el  uso  general  esta  palabra  más  bien  para  la 
acción  que  para  la  esencia  de  la  especie.  Y  no  de  otro 
modo  está  el  alma  unida  al  cuerpo— ó  aneja  y  agregada, 


CAP.  XIÍ. — ¿QVé  ES  EL  ALMAí*  $7 

como  algunos  prefieren — que  las  demás  formas  á  sus 
materias  respectivas;  solamente  que  hay  una  gran  dife- 
rencia en  la  índole  y  manera  del  enlace,  como  pasa  en 
el  orden  de  la  naturaleza  en  el  cual  las  cosas  superiores 
se  juntan  con  las  inferiores;  la  tierra  con  el  agua,  ésta 
con  el  aire,  el  aire  con  el  fuego,  el  fuego  con  el  cielo,  las 
cosas  celestes  con  las  supracelestes  y  en  cierto  modo  di- 
vinas. 

Las  cosas  que  se  reúnen  y  combinan  en  la  naturaleza, 
todas  ellas  están  enlazadas  por  algún  medio,  ya  sea  por 
participar  de  la  esencia  de  los  extremos,  como  se  unen 
los  cuerpos:  la  tierra  con  el  aire  mediante  el  agua,  ésta 
con  el  luego,  por  el  aire;  la  carne  con  el  hueso,  por  los 
cartílagos;  ó  ya  mediante  cierta  congruencia  de  la  fun- 
ción y  de  la  operación;  como  el  artista  con  su  obra  me- 
diante los  instrumentos,  como  el  pintor  con  el  cuadro 
por  el  pincel  ó  el  carboncillo,  el  carpintero  con  la  ma- 
dera, por  el  hacha  ó  la  azuela.  De  tal  modo  es  loda  forma 
el  artífice  en  su  materia:  los  instrumentos  son  cualidades 
y  conformación  de  ésta;  por  medio  de  ellas  se  une  la  espe- 
cie á  la  masa.  Y  de  igual  manera  se  viste  el  alma  con  el 
cuerpo  que  la  luz  con  el  aire,  de  cuya  combinación  re- 
sulta el  aire  lúcido,  aunque  permaneciendo  íntegros 
aquélla  y  éste;  pues  no  se  confunden  como  los  elementos 
en  una  mezcla  natural,  v.  gr.,  la  hierba  pulverizada 
y  el  aceite,  por  el  farmacéutico.  Pero  en  otras  formas 
está  el  enlace  más  próximo  ó  la  substancia  de  ambas 
partes,  mientras  que  en  el  alma  dista  de  ellos  muchí- 
simo. 

Cuál  sea  la  naturaleza  de  cada  forma  se  infiere  de  sus 
oficios  y  acciones;  las  rocas  y  las  piedras  nada  tienen  en 
absoluto  más  que  lo  frío  é  inerte,  tomando  su  forma  de 
la  tierra  y  el  agua;  y  su  unión,  de  la  índole  y  cualidades 
de  ellas;  las  plumas  y  las  pajas  tomaron  algo  de  la  natu- 
raleza aérea.  Pero  el  alma,  que  se  llama  nutridora,  es 


58 


LIBRO  PRIMERO 


ígnea,  y  todos  sus  oficios  son  de  este  orden.  Las  almas 
de  los  brutos  son  superiores,  esto  es  celestes,  por  lo  cual 
han  obtenido  sentidos  y  cierta  noción,  mediante  la  cual 
no  sólo  sienten,  sino  que  de  algún  modo  también  com- 
prenden los  cambios  y  movimientos  de  los  cielos  y  los 
astros,  como  son  los  del  día  y  la  noche,  del  invierno  y  el 
verano;  si  bien  no  es  facultad  de  estos  elementos  dar 
sensación  y  conocimiento,  sino  del  poder  celestial. 

En  cuanto  al  hombre,  se  elevó  sobre  los  cielos  hasta 
el  mismo  Dios;  por  eso  es  divino  su  origen.  La  materia 
se  halla  en  lo  último  de  todas  las  cosas,  y  ninguna  for- 
ma puede  bajar  hasta  ella  si  no  arrastra  consigo  los  me- 
dios, es  decir,  la  condición  y  naturaleza  de  las  formas 
intermedias.  Así,  la  especie  animal  contiene  la  facultad 
del  alma  vegetal;  la  humana,  la  de  ambas,  juntamente 
con  las  de  los  elementos  inferiores.  Esto  mismo  observa- 
mos en  los  sentidos:  los  ojos  son  ígneos,  aéreos  el  oído  y 
el  olíato,  acuoso  el  gusto  y  terreo  el  tacto.  Quien  tiene 
vista,  tiene  también  los  restantes  sentidos;  mas  el  que 
disfruta  gusto  y  tacto,  no  por  eso  goza  desde  luego  del 
ver  y  oir.  Al  hombre,  con  razón  se  le  ha  llamado  un 
mundo  pequeño,  por  comprender  en  sí  las  facultades  y 
naturaleza  de  todas  las  cosas.  Mas  no  debe  desconocerse 
que  las  vidas  inferiores  no  son  principio  y  origen  de  ac- 
tuar de  suerte  que  nazcan  de  ellas  las  superiores,  sino 
sólo  unos  adminículos  y  como  grados,  por  los  cuales  su- 
ban éstas  y  bajen;  como  no  es  la  vegetación  origen  de  los 
sentidos,  sino  escalones  por  donde  viene  el  sentido  al 
cuerpo  y  asciende  paulatinamente  á  sus  funciones.  Cada 
vida,  en  efecto,  tiene  en  sí  propia  su  origen,  y  el  término 
en  que  se  detiene. 

De  los  instrumentos  del  alma  unos  son  líquidos,  atem- 
perados según  cierto  orden  y  ley;  otros,  miembros  inter- 
nos ó  exteriores  conformados  y  distribuidos  de  diversa 
manera,  los  cuales,  antes  que  aquella  se  revista  del 


Cap.  xu.—¿qvé  es  el  alma?  5g 

cuerpo  le  son  adaptados  por  la  naturaleza,  en  tanto  no 
puede  hacerlo  ella  misma  por  sí;  los  demás  se  le  reser- 
van, puesto  que  por  virtud  de  su  presencia  es  capaz  de 
anexionarlos,  como  función  en  que  se  ocupe  y  ejercite, 
según  nos  enseña  la  experiencia  en  los  animales  pe- 
queños. 

Aparece  de  esto  que  el  alma  es  «un  principio  activo 
esencial  que  habita  en  un  cuerpo  apto  para  la  vida». 
Expliquemos  algo  más  estos  términos,  con  breve  razo- 
namiento sobre  el  orden  de  cada  uno:  se  llama  princi- 
pio «activo»,  y  en  cierto  modo  «artista»,  porque  cuando 
realiza  cualquiera  alguna  cosa  con  instrumentos,  la  facul- 
tad de  hacerlo  reside  en  él  mismo;  así,  en  el  pintor  está 
la  facultad  de  pintar,  y  en  mí  la  de  escribir,  aunque 
aquél  no  pinta  sin  pincel  y  colores,  ni  yo  escribo  sin  plu- 
ma y  tinta.  Mas  quien  no  tenga  fuerza  y  facultad  de  ha- 
cer algo  no  lo  realizará,  aun  cuando  emplee  instrumen- 
tos. Ahora,  si  existe  algún  acto  que  el  alma  ejecute  pri- 
vada de  estas  armas,  es  cuestión  que  trataremos  en  lo 
sucesivo  con  mayor  espacio. 

Se  agrega  «esencial»,  porque  si  decimos  que  el  calor, 
la  humedad  ó  el  aire  operan  algo  en  el  cuerpo,  se  debe 
tener  en  cuenta  que  esos  no  obran  por  sí,  sino  que  es  del 
alma  de  quien  vienen  cuando  hacen;  de  igual  modo  que 
si  la  tinta  estampa  estas  letras  y  la  pluma  las  traza,  es 
por  mí,  no  por  ellas.  Por  tanto,  es  el  alma  artífice  ó 
«artista»,  es  «activa»,  sin  que  tenga  que  tomar  en  otra 
parte  la  fuerza  que  emplea  en  el  cuerpo.  Se  dice  que  ha- 
bita en  éste  porque  está  Dios  en  el  cuerpo  mismo,  y,  sin 
embargo,  no  habita  en  él,  como  el  demonio  puede  infil- 
trarse en  el  cuerpo  del  animal,  pero  quien  habita  allí  es 
el  alma;  allí  está  su  mansión  cual  en  un  edificio,  con  to- 
dos sus  enseres  y  auxiliares  domésticos.  Por  último,  este 
cuerpo  «apto»  conviene  que  sea  correspondiente  á  la 
forma  de  su  especie;  pues  el  alma  no  puede  adherirse  in- 


éo 


LIBRO  PRIMERO 


distintamente  á  cualquier  forma  y  figura  corporal  para 
realizar  las  operaciones  de  la  vida,  sino  con  un  orden 
natural  dado,  y  conforme  á  las  leyes  establecidas  por  el 
autor  del  universo  desde  que  fué  creado. 

Aquella  atemperación  de  líquidos  y  cualidades  siendo 
más  íntima  en  el  cuerpo  y  en  la  obra  misma  de  la  natu- 
raleza, es  también  por  eso  el  órgano  más  adecuado  del 
alma  y  ma>or  la  unión  del  artífice  con  él;  de  suerte  que 
faltando  aquél,  se  aparta  el  alma;  y  alejada  ésta,  necesa- 
riamente falta  aquél  en  seguida.  Pero  los  miembros  per- 
manecen después  de  separada  el  alma,  porque  la  confor- 
mación de  los  miembros  interiores  y  exteriores  está  más 
lejana  y  apartada,  mientras  que  la  mezcla  de  las  hume- 
dades en  aquellos,  es  íntima.  Y  aun  tales  cualidades  de 
los  miembros  son  sirvientes,  y  á  modo  de  instrumentos  de 
los  instrumentos,  porque  mediante  ellos  se  sirve  el  alma 
de  sus  miembros,  y  si  faltan,  carecen  éstos  de  toda  utili- 
dad, como  pasa  en  los  que  están  secos,  ó  hinchados,  ó  afec- 
tados de  cualquier  otra  enfermedad.  Todo  miembro  es, 
en  efecto,  idóneo  para  el  ejercicio  exterior,  y  la  atempe- 
ración de  las  humedades  lo  es  para  mantener  aquel  ór- 
gano en  su  aptitud.  Estas,  por  tanto,  siempre  están  en 
movimiento,  y  deben  siempre  conservar  al  miembro, 
que  no  lo  está,  dispuesto  para  la  acción  cuando  es 
preciso. 

Los  artistas  que  no  realizan  sino  una  sola  y  sencilla 
obra,  tienen  suficiente  con  un  instrumento;  así,  para 
sacar  agua  de  una  fuente  basta  un  cántaro  ó  un  jarro; 
una  espada  para  cortar,  y  una  sierra  para  serrar;  mien- 
tras que  los  que  hacen  muchas  cosas,  ó  una  variada,  ne- 
cesitan muchas,  como  los  que  cincelan,  y  pintan,  ó  los 
que  edifican.  Esto  mismo  hay  que  pensar  acerca  del  alma 
á  quien  se  han  concedido  miembros  por  fuera  para  las 
operaciones  exteriores  y  líquidas,  para  las  funciones  de 
la  vida.   Coopera  la  sangre  á  la  saludable  irrigación  del 


CAP.  XII.— ^;qué  es  el  alma?  6i 

cuerpo,  por  donde  se  exhalan  las  emanaciones,  como  los 
saludables  airecillos  salen  de  ríos  y  fuentes;  sirve  la 
bilis  negra  para  contener  y  reprimir  los  aires  ambulan- 
tes á  fin  de  que  demasiado  enrarecidos  por  su  sutilidad, 
no  se  desvanezcan  con  perjuicio  del  cuerpo;  la  bilis  ama- 
rilla sirve  para  la  cocción  de  los  humores  sobrantes  y 
para  excitar  al  cuerpo  evitando  el  sopor;  es  la  pituita 
alimento  de  avidez  ígnea,  á  modo  de  freno  que  impide 
se  arrebaten  de  pronto  todas  las  cosas.  Y  así  como  el 
artífice  ejecuta  diversas  obras  con  varias  herramientas, 
no  lo  mismo  con  todas,  ni  siempre  cosas  diversas  con 
varias,  hay  en  el  cuerpo  del  animal  ciertos  actos  que  el 
alma  realiza  con  determinadas  partes;  otros  con  varias 
de  ellas;  las  hay  que  son  hechas  con  todas  indiferente^ 
mente,  pero  de  modo  distinto  en  los  diversos  seres  vivos; 
así,  el  experimentar  sensaciones,  alimentarse,  crecer,  se 
hallan  esparcidos  por  todo  el  cuerpo;  al  paso  que  vemos 
sólo  con  los  ojos  y  oímos  con  el  oído. 

En  los  árboles,  si  se  les  cortan  ramas  y  se  clavan  en 
la  tierra,  unas  retoñan  y  echan  raíces,  otras  mueren,  y 
asimismo  algunos  animales  tienen  partes  que  aun  después 
de  cortadas  viven  por  sí,  como  en  los  insectos  llamados 
iv>.ojj.c<,  cual  los  gusanos,  abejas  y  hormigas.  En  otros, 
al  contrario,  cualquier  miembro  que  se  arranca  del 
cuerpo  pierde  inmediatamente  la  vida;  y  así  como  es  el 
instrumento  un  gran  factor  para  hacer  bien  ó  mal,  la 
obra,  en  los  humores  y  miembros  del  cuerpo  consiste 
mucho  que  ejecutemos  debidamente  los  actos  de  la  vida 
de  los  sentidos,  del  movimiento  y  de  la  inteligencia.  Del 
mismo  modo  que  con  la  densidad  ó  el  enrarecimiento 
del  aire  la  luz  resulta  más  pura  y  sutil,  ó  por  lo  contra- 
rio más  densa,  impura,  comparación  que  ya  empleó  Gre- 
gorio Niseno  hablando  de  este  asunto — también  están  to- 
dos los  órganos  á  disposición  del  alma,  como  de  un 
artista,  y  ésta  solamente  es  quien  se  sirve  de  ellos;  d^ 


02  LIBRO  PRIMERO 


donde  se  infiere  que  debe  tenerse  como  perfección  y 
complemento  de  su  adaptación  al  cuerpo  del  animal  en 
cuyo  desarrollo  se  ocupa  con  tal  cuidado  y  diligencia  la 
naturaleza.  Por  eso  llamó  Aristóteles,  fundadamente  y 
con  su  habitual  agudeza  al  alma  ivtsXéxs^av,  como  la 
que  lleva  consigo  la  perfección. 

Antes  de  pasar  á  debatir  otras  cuestiones,  debe  diluci- 
darse cuántos  son  en  la  estera  de  seres  vivientes  los  gra- 
dos, ú  órdenes,  y  formas  de  vida.  Lo  que  más  importa 
es  saber  cual  es  el  camino  para  la  investigación  de  las 
«formas»  que  de  suyo  no  son  visibles;  y  difícilmente 
llegaremos  á  averiguarlo  si  no  tomamos  como  punto  de 
partida  acciones  propias  y  hermanas.  Al  efecto,  algunos 
establecieron  muchos  géneros  diversos,  ya  observando  su 
respectivo  movimiento  por  el  cual  las  dividieron  en  ani- 
males que  nadan,  andan,  se  arrastran  ó  vuelan,  ya  el 
estado  del  cuerpo,  de  donde  resultan  los  bípedos,  cua- 
drúpedos, ápodos,  supinos  tumbados,  rectos  y  curvos;  ya 
su  localidad,  habitación,  como  terrestres,  aéreos,  acuá- 
ticos y  ambiguos  que  los  griegos  llaman  cí|i'ft§i«;  pero 
todo  esto  son  cosas  exteriores  que  declaran  muy  poco 
y  confusamente  la  índole  de  las  «formas»,  las  ínti- 
mas y  propias;  aquellas  que  no  pueden  quitarse  sin  detri- 
mento, no  tanto  del  ser  como  de  la  especie,  son  las  que 
declaran  en  definitiva  cuál  es  su  «forma». 

Ya  en  su  lugar  trataremos  debidamente  lo  que  toca  á 
los  actos  de  la  vida;  teniendo  demostrado  que  unos  son  de 
la  vida  vegetativa,  otros  de  la  sensitiva,  otros  del  conoci- 
miento y  otros,  por  último,  de  la  razón  y  de  la  inteli- 
gencia. 

Son  estas  operaciones  las  más  íntimas  de  los  animales, 
y  tan  en  conexión  con  ellos  que  no  pueden  separarse  de 
su  substancia,  aunque  sí  interrumpirse  sus  actos  por  al- 
gún obstáculo  que  los  impide  funcionar  hasta  tanto  que 
éste  desaparezca,  como  un  hombre  que  no  ve  ni  oye 


CAP.  XII. — ^'QUÉ  ES  EL  ALMA?  63 

afectado  de  locura  ó  de  una  apoplegía,  ó  se  halla  privado 
de  la  razón  é  inteligencia  por  embriaguez,  ira  ó  temor. 
Así  pues,  tantos  son  aquellos  actos  como  los  géneros  de 
animales,  esto  es:  vegetativo,  sensitivo,  cognoscente  ó 
pensante,  racional;  y  de  esos  géneros  unos  son  parte  ó 
formas,  como  el  vegetativo  que  corresponde  á  todas  las 
plantas  y  se  extiende  también  en  cierto  modo  á  los  meta- 
les que  se  nutren  y  crecen  en  las  entrañas  de  la  tierra. 
Este  género  de  vida  comprende  las  facultades  de  todas 
las  «formas»  inferiores,  sin  llegar  al  sentido;  tienen  sen- 
tido, pero  no  conocimiento  las  que  llamaron  los  griegos 
^o)ócpuTa,  de  una  cierta  índole  intermedia  entre  animales 
y  plantas;  nombre  que  hay  quien  piensa,  no  sin  razón, 
pudiera  traducirse  por  plantánimes  ó  animales  plantas: 
son  de  este  género  las  ostras,  las  esponjas,  las  conchas 
de  muchas  clases,  dotadas  de  sabor  y  tacto,  aunque  ca- 
rentes de  pensamiento  y  de  noción  interior,  si  bien  la 
concha  se  acerca  más  que  la  esponja  á  la  naturaleza 
animal. 

Tienen^  sí,  los  animales  ese  conocimiento  interior  en 
el  cual  hasta  no  carecen  de  discernimiento  evidente;  y 
aunque  algunos  no  están  dotados  de  todos  los  sentidos, 
han  logrado  un  pequeñísimo  pensamiento  interno,  que 
aparece  nulo  en  ciertos  de  ellos,  como  son  los  insectos; 
vemos,  sin  embargo,  con  admiración  la  obra  de  una 
providencia  natural  y  cuidado,  como  pasa  en  las  abejas, 
las  hormigas,  arañas  y  gusanos  de  seda.  Siendo  difícil 
la  clasificación  de  estos  últimos  seres,  los  dejaremos  en 
el  género  animal,  haciendo  la  distinción  de  llamarlos 
incipientes.  Son  perfectos,  en  cambio,  los  animales  que 
tienen  cinco  sentidos,  pudiendo  muy  bien  inferirse  de 
esto  que  existe  en  ellos  algún  pensamiento  interior,  pues 
la  vista  se  ha  dado  para  observar,  y  el  oído,  como  antes 
se  dije,  es  el  sentido  de  la  enseñanza. 

Ocupa  el  lugar  superior  el  alma  que  goza  de  una  ra- 


64  LIBRO  PRIMERO 


zón,  la  humana,  y  que  en  su  facultad  contiene  todas  las 
inferiores.  De  ella  nos  ocuparemos  más  adelante;  pero 
antes  hay  que  tocar  dos  cuestiones. 

La  primera  de  ellas  es  que  existiendo  en  el  hombre 
lo  vegetativo,  el  sentido  y  aquel  conocimiento  propio 
también  de  los  brutos,  y  en  el  animal,  sentido,  conocí' 
miento  y  nutrición,  ,ihay  un  alma  en  el  animal  y  otra 
en  el  hombre,  ó  más  bien  hay  tantas  como  íunciones? 
sobre  todo  cuando  vemos  que  son  distintas  en  lugar  y 
tiempo,  como  la  vista  que  está  en  los  ojos;  el  pensa- 
miento y  la  inteligencia  en  el  cerebro;  que  el  niño  mien- 
tras toma  cuerpo  en  el  útero  apenas  se  diferencia  de  la 
planta,  y  una  vez  nacido,  del  bruto;  viviendo  antes  lo 
que  es  animal,  según  dijo  San  Pablo,  y  después  lo  que 
está  dotado  de  razón. 

En  verdad  el  alma  es  única  en  todos  y  cada  uno  de  los 
animales;  como  en  cada  cuerpo  hay  una  «fcrma»  por  la 
cual  vive,  aunque  diferenciándose  en  sus  facultades  y 
funciones,  como  hay  muchos  cargos  y  oficios  en  un  mis-' 
mo  hombre,  los  cuales  desempeña  en  diversos  sitios  y 
en  distinto  tiempo  con  variedad  de  instrumentos  y 
auxiliares. 

De  igual  modo  la  diversidad  de  órganos  y  actos  con- 
trarios  entre  sí  demuestra  ser  uno  su  autor,  del  cual 
todos  provienen,  y  quien  los  gobierna  y  modera  con  su 
sabiduría  del  modo  que  conviene  á  cada  ser  viviente.  Si 
los  distintos  actos,  operaciones  é  instrumentos  probaran 
que  hay  varias  almas,  no  habría  dificultad  en  admitir  que 
una  tuviera  muchas  especies;  en  ese  caso  ,ipor  qué  no 
pudiera  decirse  que  produce  obras  multiformes.'^ 

De  no  ser  así  no  habría  un  modo  constante  de  «for- 
mas», y  provendría  una  gran  confusión  en  el  estudio  de 
la  Naturaleza;  y  lo  que  vemos  es  que  al  acercarse  lo  más 
elevado  se  retira  lo  inferior,  como  sucede  en  la  sucesión 
del  orden  natural  é  intelectual.  Así,  al  realizarse  nue^- 


CAP.   XII. — ííQUE  ES  EL  ALMA 


?  63 


tra  perfección  eterna  cesarán  estas  cosas  rudimentarias 
é  imperfectas,  llegando  á  su  te'rmino  la  bondad  divina, 
y  en  virtud  de  ese  múltiple  cuidado  y  sabiduría  de  ta- 
artífice,  se  han  dado  por  Dios  mismo  al  alma  varios  ins- 
trumentos de  diversa  forma,  substancia  y  naturaleza,  á 
cuya  descripción  particular  han  consagrado  muchos  li- 
bros ingenios  eminentes. 

Otra  cuestión  es  la  de  cuál  sea  el  sitio  del  alma  en  el 
cuerpo.  Se  halla  en  todo  él,  lo  mismo  que  cada  una  de 
las  formas  está  en  toda  su  materia  respectiva.  Si  en  alguna 
de  las  partes  no  estuviese  el  alma,  perecería  aquélla,  como 
sucede  en  un  miembro  completamente  seco.  Ella  ve  con 
los  ojos  y  oye  con  los  oídos,  de  igual  modo  que  el  agri- 
cultor abre  la  tierra  con  el  arado,  la  escarda  con  el  ras- 
trillo, la  iguala  con  el  cilindro,  la  cava  con  azadón  ó 
pala;  en  el  mismo  caso  estaría  el  preguntar  en  cuál  de 
aquellas  herramientas  estaba  preferentemente  el  labra- 
dor. Por  eso  se  ha  creído  más  oportuno  preguntar  cuál 
es  el  instrumento  principal  del  alma. 

Mas  tampoco  es  muy  discreta  la  pregunta  á  la  cual 
contestaremos:  el  ojo  para  ver,  el  oído  para  oir;  como  es 
la  principal  herramienta  del  agricultor  el  arado  para 
arar,  la  escardilla  para  limpiar;  y  el  instrumento  de  la 
inteligencia  y  de  todo  conocimiento  es  el  cerebro,  y  en 
éste,  ciertas  emanaciones  en  extremo  tenues  y  luminosas. 

La  fuente  de  la  vida  es  el  corazón.  Hay  en  el  animal 
muchos  miembros,  por  dentro  y  por  fuera,  tan  necesa- 
rios que  no  puede  vivir  si  se  le  quita  uno  de  ellos:  tales 
son  el  corazón,  la  cabeza,  el  hígado  y  algunos  otros. 
Mas  no  son  todos  ellos  fuentes  de  vida,  sino  el  corazón, 
que  es  el  primero  que  vive  en  la  estructura  del  animal, 
como  un  manantial  que  brota  desde  el  principio,  y  lo 
último  que  muere,  por  ser  en  él  donde  tiene  su  co- 
mienzo y  su  término  la  vida. 

Los  demás  miembros  pueden  lastimarse  y  herirse  sin 

5 


66  LiBRO  PRIMERO 


que  perezca  el  cuerpo;  pero  no  así  el  corazón;  por  eso 
vemos  que  está  situado  en  el  medio,  en  el  sitio  principal 
del  cuerpo,  protegido  y  amparado  por  la  gran  defensa 
del  tórax,  de  los  intestinos,  de  los  diafragmas,  como  for- 
taleza y  custodia  de  la  vida  corporal;  y  desde  él,  como 
de  un  arca  y  depósito,  manan  las  saludables  aguas  del 
arroyo  hacia  todas  oartes  del  cuerpo,  y  por  ellas  vive 
y  prospera  todo  lo  restante.  Si  alguna  molestia,  por  pe- 
queña que  sea,  se  aproxima  á  él,  aunque  no  le  toque,  de- 
cae de  pronto  el  animal  entero  y  languidece,  por  más 
ánimo  que  tenga,  de  donde  aparece  que  nada  le  hace 
animoso  sino  un  corazón  bien  encerrado  y  como  armado 
de  sangre  y  calor  para  que  no  llegue  hasta  él  fácilmente 
molestia  alguna.  Los  seres  que  tienen  corazón  privado 
de  estos  elementos  son  débiles,  medrosos  y  quedan  exá- 
nimes por  cualquier  ligero  dolor  de  los  demás  miembros, 
no  á  causa  de  éstos,  sino  por  la  debilidad  del  corazón, 
proclamando  así  evidentemente  que  la  vida  reside  en 
aquél  y  que  desde  él  viene  hasta  ellos. 

Dio  la  Naturaleza  en  todos  los  hombres  la  particulari- 
dad de  que,  al  hablar  de  si  mismos  ó  señalándose,  pon- 
gan su  mano  en  el  pecho,  cosa  observada  ya  por  Crisipo 
el  Estoico  y  que  tampoco  rechaza  el  médico  Galeno,  si 
bien  no  debe  ello  considerarse  como  argumento  evidente 
é  indiscutible,  sino  como  una  conjetura  que  no  ha  de  des- 
echarse en  absoluto. 

No  hay  miembro  alguno  de  que  no  carezcan  ciertos 
animales;  los  hay  que  no  tienen  pies,  ó  cabeza,  ó  pulmo- 
nes; pero  ninguno  existe  sin  corazón  ó,  por  lo  menos, 
algo  que  haga  sus  veces,  ni  aun  las  mismas  plantas. 


TRATADO  DEL  ALMA  Y  DE  LA  VIDA 

LIBRO   SEGUNDO 

Creado  el  hombre  para  la  felicidad  eterna,  se  le  ha 
concedido  la  facultad  de  aspirar  al  bien,  para  que  desee 
unirse  á  él.  Esta  facultad  se  llama  voluntad.  Y  como  no 
se  puede  desear  lo  que  no  se  conoce,  existe  á  este  fin 
otra  facultad,  que  se  llama  inteligencia.  Además,  nues- 
tro espíritu  no  permanece  siempre  en  un  mismo  pensa- 
miento, sino  que  pasa  de  unos  á  otros,  por  lo  cual  nece- 
sita un  cierto  depósito  en  que,  al  presentarse  los  nuevos, 
conserve  los  anteriores  como  tesoro  de  cosas  ahora  ausen- 
tes, las  cuales  reproduzca  y  tome  cuando  es  menester. 
El  nombre  de  esta  función  es  la  memoria. 

Así,  el  alma  humana  consta  de  tres  principales  funcio- 
nes, facultades,  ó  sea  fuerzas,  dones  y  oficios,  ó,  según 
otros  dicen,  potencias  y  partes,  no  porque  tenga  parte 
alguna  lo  que  es  indivisible,  sino  que  las  llamamos  así 
por  el  oficio  y  función  que  desempeñan.  Son  aquéllas  la 
mente  ó  inteligencia,  la  voluntad  y  la  memoria,  en  las 
cuales  se  representa  la  imagen  de  la  Trinidad,  según  ya 
demostraron  los  Santos  Padres. 

Cosa  por  extremo  ardua  y  difícil,  de  obscuridad  la 
más  intrincada,  es  investigar  las  operaciones  de  estas 
facultades;  cuántas  y  cuáles  sean  en  realidad,  su  origen, 
desarrollo,  su  crecimiento,  disminución  y  término,  por- 
que no  tenemos  otra  inteligencia  superior  á  ella  capaz  de 


68 


LIBRO  SEGUNDO 


contemplar  y  juzgar  á  ésta  inferior,  así  como  lo  hace  la 
mente  misma  fácilmente  respecto  de  los  sentidos  y  de  la 
parte  vegetativa,  en  concepto  de  inferiores.  Dios  nos 
concedió  estas  facultades,  más  bien  para  nuestro  uso  que 
para  adquirir  conocimiento  de  ellas.  El,  como  su  autor, 
sabe  bien  cuáles  son;  nosotros  somos  no  más  que  obre- 
ros suyos  por  medio  de  éstas.  Es,  sin  embargo,  obra  muy 
hermosa  —por  tratarse,  en  efecto,  de  cosa  preciosísima 
y  grandiosa,  conducente,  en  primer  lugar,  á  dirigir  nues- 
tro espíritu —  el  inquirir  y  explorar  hasta  donde  sea  lícito 
la  cualidad  de  nuestra  inteligencia,  su  poder,  sus  funcio- 
nes y  operaciones;  todo  ello  será  un  estudio  y  disquisi- 
ción de  gran  importancia;  sus  resultados,  por  exiguos 
que  fuesen  habrán  de  tener  un  alto  valor. 

Las  facultades,  como  su  nombre  indica,  están  dispues- 
tas para  actuar;  por  eso  se  dividen  según  sus  actos,  es 
decir,  por  las  respectivas  operaciones  que  emanen  de  la 
esencia  misma,  no  de  sus  intereses  ó  de  aquello  que  su- 
ceda exteriormente.  Así,  la  facultad  de  los  ojos  es  ver,, 
no  este  color  ó  aquél,  de  tal  ó  cual  manera,  sino  nuda  y 
simplemente.  Consideramos  doble  á  la  inteligencia;  pues 
existe  como  facultad  general  en  todo  el  universo,  y  como 
una  función  particular  de  la  misma.  Observamos  que  la 
inteligencia  humana  conoce  aquello  que  viene  de  fuera,. 
y  que  conserva  como  en  una  caja  las  cosas  conocidas 
para  tomarlas  otra  vez  en  el  momento  preciso:  esta  repe- 
tición, á  modo  de  investigación,  se  llama  reflexión,  de  la 
cual  se  pasa  al  recuerdo.  Observamos  luego  que  com- 
para entre  sí  las  cosas  que  ha  conocido,  que  de  ellas  pasa 
á  otras,  y  en  ellas  ve  y  juzga  lo  que  es  verdadero  ó  falso,, 
bueno  ó  malo;  en  su  consecuencia,  la  voluntad  adopta  lo 
que  es  bueno  y  rechaza  lo  malo;  y  á  este  resultado  se 
refieren  las  facultades  y  actos  superiores,  recorriendo 
igualmente  esos  mismos  grados  desde  el  último  al  pri- 
mero. La  voluntad,  en  electo,  nada  persigue  ni  evita  sin 


LIBRO  SEGUNDO  69 


que  antes  «1  juicio  lo  haya  declarado  ser  bueno  ó  malo; 
ni  se  establece  juicio  alguno  sin  que  le  forme  la  razón,  ni 
ésta  le  forma  sin  haberle  comparado,  ni  es  posible  com- 
pararle antes  de  ser  reflexionado  y  reproducido  por  la 
memoria,  ni  se  quedará  en  ésta  si  no  ha  sido  conocido  y 
entendido  previamente. 

También  las  cosas  ausentes  se  presentan  al  conoci- 
miento; pues  no  sólo  de  las  presentes  hay  deseo  ó  repug- 
nancia de  parte  de  nuestra  voluntad,  que  apetece  igual- 
mente los  elevados  y  situados  lejos,  á  los  cuales  hay  que 
acercarse  paso  á  paso,  y  tras  larga  investigación;  y  por 
último,  aquello  que  conoce  y  adopta,  apetece  ó  desecha 
á  veces  lo  contempla  tranquilamente  en  una  como  quie- 
tud del  espíritu. 

Son,  por  tanto,  las  facultades  del  alma  racional:  volun- 
tal,  inteligencia,  mente;  y  bajo  ésta,  la  simple  inteligen- 
cia, la  reflexión,  el  recuerdo,  la  comparación,  el  razona- 
miento, la  censura  ó  juicio  y  la  atención. 

De  cada  una  de  ellas  trataremos  por  separado. 


CAPÍTULO  PRIMERO 

DE    LA    INTELIGENCIA    SIMPLE 

Es  esta  la  primera  y  sencilla  recepción  de  las  cosas 
que  se  presentan  á  la  mente,  en  la  cual  está  como  los 
ojos  en  el  cuerpo  y  la  imaginación  en  el  espíritu.  No  se 
llama  simple  porque  sólo  conozca  las  cosas  simples,  ó 
sea  lo  individual  de  las  mismas,  sino  por  no  comprender 
y  mirar  nada  que  no  sea  lo  que  se  le  ofrece  al  conoci- 
miento. En  cuanto  á  lo  vario  por  cualquier  concepto,  lo 
compuesto  y  conexo,  como  los  raciocinios,  los  discur- 
sos largos  y  múltiples,  aparecen  con  mucha  confusión  á 
esta  inteligencia. 

Cuando  al  espíritu  se  ofrece  un  objeto  simple  y  sin 
composición,  si  está  presente,  la  imaginación  recibe  la 
figura  misma  que  se  ofrece  á  los  sentidos;  si  está  ausente, 
V.  gr.,  cuando  se  habla  de  él  en  una  conversación,  si  es 
cosa  de  las  que  caen  bajo  los  sentidos  y  está  impresa  en 
la  memoria,  la  fantasía  reproduce  su  forma,  tomada  de 
la  memoria  misma.  Si  es  un  objeto  que  no  puede  ser 
conocido  por  los  sentidos,  el  ser  ó  no  ser,  de  una  ó  de 
otra  manera,  es  la  mente  quien  la  infiere  con  la  razón  y 
la  fantasía  quien  inventa  su  imagen,  tomada  de  las  cosas 
que  ya  conoce;  así,  por  ejemplo,  cuando  representa  á 
Dios,  á  los  ángeles,  nuestras  mentes  y  otros  objetos  aná- 
logos. Esto  mismo  hace  en  las  cosas  corpóreas  descono- 
cidas, las  cuales  pinta  según  las  conocidas,  como  un 
león,  un  elefante,  Boma,  París  y  demás  que  antes  nunca 
había  visto. 


CAP.  I.  —  DE  LA  INTELIGENCIA  SIMPLE  7I 

No  existe  lo  universal  en  la  imaginación,  como  tam- 
poco en  la  naturaleza;  sólo  se  alcanza  por  el  trabajo  de 
la  razón  y  bajo  una  imagen  sumamente  confusa  y  tenue, 
despojándose  la  inteligencia,  hasta  donde  es  posible,  de 
los  caracteres  de  la  fantasía.  Difícil  es  afirmar  qué  for- 
mas tienen  en  el  espíritu  los  ciegos  de  nacimiento. 

De  igual  modo  que  para  ver  es  necesario  tener  abier- 
tos los  ojos,  necesita  la  inteligencia  para  entender  la  aten- 
ción, es  decir  un  cierto  advertir  del  espíritu  á  que 
llaman  los  griegos  xooas/siv  xóv  vwv,  una  especie  de  aper^ 
tura  de  la  mente  para  recibir  cuanto  se  le  ofrece. 

Los  impedimentos  de  esta  inteligencia  son:  unos  «inte- 
riores», ya  por  iiallarse  el  espíritu  ocupado  y  abstraído 
en  otro  pensamiento  más  intenso,  ya  por  acumulación 
de  pensamientos,  en  que  unos  expulsan  inmediamente  á 
otros  y  la  mente  acude  á  varios  de  ellos  sin  pararse  en 
ninguno,  ya  también  cuando  la  ordena  la  voluntad  que 
se  ocupe  de  otras  cosas,  abandonando  la  presente,  cosa 
que  no  se  realiza  sin  que  el  espíritu,  por  complacer  á  la 
voluntad,  aparte  á  la  inteligencia  de  otro  pensamiento 
que  se  presente  como  á  la  puerta. 

«De  la  parte  de  afuera»,  la  causa  de  los  impedimentos 
está  en  el  cuerpo,  por  los  humores  fríos  y  crasos  que  pro- 
ducen espíritus  densos  y  tardos,  por  tanto,  poco  ade- 
cuados para  percibir.  También  es  de  fuera  cuando  los 
sentidos  se  hallan  muy  Ocupados  en  otras  cosas  y  apartan 
á  la  inteligencia  de  atender  á  las  demás,  aunque  ya  esto 
se  refiere  á  lo  que  dejamos  dicho,  que  unos  pensamientos 
empujan  ó  excluyen  á  otros,  pues  los  sentidos  en  nada 
estorbarían,  si  á  ellos  no  se  adhiriese  la  mente  como 
quien  presta  oído  al  que  habla.  Con  todo,  á  veces  una 
acción  vehemente  y  laboriosa  de  los  sentidos  corporales 
impide  funcionar  á  la  inteligencia,  por  separar  ó  ligar 
emanaciones  que  son  instrumento  principal  de  la  mente, 
como  sucede  en  la  enfermedad  y  cuando  hay  dolor. 


72  LIBRO  SEGUNDO 


Aquellos  que  se  agitan  de  ese  modo  en  sus  pensamien- 
tos están  como  peregrinando  siempre  con  su  espíritu, 
sin  hallarse  jamás  en  el  objeto  presente;  se  llaman  «los 
que  hacen  otra  cosa»  y  son  aquellos  que  pasan  inútil- 
mente la  mayor  parte  de  su  vida.  Los  hay  también  que, 
no  habiendo,  por  ejemplo,  entendido  la  primera  parte  de 
un  discurso,  conjeturan  acertadamente  lo  que  se  quiso  de- 
cir por  lo  que  oyeron  y  entendieron  después,  ó  ya  por  lo 
poquísimo  comprendido  de  lo  anterior,  ó  por  compara- 
ción de  las  conjeturas  desde  las  negativas  hasta  la  que 
afirma;  así,  v.  gr.,  cuando  se  argumenta:  «no  es  verosí- 
mil que  esto  sea  aquello,  ni  lo  otro,  ni  lo  tercero,  luego 
será  este  cuarto  objeto,  puesto  que  ya  no  queda  ninguno.» 

En  total,  pues,  son  dos  las  causas  de  no  entender; 
cuando  el  agente  está  ocupado,  ó  cuando  no  sirve  el  ins- 
trumento, en  lo  cual  se  comprende  también  el  cansancio 
de  la  facultad,  que  no  consiste  en  ésta  sino  en  los  ins- 
trumentos. Nuestra  mente,  en  efecto,  no  dispone  de  po- 
tencia infinita,  ni  de  cuanto  desea  para  una  acción  pre- 
sente, ó  para  la  materia  propuesta,  aunque  sí  en  cuanto 
á  la  duración  temporal  y  la  continuación  de  su  obra;  por 
lo  cual  en  estos  actos  nunca  falla  por  debilidad  propia, 
sino  por  la  de  los  órganos. 

La  intensidad  se  repone  en  los  fatigados,  ya  por  el  des- 
canso, ó  por  la  mera  conversión  del  espíritu  á  otro  ob- 
jeto, tanto  mejor  cuando  se  pasa  de  un  asunto  grave  á 
otro  ligero,  de  un  objeto  molesto  á  uno  agradable;  ya 
también  alegrando  los  sentidos,  bien  con  un  espectáculo 
ameno,  con  la  música,  con  refrigerio  de  comida  y  be- 
bida; bien  sentándose  si  estuvo  de  pie,  ó  viceversa;  bien 
por  el  paseo,  ó  por  la  excitación  de  un  afecto  nuevo:  de 
alegría,  tristeza,  deseo  ó  venganza,  según  la  inclinación 
de  cada  uno:  por  último,  de  cualquier  modo  que  devuel- 
va al  espíritu  su  frescura. 


CAPÍTULO  ÍI 

DE    LA    MEMORIA    Y    EL    RECUERDO 

Es  la  memoria  aquella  facultad  del  alma  por  la  cual 
se  conserva  en  la  mente  lo  que  uno  ha  conocido  me- 
diante algún  sentido  externo  ó  interno.  Es,  por  tanto,  su 
acción  dirigida  hacia  adentro  toda  ella,  y  la  memoria  á 
manera  de  un  cuadro  pintado;  así  como  éste  al  ser  mi- 
rado por  los  ojos  produce  una  noción,  aquélla  la  realiza 
por  la  mirada  del  alma  que  entiende  ó  conoce.  Esa  no- 
ción no  es  simple,  pues  necesita  primero  la  reflexión  que 
examina  é  investiga,  y  después  viene  el  recuerdo  cuando 
se  ha  llegado  á  lo  que  nos  proponemos  reproducir. 

Hay  en  el  recuerdo  una  segunda  operación  al  insistir 
el  espíritu  en  traer  alguna  cosa  que  maneja  y  revuelve 
en  su  pensamiento,  á  lo  cual  se  llama  recoger.  Este  re- 
cuerdo se  produce  por  una  simple  mirada  del  alma  ala 
memoria,  y  es  también  común  á  los  animales;  mas  la 
nuestra  es  aquella  que  se  verifica  por  ciertos  grados, 
marchando  desde  las  cosas  que  se  presentan  al  espíritu 
á  las  que  se  habían  ocultado,  ó  sea  mediante  discurso, 
propio  sólo  del  hombre.  Los  filósofos  la  llaman  reminis- 
cencia, en  lo  cual  no  están  conformes  con  el  modo  gene- 
ral de  hablar,  pues  Virgilio  dijo  también  del  caballo: 

Dulces  moriens  reminiscitur  Argos  (i). 


(i)     Eneida,  lib.  lo,  verso  782. 


74  LIBRO  SEGUNDO 


Conservemos  no  obstante  para  la  más  fácil  compren- 
sión, ese  vocablo  empleado  en  las  escuelas  con  el  signi- 
ficado que  tuvo  para  los  griegos  la  palabra  «vápr^a-.;,  6 
sea  la  reducción  á  recuerdo,  una  especie  de  recuerdo 
del  recuerdo  mismo. 

Tenemos,  por  consiguiente,  memoria,  recuerdo  y  remi- 
niscencia. Colocó  la  naturaleza  á  la  memoria,  como  en 
su  asiento  y  fábrica,  en  la  nuca,  con  admirable  sabiduría 
para  ver  lo  pasado,  á  manera  de  un  ojo  mucho  más  ex- 
celente que  si  tuviésemos  uno  corporal  colocado  en  la 
frente,  como  el  que  la  fábula  atribuye  á  Jano. 

Dos  son  las  funciones  de  la  memoria,  como  las  de  las 
manos:  «coger  y  retener».  Cogen  ó  aprenden  fácilmente 
los  que  tienen  húmedo  el  cerebro;  y  aunque  lo  son  todos 
los  cerebros,  ha  de  entenderse  que  lo  sean  sobre  mane- 
ra. Un  sello,  por  ejemplo,  se  imprime  rápidamente  en 
una  humedad  fluida,  pero  no  se  conserva  mucho  tiem- 
po si  no  está  seca  la  materia;  por  eso  los  biliosos  son 
más  aptos  para  retener  lo  que  una  vez  aprendieron,  si 
bien  ese  temperamento  es  adecuado  para  ambas  fun- 
ciones. 

En  los  niños  que  la  tienen  supone  buen  entendi- 
miento, según  observó  Quintiliano,  porque  la  memoria 
le  ayuda,  no  sólo  para  recibir  fácilmente  lo  que  sea  desea, 
sino  para  reproducirlo  pronto  y  con  fidelidad  cuando  sea 
necesario.  Esas  dos  condiciones:  la  representación  «rá- 
pida y  fiel»,  pertenecen  á  la  función  que  llamamos  reten- 
tiva; pues  hay  quien  conserva  bien,  pero  es  tardío  para 
devolver  ese  depósito  y  se  esfuerza  largo  rato  para 
buscarle,  ó  le  devuelve  con  poca  fidelidad;  esto  es,  no 
íntegramente,  sino  con  confusión  é  incoherencia.  Los 
que  se  hallan  en  tal  caso  tienen  un  entendimiento  per- 
vertido y  desdichado. 

Tienen  mejor  memoria  que  los  viejos  los  jóvenes, 
á  causa  del  calor,  y  de  las  humedades  más  puras;  «lo 


CAP.  II.  —  DE  LA  INTELIGENCIA  SIMPLE  7^ 

primero  en  que  influye  la  edad  es  la  memoria»,  dijo  Séne- 
ca; y  no  hay  señal  más  cierta  de  senectud  que  el  decaer 
la  memoria.  Con  efecto:  el  calor  disminuye,  y  las  ema- 
naciones se  condensan  con  la  edad;  en  cambio  Dios 
otorgó  á  los  ancianos  un  gran  beneficio  en  lugar  de  la 
memoria;  á  saber,  una  prudencia  obtenida  por  el  uso  de 
las  cosas  y  un  juicio  más  agudo  y  eficaz. 

No  todos  tienen  memoria  igual  para  todas  las  cosas: 
hay  quienes  recuerdan  más  fácilmente  palabras,  otros,, 
sucesos;  así  se  dice  que  Temístocles  se  distinguió  mucho 
en  la  memoria  de  cosas,  y  Hortensio  en  la  de  palabras; 
ejemplo  que  puede  servir  para  toda  clase  de  hombres  y 
de  asuntos:  unos  recuerdan  más  pronto  y  mejor  los  he- 
chos curiosos;  otros  los  corrientes  y  sencillos;  quiénes 
los  públicos,  ó  los  privados;  los  antiguos  ó  los  recientes; 
quiénes  los  propios,  los  ajenos,  los  vicios,  las  virtudes 
conforme  es  lo  peculiar  de  su  condición,  y  según  que 
atienda  con  preferencia  á  unas  ó  á  otras  cosas,  pues  la 
atención  es,  en  una  palabra,  la  que  sanciona  la  memo- 
ria; y  así  como  en  una  pintura  no  vemos  ú  observamos 
todo  cuanto  está  allí  representado,  ni  se  nos  ofrece  de 
pronto  lo  que  en  ella  buscamos,  también  en  la  memoria 
tenemos  muchas  cosas  desconocidas,  y  otras  que  tenién- 
dolas no  creíamos  tenerlas,  y  viceversa.  Las  hay  igual- 
mente que,  sabiendo  de  cierto  que  las  tenemos,  no  apare- 
cen, aun  después  de  buscarlas  y  perseguirlas  mucho;  y 
cuando  alguien  nos  las  presenta,  las  reconocemos  al 
momento,  como  sucede  al  hablar;  muchos  entienden 
diversos  idiomas  al  oírlos  y  no  saben  hablarlos,  y  es 
porque  ai  expresarnos  buscamos  las  palabras,  mientras 
que  cuando  oímos  se  nos  presentan  y  las  reconocemos 
fácilmente. 

Tiene  grandísima  relación  con  la  memoria  el  tempe- 
ramento natural  del  cuerpo,  como  es  presumible  le  tu- 
viesen Temístocles,  Giro,  Cineas  y  Hortensio  cuya  me- 


76  LIBRO  SEGUNDO 


moria  enorme  se  halla  celebrada  en  obras  literarias.  Se 
favorece  esta  facultad  mediante  el  régimen  entero  de  sus- 
tento, comida  y  bebidas,  con  ejercicios  moderados,  con  el 
descanso  y  sueño  y  adecuados  á  los  instrumentos  de  ella. 
También  hay  cosas  que  auxilian  especialmente  á  la  me- 
moria y  otras  que  la  perjudican,  consignadas  ya  en  el 
régimen  de  los  médicos  y  en  los  libros. 

Así  como  no  se  estampa  el  sello  de  un  anillo  en  el  agua 
corriente,  tampoco  se  retienen  en  la  memoria  las  cosas 
conocidas  si  el  cerebro  se  halla  fuertemente  agitado, 
como  pasa  en  los  párvulos  á  causa  del  continuo  creci- 
miento de  su  cuerpecito;  en  los  embriagados  y  los  enfer- 
mos, porque  la  fuerza  del  ardor  arrastra  consigo  y  arro- 
lla todas  las  exhalaciones.  Asimismo  reciben  con  dificul- 
tad los  que  tienen  en  el  occipucio  humores  fríos  y,  por 
lo  tanto,  duros",  de  naturaleza  pétrea  para  la  impresión, 
tales  como  los  ancianos,  los  torpes  y  tardíos.  En  cambio 
los  que  están  sanos  y  cabales,  pero  de  temperamento  rá- 
pido, aprenden  pronto,  aunque  no  retienen  bien;  de  este 
género  son  ios  biliosos:  «Los  caracteres  lentos  (según 
Aristóteles)  se  distinguen  por  la  fidelidad  del  recuerdo  y 
por  su  viva  reminiscencia». 

La  memoria  es  más  tenaz  en  el  tardío,  como  es  más 
duradero  el  sello  en  la  roca  ó  en  el  hierro,  aunque  tam- 
bién los  rápidos  vuelven  al  recuerdo  con  más  facilidad. 

A  lo  hondo  de  la  memoria  bajan  las  cosas  que  desde 
é[  principio  se  han  recibido  con  atención  y  cuidadosa- 
mente; por  eso  sucede  á  menudo  que  personas  muy  inte- 
ligentes y  dotadas  ampliamente  del  beneficio  de  la  me- 
moria no  recuerdan  muchas  cosas  tan  bien  como  algu- 
nos que  no  las  igualan  en  estas  facultades,  por  ver,  oiró 
leer  muchas  veces  con  descuido.  Cuando  á  la  memoria 
primera  de  cualquier  objeto  se  une  un  vivo  afecto,  es 
luego  su  recuerdo  más  fácil,  pronto  y  duradero,  como 
sucede  con  aquello  que  ha  penetrado  en  nuestra  alma 


CAP.   II.  —  DE  LA  INTELIGENCIA  SIMPLE  77 

con  gran  tristeza  ó  con  gran  dolor;  de  esas  cosas  queda 
muy  larga  memoria;  por  lo  cual  hay  en  algunos  pueblos 
la  costumbre  de  golpear  cruelmente  á  niños  que  presen- 
cian el  deslinde  de  sus  campos  para  que  se  recuerden 
los  limites  respectivos  con  más  firmeza  y  duración. 

Adquiere  la  memoria  gran  vigor  con  el  ejercicio  y  la 
reflexión  frecuente,  porque  se  hace  mas  pronta  para  re- 
cibir, más  extensa  para  contener  muchas  cosas  y  de  ma- 
yor tenacidad  para  conservarlas.  Ninguna  otra  función 
del  alma  pide  como  ésta  el  propio  cultivo,  pues  las  dotes 
del  entendimiento  no  se  deterioran  con  la  interrupción 
y  el  descanso,  sino  que,  á  menudo,  con  ellos  se  restau- 
ran y  adquieren  mayor  vigor,  mientras  que  la  memoria 
que  no  se  ejercita  se  embota  y  hace  más  tarda  cada  día  y 
más  floja  por  el  ocio  y  la  quietud. 

De  cuatro  distintas  maneras  se  produce  en  nosotros  eí 
olvido:  cuando  la  imagen  pintada  en  la  memoria  se  des- 
vanece y  borra  por  completo;  cuando  está  como  inte- 
rrumpida y  destruida  en  parte;  cuando  se  oculta  á  nues- 
tras pesquisas,  y,  por  último,  si  se  halla  como  tapada  y 
cubierta  con  un  velo,  según  pasa  en  las  enfermedades  ó 
en  la  excitación  pasional.  Es  la  primera  olvido  verda- 
dero y  más  genuínamente  propio;  la  segunda  es  obs- 
curidad ó  destrucción;  las  otras  dos,  ocultación;  así 
puede  verse  en  un  cuadro  de  cuyas  figuras  una  está  bo- 
rrada, otra  cortada  ó  destruida  á  trechos,  la  tercera  se 
nos  escapa  y  la  última  se  halla  cubierta  ó  falta  de  des- 
arrollo. 

También  se  dice  que  olvidamos  las  cosas  que  hemos 
recibido  de  la  Naturaleza  misma,  como  sucede  al  dudar 
de  aquellas  primeras  informaciones  naturales  que  reci- 
ben el  nombre  de  verdades  evidentísimas,  porque  equi- 
valen á  haberlas  alguna  vez  aprendido  por  propio  mi- 
nisterio de  la  Naturaleza. 

La  primera  clase  de  olvido  exige  un  conocimiento  en- 


yS  LIBRO  SEGUNDO 


teramenie  nuevo;  la  cuarta  necesita  una  especie  de  des- 
cubrimiento que  sanee  el  cuerpo  ó  el  alma,  y  las  dos  res- 
tantes medias,  una  restauración  verificada  mediante  pes- 
quisa y  como  por  grados  que  nos  lleven  á  lo  que  busca- 
mos; V.  gr.,  del  anillo  al  orfebre,  de  éste  al  collar  de  una 
reina,  de  aquí  á  la  guerra  que  hizo  su  marido,  de  la  gue- 
rra á  sus  caudillos,  de  éstos  á  sus  antepasados  ó  á  sus 
hijos,  de  ellos  á  los  estudios  en  que  se  ocupaban,  sin  que 
exista  límite  alguno  en  la  serie;  porque  estos  grados  se 
-extienden  con  la  mayor  latitud  y  por  toda  clase  de  con- 
ceptos: de  la  causa,  al  efecto;  del  efecto,  al  instrumento; 
de  la  parte,  al  todo;  de  éste,  al  lugar;  del  lugar,  a  la  per- 
sona; de  ella,  á  sus  antecedentes,  á  sus  consiguientes,  á 
los  contrarios,  á  los  semejantes,  en  proceso  indefinido. 
Hay  en  él,  con  todo,  ciertos  pasos  larguísimos  y  aun  sal- 
tos, por  ejemplo,  cuando  se  viene  desde  Escipión  al  pen- 
samiento del  imperio  turco,  por  las  victorias  de  aquél  en 
Asia,  donde  reinaba  Antíoco;  ó  cuando  del  nombre  de 
Cicerón  se  pasa  al  recuerdo  de  Lactancio,  que  fué  su  imi- 
tador, y  luego  á  la  calcografía,  porque  dicen  que  fué  el 
libro  de  este  escritor  el  primero  ó  de  los  primeros  que 
se  estamparon  con  caracteres  grabados  en  cobre. 

Esta  reminiscencia  es:  ó  natural,  que  pasa  de  unos 
pensamientos  á  otros,  ó  voluntaria  é  impuesta  cuando  el 
alma  se  propone  llegar  al  recuerdo  de  alguna  cosa.  Las 
-cosas  anotadas  y  dispuestas  por  orden  son  fáciles  de 
recordar;  y  de  este  género  son  las  verdades  matemáticas. 
También  los  versos  son  adecuados  para  su  fiel  retención 
^n  la  memoria,  á  causa  del  orden  de  su  composición  y 
de  su  estructura  que  no  está  dispersa  y  vagando  capri- 
chosamente, sino  contenida  en  límites  determinados  de 
suerte  que  no  permiten  divagar  al  espíritu  por  hallarse 
■el  camino  por  ambos  lados  como  protegido  y  cercado  de 
ciertas  barreras.  Por  el  contrario,  es  difícil  coger  y  rete- 
ner lo  esparcido  al  arbitrio  ó  lo  acumulado  descuidada- 


CAP.  ir. — DE  LA  INTELIGENCIA   SIMPLE  79 

mente;  por  lo  cual  quien  desea  recordar  algo,  observa 
con  cuidado  v  atención  el  orden  de  todo  cuanto  confían 
á  la  memoria;  así,  los  maestros  de  este  arte  presentan  á 
sus  discípulos  ciertos  pasajes  elegidos  para  aprender.  Las 
cosas  que  se  han  recibido  juntas  en  la  fantasía,  al  pre- 
sentarse una  de  ellas,  suele  llevar  también  consigo  la 
otra. 

En  la  construcción  de  la  memoria  hay,  pues,  ciertos 
asientos  como  para  mirar  el  sitio  de  las  cosas,  desde  el 
cual  nos  viene  á  la  mente  lo  que  en  él  sabemos  que  ha 
pasado  ó  se  halla.  En  ocasiones,  simultáneamente  con 
una  voz  ó  un  sonido,  nos  sucede  algo  agradable,  y  así 
nos  gusta  siempre  que  volvemos  á  oírle,  ó  nos  entriste- 
cemos si  lo  que  ocurrió  fué  triste;  cosa  que  también  se 
observa  en  los  animales;  si  al  llamarlos  de  cierto  modo 
se  les  da  una  cosa  que  les  guste,  acuden  alegres  corriendo 
cuando  oyen  el  mismo  sonido;  pero  si  han  recibido  daño, 
tiemblan  al  oírle,  por  el  recuerdo  de  los  golpes;  en  cuyo 
doble  recuerdo  suele  ocurrir  que  con  más  frecuencia  nos 
viene  al  pensamiento  la  cosa  mayor  desde  la  menor,  que 
al  contrario. 

Al  decir  mayor  se  entiende  mejor,  más  excelente, 
rara,  preciosa  y  estimada;  en  una  palabra,  aquella  que 
tenemos  en  más.  Así,  siempre  que  veo  en  Bruselas  una 
casa  que  se  ve  no  lejos  del  palacio  real,  me  acuerdo  de 
Idiáquez,  de  quien  era  aquélla,  y  en  la  cual  hemos  con- 
versado muchísimas  veces  y  muy  largos  ratos,  cuando  se 
lo  permitían  sus  ocupaciones,  acerca  de  asuntos  suma- 
mente gratos  para  ambos.  Pero  no  al  contrario:  es  decir, 
iíno  siempre  que  me  viene  á  la  imaginación  Idiáquez  pien- 
so en  aquel  edificio;  y  es  que  en  mi  espíritu  es  más  nota- 
ble el  recuerdo  suyo  que  el  de  su  casa. 

Lo  mismo  sucede  con  los  sonidos,  con  el  sabor  y  el 
olor.  Hallándome  en.  Valencia  postrado  con  la  fiebre,  y 
habiendo  comido  cerezas  con  mal  sabor  de  boca,  siempre 


8o  LIBRO  SEGUNDO 


que  comía  esta  truta,  después  de  pasados  muchos  años, 
no  sólo  me  acordaba  de  la  calentura,  si  no  que  me  pare- 
cía tenerla  en  aquel  momento.  Por  eso  conviene  tam- 
bién que  estén  sin  objetos  los  locales  en  que  se  cultiva  la 
memoria,  pues  si  tienen  alguno  de  gran  importancia  ó 
apariencia,  es  decir,  notable  para  nosotros,  ocultarán 
lo  que  se  desea  encomendar  á  la  memoria.  En  etecto: 
aquel  objeto  saliente  sugestiona  el  recuerdo  y  le  ocupa 
apartándole  de  los  demás,  de  igual  manera  que  el  estó- 
mago prefiere  entre  muchos  alimentos  el  que  le  es  más 
adecuado,  y  desdeña  todos  los  restantes. 

Como  la  semejanza  hace  que  muchas  cosas  parezcan 
una  misma,  es  un  error  común,  no  solamente  de  la  me- 
moria, sino  también  del  pensamiento  el  pasar  de  un 
objeto  á  otro  parecido:  así  tomamos  Jorge  por  Gregorio, 
problema  por  entimema,  Píndaro  por  Pándaro,  seme- 
janza que  en  los  vocablos  puede  estar  en  el  medio,  en  el 
principio  ó  en  el  fin.  Igualmente  puede  ofrecerse  el  error 
con  respecto  á  lo  que  considera  nuestra  atención  en  cier- 
tas cosas  ó  personas,  v.  gr.,  contundir  á  Xenócrates 
con  Aristóteles  en  la  filosofía  y  la  doctrina  de  Platón;  á 
Escipión  con  Quinto  Fabio  en  las  guerras  púnicas,  á 
Iro  con  Codro  por  la  pobreza,  á  Narciso  con  Adonis  por 
su  hermosura,  al  ajo  con  las  cebollas  por  el  olor.  Del 
mismo  modo  hay  errores  de  lugar  y  tiempo,  de  actos  y 
de  cualidades,  cuyos  ejemplos  son  innumerables. 

La  semejanza  perturba  también  la  memoria  como  los 
ojos  corporales,  de  suerte  que  no  puede  formar  juicio 
acertado  de  aquello  que  se  la  confía  confusamente.  Ori- 
gínase este  error  ó  en  la  «primera  atención»,  por  no 
haber  observado  bastante  la  inteligencia  aquello  que  se 
la  presente  para  poderlo  entregar  á  la  memoria  íntegra  y 
distintamente,  en  cuyo  número  están  «los  que  hacen 
otra  cosa»,  ó  en  la  memoria  misma,  que  lo  conservó  con 
poca  fidelidad,  ó  en  la  «segunda  reflexión»  que  es  la 


CAP.  II.  —  DE  LA  INTELIGENCIA  SIMPLE  8l 

atención,  cuando  saca  con  falsedad  lo  que  se  había  depo- 
sitado íntegramente  en  la  memoria.  Esto  sucede  unas 
veces  por  desidia  ó  negligencia,  otras  por  excitación  del 
espíritu,  como  en  los  embriagados,  coléricos,  temerosos, 
en  los  que  aman  ó  aborrecen,  en  los  soberbios  y  en 
otros  casos  semejantes. 

Cuando  ese  depósito  no  se  devuelve  tal  como  fué  en- 
tregado, es  culpable  quien  le  recibe,  ó  el  que  le  guarda 
ó  le  reproduce.  Igualmente  se  perturba  la  reflexión  si  al 
mandarla  que  busque  ó  saque  algún  objeto, se  la  presenta 
de  fuera  una  cosa  distinta  ó  extraña:  así,  por  ejemplo, 
cuando  digo:  «Ayer  me  saludó  en  la  plaza  Pedro  de 
Toledo;  pero  no  me  fijé  bastante,  ni  me  acuerdo  bien  de 
ello;  ahora,  si  alguno  me  pregunta  quién  fué  el  que  me 
saludó,  si  no  dice  otra  cosa,  me  acordaré  más  fácilmente 
que  si  añade:  ^fué  J.  Manrique  ó  L.  Abilense?»  Así 
mismo,  cuando  se  pregunta  quién  fué  el  padre  de  Sócra- 
tes, vendrá  el  nombre  á  la  memoria  más  pronto  que  si 
agregan:  «^Fué  quizás  Demócrito?»;  porque  se  confunde 
más  la  reflexión  cuando  se  halla  el  asunto  en  estado  de 
error  de  semejanza.  En  efecto:  si  solamente  busca  una 
cosa,  se  ocupa  en  la  única  tarea  que  le  incumbe,  mien- 
tras que  si  se  le  presenta  á  la  vez  otra  distinta,  se  au- 
menta la  tarea  de  refutar  ésta, y  así  es  doble  el  trabajo: 
primero,  el  de  rechazar  lo  no  congruente;  después,  el  de 
determinar  lo  que  se  pide. 

Es  necesario  distinguir  los  momentos  de  la  reminis- 
cencia, pues,  si  no,  se  confundirían  las  imágenes  como  en 
cuadro  cuando  se  pintan  unas  sobre  otras  sin  intervalo. 
Aquello  que  recibimos  con  espíritu  libre  y  tranquilo  se 
queda  más  fácilmente  en  la  inteligencia  y  deja  su  huella 
más  impresa  y  duradera,  con  tal  que  apliquemos  á  ello 
nuestra  alma  con  atención.  Por  eso,  lo  que  hemos  visto 
y  oído  en  la  edad  primera  lo  recordamos  durante  más 
tiempo  y  con  mejor  integridad,  porque  nuestra  mente 

6 


82  LIBRO  SEGUNDO 


se  halla  entonces  exenta  de  cuidados  y  cavilaciones;  ade- 
más, atendemos  con  diligencia,  porque  en  aquel  tiempo 
todo  lo  contemplamos  como  nuevo,  observamos  cuidado- 
samente lo  que  nos  produce  admiración,  y  así  desciende 
profundamente  á  nuestra  alma.  Por  la  misma  causa  se 
pinta  con  mayor  relieve  en  la  memoria,  acude  pronto  al 
recuerdo  y  se  saca  con  claridad  cuando  es  menester. 

Los  viejos  perciben  y  retienen  más  difícilmente,  por 
razón  de  la  edad,  porque  se  condensan  sus  espíritus  y  no 
reciben  con  facilidad  las  imágenes.  Agrégase  el  estar 
ocupada  el  alma  y  atenta  á  varias  cosas,  por  lo  cual  reina 
un  tumulto  dentro  de  ella  que  ni  la  permite  admitir  cosa 
alguna  tranquilamente,  ni  hallarla  cuando  se  la  busque. 

Además,  se  desgastan  las  imágenes  grabadas  en  la  me- 
moria, y  de  ahí  resulta  defectuoso  el  recuerdo,  de  mo- 
do que  siempre  parece  que  busca  algo.  Se  perdieron  las 
circunstancias  de  lugar,  tiempo  y  personas,  vicio  este  el 
primero  de  una  memoria  que  decae  por  la  edad. 

La  reflexión  es  quien  investiga  lo  que  ha  quedado 
escondido  en  la  memoria.  Las  imágenes  de  los  objetos  en 
ella  conservados  se  estampan  bien  en  un  espíritu  lúcido 
que,  como  caliente  y  ágil,  nunca  descansa.  Cuando 
alcanza  una  parte  del  objeto,  la  fuerza  de  la  reflexión,  es 
decir,  el  espíritu  á  servicio  de  ésta,  la  contempla  directa- 
mente. Por  eso  no  siempre  lo  recordamos  todo,  ni  aun 
aquello  mismo  que  ordena  la  voluntad;  á  veces  buscamos 
lo  que  no  se  halla,  y  que  se  ofrece  después  hasta  durante 
el  descanso,  como  sucede  á  muchos  que  después  de  inves- 
tigar con  empeño  y  mucho  tiempo,  estando  bien  despier- 
tos, la  resolución  de  una  dificultad  ó  el  nombre  de  algu- 
na cosa,  le  hallan  en  sueños. 

Hay  cosas  que  recibe  aquella  primera  inteligencia  sim- 
ple, la  cual  se  refiere  á  las  cosas  que  ocurren  en  el  exte- 
rior, mediante  el  sentido  del  oído  ó  el  de  la  vista,  y  las 
inadvertidas  pasan  á  la  memoria;  en  ésta  las  mira  la  aten- 


CAP.  II.— DE  LA  INTELIGENCIA  SIMPLE  83 

ción  como  levantándose,  y  las  entiende  á  veces  inmedia- 
tamente, á  veces  tras  largo  intervalo,  lo  mismo  que 
cuando  á  uno  se  le  despierta  de  un  sueño  ó  vuelve  en  sí 
después  de  un  estado  de  enajenación  mental.  Las  perso- 
nas de  esta  clase  son  tardías  de  entendimiento,  de  espí- 
ritu errante  ó  muy  ocupadas  en  otra  cosa,  como  ocurre 
también  en  la  visión  y  la  audición  cuando  el  sentido 
común  está  haciendo  algo  distinto,  según  antes  se  explicó. 


CAPITULO  IIÍ 

D£    LA    INTELIGENCIA    COMPUESTA 

No  hay  en  el  alma  imagen  alguna  de  substancia  pura, 
esto  es,  despojada  de  sus  accidentes,  sino  la  de  estos  mis- 
mos que  la  envuelven.  Recibida  ya  aquella  primera  y 
sencilla  imagen  que  ha  entrado  por  las  puertas  de  los 
sentidos,  agrega  á  ella  la  fantasía  otras  representaciones 
y  formas  de  las  cualidades  y  actos  que  se  perciben  me- 
diante los  sentidos  mismos.  Luego  viene  la  razón  que 
compara  aquellos  elementos  entre  sí,  los  clasifica  como 
siendo  éstos  ó  los  otros  y  realizando  tal  ó  cual  cosa,  ó  lo 
contrario;  después  añade  aquello  que  en  las  escuelas  se 
llaman  asincategoremas»,  ó  sea  cosignificantes,  no  cog- 
noscibles por  ninguno  de  los  sentidos,  y  que  son  en  tanto 
mayor  número  y  más  adecuados  cuanto  más  crece  la  ra- 
zón: así  más  en  los  adultos  que  en  los  niños,  en  los 
inteligentes  que  en  los  necios,  y  en  los  doctos  que  en 
los  indoctos. 

La  fantasía  nada  une  ó  separa  mediante  cópula,  v.  gr.: 
esto  es  tal  ó  no  es  tal  cosa,  que  actúa  ó  no  actúa  así,  sino 
que  lo  acumula  de  este  modo:  esto  tal,  no  tal;  hace  esto, 
aquello,  de  esta  manera,  la  otra,  ó  al  contrario.  Bien  lo 
manifiesta  el  lenguaje  de  los  niños,  de  las  personas  rudas 
y  bruscas  que  al  hablar  omiten  mucho  las  conjunciones, 
amontonando  nombres  de  las  cosas  sin  enlace. 

Pasa  la  razón  de  los  accidentes  á  la  substancia  y  ex- 
presa, no  sólo  cuál  sea,  ola  cualidad  de  una  cosa,  ó  qué 
hace,  sino  que  es  ó  no  es.  Cuando  afirma  se  llama  unión, 
y  cuando  niega,  separación. 


CAPITULO  ÍV 


LA    RAZÓN 


Todo  cuanto  hemos  entendido,  reflexionado  y  com- 
parado está  dispuesto  para  servir  á  la  razón.  Es  esta  una 
marcha  de  la  comparación  de  una  cosa  á  otra,  de  va- 
rias á  una  ó  á  diversas,  y  por  lo  mismo  se  llama  también 
«discurso»  y  «nueva  poda»,  pues  así  como  en  la  vid  se 
cortan  los  sarmientos  inútiles,  igual  en  la  razón,  para 
que  sólo  lo  útil  se  conserve  puro,  según  se  dice,  ó  limpio 
y  podado,  hasta  donde  esto  se  puede  alcanzar. 

No  ha  de  extrañarnos  ese  nombre  de  discurso,  pues  á 
veces  la  razón  no  procede  tanto  paso  á  paso  como  á 
pequeños  saltos,  eligiendo  á  su  gusto  cosas  diversas.  Hay, 
en  efecto,  una  razón  que  marcha  por  sus  grados  sin  inte- 
rrumpir la  serie;  otra,  en  cambio,  va  como  saltando  y 
deja  sin  recorrer  algún  paso  intermedio,  ya  por  ignorar 
el  verdadero  y  conveniente  camino,  ya  porque  no  juzga 
necesario  seguir  todos  aquéllos. 

No  puede  la  fantasía  figurarse  imagen  alguna  que  no 
sea  de  las  cosas  que  adquirió  por  los  sentidos,  ya  sea  que 
exista  en  la  naturaleza,  ó  que  la  forme,  tomándola  de 
alguna  ó  varias  de  ellas. 

La  razón  pasa  volando  por  esas  imágenes  ó  tan  leve- 
mente como  si  no  las  recibiese.  Consiste  esto  en  que  nada 
toma  de  los  particulares  accidentes;  más  bien  mira  á  lo 


86  LÍBRO  SEGÜNDd 


lejos  y  se  aparta  cuanto  puede  de  lo  que  ha  visto;  pues 
si  se  mezclase  y  envolviese  en  ello,  se  vería  arrebatada 
cual  por  un  torrente,  según  sucede  en  el  estado  de  em- 
briaguez ó  de  furor,  y  lo  miraría  como  á  través  de  una 
lente  pintada  y  con  distintos  dibujos. 

Por  esto  se  necesita  mente  muy  sana  para  discurrir 
debidamente  por  las  cosas  que  nos  convienen;  pues  aque- 
lla que  no  puede  detenerse,  agitada  por  las  cosas  que  ve, 
es  semejante  á  quien  baja  por  un  resbaladero.  Con  todo, 
no  es  por  eso  menos  necesario,  para  un  discurso  expedito, 
el  ministerio  de  la  fantasía,  no  disipada,  pero  suelta  y 
libre;  porque  la  razón  se  sirve  también  de  fantasmas, 
aunque  sin  mezclarse  con  ellas.  Así,  pues,  el  sentido  sirve 
á  la  imaginación,  ésta  á  la  fantasía,  la  cual  á  su  vez 
sirve  al  entendimiento  y  á  la  reflexión,  ésta  al  recuerdo, 
el  recuerdo  á  la  comparación,  y  en  último  término  ésta 
á  la  razón.  Es  el  sentido  una  á  modo  de  mirada  de  «la 
sombra»,  la  fantasía  ó  imaginación,  lo  es  de  «la  imagen»; 
la  inteligencia,  «del  cuerpo»;  la  razón,  de  «la  forma»  y 
de  las  fuerzas. 

Hay  un  cierto  discurso  de  la  razón,  mandado  por  la 
voluntad,  para  que  busque  algo  verdadero  para  la  inte- 
ligencia, ó  algo  bueno  para  la  voluntad  misma;  hay  otro 
espontáneo,  de  iniciativa  propia,  movido  por  la  fuerza 
libre  de  la  mente,  que  no  puede  cesar.  Este  último  no 
emprende  su  obra  guiado  por  principios  ciertos  y  cono- 
cidos, como  lo  está  el  primero,  porque  investiga  con 
negligencia  lo  que  hay  verdadero  y  falso,  bueno  y  malo 
encada  cosa.  La  noción  que  el  hombre  adquiere  viene 
de  lo  que  conocen  los  sentidos,  de  donde  se  pasa  á  lo  que 
conocen  el  alma  y  la  inteligencia,  á  saber:  de  lo  singular 
á  lo  general,  de  lo  material  á  lo  espiritual,  de  los  efectos 
á  las  causas,  de  lo  inmediato  y  patente  á  lo  recóndito. 

Para  Dios,  autor  y  modelador  de  todo  lo  existente, 
las  causas  son  antes  y  más  conocidas  que  los  efectos,  lo 


tíAP.  IV.  —  LA  RAZÓN  87 


general  que  lo  particular  de  las  cosas;  nosotros,  al  cono- 
cer é  inducir,  seguimos  más  bien  el  camino  de  la  natura- 
leza, es  decir,  de  Dios,  según  cada  cual  se  distingue  por 
su  inteligencia,  por  la  práctica  de  hs  cosas,  ó  por  la 
ciencia;  aquellos  que  son  más  torpes  siguen  el  rumbo  de 
los  sentidos. 

En  cuanto  al  discurso  de  la  razón,  marcha  por  todos 
los  derroteros  del  raciocinio;  va  de  la  negación  á  la  afir- 
mación, por  ejemplo:  no  es  esto,  ni  eso,  luego  es-  aque- 
llo, que  es  un  discurso  oblicuo;  ó  de  la  negación  á  otra 
negación;  v.  gr.,  no  es  esto,  ni  aquello,  ni  lo  otro;  luego 
es  algo  incierto;  uno  es  falso,  ó  vó6oc;,  otro  es  verdadero 
y  legítimo,  que  va  de  objeto  á  objeto,  y  también  de  la 
afirmación  á  la  negación:  Es  esto,  luego  no  es  aquello. 

Se  ha  dado  la  razón  al  hombre  para  investigar  el  bien 
á  fin  de  que  le  adopte  la  voluntad;  el  bien  está  descu- 
bierto en  el  animal,  esto  es,  en  el  cuerpo;  el  del  hombre, 
oculto  en  la  inteligencia,  y  por  eso  tuvimos  que  investi- 
gar la  verdad  en  las  tinieblas,  las  cuales  no  existen  para 
los  animales;  su  estimativa  sólo  conduce  al  bien  y  al  mal; 
la  nuestra  nos  lleva  también  á  lo  verdadero  y  á  lo  falso. 

De  aquí  la  existencia  de  una  doble  dirección:  la 
razón  especulativa  cuyo  fin  es  la  verdad,  y  la  razón 
práctica  que  tiene  el  bien  por  fin.  La  primera  termina 
en  sí  misma,  la  otra  trasciende  á  la  voluntad.  La  espe- 
culativa no  es  simple;  porque,  ó  está  en  las  verdades 
asequibles  por  el  sentido,  la  fantasía,  ó  por  estos  medios 
reunidos,  y  se  llama  inferior,  ó  se  halla  en  las  cosas  más 
altas  ó  más  escondidas,  que  es  la  superior.  En  una  y 
otra  no  se  distinguen  ni  se  ejercitan  por  igual  los  hom- 
bres; pues  así  como  los  hay  que  ven  mejor  por  la  tarde 
que  al  mediodía,  también  unos  raciocinan  bien  acerca  de 
lo  verdadero,  y  no  de  lo  que  debe  hacerse,  y  otros  al 
contrario;  porque  la  manera  de  obrar  se  aprende  con  la 
experiencia,   y  la  de  saber,  con  la  fuerza  del  enten- 


SS  LI6R0  SEGUNDÓ 


dimiento.  Asimismo  hay  algunos  que  sobresalen  en  las 
artes  manuales,  según  que  el  impulso  de  su  carácter  los 
inclinó  á  uno  ú  otro  lado  por  sugestión  de  la  natura- 
leza. 

La  cualidad  de  quienes  se  emplean  en  el  bien  es  la 
prudencia;  la  de  aquellos  que  ejercitan  en  las  cosas  úti- 
les de  la  vida  externa  es  el  arte,  en  opinión  de  Aristó- 
teles; pero  como  el  experto  obra  con  más  seguridad  que 
el  sabio,  no  es  bastante  la  ciencia  para  tener  prudencia 
ó  arte,  hace  falta  también  la  experiencia,  comprendidas 
en  ella  la  memoria  y  el  recuerdo.  Por  eso  los  inexpertos 
no  son  buenos  artistas  ni  bastante  prudentes,  como 
sucede  á  los  jóvenes  y  á  los  que  no  ocupan  sus  manos  en 
el  trabajo  que  aprendieron  á  ejecutar.  El  arma  del  pen- 
samiento se  aguza  y  pulimenta  con  la  enseñanza  como 
la  fuerza  de  hacer  y  practicar  con  el  ejercicio.  El  tér- 
mino de  la  razón  que  contempla  es  la  verdad;  el  de  la 
que  obra,  el  bien.  Esta  última  produce  el  juicio  compa- 
rando lo  bueno  con  lo  malo,  comparación  de  que  ca- 
recen las  bestias,  porque  se  lanzan  hacia  el  primer  bien 
que  se  les  presenta,  mientras  que  nuestro  juicio  se  de- 
tiene, vacila,  se  para  y  se  revoca;  á  pesar  de  lo  cual  no 
cabe  dudar  que  los  animales  han  recibido  de  Dios  cier- 
tas tendencias  y  reglas  para  su  bien,  como  el  hombre 
para  el  suyo;  y  por  éste  para  la  verdad;  pues  no  es  de 
pensar  que  tan  gran  artífice  hubiera  creado  de  mejor 
condición  á  quien  es  inferior  que  al  que  nada  tiene  supe- 
rior á  él  bajo  el  cielo. 

Pero  el  pecado  cubrió  nuestra  mente  de  grandes  y  muy 
densas  nieblas,  por  lo  cual  se  malearon  aquellas  rectas 
normas.  De  la  ignorancia  nacen  luego  muchos  errores 
cuando  establecemos  juicios  desde  aquellas  generalidades 
á  las  especies  y  á  las  cosas  particulares;  quedan  con  todo 
en  nosotros  restos  de  aquel  bien  tan  grande  que  ates- 
tigua elocuentemente  de  cuánto  valor  era  lo  que  perdí- 


ÓaP.  IV. — LA  RAZÓN  Sg 


mos.  La  mayor  parte  de  los  teólogos  llama  á  esto  sindé- 
resis ó  conservación;  para  San  Jerónimo  es  la  concien- 
cia; para  San  Basilio,  un  judicativo  natural  y  San  Juan 
Damasceno  la  llama  luz  de  nuestra  inteligencia.  Los  filó- 
sofos han  entrevisto  de  lejos  esta  idea  y  la  consideran 
como  unas  anticipaciones  y  naturales  informaciones  que 
no  hemos  aprendido  de  los  maestros,  ni  de  la  experien- 
cia, sino  que  las  sacamos  y  realizamos  de  la  naturaleza, 
aunque  unos  han  aprendido,  según  la  excelencia  de  cada 
entendimiento,  más  reglas  de  esas  y  más  ciertas  que 
otros,  las  cuales  además  se  cultivan  y  perfeccionan  con 
la  práctica,  los  experimentos,  el  estudio  y  la  meditación. 

Esta  especie  de  luz  intelectual  ó  juicio  nos  lleva  siem- 
pre, directa  ó  indirectamente,  hacia  lo  bueno  y  lo  verda- 
dero, moviéndonos  á  la  aprobación  de  las  virtudes  y  á 
la  censura  de  los  vicios;  de  ello  vienen  después  las  leyes 
y  preceptos  morales,  así  como  en  cada  uno  interiormente 
la  conciencia,  que  censure,  reprenda  y  condene  sus  pro- 
pios vicios,  á  menos  que  se  carezca  de  todo  sentido  hu- 
mano y  se  descienda  á  la  condición  del  bruto. 

Lo  que  dejamos  dicho  sirve  para  resolver  la  dificultad 
que  Platón  presenta  en  el  Meno?i,  donde,  para  demostrar 
que  los  entendimientos  no  fueron  creados  en  estado 
rudo,  sino  adornados  del  conocimiento  de  las  ciencias  y 
artes  más  elevadas,  aduce  el  siguiente  argumento:  «De 
otra  suerte  no  asentiríamos  á  los  primeros  y  más  eviden- 
tes axiomas  antes  que  á  sus  contrarios,  ni  los  conoce- 
ríamos como  tales  en  el  momento  en  que  se  nos  propu- 
sieren; del  mismo  modo  que  no  sería  posible  conocer  y 
coger  á  un  esclavo  fugitivo,  que  luego  hallásemos,  si 
nunca  le  hubiéramos  visto  antes  de  huir.»  Lo  cierto  es 
que  nuestra  inteligencia  no  posee  condición  alguna  antes 
de  unirse  al  cuerpo;  pero  recibió  al  ser  creada  inclina- 
ciones para  dirigirse  más  bien  á  lo  verdadero  que  á  lo 
falso,  y  como  resultado  de  tal  propensión  y  congruencias 


9^  LIBRO  SEGUNDO 


obtuvo  también  ciertos  cánones  ó  fórmulas  que  no  hay 
inconveniente  en  llamar  semillas  de  todas  las  discipli- 
nas; porque,  así  como  en  la  tierra  misma  existen  gérme- 
nes de  todos  los  vegetales  que  de  ella  sacan  luego  su  creci- 
miento, aunque  se  fomentan  y  aplican  á  nuestras  necesi- 
dades por  el  cuidado  y  diligencia  del  hombre,  también  en 
la  mente  de  cada  uno  están  sembrados  principios  que  son 
origen  de  las  artes,  de  la  sabiduría  y  de  toda  ciencia.  De 
lo  cual  resulta  que  nacemos  aptos  para  todo,  que  no  hay 
arte  alguna  ni  disciplina  de  que  no  pueda  nuestra  inteli- 
gencia mostrar  algún  indicio,  siquier  tosco  é  imperfecto, 
que  más  tarde  se  perfeccionan  con  los  estudios  y  el  ejer- 
cicio, como  sucede  en  las  plantas  que  se  crían  mejor  que 
otras  cuando  á  ellas  aplica  su  industria  la  mano  del 
agricultor. 

Tratamos  aquí  del  conocimiento  de  las  cosas  que  se 
ofrecen  constantemente  en  la  naturaleza;  en  cuanto  á  las 
inventadas  por  el  entendimiento  humano  no  pueden 
aprenderse  sin  maestro  y  su  enseñanza,  como  sucede  en 
las  lenguas,  v.  gr.,  el  latín,  el  griego  ó  el  español.  Por 
eso  no  se  equivocan  en  la  satistacción  de  sus  necesidades 
los  animales  al  seguir  aquella  naturaleza  primitiva,  ínte- 
gra é  incorrupta;  pero  el  hombre  que  va  detrás  de  sus 
conjeturas  se  pierde  á  través  de  las  sendas  que  el  mismo 
se  traza,  abandonando  el  camino  real.  Así  los  brutos 
obran  del  mismo  modo  todos  los  de  una  especie,  por 
seguir  unas  mismas  reglas  y  avisos  de  la  naturaleza;  el 
hombre,  como  vario  en  sus  juicios,  obra  de  una  manera 
distinta  y  aun  contraria  en  diversos  momentos. 

Se  ofrece  naturalmente  aquí  la  cuestión  de  si  tienen 
inteligencia  los  animales,  si  discurren  é  infieren  lo  des- 
conocido de  lo  conocido:  cosa  muy  discutida  entre  los 
antiguos,  más  por  las  diversas  explicaciones  que  por  su 
conclusión,  en  la  cual  coinciden  casi  todos  afirmando 
4<que  carecen  de  la  facultad  de  la  razón».  Plutarco  escribió 


Cap.  IV.— la  razón  ^i 


un  libro  con  este  título:  Que  muchos  animales  tienen 
uso  de  ra^ón,  en  el  cual  se  ve  un  carácter  y  estilo  más 
bien  declamatorio  que  filosófico,  pues  no  se  funda  en 
argumentos  sólidos  y  dignos  de  la  filosofía,  sino  sola- 
mente en  un  error  popular;  y  antes  discurre  acerca  de 
la  bondad  y  maldad  de  las  costumbres  que  sobre  la  razón. 
En  su  Dialéctica  afirma  Lorenzo  Valla  que  están  dota- 
dos de  razón;  pero  en  esa  obra,  obsesionado  por  el  afán 
de  contradecir  y  argumentar,  cae  en  muchas  necedades 
y  absurdos.  Otros  dijeron  que  eran  racionales,  ignorando 
qué  es  la  razón  y  cuáles  las  condiciones  que  la  adornan. 
Esto  es  lo  que  debemos  aclarar. 

Si  es  el  discurso  la  transición  de  una  cosa  á  otra,  no 
cabe  dudar  que  los  animales  discurren;  pero  si  consiste 
en  pasar  por  comparación  de  lo  menos  á  lo  más  cono- 
cido, como  dependiendo  lo  uno  de  lo  otro,  ó  siguiéndose 
de  ello,  es  evidente  que  no  discurren,  pues  no  son  capa- 
ces de  proceder  de  aquello  que  conocen  á  lo  que  no 
conocen.  Todos  sus  juicios  son  acerca  de  lo  particular, 
pero  sin  descender  de  las  cosas  generales  á  las  especiales 
y  de  éstas  á  las  particulares,  ni  subir  de  nuevo  de  éstas 
á  aquéllas  para  alcanzar  así  la  verdad.  Tampoco  conocen 
las  cosas  ausentes  para  de  ellas  inferir  otras  también 
ausentes,  ó  las  presentes,  ni  al  contrario.  No  hacen 
depender  unas  cosas  de  otras  ú  originarse  por  el  tránsito 
recíproco,  sino  que  permanecen  estacionados  en  aque- 
llas presentes  y  particulares  que  conocen,  aprobándolas 
ó  desechándolas.  Ahora  bien:  el  discurso  no  es  un  estado, 
sino  una  progresión;  por  eso  nuestro  juicio  al  combinar 
entre  sí  las  comparaciones  por  el  camino  de  la  razón 
no  asiente,  sino  que  se  queda  en  incertidumbre. 

Sirviéndonos  de  un  ejemplo,  los  animales  no  empiezan 
en  A  para  pasará  S  á  fin  de  conocer  C,  ni  tampoco 
proceden  de  A  á  ^  para  volver  de  ésta  á  aquélla,  como 
conexas  y  dependientes  entre  sí;  sino  que  no  agradan- 


(^i  LÍBRO  SEGUNDO 


doles  .4  buscan  otra  cosa,  y  van  á  parar  á  B:  de  igual 
modo  que  un  perro  cuando  busca  á  su  amo,  ó  sigue  un 
rastro  de  caza,  olfatea  ó  mira  á  un  hombre:  si  el  olor  ó 
la  vista  de  éste  le  recuerda  el  de  su  amo,  allí  se  detiene, 
aunque  no  sea  el  mismo;  pero  viendo  que  no  es,  aban- 
dona la  huella  y  sigue  otra,  luego  una  nueva,  sin  guiarse 
por  relación  alguna  con  la  primera,  hasta  que  da  con  lo 
que  busca. 

Además,  el  animal  sigue  lo  que  conoce  simplemente 
por  el  sentido,  lo  que  enlaza  y  combina  con  la  fantasía, 
ó  lo  que  le  estimula  su  facultad  estimativa  á  modo  de 
acicate  tácito  de  la  naturaleza.  El  hombre  compone 
y  clasifica,  pasa  de  unas  á  otras  cosas,  comparándolas 
entre  sí,  de  las  cuales  saca  y  produce  algo;  mientras  que 
en  el  animal,  de  la  forma  misma  de  él  y  de  todo  el  cuerpo 
es  fácil  inferir  que  su  alma  está  privada  de  razón.  En  el 
hombre  basta  la  mirada  que  alrededor  y  hacia  todas  par- 
les dirigen  sus  ojos  para  enseñarle  m.uchas  cosas;  los  del 
animal  van  siempre  inclinados  hacia  la  tierra;  sin  con- 
tar con  que  sus  cuerpos  son  incapaces  de  ejercer  las  artes, 
siendo  así  que  Dios  ha  dotado  de  órganos  á  propósito  para 
realizar  los  actos  correspondientes  á  las  facultades  que 
les  concediera:  tal  es  la  prerrogativa  de  aquel  sapientísi- 
mo artífice. 

Por  otra  parte,  los  animales  no  necesitan  una  razón 
que  sería  para  ellos  superflua,  pues  por  virtud  del  im- 
pulso mismo  de  su  naturaleza  se  dirigen  ya  hacia  el  bien 
que  les  es  propio;  y  en  vez  de  una  inteligencia  racional 
se  les  ha  infundid©  cierla  natural  habilidad  para  defen- 
derse y  conservarse.  Ello  es  más  que  suficiente  para  que 
algunos,  admirando  tal  facultad,  la  hayan  llamado  razón; 
como  se  ve  en  la  abeja,  que  construye  sus  panales  y 
fabrica  la  miel;  en  la  hormiga,  que  se  aprovisiona  de 
comida;  en  la  araña,  que  teje  su  red,  y  en  el  perro,  que 
descubre  la  caza;  asimismo  el  caballo,  el  mono,  el  ele- 


CAP.  IV.  —  LA  RAZÓN  qB 


fante,  en  muchos  de  cuyos  actos  vemos  algo  semejante  á 
la  inteligencia  humana.  Si  hay  quien  á  esto  llama  razón 
por  tratarse  de  cosas  tan  grandes  y  admirables,  no  habrá 
dificultad  en  afirmar  que  de  la  razón  provienen  cosas  tan 
maravillosas,  formadas  por  la  naturaleza.  Proceden  cier- 
tamente de  la  razón,  no  del  objeto  natural,  sino  de  la 
naturaleza  misma,  esto  es,  de  Dios,  su  autor.  Nada,  en 
efecto,  puede  ser  grande  sin  la  razón;  aunque  el  nombre 
de  ésta  corresponda  á  la  sabiduría  divina.  De  tal  modo, 
podrá  creerse  dotadas  de  razón  hasta  las  hierbas  y  todos 
los  vegetales,  la  mayor  parte  de  las  piedras,  muchas  cla- 
ses de  aguas  y  otros  seres  cuyas  admirables  acciones 
presenciamos. 

Otra  gran  prueba  de  que  son  irracionales  y  dotados  de 
almas  mortales  es  que  carecen  de  toda  clase  de  religión, 
pues  el  resultado  y  la  fuente  á  la  vez  de  la  piedad  no 
está  puesto  en  esta  vida  perecedera;  luego  están  en  la 
otra  que  ha  de  seguirla.  Y  nuestra  razón  no  se  nos  ha 
concedido  para  cosas  tan  viles  y  momentáneas  como  son 
las  en  que  se  ocupa  la  vida  humana — y  no  digamos  aque- 
llas en  que  se  emplea  la  vida  de  los  brutos — ,  sino  para 
que  conozcamos,  honremos  y  amemos  á  Dios,  fin  el  más 
alto  y  digno  de  la  razón,  que  es  á  su  vez  la  más  excelente 
de  todas  las  facultades. 

En  eso  consiste  la  religión  de  que  están  en  absoluto 
privados  los  brutos;  como  al  contrario,  tampoco  hay 
hombre  que  no  tenga  alguna.  Y  de  igual  fuerte  que  á  la 
piedra  no  se  ha  destinado  la  vida  del  árbol,  porque  es 
suficiente  para  ella  su  naturaleza  ruda  é  inmóvil  siempre 
en  un  mismo  sitio,  tampoco  á  los  árboles  el  sentido  ni  la 
fantasía,  las  cuales  ninguna  falta  les  hacen  para  vivir, 
así  no  no  se  ha  concedido  razón  al  bruto  por  ser  muy 
suficiente  la  facultad  estimativa,  unida  á  la  imagina- 
ción, para  su  vida  y  su  substancia. 

Esa  carencia  de  razón  se  manifiesta  también  en  que  no 


94  LIBRO  SEGUNDO 


tienen  el  don  de  la  palabra;  si  tuvieran  tal  interior  guía 
racional,  nada  les  faltaría  para  hablar.  Y  no  es  porque  el 
lenguaje  constituya  una  diferencia  esencial  entre  el  hom- 
bre y  el  bruto,  según  la  opinión  de  algunos  que  no  pen- 
saron bastante  en  qué  consiste  la  esencia  de  uno  y  otro, 
sino  que  aquélla  nace,  como  el  arroyo  de  la  fuente,  de 
la  otra,  á  saber  de  la  razón.  Cierto  que  entre  los  animales 
se  distinguen  también  unos  de  otros  en  habilidad,  agu- 
deza y  prudencia;  mas  estas  cualidades  no  son  genuínas 
sino  únicamente  semejantes  á  las  nuestras.  Igualmente 
se  ha  observado  que  ciertas  plantas  realizan  actos  por  los 
cuales  pudiera  creerse  que  están  dotadas  de  sentido,  y  lo 
mismo  alguna  clase  de  piedras;  sin  embargo,  eso  no  re- 
presenta más  que  una  ficción  de  vida,  pues  se  sabe  que 
ni  los  vegetales  tienen  sentido  de  ningún  género,  ni  vida 
las  piedras,  sobre  todo  las  cortadas;  son  sombras,  no 
cuerpos  verdaderos.  Y  así  como  todos  los  hombres  he- 
mos recibido  la  facultad  de  la  razón,  y,  á  pesar  de  eso 
hay  entre  nosotros  grandes  diferencias  con  respecto  á 
ella,  así  todos  los  animales  tomaron  la  enseñanza  de  la 
naturaleza,  aunque  sin  la  razón,  por  más  que  unos  han 
obtenido  tal  enseñanza  con  mayor  pureza  ó  más  exten- 
sión, siendo,  no  obstante,  irracionales  todos  ellos. 

Así  lo  dejó  establecido  el  Autor  omnipotente  de  todas 
las  cosas  para  que  se  fuese  subiendo  como  por  una  serie 
de  grados,  desde  lo  más  ínfimo  hasta  lo  supremo,  según 
expusimos  en  lá  Filosofía  primera.  Pero  se  debe  enten- 
der que  en  ellos  no  interviene  la  obra  de  la  razón,  según 
ya  observó  San  Gregorio  Niseno,  porque  los  actos  de  los 
irracionales  se  verifican  por  especies,  sin  variar  con 
multitud  de  matices  desemejantes,  sino  en  más  ó  en  me- 
nos, hasta  el  punto  de  que  si  algún  animal  obra  un  poco 
diversamente  de  los  restantes  de  la  misma  familia,  se  le 
clasifica  en  seguida  en  otra  especie. 

A  esto  se  agrega  que  el  hombre  se  eleva  mediante  la 


CAP.  IV.— LA  RAZÓN  qS 


razón  sobre  los  sentidos  y  la  fantasía,  que  se  afirma  aun 
dentro  de  las  tinieblas  como  aquel  que  se  halla  encerrado 
en  una  habitación,  aunque  nada  perciba  con  sus  sen- 
tidos sino  lo  que  está  en  ella,  comprende  que  existen 
fuera  muchas  cosas.  El  bruto  se  produce  en  igual  forma 
que  un  niño,  el  cual,  mirando  á  través  de  un  cristal 
azul  ó  encarnado  cree  que  es  de  ese  color  cuanto  ve,  por 
ignorar  la  causa  de  tal  fenómeno. 

Ahora  pasemos  á  otras  cuestiones;  pues  la  presente 
parece  ya  bastante  explicada. 

Es  grande  la  diversidad  de  discursos  conforme  son 
igualmente  muy  variados  los  caracteres  en  los  hombres, 
en  parte  por  su  misma  constitución  natural,  en  parte  tam- 
bién por  la  enseñanza  que  reciben,  sus  hábitos  y  otras 
causas,  de  que  más  adelante  trataremos.  Para  decirlo  en 
pocas  palabras,  rhay  un  cierto  discurso  aagudo»,  acerca 
de  alguna  materia,  que  penetra  hasta  lo  íntimo  de  ella; 
otro  es  «sagaz»  para  partir  de  conjeturas  leves,  ó  que 
halla  dispersadas  á  lo  lejos,  y  que  llega,  sin  embargo, 
adonde  se  propone;  cuál  es  «extenso»,  que  abarca  muchos 
objetos,  como  el  de  muchas  personas  dotadas  de  tal  am- 
plitud de  entendimiento  que  ven  de  una  sola  mirada 
cuanto  hay  en  su  derredor  referente  al  asunto.  A  éstos 
acompaña  asimismo  una  fantasía  expeditísima,  un  abun- 
dante tesoro  reunido  por  la  memoria,  reflexión  fácil, 
recuerdo  íntegro  y  fresco;  mientras  que  una  fantasía 
lenta,  ó  memoria  cerrada,  ó  reflexión  interrumpida,  ó 
un  recuerdo  débil  producen  un  discurso  tardo  y  des- 
dichado, como  sucede  en  los  niños,  en  los  enfermos  y  en 
quien  está  conmovido  ó  afectado  de  una  gran  tristeza. 

Hay  en  la  inteligencia  una  primera  y  simplicísima 
mirada  de  las  cosas  que  vemos  ú  oímos;  hay  otra  por  la 
cual  entrevemos  á  distancia  el  lugar  á  que  corresponde 
cada  una;  ésta  es  la  que  se  dirige  por  discurso  de  la  razón 
á  las  cosas  desconocidas,  ó  por  costumbre  en  las  cono- 


96  LIBRO  SEGUNDO 


cidas,  y  es  la  que  tienen  los  perros,  caballos  y  elefantes 
cuando  perciben  algo  por  la  práctica  ó  por  nuestra  en- 
señanza. 

El  fin  del  discurso  es  el  hallazgo,  la  conclusión  y  reco- 
gida del  objeto.  Cuando  no  alcanzárnoslo  que  buscamos 
es  por  lo  mismo  que  pierde  el  perro  la  caza  que  persi- 
gue, ó  porque  es  el  discurso  tardo  por  naturaleza  y  el 
objeto  está  situado  lejos,  de  manera  que  no  tiene  bas- 
tantes fuerzas  para  llegar  hasta  él,  ó  por  ser  débil  de 
voluntad,  como  cuando  no  tiene  ganas  de  atender  ó  ca- 
mina por  donde  no  conviene.  Así  sucede  á  quienes  no 
conocen  el  camino  que  deben  seguir,  ya  por  pobreza  ú 
obscuridad  de  su  entendimiento,  ya  por  alguna  pertur- 
bación temporal,  como  pasa  en  una  pasión  excitada,  ó 
cuando  se  presentan  diversos  pensamientos  que  se  estor- 
ban unos  á  otros,  ó  también  cuando  se  pasa  como  vo- 
lando sobre  cualquier  objeto;  por  ejemplo,  las  personas 
demasiado  perspicaces  y  aquellas  que  tienen  una  fantasía 
excesivamente  rápida.  Estas,  en  efecto,  marchan  más 
allá  del  sitio  en  que  está  el  objeto;  y  dejando  á  su  espalda 
la  que  conviene,  se  fijan  en  cosas  que  para  nada  son 
necesarias:  necedades,  absurdos,  demencias,  en  una  pa- 
labra, en  asuntos  los  más  ajenos  de  lo  que  hace  al  caso. 

Así,  pues,  conviene  después  del  discurso,  de  la  fantasía 
y  de  la  investigación,  detenerse  inmediatamente  en  la 
memoria,  á  fin  de  que  el  entendimiento  aprenda  con 
tranquilidad  aquello  que  ha  obtenido,  para  no  dejarse 
llevar  de  aquel  velocísimo  impulso  que  le  llama  á  otro 
objeto. 


CAPITULO  V 


EL    JUICIO 


El  juicio  es  una  censura,  es  decir,  la  aprobación  ó  des- 
aprobación de  la  razón,  ó  sea  el  discurso  y  sus  conclu- 
siones, cosa  que  está  en  la  mente  como  cierta  regla  y 
norma,  ó  como  el  fiel  en  la  balanza.  Por  eso,  mientras 
la  razón  se  halla  actuando,  el  juicio  descansa;  cuando  ha 
terminado  aquélla  su  función  surge  la  censura,  y  juzga 
primero  acerca  de  la  concesión,  luego  del  discurso,  y  sí 
aprueba  éste,  no  puede  ya  rechazar  la  conclusión.  Mas 
si  ésta  parece  absurda  y  contraria  á  la  sentencia  ante- 
riormente recibida  y  afirmada,  el  juicio  queda  en  sus- 
penso y  sospecha  que  es  falso;  pero  si  no  hay  motivo 
alguno  de  falacia,  pasa  á  otro  distinto  parecer  bajo  im- 
pulso de  la  argumentación;  siendo  ésta  la  mayor  fuerza, 
ó  mejor  dicho  la  única,  caso  de  presentarse  como  vero- 
símil, que  se  puede  imponer  al  entendimiento,  inaccesi- 
ble á  todas  las  demás  imposiciones. 

Cuando  estima  que  el  discurso  no  está  bien  y  no 
marcha  por  donde  debe,  el  juicio  se  detiene  y  se  domina 
sin  inclinarse  á  ningún  lado,  cosa  que  á  menudo  ocurre 
al  sabio  por  la  gran  variedad  y  las  dificultades  que  se 
otrecen  con  toda  probabilidad,  las  cuales  antes  bien  se 
presentan  al  pensamiento  de  una  persona  docta  y  cuerda 
que  al  del  tosco  é  inepto.  Así  anduvo  acertado  el  autor 
de  la  máxima:  «Es  juez  necio  el  que  precipita  la  senten- 

7 


gS  LIBRO  SEGUNDO 


cia»,  porque  atiende  á  pocas  circunstancias.  Así  como 
la  razón  emplea  fórmulas  dialécticas  que  se  refieren  á  la 
probabilidad,  el  juicio  se  sirve  de  los  referentes  á  la 
argumentación;  y  en  ellas  se  engaña  muchas  veces  á 
causa  de  las  tinieblas  de  nuestro  entendimiento  porque, 
creyendo  que  hace  bien  un  raciocinio,  resulta  que  está 
mal;  por  eso  los  indoctos  y  los  de  temperamento  muy 
ardiente  definen  y  resuelven  con  temeridad  precipitada; 
y  no  pocas  veces  también  después  de  un  discurso  recto  y 
acabado  se  interpone  una  especie  de  niebla  á  la  conclu- 
sión y  juicio  de  un  objeto,  que  produce  alucinación  y  hace 
tomar  una  cosa  por  otra.  Esto  sucede  mucho  á  los  bilio- 
sos, aun  siendo  expertos  y  sabios,  tanto  más  cuando  se 
hallan  afectados  de  miedo,  de  ira  ó  de  vergüenza;  por  lo 
cual  ésos  discurren  mejor  por  escrito  que  de  palabra. 
Los  hay  también  que  raciocinan  discretamente  consigo 
mismos;  pero  son  al  mismo  tiempo  bastante  blandos  y 
movedizos  para  dejarse  arrastrar  de  otros,  bien  por  afec- 
to, bien  porque  confían  poco  en  sí  propios. 

Es  un  juicio  recto  y  sano  el  que  examina  debidamente 
de  qué  se  origina  una  cosa,  qué  es  propio  de  cada  una  de 
ellas,  qué  ajeno  y  contrario,  qué  congruente  y  adecuado. 
No  hay  cualidad  más  alta  para  la  enseñanza  y  para  todas 
las  artes,  y  en  último  término  para  la  vida  entera,  y 
sólo  por  ella  se  diferencian  los  entendimientos  más  altos 
y  excelentes  de  los  ínfimos  ó  mediocres;  no  por  la  prác- 
tica, el  conocimiento  de  muchas  y  variadas  cosas,  ni  por 
la  agudeza  ni  la  erudición  y  la  ciencia  de  las  doctrinas 
y  artes. 

La  verdad  es  correspondiente  á  la  inteligencia  como 
el  bien  á  la  voluntad,  al  paso  que  la  mentira  es  su  extraña 
y  enemiga,  como  el  mal  de  la  voluntad;  también  hay 
cosas  convenientes  para  unos  sentidos  y  otras  que  no  lo 
son.  Si  el  juicio  estima  que  su  conclusión  es  verdadera, 
á  ella  se  adhiere  y  la  abraza  como  congruente  consigo. 


CAP.   V.  —  EL  JUICIO  99 


Esta  adhesión  se  llama  asentimiento,  ú  opinión  y  apre- 
ciación; si  estima  que  es  falsa,  la  rechaza  y  es  el  disenso. 
El  asentimiento  firme  se  llama  fe,  como  (Cicerón  con- 
cluye en  sus  Particiones,  diciendo  que  es  una  opinión 
firme;  hay  otro  débil  que  es  la  sospecha,  cuando  algo  es 
neutral,  y  no  se  inclina  al  mal  ni  al  bien,  ocupando  un 
lugar  intermedio  entre  el  asenso  y  el  disenso.  Hay  la 
duda  ó  ambigüedad,  la  credulidad  é  incredulidad,  que 
más  bien  que  un  acto  significan  un  hábito  de  la  mente. 
Son  crédulos  los  que  desean,  los  que  temen,  los  senci- 
llos, dulces,  benévolos;  son  incrédulos  aquellos  que  no 
alcanzan  ó  no  comprenden  las  razones  y  las  causas  de 
alguna  cosa,  los  que  tienen  razones  contrarias  que  las 
sujetan  de  varias  maneras,  los  que  no  quieren,  los  que 
desean  inmoderadamente  al  ver  que  las  cosas  no  son  ó 
suceden  de  un  modo  dado.  Hay  algunos  espíritus  per- 
versos naturalmente  y  malévolos:  dispuestos  á  una 
incredulidad  absoluta,  rehusan  toda  adhesión  y  confor- 
midad á  otros  espíritus  y  nada  quieren  creer  sino  lo  que 
ellos  inventan  ó  proponen. 

Es  la  suspicacia  un  hábito  del  alma  que  se  inclina  á  la 
parte  peor;  son  así  los  envidiosos,  avaros,  ambiciosos, 
malignos,  malévolos;  quienes  han  sufrido  muchos  males, 
perjuicios  y  engaños,  como  los  viejos,  y  aquellos  que  han 
intervenido  en  negocios  fraudulentos  ó  tratado  con  gen- 
tes taimadas  ó  falsas.  Nace  la  sospecha  cuando,  teniendo 
algunas  conjeturas,  creemos  que  son  ligeros  y  no  sufi- 
cientes para  determinarnos;  como  también  al  contrario, 
cuando  no  existe  conjetura  alguna,  ó  son  tales  que  juz- 
gamos tienen  más  fuerza  que  las  contrarias.  El  asen- 
timiento se  produce  más  fácilmente  por  la  seguridad 
que  con  el  cuidado  y  la  solicitud,  pues  convencemos  más 
pronto  á  quien  nada  teme  y  que  por  lo  mismo  no  se 
precave.  Por  eso  damos  crédito  con  su  mayor  facilidad 
á  una  fábula  que  oímos  contar  sencillamente  que  á  razo- 


100  LIBRO  SEGUNDO 


namientos  dispuestos  previamente  para  controversia  en 
un  certamen,  y  por  eso  mismo,  para  inspirar  confianza 
al  vulgo,  es  más  útil  la  retórica  que  la  dialéctica,  según 
ya  dejamos  demostrado  en  otro  lugar. 


I 


CAPITULO  VI 


DEL   INGENIO 


Al  poder  ó  fuerza  general  de  nuestro  entendimiento  se 
ha  llamado  «ingenio»,  porque  se  expresa  y  manifiesta 
por  ministerio  de  sus  instrumentos.  Se  halla  en  nuestro 
cuerpo  la  inteligencia  como  aquel  que  encerrado  en  una 
habitación  no  tiene  otra  abertura  para  mirar  afuera  que 
una  ventana  de  cristal,  ni  puede  ver  sino  lo  que  éste  per- 
mite: si  está  limpio,  verá  con  mayor  claridad;  si  cubierto 
de  polvo  y  moho,  confusamente.  Está  del  mismo  modo 
que  el  sabio  en  casa  del  necio,  llevado  como  en  angari- 
llas por  los  sentidos;  y  semejante  al  encerrado  en  una 
habitación,  sabe  que  hay  un  cristal  que  le  impide  perci- 
bir las  cosas  con  absoluta  distinción  y  claridad.  Pues  así 
está  en  el  cuerpo  nuestro  espíritu,  que  aunque  condu- 
cido por  los  sentidos,  corrige  á  su  vez  á  éstos. 

Refutando  San  Jerónimo  á  Joviniano  emplea,  para 
explicar  la  relación  de  nuestra  inteligencia  con  los  sen- 
tidos, el  símil  de  uno  que  va  á  caballo;  á  pesar  de  llevar 
éste  al  jinete,  es  sin  embargo  gobernado  por  él.  Y  la  dife- 
rencia entre  el  hombre  y  el  animal  es  que  aquél  remedia 
la  imbecilidad  de  los  sentidos,  sus  frecuentes  errores  y 
engaños  mediante  la  razón,  mientras  que  el  segundo, pri- 
vado de  ella,  nada  entiende  de  tal  corrección.  Está  nues- 
tra inteligencia  separada  de  la  materia*  de  suerte  que  se 
eleva  sobre  ésta  y  sobre  todo  cuanto  á  ella  y  á  la  imagi- 


102  LIBRO  SEGCNDO 


nación  pertenece;  si  bien  nada  puede  hacer  mientras  se 
trate  de  cosas  concretas  y  corporales,  sin  el  instrumento 
material,  según  antes  dijimos.  Esta  es  la  causa  de  que 
sus  actos  se  retarden  muchas  veces,  siempre  que  se  ma- 
nifiesta poco  dócil  el  instrumento  de  aquella  facultad;  y 
la  inteligencia,  por  su  parte,  gustaría  ocuparse  en  pen- 
samientos selectos  y  excelentes,  pero  á  menudo  se  lo  im- 
piden sus  órganos,  que  la  llevan  á  pesar  suyo  desde 
aquellas  excelsas  contemplaciones  á  conceptos  jocosos,  á 
tonterías  y  asuntos  totalmente  ligeros,  á  los  cuales  se 
prestan  como  instrumentos  fáciles  de  manejar. 

Los  órganos  de  la  función  racional  son  ciertas  ema- 
naciones finísimas  y  en  extremo  luminosas  del  cerebro 
que  hacia  él  exhala  la  sangre  del  corazón;  constituyen 
los  órganos  interiores  de  todos  los  conocimientos;  y 
cuando  se  evaporan  con  frialdad  cerca  del  corazón  por 
una  sangre  también  fría,  resultan  débiles  y  lánguidos  los 
actos  mentales;  de  ahí  resultan  hombres  obtusos  y  tor- 
pes, como  ya  quiso  expresar  Virgilio  en  sus  Geórgi- 
cas (i): 

«Sin  has  ne  possim  naturae  tangere  partes, 
Frigidus  obstiterit  circum  praecordia  sanguis.» 

En  cambio,  si  aquellas  exhalaciones  son  cálidas,  tam- 
bién los  actos  resultan  prontos  y  vigorosos. 

De  aquí  dimana  que  el  estado  y  hábito  del  corazón  in- 
fluya no  poco  en  el  pensamiento  y  la  inteligencia;  por 
eso  se  llama  á  los  hombres  «cuerdos»,  ó  al  contrario  «no 
cuerdos»  ó  insensatos;  y  á  PubHo  Nasica,  que  era  su- 
mamente sabio,  se  le  puso  el  sobrenombre  de  Corculum 
(corazoncito).  A  veces  hasta  se  ha  tomado  el  corazón 
por  la  inteligencia  misma,  y  así  leemos  en  las  Sagradas 
Escrituras:  «Del  corazón  provienen  los  pensamientos;  á 
Dios  se  le  llama  con  el  nombre  especial  de  «observador 


(I)  Libro  2,  verso  483. 


CAP.  VI.  —  DEL  INGENIO  I03 


de  los  corazones»;  y  en  ese  órgano  reside  la  fuente  y 
origen  de  todas  las  acciones  del  alma. 

Mas  la  función  central  reside  en  la  cabeza.  No  enten- 
derá la  mente,  no  experimentará  ira,  temor,  tristeza  ó 
vergüenza  sin  que  antes  lleguen  al  cerebro  aquellos  eflu- 
vios procedentes  del  corazón;  prueba  de  ello  es  que  por 
mucha  sangre  que  hierva  cerca  de  él  no  produce  per- 
turbación alguna  del  alma,  como  sucede  en  los  varones 
animosos  y  moderados,  en  cuyas  entrañas  hierve  la 
sangre,  y  con  todo  no  dan  señales  de  estar  encolerizados 
por  no  haberse  recalentado  su  cerebro.  La  sangre  y  los 
efluvios  siguen  la  índole  y  la  íuerza  de  las  cuatro  cuali- 
dades principales,  según  aquella  que  domine  en  la  mez- 
cla: la  pituita  engendra  humedades  crasas  y  funciones 
lentas  del  entendimiento;  la  bilis  amarilla,  súbitas  y  ra- 
pidísimas; la  sangre,  moderadas.  En  los  insanos  y  furio- 
sos se  enardecen  todos  los  líquidos;  en  los  estúpidos  se 
enfrían  y  condensan;  por  eso  unos  y  otros  son  fuertes 
corporalmente  y  robustos:  los  furiosos,  prontos  para 
obrar,  á  causa  del  hervor  que  prevalece  en  la  sangre; 
los  pacatos,  dispuestos  á  sufrir,  por  motivo  del  frío  que 
es  propio  de  la  paciencia  constante. 

Debidamente  atemperados  el  calor  y  las  humedades^ 
contribuyen  á  formar  un  ingenio  agudo  y  sano;  la  bilis 
negra  contiene  los  pensamientos  que  la  amarilla  revuel- 
ve y  hace  vagar  caprichosamente,  á  fin  de  que  se  enca- 
minen á  su  objeto;  sin  perjuicio  de  que  esa  misma  bilis, 
ó  sea  la  materia  densa,  cuando  se  inflama,  asume  más 
fuego  y  calor,  así  es  que  no  anda  revoloteando  por  la 
superficie  de  las  cosas  como  la  llama  sobre  la  estopa  ó 
las  pajas,  sino  que  penetra  hasta  lo  íntimo  y  profunda 
de  ellas. 

Auméntase  la  melancolía  con  la  agitación  de  los  pensa- 
mientos ó  de  los  afectos  cálidos,  por  lo  cual  conviene  que 
esté  mezclada  con  otros  humores,  principalmente  con  la 


104  LIBRO  SEGUNDO 


bilis  amarilla,  que  sirve  como  de  freno  para  evitar  que 
aquélla,  movediza  por  su  índole  y  naturaleza,  se  precipite 
adonde  no  debe;  y  dejando  sola  á  la  bilis  negra,  por  la 
desecación  de  todas  las  humedades,  invade  tumultuosa- 
mente el  cerebro,  condensa  y  obscurece  los  espíritus,  de 
donde  provienen  los  furiosos  y  maníacos.  Luego  se  re- 
chupa el  cuerpo  y  se  debilita,  como  pasa  también  en  todo 
pensamiento  vehemente,  y  es  fuerza  mental,  á  causa  de 
que  con  aquella  acción  del  cerebro  y  de  los  efluvios,  por 
obra  admirable  de  la  naturaleza,  sube  el  calor  desde  el 
estómago  y  órganos  vitales  á  la  cabeza  como  auxilio  para 
el  sitio  donde  principalmente  se  trabaja.  De  ello  resulta 
la  crudeza  y  abundancia  de  los  humores  nocivos,  la  debi- 
lidad de  los  nervios  y,  en  último  término,  la  decadencia  y 
malestar  de  todo  el  cuerpo. 

Mas  si  está  mezclada  la  bilis  negra  con  los  efluvios 
sutiles  y  claros,  engendra  habilidad  en  la  razón;  en  el 
juicio,  la  prudencia  y  la  sabiduría.  Tales  ingenios  pro- 
fundizan, construyen  y  descubren  muchas  cosas  con 
gran  lucidez;  y  á  ello  se  refiere  la  frase  de  Platón,  tomada 
de  Demócrito  Arderita:  «No  hay  ingenio  excelente  sin 
manía»,  esto  es,  sin  el  furor  que  es  efecto  de  la  bilis  ne- 
gra; y  se  parece  al  del  vino,  en  que  produce  sus  resulta- 
dos según  el  cuerpo  á  que  se  aplica,  como  ya  explicó 
Aristóteles  circunstanciadamente  en  sus  Problemas. 

Son,  pues,  todos  ellos  instrumentos  de  la  inteligencia; 
y  así  como  un  artífice  cuando  dispone  y  prepara  sus  ins- 
trumentos no  puede  ocuparse  en  su  obra,  la  facultad  ra- 
cional, ocupada  completamente  al  principio,  durante  la 
infancia  en  sus  líquidos  y  efluvios,  no  puede  aplicarse  á 
sus  funciones,  porque  hay  tanta  mezcla  y  confusión  de 
cosas  en  aquella  adaptación,  que  hasta  la  razón  misma 
se  confunde  y  se  ve  abrumada  para  realizar  su  cometido, 
como  habiéndose  perturbado  alguno  de  sus  centros.  Ade- 
más, aquel  movimiento  y  agitación  de  la  materia  no  deja 


CAP.  VI.  —  DEL  INGENIO  I05 

que  se  impriman  en  la  fantasía  las  imágenes  de  los  obje- 
tos: y  de  igual  modo  que  en  la  infancia  no  emplea  la  ra- 
zón sus  órganos  por  no  estar  aptos  todavía,  lo  mismo 
sucede  en  la  senectud  decrépita,  porque  ya  cesaron  de 
serlo,  deteriorados  y  corrompidos  por  el  uso  excesivo. 

Nace  de  tales  humedades  y  efluvios,  no  sólo  tanta  va- 
riedad y  diversidad  como  hay  de  ingenios,  sino  aun  tal 
oposición  como  la  que  existe  en  el  semblante  humano, 
materia  de  que  ya  traté  en  la  obra  De  tradendis  disci- 
plinis.  Unos  tienen  energías  de  ingenio  capaces  de  pro- 
ducir trabajo  con  constancia;  tales  son  los  melancólicos 
ó  flemáticos,  á  lo  cual  también  contribuyen  condiciones 
análogas  de  lugar  y  de  tiempo,  v.  gr.,  cuando  la  frialdad 
no  ha  debilitado  por  completo  la  fuerza  del  calor,  ni  la 
obscuridad  amenguado  la  luz;  por  eso  son  aquéllos  á  pro- 
pósito para  las  artes  manuales,  en  que  es  preciso  experi- 
mentar con  paciencia  y  no  desesperarse  porque  se  frustre 
la  labor,  arrojándola  lejos  con  enfado;  otros  tienen  pocas 
fuerzas  y  débiles,  no  pueden  permanecer  largo  tiempo 
trabajando,  como  los  biliosos  y  calientes  de  sangre,  los 
habitantes  de  países  cálidos  y  algunos  durante  el  verano; 
ésos  se  distinguen  por  el  primer  impulso,  no  por  la  cons- 
tancia; otros  rehusan  poner  atención  en  el  trabajo,  á 
causa  de  su  cuerpo  pesado  y  grueso,  quienes,  por  falta  de 
costumbre  ó  de  ejercicio,  algunos  no  toleran  que  se  les 
obligue,  ni  son  capaces  de  ejecutar  cosa  alguna  por  man- 
dato ajeno,  sino  que,  libres  de  suyo  y  sujetos  sólo  á  la 
inclinación  de  su  espíritu,  emprenden  fácilmente  por  sí 
mismos  grandes  obras  y  no  hacen  lo  más  pequeño  por 
imposición  extraña.  Los  hay  que  avanzan  rápidamente, 
mas  no  mucho  trecho,  cambiando  en  extremo  durante  la 
marcha  respecto  de  como  eran  al  principio;  otros  cami- 
nan lentamente  y  llegan  lejos;  muchos  necesitan  descan- 
sar á  menudo  y  tomar  nuevos  alientos;  por  eso  los  que 
se  cansan  pronto  y  sienten  como  una  obscuridad  que  se 


I06  LIBRO  SEGUNDO 


extiende  por  el  entendimiento,  quitándole  su  vigor,  con- 
viene que  empiecen  siempre  con  el  ánimo  fresco;  así  los 
vergonzosos,  timoratos  é  iracundos;  asimismo  cualquier 
pasión  movida  del  alma  ofusca  el  ingenio  como  una  nie- 
bla. Hay  en  cambio  quienes  no  se  perturban,  constantes 
de  suyo,  á  cuya  mente  viene  en  seguida  cuanto  es  pre- 
ciso, tanto  para  interpretar  como  para  responder;  todo 
parece  que  se  les  presenta  á  la  mano,  y  de  ellos  puede 
decirse  lo  que  Augusto  de  Vinicio:  «tienen  el  ingenio  al 
contado.» 

Algunos  son  muy  perspicaces  para  una  cosa  y  se  con- 
funden como  agoviados  por  la  abundancia  cuando  se 
presentan  muchas;  otros  se  dirigen  rectamente  al  núcleo 
de  un  objeto  y  le  examinan  con  gran  agudeza  y  sutili- 
dad, pero  no  miran  lo  que  tiene  alrededor,  á  la  izquierda 
ó  á  la  derecha;  éstos,  aun  siendo  despejados,  carecen  de 
prudencia  y  de  juicio. 

Ciertos  ingenios  cambian  para  mejorar,  como  los  co- 
léricos cuando  se  apaciguan;  otros,  para  empeorar,, 
como  los  flemáticos,  en  los  cuales  se  extingue  el  calor 
por  predominio  de  su  humedad  fría;  por  eso  se  embrute- 
cen los  que  parecían  de  mucha  cordura  en  el  primer  pe- 
ríodo de  su  vida;  cambiase  también  durante  el  curso  de 
su  temperamento,  é  igualmente  por  las  circunstancias 
de  localidad,  régimen  alimenticio,  de  ocupación  ó  por 
ociosidad.  Hay  quien  sufre  frecuentes  cambios,  como 
los  ingenios  inconstantes;  otros  lentamente  y  á  grandes 
intervalos,  en  el  tránsito  de  una  edad  á  otra,  en  la  ju- 
ventud, en  la  vejez,  tras  una  enfermedad  grave.  Aque- 
llos que  tienen  efluvios  sumamente  tenues  les  conviene 
engrosar  mudando  de  sitio  ó  de  régimen;  por  lo  cual  ya 
dijimos  que  era  útil  á  los  biliosos  y  sanguíneos  la  melan- 
colía. Lo  admirable  es  que  haya  ingenios  adecuados  para 
todo,  además  de  para  una  cosa  sola,  como  aquel  perso- 
naje de  Horacio,  bien  conocido  en  Argos: 


CAP.  Vi.  —  DEL  INGENIO  ÍO7 


«Qui  se  credebat  miros  audire  tragaedos: 
celera  qui  vitae  servaret  munia  (i).» 

Respecto  de  la  materia,  también  es  grande  la  variedad; 
aquellos  cuyo  ingenio  penetra  hasta  lo  profundo  de  las 
cosas,  tienen  gran  valor  para  los  asuntos  de  mucha  gra- 
vedad é  importancia;  los  que  se  mueven  como  revolo- 
teando por  la  superficie,  son  gentes  sutiles,  decidoras  y 
sofistas  sin  solidez  alguna;  se  fijan  en  ciertas  minucias 
que  no  eran  precisas  para  nada,  y  que  otros  desdeñan 
con  razón;  tienen  el  filo  del  escalpelo,  no  el  del  sable,  y 
cortan  fácilmente  un  cabello;  pero  se  embotan  al  tro- 
pezar cualquier  objeto  duro.  Unos  se  distinguen  por 
sus  estudios;  otros,  por  la  prudencia  en  la  práctica  de 
los  asuntos;  quiénes,  en  las  artes  manuales:  entre  los 
primeros  son  unos  poetas  por  naturaleza,  otros  aptos 
para  aprender  idiomas,  aunque  refractarios  y  poco  feli- 
ces para  las  demás  enseñanzas.  Se  ve  que  algunos  han 
nacido  y  están  como  formados  para  hablar;  encantan 
con  su  lenguaje  sencillo,  carente  de  toda  retórica;  se  ex- 
presan muy  artísticamente,  sin  emplear  artificios;  otros 
tienen  aptitud  propia  para  las  matemáticas,  éstos  para 
la  medicina,  aquéllos  para  el  derecho  civil,  algunos  para 
investigar  los  misterios:  «Tal  es  la  distribución  de  los 
dones  de  Dios,  y  nadie  puede  alabarse  de  haberlos  alcan- 
zado todos,  como  tampoco  quejarse  de  no  haber  reci- 
bido ninguno.» 


(i)    Epist.,  lib.  2.  Epist.  2  versibus  229  et  23i,  et  seq. 


CAPITULO  VII 


DEL  LENGUAJE 


Acertadamente  llamó  Demócrito  al  lenguaje  «el  arroyo 
de  la  razón»;  para  los  griegos  la  voz  Xóyji  significaba  á 
la  vez  lenguaje  y  razón.  Opino  que,  no  sólo  debe  enten- 
derse con  ese  nombre  aquello  que  expresamos  verbal- 
mente,  sino  también  lo  que  se  escribe,  porque  el  lenguaje 
fluye  como  de  una  fuente  de  la  inteligencia  entera:  las 
simples  palabras,  de  la  inteligencia  simple;  las  compues- 
tas, de  la  fantasía;  las  adecuadas  y  conexas,  de  la  razón 
que  une  y  separa;  y  el  lenguaje  total,  de  la  razón  que 
discurre  y  del  juicio  que  acomoda  las  cláusulas.  Por  eso 
debe  advertirse  que  aquellos  en  quienes  la  razón  domina 
poco,  como  los  niños  y  los  fatuos,  expresan  todas  sus 
ideas  con  palabras  simples  é  inconexas,  vicio  que  se  ob- 
serva igualmente  en  los  idiomas  rudimentarios. 

Aun  cuando  las  palabras  provengan  del  alma,  no  están 
allí  compuestas  como  se  componen  al  exterior;  muchas 
cosas  simples  se  expresan  en  composición;  y  otras  que 
se  hallaban  expresadas  afuera  simplemente  no  las  recibe 
así  el  alma,  sino  que  añade  á  ellas  algo  que  la  fantasía 
acumula  y  pinta  con  rapidez. 

Faltan  palabras  á  muchas  personas;  necesitan  un  largo 
rodeo  para  expresarse  las  que  son  torpes,  tienen  fantasía 
cohibida  y  el  recuerdo  lento  y  débil,  por  lo  cual  explican 
con  dificultad  lo  que  sienten.  Los  que  poseen  razón  y 


CAP.  VII.  —  DEL  LENGUAJE  IO9 

juicio  prontos,  aunque  sin  eficacia,  podrán  ser  locuaces^ 
pero  de  ningún''modo  elocuentes.  Entiendo  por  elocuen- 
cia la  expresión  cabal  de  cuanto  ha  concebido  la  mente^ 
por  medio  de  palabras  adecuadas;  esto  consiste  en  el 
conocimiento  perfecto  de  la  lengua,  cualquiera  que  sea^ 
en  la  conexión  congruente  del  lenguaje  y  en  los  racioci- 
nios empleados;  lo  cual  supone  un  juicio  agudo  en  extre- 
mo, y  á  la  vez  sólido  y  circunspecto.  Así  dijo  Cicerón 
de  Lucio  Catilina:  «hombre  de  bastante  elocuencia  y  de 
poca  sabiduría.» 

Muchos  hay  que  tienen  facundia  para  narrar  y  son 
notoriamente  principiantes  en  cuanto  á  los  argumentos,, 
como  también  al  contrario.  A  menudo  los  tardos  y  es- 
casos de]palabra  manifiestan  gran  ingenio  porque  pien- 
san lo  que  van  á  decir  y  se  enteran  de  las  circunstancias 
preseñtes^de  lugar,  tiempo^  personas  y  otras  análogas; 
mientras  que  los  listos  y  versátiles,  como  nada  tienen  que 
desarrollar  en  su  pensamiento,  son  de  extraordinaria 
verbosidad;  sueltan  cuanto  y  como  les  viene  á  la  boca  sin 
que  la  razón  ponga  freno  alguno  en  su  pensar  desor- 
denado. 

A  veces  también  ingenios  excelentes  y  clarísimos,  con 
aptitud  para  penetrar  perspicazmente  en  lo  íntimo  de  las 
cosas  y  con  una  amplia  complexión  de  pensamiento  que 
abarca  muchos  y  graves  asuntos, resultan  como  infantiles 
por  no  hallar  palabras  adecuadas  para  expresar  tantos 
objetos.  En  cambio,  aquellos  que  hablan  de  las  cosas 
que  les  son  usuales  en  la  vida,  hallan  palabras  y  giros 
fáciles  y  abundantes  para  expresarse.  El  lenguaje  nece- 
sita á  su  vez  de  enseñanza  y  ejercicio;  por  eso  no  es  ex- 
traño que  personas  despejadas  y  de  muchos  y  extensos 
estudios,  en  ocasiones  parezcan  niños  que  apenas  han 
aprendido,  ó  han  ejercitado  poco  su  idioma. 

La  memoria  ayuda  muchísimo  á  la  facultad  de  hablar; 
los  que  la  tienen  aprenden  fácilmente  las  lenguas  y  se 


no  LIBRO  SEGUNDO 


expresan  con  expedición  como  quien  dispone  de  un  de- 
pósito que  faciliía  benévolamente  cuanto  sea  necesario. 
Por  eso  se  ha  incluido  con  razón  el  conocimiento  de  los 
idiomas  entre  los  ejemplos  de  personas  de  mucha  memo- 
ria, como  Cleopatra  de  Egipto,  Mitrídates  del  Ponto  y 
Temístocles  de  Atenas. 

Todos  entendemos  mejor  que  hablamos  una  lengua 
cualquiera,  porque  al  hablar  buscamos  para  expresarnos 
medios  que  á  menudo  se  nos  ocultan  y  no  aparecen  á 
pesar  de  nuestras  pesquisas;  y  para  entender  nos  basta 
con  que  conozcamos  lo  que  se  nos  presenta;  trabajo  más 
fácil  que  el  anterior. 

Hasta  hay  quien  no  entiende  al  oír  cosas  que  él  sabe 
decir:  y  es  que  cuando  hablan,  buscan  y  forman  tran- 
quilamente los  vocablos,  mientras  que  cuando  oyen,  el 
lenguaje  avanza  con  más  rapidez  que  su  atención,  ha- 
ciendo confundir  el  entendimiento.  Pertenecen  princi- 
palmente á  este  número  los  que  han  aprendido  una 
lengua  por  la  lectura  más  bien  que  de  viva  voz. 

Más  extraño  aún  es  que  algunos  desconocen  en  la  lec- 
tura aquello  mismo  que  saben  decir  y  que  entienden 
cuando  lo  oyen  á  otros.  Consiste  eso  en  que  leen  con 
atención  débil,  y  en  que  ésta  adquiere  calor  y  excitación 
cuando  hablamos  ó  escuchamos;  al  pasar  á  la  lectura  se 
amortigua  aquélla  y  se  entorpécela  inteligencia. 

Hay  quienes  hablan  mejor  que  escriben,  como  decía 
Cicerón  de  Galba,  circunstancia  que  atribuye  á  personas 
que,  aunque  de  ingenio,  son  poco  doctas,  y  que  pasado  el 
calor  del  hablar,  no  teniendo  en  su  auxilio  el  arte,  se 
hallan  incapaces  de  escribir.  Los  doctos,  en  cambio, 
tienen  habilidad  á  falta  de  ardor  interno;  mas  ella  no 
sirve  á  su  vez  de  mucho  cuando  decae  el  vigor  del  inge- 
nio, como  sucede  á  la  persona  instruida  en  estado  de 
fatiga,  de  enfermedad  ó  de  perturbación.  Otros,  habiendo 
aprendido  algo  de  los  doctos,  no  saben  bien  por  qué  se 


CAP.   VII. — DEL  LENGUAJE  III 

I — < ....  —  ■  ..-     .  I  I    r       .1  ■—  .  ■  — ■ 

dice  cada  cosa,  y  puestos  á  escribir,  queriendo  expresarse 
con  mayor  corrección  y  pulimento,  se  desvían  del  sen- 
tido recto  de  las  palabras  yendo  á  parar  á  un  lenguaje  de- 
fectuoso é  indocto. 

Como  el  lenguaje  nace  de  la  razón,  es  tan  natural 
como  ésta  en  el  hombre;  pues  dondequiera  que  está  el 
manantial,  allí  está  también  el  arroyo  que  forma.  Mas 
no  existe  un  lenguaje  fijo  por  naturaleza;  todos  son  arti- 
ficiales, por  lo  cual  hay  diversas  lenguas,  cuyo  estudio 
corresponde  á  otro  lugar. 

Todo  lenguaje  consta  ó  de  palabras  escritas  ó  de  vo- 
ces pronunciadas,  nombre  que  también  se  aplica  ó  la 
escritura.  La  voz  es  un  sonido  como  todos,  pero  más 
adecuado  y  peculiar,  que  el  animal  emite  por  su  boca 
para  significar  alguna  cosa.  El  sonido  articulado  y  dis- 
tinto es  solamente  propio  del  hombre,  y  á  imitación  suya 
decimos  que  también  producen  voces  las  avecillas  y  los 
instrumentos  músicos;  mas  esos  sonidos  se  emiten  sin  cri- 
terio ni  inteligencia.  En  el  hombre  son  las  voces  signos 
del  alma  entera,  de  la  fantasía,  de  los  afectos,  de  la  inte- 
ligencia y  de  la  voluntad;  en  los  animales,  lo  son  única- 
mente de  sus  instintos,  lo  mismo  que  sucede  en  nosotros 
con  ciertos  vocablos  deformados,  que  los  gramáticos  lla- 
man interjecciones.  Cosa  admirable  es  que  una  tal  diver- 
sidad de  sonidos  de  la  voz  humana  pueda  abarcarse  en 
tan  pocas  letras,  de  las  cuales  se  ha  formado  tanta  varie- 
dad y  abundancia  de  palabras,  de  clases  de  lenguaje  y  de 
idiomas. 


CAPITULO  VIII 


DE  LA  MANERA   DE   APRENDER 


Entiéndese  por  doctrina  ó  enseñanza  «la  transmisión 
de  aquello  que  uno  conoce  á  quien  no  lo  conoce»;  y  por 
disciplina,  «la  recepción  de  lo  transmitido»;  sólo  que  la 
mente  de  quien  recibe  se  llena,  y  la  del  que  transmite 
no  se  agota,  antes  bien,  aumenta  la  erudición  cuando  se 
comunica,  como  crece  el  fuego  con  el  movimiento  y  la 
agitación.  En  efecto:  excitado  el  ingenio  y  discurriendo 
por  los  objetos  referentes  al  asunto  del  momento,  acaba 
por  hallar  y  formar  otros;  así,  aquello  que  no  ocurre  á 
quien  está  en  quietud,  viene  á  las  mentes  del  que  enseña 
ó  diserta,  á  causa  del  calor,  que  decimos  aguza  el  vigor 
del  ingenio;  por  lo  cual  nada  hay  tan  conducente  para 
obtener  una  gran  erudición  como  el  enseñar. 

Es  la  disciplina  de  dos  clases:  una,  la  colocación  en 
nuestra  alma  de  cualquier  cualidad,  como  al  transmitirse 
un  idioma  nuevo,  según  ocurre  en  los  inventos  humanos; 
otra,  el  sacar  al  entendimiento  de  la  potestad  al  acto, 
como  sucede  en  las  ciencias  y  artes,  cuya  materia  es  na- 
tural, pues,  según  queda  dicho,  las  semillas  de  todas  ellas 
están  infundidas  naturalmente  en  nuestra  mente,  como 
las  de  las  plantas  en  la  tierra;  de  tal  suerte,  que  quien 
enseña  no  hace  cosa  distinta  de  lo  que  el  sol  al  sacar  los 
gérmenes  de  las  semillas,  las  cuales  ciertamente  saldrían 
por  sí  mismas;  pero  no  tan  felizmente  ni  tan  pronto. 


CAP.    VIII.  —  DE  LA  MANERA  DE  APRENDER  Il3 

Enseñan  los  animales  á  sus  pequeñuelos  para  que  eje- 
cuten con  más  rapidez  lo  que  desde  luego  harían  ellos 
por  sí,  como  el  ave  á  volar  á  sus  polluelos,  el  gato  á  ca- 
zar los  ratones,  con  objeto  de  verlos  muy  pronto  seme- 
jantes á  sí  mismos,  esto  es,  perfectos  en  su  especie.  Nos- 
otros enseñamos  á  los  nuestros  para  que  hagan  tal  como 
queremos  lo  que  nunca  harían  ó  lo  harían  de  distinta 
manera;  y  nuestra  enseñanza  casi  no  es  otra  cosa  que 
acostumbrarles  á  hacer  alguna  cosa  material,  como  ha- 
blar, correr,  mover  el  cuerpo  ó  alguna  de  sus  partes  de 
un  modo  dado.  En  una  palabra:  el  animal  es  enseñado 
para  sus  fines  por  magisterio  de  la  naturaleza;  nosotros 
necesitamos  del  ejercicio  propio  y  de  la  advertencia  ajena 
para  sacar  lo  que  tenemos  dentro. 

La  marcha  del  aprendizaje  va  desde  los  sentidos  á  la 
imaginación,  y  de  ésta  á  la  mente,  como  pasa  en  la  vida 
y  en  la  naturaleza;  así,  va  el  proceso  de  lo  simple  á  lo 
compuesto,  de  lo  particular  á  lo  general,  como  es  de 
observar  en  los  niños  que,  según  ya  dije,  expresan  pri- 
mero las  partes  separadas  de  cada  cosa,  después  las  jun- 
tan y  combinan;  además,  nombran  las  cualidades  gene- 
rales con  un  nombre  particular;  llaman,  v.  gr.,  á  todos 
los  artesanos  como  al  primero  que  conocieron;  todas  las 
carnes  son  para  ellos  buey  ó  vaca,  si  es  así  como  oyeron 
decir  cuando  empezaba  á  formar  las  palabras.  Después 
induce  la  mente  lo  universal  de  lo  singular,  y  vuelve  á  su 
vez  desde  aquello  á  esto;  por  eso  son  los  sentidos  los  pri- 
meros maestros,  en  los  cuales  está  como  encerrada  la  in- 
teligencia; de  ellos  el  principal  es  la  vista  que,  según 
Aristóteles,  es  la  que  nos  manifiesta  mayor  número  de 
especies,  y  es  autora  de  la  investigación  de  la  ciencia, 
como  ya  escribió  Platón  perfectamente.  De  esa  vista  pri- 
mera vino  la  admiración;  de  ella,  la  observación,  la  in- 
vestigación y  el  deseo  de  la  sabiduría. 

Después  de  obtenido  el  conocimiento  de  las  cosas  y  de 

a 


I  14  LIBRO  SEGUNDO 


constituidas  las  artes,  el  sentido  del  oído  nos  enseña  nue- 
vas cosas,  más  elevadas  y  con  más  rapidez,  pues  recibi- 
mos en  muy  poco  tiempo  lo  que  en  mucho  tuvo  que  pre- 
parar el  que  nos  enseña.  Por  eso  le  llamó  con  razón  Aris- 
tóteles «el  sentido  de  la  disciplina)^;  y  los  animales  que  ca- 
recen de  él  no  son  capaces  de  ella;  y  muy  de  admirar  es 
que  haya  habido  un  sordomudo  de  nacimiento  que  apren- 
día las  letras,  como  afirma  bajo  su  palabra  Rodolfo 
Agrícola,  por  haberle  visto,  como  se  consigna  en  sus  es- 
critos terminantemente. 

Verdad  es  que,  en  los  estrechos  límites  de  nuestra 
mente  es  admirable  la  extensión  de  fuerzas  que  posee,  y 
vemos  cuan  paternalmente  obró  Dios  poniendo  al  al- 
cance del  hombre  todo  lo  que  era  necesario  para 
aprender. 

Nada  hay  más  útil  que  aprender  muchas  cosas,  ni 
más  fácil  que  oírlas.  En  ciertos  hombres,  su  inteligencia, 
dispuesta  y  hábil  por  naturaleza,  con  pequeñísimo  auxi- 
lio ajeno,  se  amplía  y  dilata  maravillosamente;  hácese 
maestro  y  educador  propio;  ni  los  sentidos,  ni  á  veces 
una  persona  docta,  pueden  enseñarle  como  se  enseña  él 
mismo, 'y  de  aquí  los  llamados  c^OToa^OsT;. 

Tienen  en  primer  lugar  ingenio  feliz  aquellos  que 
conciben  fácil  y  debidamente  las  imágenes  de  las  cosas  y 
de  cuanto  está  comprendido  en  el  espacio  ó  el  tiempo  y 
á  quienes  los  griegos  llaman  ¿ucpaviaaitúta;,  según  nos  dice 
Quintiliano.  Son  muy  aptos  para  describir  y  narrar,  por 
lo  cual  hallan  fácilmente  argumentos  eficaces;  luego  los 
que  discurren  rápidamente,  ya  de  modo  natural,  ya  por 
el  arte,  inducen  con  rectitud  y  conjeturan  hábilmente, 
en  cuyo  número  están  los  dialécticos  naturales,  y  prin- 
cipalmente aquellos  que  averiguan  con  gran  ingenio  el 
primitivo  origen  de  una  cosa;  tales  fueron  Aristóteles  y 
Galeno;  también  los  que  sin  enseñanza  alguna  traen  á 
su  mente  cuanto  les  es  preciso,  á  los  cuales  coloca  Hesio- 


CAP.   VIH.  —  DE  LA  MANERA  DE  APRENDER  Il5 


do  en  el  primer  grado  de  excelencia,  como  dice  Tucídi- 
des  que  fué  Temístocles. 

Los  ingenios  grandes  y  más  distinguidos  en  cualquier 
esfera  de  la  disciplina  y  del  conocimiento  lo  son  por  be- 
neficio de  la  Naturaleza;  van  dirigidos  como  por  impulso 
innato  hacia  lo  más  grande  é  importante  y  adquieren  en 
su  mente  una  imagen  exactísima  del  objeto  á  modo  de 
canon,  al  cual  adaptan  como  á  una  norma  cuanto  ellos 
y  los  demás  hacen  en  aquella  esfera;  por  lo  cual  perci- 
ben y  juzgan  perspicazmente  sus  propias  obras  y  las 
ajenas,  ya  erróneas,  ya  bien  hechas. 

A  estas  formas  llama  Platón  ideas,  ó  sea  los  modelos 
más  verdaderos  y  exactos  para  hacer  las  cosas;  si  las 
ayudan  la  enseñanza  y  práctica  ajenas,  no  cabe  decir 
cuánta  es  la  magnitud  y  excelencia  de  los  ingenios  que 
las  poseen.  De  gran  auxilio  sirve  cultivarlos  constante  é 
intensamente;  leer  con  atención  y  diligencia  las  obras  de 
los  que  lograron  tan  excelso  bien,  pues  algo  nos  queda 
de  aquel  asiduo  roce. 

Contribuye  asimismo  á  tal  rapidez  y  agudeza  de 
mente  la  meditación  y  la  práctica  de  cualquier  disciplina, 
por  las  cuales  crece  aquélla;  porque  no  se  sabe  tanto  lo 
que  recibimos  por  una  tácita  contemplación  como  lo  que 
se  nos  transmite  por  el  ejercicio  y  el  uso;  así,  en  las  ma- 
neras de  los  actos  y  obras  externas,  en  la  virtud,  en  la 
música,  en  la  elocuencia,  en  el  arte  fabril  y  el  pictórico 
y  demás  de  este  género.  Y  el  provecho  en  ellos  es  tanto 
más  grande  si  se  persevera  en  la  obra  sin  molestia  ni  in- 
comodidad del  espíritu.  Hay  que  continuar  y  persistir  en 
el  trabajo;  lo  que  no  sale  bien  por  un  medio,  intentarlo 
por  otro;  conviene  luchar  con  la  obra,  no  enfadarse  con 
ella. 

En  las  ciencias  contemplativas  sirve  de  meditación  y 
de  ejercicio  el  pensamiento  tácito  y  el  pesar  las  cosas,  lo 
cual  nos  hace  penetrar  más  profundamente  en  el  cono- 


Il6  LIBRO  SEGUNDO 


cimiento  del  asunto  que  las  discusiones  y  altercados,  que 
más  á  menudo  obscurecen  que  aguzan  el  juicio.  Los  in- 
genios medianos,  no  dotados  por  la  naturaleza  de  aque- 
llas normas,  por  más  que  se  auxilien  con  lecciones  de 
las  grandes  inteligencias,  no  lograrán  tanto  como  éstas 
que  parecen  inspiradas  por  grandioso  numen;  falta,  en 
efecto,  á  aquellos  primeros  lo  que  más  vale,  ó  sea  el  mo- 
delo para  hacer  períectamente  una  cosa. 

No  basta  al  maestro  saber  bien  aquello  que  profesa, 
si  no  puede  explicarlo  con  soltura  y  no  agrega  á  esto 
arte  y  habilidad.  Con  tales  cualidades  un  discípulo  dócil 
llegará  á  obtener  pronto  gran  instrucción.  Contribuye  á 
la  docilidad  una  atención  diligente,  cuando  se  pone  el 
alma  entera  en  lo  que  vemos  y  oímos,  sin  desviarnos  en 
otra  clase  de  pensamientos.  Aprovechan  asimismo  con 
rapidez  los  que  reúnen  los  datos  individuales  y  reflexio- 
nan sobre  ellos;  además,  aquellos  que  no  se  avergüenzan 
de  aprender;  por  eso  «los  soberbios»  se  cierran  el  ca- 
mino de  la  enseñanza  con  esa  mala  pasión.  «Es  la  arro- 
gancia un  gran  obstáculo  para  todo  aprovechamiento», 
dijo  Bion;  é  Isócrates:  «Si  tienes  deseo  de  aprender,  en 
breve  serás  eruditísimo.»  Pertenecen  igualmente  á  ese 
grupo  los  que  creen  que  no  han  adelantado  mucho  con 
instruirse,  y  de  ellos  dice  atinadamente  Séneca:  «Pienso 
que  muchos  hubieran  podido  llegar  á  sabios  si  no  hu- 
biesen creído  que  ya  lo  eran.»  Es  menester,  sí,  que  se 
pare  quien  estima  que  nada  le  queda  ya  á  que  dirigirse, 
y  si  ha  llegado  al  extremo,  que  descanse. 

Hay  quienes  van  por  delante  del  que  enseña;  otros  le 
siguen,  toman  bastante  de  la  enseñanza  y  con  ello  se  sa- 
tisfacen. Tales  son  los  que  teniendo  inteligencia  no  quie- 
ren ó  no  saben  investigar  con  ella,  ya  por  ser  lenta  la 
marcha  de  su  razón  ó  porque  no  dominan  el  impulso  de 
la  mente,  sino  que  divagan  á  capricho  por  doquiera.  De 
los  que  van  delante,  lo  hacen  rectamente  quienes  disfru- 


CA?.  VIH. — DE  LA  MANERA  DE  APRENDER  ílj 

tan  de  razón  y  juicio;  otros,  en  cambio,  con  ineptitud, 
por  ser  más  bien  á  propósito  para  conjeturar. 

El  receptáculo  y  como  tesoro  de  lo  que  enseñan  los 
maestros  es  la  memoria,  donde  se  conserva  todo  lo 
aprendido.  Sería  inútil  el  trabajo  empleado  en  los  estu- 
dios de  no  haber  sitio  en  que  se  contenga  lo  que  hemos 
adquirido.  Si  todo  esto  se  derrama  es  lo  mismo  que 
echar  agua  en  un  tonel  agujereado,  como  cuenta  la  fá- 
bula de  las  hijas  de  Danae.  La  infancia  es  la  edad  más 
á  propósito  para  recibir  lo  que  se  enseña,  á  causa  de  te- 
ner entonces  libre  y  expedita  la  memoria,  sin  que  la  es- 
torben otros  pensamientos  y  cuidados  que  no  dejan 
paso  fácil  á  la  enseñanza  que  se  presenta,  según  sucede 
en  la  mayor  edad.  Además,  los  niños  no  consideran  como 
trabajo  el  estar  sentados,  atender,  leer  y  escribir,  apren- 
der y  ejercitarse;  por  eso  se  cansan  menos;  mientras  que 
á  los  adultos  causa  fatiga  el  considerar  cuánto  trabajo 
tienen. 

Con  razón  llamaban  los  griegos  xaioopOsc;,  es  decir,  ins- 
truidos desde  la  infancia,  á  los  que  sabían  bien  alguna 
cosa;  aunque  el  viejo,  en  vez  de  esta  facilidad  de  apren- 
der, dispone  de  un  juicio  más  seguro  y  de  un  saber  re- 
unido mediante  la  experiencia;  esto  es,  tiene  maña  en 
lugar  de  fuerza. 

Otra  de  las  obligaciones  del  maestro  es  la  de  enmen- 
dar y  corregir,  cosa  no  menos  útil  que  la  explicación 
ligera  de  los  preceptos;  mucho  más  si  conoce  por  qué 
aprueba  ó  desaprueba  en  cada  caso,  y  si  sabe  enseñar  y 
quiere  explicar  cuidadosamente  las  razones  de  su  cen- 
sura. Así  podemos  evitar  lo  que  es  perjudicial,  marcha- 
mos por  donde  vemos  que  el  maestro  nos  precede  y  guía; 
y  si  es  de  criterio  sólido  y  acertado,  se  obtiene  de  la  co- 
rrección más  provecho  que  de  todos  los  restantes  ejer-* 
ciclos  de  la  escuela.  En  efecto:  la  comparación  de  cada 
paso  que  damos  con  lo  hecho  en  la  época  anterior  y  lo 


Íl8  LIBRO  SEGUNDÓ 


que  hacen  los  demás  pone  de  manifiesto  nuestros  ade- 
lantos, lo  que  se  ha  conseguido,  lo  que  nos  falta.  Des- 
pués se  agrega  á  todo  ello  los  instrumentos,  que  forman 
no  pequeña  parte  del  artífice. 

Dio  la  naturaleza  al  hombre  el  más  excelente  de  to- 
dos los  artistas  en  el  mundo,  un  instrumento  externo 
con  el  cual  no  es  comparable  ningún  otro,  á  saber,  la 
mano;  de  cuya  aptitud,  comodidad  y  utilidad  sería  obra 
larga  el  disertar,  y  además  ajena  á  este  tratado.  Ella 
hace  la  vez  de  palabra,  como  puede  verse  en  los  mudos 
y  en  las  gentes  de  idioma  extraño,  á  quienes  entendería- 
mos difícilmente  sin  la  gesticulación  de  las  manos;  bien 
es  verdad  que  la  pericia  y  habilidad  del  artífice  auxilia  y 
rige  el  uso  de  un  instrumento  tan  apto  y  conveniente; 
hasta  pudiera  decirse  que  á  él  se  debe  la  excelencia  del 
instrumento  mismo.  Así  lo  demuestra  la  experiencia 
diaria:  cuanto  mayor  ingenio  y  arte  tiene  una  persona, 
tanto  más  bellas  y  perfectas  obras  es  capaz  de  crear  con 
pocos  y  ligeros  instrumentos,  aun  los  menos  á  propósito; 
y  no  es  creíble,  de  no  haberlo  visto,  lo  que  puede  hacer 
un  hombre  que  tiene  cortada  la  mano  derecha,  con  la 
izquierda;  y  hasta  con  los  pies,  si  carece  de  manos;  «lle- 
var la  comJda  á  la  boca,  cortar,  coser,  tejer»,  cuando  la 
necesidad  aguija  el  esfuerzo  mental,  como  sucede  en  los 
ciegos  y  los  mudos. 

Nada  hay  más  parecido  á  la  inteligencia  que  los  ojos 
del  cuerpo:  así  como  la  mente  especula  con  auxilio  de  la 
instrucción,  mira  el  ojo  con  el  de  la  luz;  y  de  igual 
modo  que  una  luz  brillantísima  obscurece  la  vista,  so- 
portándola, sin  embargo,  poco  á  poco  unos  ojos  fuertes, 
mientras  que  los  débiles  y  enfermos  quedan  con  ella 
como  agoviados,  así  soportan  la  instrucción  los  grandes 
y  sólidos  ingenios;  los  pobres  y  pequeños  no  son  capaces 
de  ello,  sino  que  con  ella  se  quiebran  y  desploman  como 
bajo  un  peso  excesivo,  como  los  ojos  pierden  la  facultad 


tíAP.  VIII. — f)E  LA  MANERA  DE  APRENDER  íig 

de  ver  ante  un  resplandor  vivo.  Como  son  muy  pocos  los 
dotados  de  ingenio  firme  y  sólido,  en  todos  los  oficios  y 
artes  de  la  vida  son  muchos  los  que  progresan  en  sumo 
grado  y  con  rapidez;  al  paso  que  son  escasísimos  los  que 
se  distinguen  poruña  excelente  erudición,  y  ésos  ade- 
lantan con  gran  lentitud  y  poco  vigor. 

Aquel  mismo  ingenio  de  orden  inferior,  acostum- 
brado á  dirigir  sus  esfuerzos  hacia  el  fulgor  de  la  ilus- 
tración, se  embota  de  suerte  que  ni  aun  mira  á  la  cien- 
cia en  sí,  y  después  de  convertirse  á  otros  objetos,  tam- 
poco se  halla  apto  y  acomodado,  como  si  estuviesen  sus 
ojos  deslumhrados  por  un  fuerte  resplandor.  Hasta  los 
mismos  que  han  sido  enseñados  perfectamente  y  con 
resultado,  sise  trasladan  de  pronto  á  esas  interioridades 
de  la  vida  que  parecen  colocadas  en  un  sitio  obscuro,  se 
quedan  como  ciegos,  de  igual  modo  que  quien  pasa  súbi- 
tamente de  un  lugar  con  mucha  luz  á  otro  que  está  en 
las  tinieblas.  Hay  muchos  que  no  teniendo  en  cuenta  esta 
circunstancia  se  admiran  de  que  personas  doctísimas 
no  demuestren  tanta  aptitud  para  la  administración  pú- 
blica ó  la  particular  como  otras  indoctas  que  están  ejer- 
citadas en  ella. 

La  marcha  en  la  instrucción  es  lenta;  se  llega  á  la 
meta  despacio;  en  cambio,  en  otras  ocupaciones  de  la 
vida,  la  mayor  parte  de  las  gentes  progresan  mucho  en 
muy  poco  tiempo,  y  pasan  por  más  despiertos  y  dispues- 
tos para  todas  las  profesiones.  En  realidad,  los  estudios 
para  la  sabiduría  están  en  lugar  arduo;  oprimen  y  debi- 
litan las  inteligencias,  hasta  que  una  vez  acostumbradas, 
respiran  y  recobran  fuerzas,  pues  son  por  naturaleza 
fuertes  y  robustas.  Pero  las  demás  artes  y  conocimientos 
se  hallan  contenidos  en  muy  reducidos  límites,  y  el 
llegar  á  ellos  nada  tiene  de  difícil;  por  eso  los  indoctos 
manejan  con  toda  felicidad  sus  negocios;  mientras  que  la 
sabiduría  los  tiene  muy  apartados;  y  más  bien  no  exis- 


120  LIBRO  SEGUNDO 


ten  sus  límites,  y  hay  que  andar  por  largo  tiempo  antes 
que  adelantemos  algo  en  tan  amplia  carrera. 

Mas  cuando  un  hombre  instruido,  ya  repuesto  y  con 
los  recursos  alcanzados  por  el  estudio  de  las  ciencias 
consagra  su  atención  al  gobierno  de  la  vida  — siempre 
que  sea  de  buena  fe,  cosa  que  pocos  pueden  obtener  de 
sí  mismos,  por  creerlo  cosa  de  pequeña  importancia — 
pero  al  fin  á  ello  se  dedica,  aventaja  muchísimo  á  todos 
los  demás,  y  manifiesta  evidentemente  cuánta  distancia 
hay  entre  la  ignorancia  y  la  cultura. 


CAPITULO  IX 

DEL    CONOCIMIENTO    Ó    LA   NOCIÓN 

El  conocimiento  primero  y  más  sencillo  viene  de  los 
sentidos;  de  éste  nacen  todos  los  demás,  unos  de  otros, 
y  así  crecen  y  se  aumentan  según  vemos  no  sólo  en  las 
artes  y  enseñanzas,  sino  en  el  curso  mismo  de  toda  la 
vida. 

De  los  diversos  objetos,  unos  caen  bajo  nuestros  sen- 
tidos, y  son  aquellos  que  están  al  exterior,  obvios;  otros 
se  hallan  ocultos.  A  su  vez  los  obvios  están  presentes 
unos,  otros  ausentes. 

Conocen  las  cosas  presentes  los  sentidos;  las  que  no  lo 
están,  la  imaginación;  luego  viene  la  reflexión  que  inves- 
tiga el  interior  de  la  mente  y  refleja  á  ésta  como  en  sí 
propia  para  que  reconozca  su  contenido,  apreciando  su 
cualidad  y  cuantidad.  Por  último,  la  razón  saca  de  los 
objetos  concretos  y  obvios  los  recónditos  y  carentes  de 
cuerpo,  de  lo  particular  lo  general;  todo  ello  lo  comunica 
á  su  entendimiento,  y  después  á  la  contemplación,  si 
está  libre.  Y  así  como  los  ojos  corpóreos  necesitan  una 
luz  exterior  para  ver,  el  ojo  mental  también  necesita 
una  interior  para  conocer  y  entender. 

Las  cosas  son,  ó  de  índole  mudable  y  temporal,  ó 
inmutables  y  perpetuas.  Para  ver  estas  últimas  es  me- 
nester una  luz  sobrenatural  cuyo  conocimiento  se  llama 
sabiduría;  lo  que  ésta  comprende  de  carácter  pasajero  y 


122  LIBRO  SEGUNDÓ 


variable,  como  es  lo  que  conocemos  de  objetos  particu- 
lares, y  aun  de  los  generales,  pero  que  no  conservan 
constancia  perenne,  es  lo  que  Marco  Tulio  llamó  cosas 
opinables,  y  su  conocimiento  es  la  verosimilitud,  ú  opi- 
nión, según  dicen  otros  autores  que  traducen  el  con- 
cepto griego  ^o^c/.v.  Ejemplo  de  conceptos  universales, 
entre  otros,  son:  «El  hijo  es  amado  por  su  madre;  tal 
enfermedad  se  cura  con  esta  ó  la  otra  hierba;  los  que  se 
hallan  afectados  de  tal  pasión  desean  ó  repugnan  estas 
cosas  ó  aquéllas;  con  el  actual  estado  del  cielo  suceden 
estas  cosas»;  todo  lo  cual  admite  alguna  excepción  y 
variedad,  por  más  que  haya  siempre  una  gran  diferen- 
cia entre  lo  particular  y  lo  general  de  cualquier  género 
que  sea;  pues  de  esto  último  se  pueden  establecer  reglas 
y  preceptos  de  los  cuales  se  forme  algún  arte  ó  ense- 
ñanza, mientras  que  de  las  cosas  particulares,  como  infi- 
nitas que  son,  y  de  infinita  variedad,  no  es  posible  for- 
marle, pues  no  es  dable  al  ingenio  humano  alcanzar 
aquello  que  carece  de  número.  Por  eso  aconseja  Platón 
acertadamente  detenerse  cuando  se  descienda  por  las 
formas  últimas  de  las  cosas  antes  de  llegar  á  lo  indivisi- 
ble. Mas  volvamos  ya  á  nuestro  asunto. 

Se  compone  el  tercer  grupo  de  aquello  que  en  la  natu- 
raleza mudable  es  perpetuo  y  constante,  como  las  cosas 
que  vemos  persistir  siempre  las  mismas  y  de  igual 
modo,  tales  como  las  de  este  mundo  celeste  y  sublunar 
que  son  propias  de  un  género  y  forma  determinada.  De 
ellas  tenemos  una  noción  infundida  por  la  naturaleza, 
según  antes  se  dijo:  muchas  las  infiere  la  razón,  y  á  ese 
conocimiento  se  llama  ciencia;  en  segundo  lugar  está 
cierto  vastísimo  resplandor  de  la  luz  natural  aumentado 
con  la  habilidad,  la  enseñanza,  la  meditación  y  el  ejer- 
cicio. Entre  la  multitud  de  aquellos  conocimientos  pri- 
meros naturales,  los  más  próximos  á  éstos,  es  decir,  los 
que  de  ellos  provienen  por  trámite  rapidísimo  y  eviden- 


Cap.  IX.  —  DEL  CONOCIMIENTO  O  LA  NOCIÓN        12 


i 


te,  al  desarrollarse  sucesivamente  se  envuelven  de  pronto 
en  tinieblas,  no  de  parte  de  los  objetos,  sino  de  nuestras 
inteligencias,  que  abrumadas  por  la  pesada  carga  del 
cuerpo,  ya  sufren  retardo  en  su  marcha,  ya  se  pertur- 
ban y  alucinan  por  interposición  de  alguna  nube.  Así, 
pues,  la  formación  del  conocimiento  y  de  la  claridad 
para  alcanzar  la  verdad  consiste  en  nuestra  mente,  no 
en  las  cosas;  pues  hay  quien  se  ofusca  ante  las  más  cla- 
ras y  se  ve  rodeado  de  tinieblas  en  medio  de  la  luz  me- 
ridiana, por  ignorancia  ó  por  torpeza.  Otros,  en  cambio, 
ven  las  más  obscuras  distintamente  por  voluntad  de  su 
ingenio,  ya  natural,  ya  cultivado. 

Por  lo  mismo,  cuanta  más  luz,  más  ciencia,  y  cuanto 
menos,  más  duda.  Si  no  hay  luz  ninguna  ó  tan  poca  que 
equivalga  á  no  haberla,  se  expone  la  ignorancia  á  ma- 
nera de  densa  obscuridad  en  noche  nublada  y  sin  luna; 
allí  falta  toda  ciencia,  toda  verosimilitud  y  hasta  ambi- 
güedad; luego  no  son  éstas  causa  del  error,  sino  la  niebla 
que  va  mezclada  con  la  luz;  y  si  ésta  nada  alumbra 
cuando  se  interpone  la  sombra  de  un  cuerpo,  es  imposi- 
ble que  la  ciencia  produzca  ignorancia,  la  pericia  el 
error  ni  el  resplandor  la  obscuridad. 

De  igual  modo  que  cambia  la  cualidad  de  la  luz  y  su 
fuerza  por  interponerse  una  masa,  de  suerte  que  unas 
cosas  reciben  más  claridad,  y  otras  menos,  así  reina  sor- 
prendente variedad  en  la  iluminación  de  nuestra  mente 
por  las  muchas  cosas  que  se  interponen  en  esta  vida;  de 
suerte  que  los  hombres  infieren,  juzgan  y  resuelven  de 
muy  distintas  maneras  acerca  de  lo  que  es  bueno  ó  de  lo 
verdadero.  En  efecto:  las  condiciones  diversas  de  cons- 
titución corporal,  edad,  estado  de  salud,  robustez,  cos- 
tumbres y  pureza,  estado  actual  de  ánimo,  propias  de 
las  cualidades  temporales,  son  producto  también  de  las 
circunstancias  del  lugar  y  tiempo.  Influyen  asimismo  los 
actos  y  exterioridades,  aunque  éstas  varían  por  razón 


Í24  LIBRO  SEGUNDd 


del  individuo,  de  las  costumbres,  afectos  del  ánimo,  la 
torpeza  ó  viveza  mental,  la  agudeza,  el  embotamiento, 
la  enseñanza,  la  escuela  ó  partido  tradicional,  y  también 
una  persuasión  anterior,  los  hábitos,  la  costumbre  y  la 
autoridad  ajena.  De  aquí  proviene  tan  grande  y  tan  fre- 
cuente variedad  y  aun  oposición  en  lo  que  sentimos  y 
afirmamos,  no  sólo  los  hombres  unos  respecto  de  otros, 
sino  hasta  cada  uno  consigo  mismo;  hasta  el  punto  de 
que  en  un  momento  ulterior  se  condena  y  suprime  una 
determinación  previamente  adoptada  y  resuelta. 


CAPITULO  X 


DE     LA     REFLEXIÓN 


Sigue  á  la  acción  el  descanso:  así  como  es  la  razón  una 
especie  de  escrutinio  y  elección  de  juicios,  es  la  reflexión 
una  inspección  sosegada  y  firme  de  todo  aquello  que  la 
razón  ha  reunido  y  grabado,  después  que  el  juicio  lo  re- 
cibió y  aprobó.  No  hay  en  la  reflexión  raciocinio  alguno; 
en  ella  son  ya  todos  los  conocimientos  ciertos  y  demos- 
trados; así  como  todo  deleite  nace  de  cierta  proporción 
y  congruencia  entre  el  objeto  y  la  facultad  correspon- 
diente, y  nada  hay  más  congruente  con  la  inteligencia 
que  la  verdad,  también  en  la  reflexión  existen  grandes 
deleites  para  nuestra  mente,  y  de  ellos  forma  parte  á  la 
vez  la  contemplación  de  la  verdad  y  del  entendimiento. 

Son,  por  su  parte,  las  verdades  sumamente  gratas, 
por  su  carácter  de  absolutamente  ciertas  y  depuradas, 
cuando  se  ofrecen  en  unión  de  sus  orígenes  y  causas  pri- 
meras. Mas  si  esto  no  llega  á  conseguirse,  viene  en  se- 
gundo término  aquello  que  más  se  acerque  y  más  seme- 
jante sea  á  la  verdad;  nadie  tiene  un  espíritu  tan  rudo  é 
inclinado  á  la  tierra  que  no  se  excite  con  estas  palabras: 
«Le  manifestaré  la  causa  de  esto»;  y  tan  innato  es  por 
naturaleza  en  el  hombre  el  deseo  de  conocer  las  causas 
de  las  cosas,  que  bien  pudo  el  poeta  esbribir  aquella 
frase  feliz  (i): 

«Qui  potuit  rerum  cognoscere  causas.» 


(i)    Virgilio,  Geórgicas,  lib.  2,  verso 490. 


126  LIBRO  SEGUNDO 


Y  las  inteligencias,  á  su  vez,  se  complacen  con  la  seme- 
janza y  la  proposición:  las  más  altas  y  eminentes,  con  las 
cosas  de  mayor  excelencia,  y  siguiendo  detrás  las  otras, 
según  la  esfera  de  cada  una,  hasta  llegar  á  las  ínfimas  y 
más  despreciables^  que  se  ocupan  en  lo  más  vil  y  trivial. 

Es  tan  grande  este  placer  de  la  reñexión  para  los  espí- 
ritus elegidos  que  una  vez  le  gustaron  que  no  es  de  ex- 
trañar que  sólo  por  él  hayan  renunciado  muchos  genti- 
les á  todas  las  cosas  humanas,  aunque  parezca  esto  in- 
creíble ó  absurdo  á  quienes  jamás  saborearon  tales  dul- 
zuras espirituales.  Por  eso  la  contemplación  más  dichosa 
habrá  de  ser  en  el  cielo,  la  de  Dios,  ser  el  más  grande  y 
excelente  que  cabe  pensar,  alejada  toda  niebla,  manifes- 
tada la  suma  verdad,  no  con  verosimilitud,  sino  con  la 
mayor  de  las  certidumbres,  viendo  y  conociendo  las  cau- 
sas de  todas  las  cosas  en  el  mismo  autor  de  ellas,  eman- 
cipados á  la  vez  nuestros  entendimientos  de  esta  cárcel 
obscura  y  tenebrosa,  no  existiendo  ya  distinción  alguna 
ni  diferencia  de  juicios,  de  suerte  que  convengan  unos 
con  otros,  ó,  mejor,  existiendo  un  juicio  igual  para  todos. 

Los  que  trabajan  tan  sólo  para  saber,  permanecen  en 
la  contemplación  misma  reflexiva,  sin  buscar  aplicación 
alguna  al  exterior;  los  que  se  ocupan  en  lo  que  ha  de 
hacerse  para  el  bien,  se  manifiestan  fuera;  y  allí,  aquello 
que  tiene  preceptos  fijos  y  constantes  é  invariables,  ó 
muy  generales,  se  comprende  en  un  arte.  Es,  por  tanto, 
el  arte  «la  colección  de  fórmulas  generales  que  le  enca- 
minan hacia  un  resultado».  Pero  aquello  que  cambia 
con  las  circunstancias  ó  por  la  diversidad  de  asuntos  —y 
se  llamó  por  lo  mismo  zoXuoaasi; — ,  es  decir,  según  los 
lugares,  tiempos,  personas  ó  relaciones  análogas,  es  pro- 
pio de  la  circunspección  ó  prudencia,  á  la  cual  muchos 
llaman  juicio;  bien  que  en  los  nombres  de  estas  cosas 
comete  graves  errores  el  lenguaje  usual,  lo  que  hemos 
lamentado  repetidamente. 


CAPÍTULO  XI 


LA  VOLUNTAD 


Todo  conocimiento  ha  sido  otorgado  para  desear  el 
bien;  el  sensible  para  el  bien  sensible,  el  mental  para  el 
inteligible;  en  suma,  á  fin  de  que  desee  el  bien  una  vez 
conocido,  y  al  desearle  le  siga  hasta  unirse  y  concordar 
con  él  mientras  sea  esto  posible.  Sólo  así,  y  no  de  otro 
modo,  será  tal  bien  para  el  conocimiento  y  su  contra- 
rio un  mal,  para  que  le  rechace,  le  evite  y  no  se  ad- 
hiera á  él. 

La  facultad  que  realiza  este  fin  es,  en  los  brutos,  un 
apetito  sensual;  en  el  hombre,  la  voluntad.  Es  ésta,  por 
tanto,  «aquella  facultad  ó  fuerza  del  alma  por  la  cual 
deseamos  lo  bueno  y  aborrecemos  lo  malo,  con  la  razón 
por  guía»;  esta  guía  en  los  animales  es  la  Naturaleza. 
Hay,  pues,  en  la  voluntad  dos  actos:  la  propensión  ó 
adopción  del  bien  y  el  odio  al  mal.  Privación  de  ambos 
fines  se  da  cuando  la  voluntad  inerte  no  se  inclina  á 
ninguna  de  las  dos  partes. 

Es  por  sí  la  voluntad  reina  y  dueña  de  todos  sus  actos, 
pero  no  tiene  de  suyo  luz  alguna,  sino  que  va  ilustrada 
por  la  inteligencia,  ó  sea  por  la  razón  y  el  juicio,  colo- 
cados á  su  lado  como  un  consejero  y  guía,  no  para  im- 
ponerse á  ella  y  torcerla,  sino  para  dirigirla  é  indicarla 
lo  que  es  mejor.  Por  eso  nada  apetece  ó  rechaza  la  vo- 
luntad que  no  haya  sido  previamente  demostrado  por  la 


128  LIBRO  SEGUNDO 


razón;  y  en  tanto,  el  acto  voluntario,  aunque  producido 
por  la  voluntad,  es  juzgado  y  aconsejado  por  la  razón; 
es,  por  decirlo  así,  engendrado  por  ésta  y  dado  á  luz  por 
aquélla.  Así,  es  la  razón  maestra  y  preceptora,  pero  no 
señora  de  la  voluntad,  á  quien  quiso  su  autor  hacer.libre, 
con  pleno  derecho  y  propiedad;  y  aunque  obedezca 
siempre  á  la  razón,  no  está  obligada  á  un  determinado 
acto,  sino  que  sigue  el  que  mejor  le  parece  de  cuantos  se 
ofrecen.  Es,  por  tanto,  libre  la  voluntad  para  elegir 
entre  un  acto  y  su  omisión,  puede  querer  ó  dejar  de  que- 
rer, pero  no  decidirse  entre  dos  actos  contrarios;  porque 
como  esta  facultad  no  puede  querer  sino  aquello  que  se 
presenta  bajo  alguna  forma  de  bien,  ni  aborrecer  más 
que  lo  que  la  tiene  de  mal,  resulta  que,  ante  una  especie 
cualquiera  de  bien,  puede  la  voluntad  no  quererle,  pero 
no  lo  contrario,  esto  es  aborrecerle  ú  odiarle;  y  viceversa 
si  se  ofrece  una  especie  de  mal,  puede  no  aborrecerle, 
pero  no  quererle,  esto  es,  unirse  con  él  y  amarle. 

De  muchas  maneras  se  demuestra  esa  libertad  y  poder 
de  la  voluntad.  Primero,  porque  antes  de  la  deliberación 
es  libre,  puesto  que  puede  dar  cuenta  ó  no  á  la  mente 
del  caso  en  cuestión,  y  dentro  de  la  deliberación  misma, 
puede  mandar  que  se  aplace  el  asunto  ó  que  se  suspenda 
totalmente  y  se  dirija  el  pensamiento  hacia  otro  objeto, 
del  mismo  modo  que  un  príncipe  puede  ordenar  á  su 
Consejo  delibere  respecto  de  un  asunto  cualquiera  ó  que 
se  suspenda  y  aun  quede  suprimida  toda  deliberación. 

Además,  después  de  adoptada  una  resolución,  puede 
la  voluntad  contenerse  y  dejar  de  apetecer  lo  que  dicta- 
minó por  bueno  la  consulta.  Esta  misma  corresponde  á 
la  voluntad,  porque  no  vamos,  á  modo  de  los  anima- 
les, arrastrados  por  un  impulso  fijo  é  inmutable  de  la 
naturaleza,  sino  averiguando  la  razón  adonde  hay  que 
dirigirse  y  de  donde  desviarse,  sopesando  lo  que  hay  de 
bueno  ó  de  malo  en  cada  cosa. 


CAP.   XI.  —  LA  VOLUNTAD  I  29 


igualmente  puede  la  voluntad  ordenar  una  nueva  de- 
liberación y  que  en  vez  de  conformarse  con  la  anterior 
se  investigue  lo  posible  hasta  hallar  algo  mejor  y  más 
conducente.  En  efecto:  siendo  tantos  los  objetos  que  se 
presentan  á  nosotros  para  elegir,  aun  cuando  la  razón 
demuestre  con  poderosos  motivos  que  uno  de  aquéllos 
es  el  bueno  y  aconseje  adoptarle,  si  se  ofrece  otro  que 
tenga  algún  aspecto  del  bien,  aun  sumamente  tenue, 
puede  la  voluntad  inclinarse  á  él  y  abrazarle  con  esa 
sola  pequeñísima  sospecha,  mientras  rechaza  al  otro  qu9 
posee  una  muy  excelente  forma  y  substancia  de  bien. 
Para  ello  tiene,  á  la  verdad,  un  gran  asidero  por  el  hecho 
de  que  todas  las  cosas  humanas  están  entremezcladas 
con  bienes  y  males,  no  sólo  de  parte  de  nosotros  mismos, 
que  constamos  de  elementos  tan  distintos,  sino  también 
por  las  múltiples  circunstancias  referentes  al  alma,  al 
cuerpo  y  al  exterior,  que  hemos  de  tener  en  cuenta. 

En  medio  de  tal  variedad  de  objetos,  ninguno  vendrá 
á  dehberación  en  que  la  facultad  de  la  razón  no  halle 
cosas  buenas  y  malas  que  aconsejar  ó  disuadir,  se- 
gún los  diversos  sitios,  épocas,  personas,  cualidad  res- 
pectiva y  demás  circunstancias.  También  sucede  á  me- 
nudo que  la  voluntad,  para  manifestar  su  soberanía, 
rechaza  y  desdeña  cuanto  se  le  presenta,  así  como  aquel 
príncipe  que,  no  queriendo  parecer  gobernado  por  otro 
poder  alguno,  desecha  todas  las  indicaciones  de  los  con- 
sejeros, resultando  aquello  que  dijo  el  poeta  en  su  Sá- 
tira (i): 

«Sic  voló,  sic  jubeo:  sit  pro  ratione  libido;» 

bien  que  esto  mismo  no  sucede  sino  bajo  alguna  forma 
de  bien,  pues  nada  puede  apetecer  ni  ejecutar  la  volun- 
tad sino  bajo  la  condición  de  haber  hallado  en  ello  algo 


(i)  Juvenal,  Sátiras^  6,  verso  223. 


I  3o  LIBRO  SEGUNDO 


de  bueno  la  razón;  y  aquélla  aprueba  este  juicio  para 
que  así  quede  á  todos  patente  su  poder  y  su  libertad;  co- 
sas a  que,  en  el  ejemplo  del  príncipe,  éste  da  más  impor- 
tancia que  á  los  consejos  útiles  que  oye  sobre  un  asunto. 
Asimismo,  algunos  jóvenes  alardean  de  ser  libres  no  obe- 
deciendo los  preceptos  de  nadie;  antes  bien  desdeñan 
con  impertinente  resistencia  cuanto  les  aconsejan  pru- 
dentemente sus  padres  ó  sus  maestros. 

Esto  en  cuanto  á  la  libertad  de  obrar  interiormente; 
respecto  de  Ja  externa,  no  es  menos  evidente,  porque,  aun 
después  de  aprobada  la  determinación,  puede  no  ejecu- 
tarse, V  hasta  cesar  de  actuar,  estando  ya  comenzada  la 
acción,  ó  no  realizarla  en  las  proporciones  ó  con  la 
presteza  debidas.  Nada  de  esto  ocurre  en  los  animales, 
cuya  facultad  natural  obra  siempre  con  la  extensión  y 
rapidez  que  permiten  las  fuerzas  que  se  les  concedieron: 
el  que  obren  algunas  veces  más  enérgica  y  velozmente 
que  otras  no  significa  que  atenúen  ó  aumenten  sus  es- 
fuerzos mediante  un  acto  voluntario,  sino  por  virtud  de 
estímulos  provinientes  unos  de  afuera,  por  circunstan- 
cias de  lugar  ó  tiempo,  otros  internos,  por  hábito  corpo- 
ral ó  afecto  anímico,  los  cuales  excitan  y  aguzan  sus 
energías,  aumentándolas  en  cantidad  y  vigor,  como 
sucede  al  fuego  cuando  se  le  echa  aceite,  se  sopla  sobre 
él  ó  se  coloca  debajo  madera  seca,  pues  se  hace  más  vivo 
una  vez  que  domina  la  resistencia  del  frío  ó  de  la  hu- 
medad; pero  siempre  arde  en  relación  con  las  fuerzas 
que  tiene  en  el  momento;  lo  mismo  que  hace  ó  padece 
la  bestia  que  va  movida  como  por  un  resorte  ó  impulso 
ciego. 

Hasta  se  da  igual  caso  entre  los  hombres,  cuando  uno 
ha  degenerado  hasta  descender  á  la  naturaleza  é  índole 
del  animal,  y  se  arrebata  á  ejecutar  actos  sin  delibera- 
ción alguna.  Y  en  cambio  hay  animales  naturalmente  dis- 
puestos para  fingir  y  disimular,  como  la  zorra,  el  gato 


CAP.  XI.  — LA  VOLUNTAD  l3l 

que  acecha  al  ratón;  precauciones  que  se  originan  del 
miedo  á  sufrir  ó  á  perder  algo.  En  efecto:  si  al  bruto 
que  se  lanza  sobre  su  presa  amenaza  algún  peligro,  el 
ímpetu  primitivo  se  contrarresta  con  otro  opuesto;  no  es 
que  haya  deliberación,  sino  un  obstáculo  al  primer  mo- 
vimiento, lo  mismo  que  un  dardo  disparado  se  detiene  y 
rechaza  por  el  adversario,  siendo,  por  último,  el  más 
fuerte  quien  arrolla  consigo  al  que  intenta  resistir. 

En  el  hombre,  cuando  luchan  obstinadamente  dos 
afectos  contrarios,  aunque  en  medio  de  aquel  ardor  se 
halle  cohibida  la  mente,  no  falta  del  todo  la  deliberación; 
y  el  que  resulta  vencedor  no  triunfa  sin  tener  alguna 
razón,  por  exigua  que  sea,  tal,  sin  embargo,  que  parezca 
en  el  momento  muy  valedera  para  el  afecto  vencido,  y 
muy  digna  de  que  uno  se  someta  á  ella.  Y  en  esto  con- 
siste la  ignorancia  del  pecador,  que  estima  ser  bueno  al 
presente  lo  que  apetece,  no  pensando  que  existe  otro 
mejor  en  el  mismo  momento,  y  siendo  incierto  el  bien 
futuro  que  espera  habrá  de  compensar  este  mal  de 
ahora. 

Un  gran  don  de  Dios  es  la  libertad  de  la  voluntad, 
por  la  cual  nos  hizo  hijos  suyos,  no  siervos,  y  puso  en 
nuestra  mano  «formarnos  como  quisiéramos  con  auxilio 
de  su  favor  y  gracia».  De  no  ser  así  no  habría  diferencia 
alguna,  en  cuanto  se  refiere  á  la  excelencia  de  la  virtud, 
entre  el  hombre  y  las  bestias,  si  obrase  en  nosotros  una 
potencia  natural  tan  necesaria  é  inevitable  como  en 
ellas.  Mueven,  sí,  nuestra  voluntad  los  mismos  resortes 
que  al  juicio  como  en  cierto  contacto,  de  igual  modo 
que  cuando  se  tira  del  primer  anillo  de  un  collar  se 
tira  también  del  segundo  y  de  los  siguientes  á  causa  del 
enlace  en  que  están.  Hay  asimismo  instigación  de  parte 
de  las  inteligencias  superiores,  de  los  ángeles  buenos  y 
malos,  de  Dios  principalmente,  único  que  puede  obli- 
garnos, como  de  quien  hemos  recibido  no  solamente  la 


ID2  LIBRO  SEGUNDO 


libertad,  sino  el  ser  mismo.  La  voluntad,  cuando  va  im- 
pulsada por  una  fuerza  y  poder  mayores,  se  eleva  sobre 
su  facultad  por  cima  de  su  naturaleza,  cosa  tanto  más 
evidente,  tratándose  de  Dios,  y  realiza  obras  que  ella 
misma  admira  después  de  hechas,  aunque  si  se  detiene  á 
observar,  comprende  bien  que  ha  sido  conducida  por 
una  potencia  superior. 

No  falta  quien  afirme  estar  sometida  totalmente  la  vo- 
luntad del  hombre  al  cielo  y  á  los  astros,  por  los  cuales 
somos  completamente  impulsados  y  obligados,  cuanto 
más  guiados  por  sus  avisos  é  instigaciones:  tales  son  los 
astrólogos,  que  en  esta  cuestión  opinan  como  suelen  ha- 
cerlo los  que  se  consagran  en  absoluto  á  un  arte  cual- 
quiera, ó  que  de  él  obtienen  una  gran  reputación  ó 
provecho.  Pretenden  ellos  que  todas  cuantas  cosas  exis- 
ten en  el  mando  entero  vayan  á  parar  á  la  ciencia 
que  cultivan  y  se  encierren  en  los  límites  de  la  misma; 
pero  esto  lo  hacen,  no  tanto  por  excesivo  amor  á  ello 
como  por  el  suyo  propio;  creen  saber  y  poseer  aquello 
que  es,  no  sólo  lo  principal  de  todo  el  orbe,  sino  casi  lo 
único. 

En  realidad,  el  cielo,  como  cosa  inanimada,  no  puede 
mover  ó  impulsarnos  más  que  mediante  lo  que  es  seme- 
jante á  sí  mismo,  es  decir,  por  la  constitución  del  cuer- 
po; ahora  bien:  si  las  facultades  del  cielo  para  actuar  son 
naturales,  dentro  de  una  misma  facultad  y  causa  natural 
no  pueden  existir  efectos  contrarios;  y  como  vemos  que 
bajo  cualquier  astro  que  sea,  la  voluntad  del  hombre,  por 
más  que  sea  solicitada  por  esto  ó  aquello,  se  aplica  sin 
embargo  á  cuanto  le  place — cosa  que  pugna  con  la  acción 
natural,  la  cual  produce  por  necesidad  algún  deter- 
minado efecto,  y  nada  hay  más  ajeno  y  distante  de  la 
necesidad  que  la  libertad—,  resulta  que  si  en  Ios-cielos  y 
los  astros  reina  la  necesidad,  y  en  la  voluntad  humana 
la  libertad,  según  queda  demostrado,  aparece  patente 


CAP.   XI.  —  LA  VOLUNTAD  l33 

.^ I 

que  son  entre  sí  cosas  muy  diversas  y  contrarias  el  cielo 
y  la  voluntad  del  hombre. 

Hay  también  quienes  dudan,  ante  la  presciencia  y 
providencia  divinas,  de  que  pueda  coexistir  con  ellas 
nuestra  libertad:  ^es  posible  que  pueda  nuestra  voluntad 
libre  cambiar  lo  que  Dios  ha  previsto  como  venidero  y 
hacerle  que  se  engañe  ó  mienta? 

Pero  reparemos  que  esa  presciencia  divina  no  me 
priva  de  la  libertad  más  que  la  presencia  de  cualquiera 
que  me  esté  mirando  cuando  ejecuto  un  acto.  Tampoco 
su  providencia,  puesto  que  aquélla  es  la  inteligencia  di- 
vina que  conoce  todo  previamente,  ó  mejor  dicho,  «que 
sabe  lo  presente»,  porque  nada  hay  pasado  ni  futuro 
para  ella;  y  la  providencia  es  la  voluntad  que  gobierna 
todas  las  cosas  con  su  infinita  prudencia;  y  como  esa 
voluntad  divina  quiso  que  fuesen  libres  las  voluntades 
.de  los  ángeles  y  las  nuestras,  debemos  concluir  que  lo 
que  hacemos  libremente  lo  hacemos  por  ella,  esto  es, 
por  su  mandato  y  bondad. 

Pudiera  Dios  engañarse  ó  mentir  si  para  él  hubiese 
algo  venidero  ó  algo  pasado,  como  sucede  en  nosotros; 
pero  siéndole  presente  toda  la  eternidad,  nadie  pone  en 
cuestión  su  verdad  y  sabiduría. 

Hay  en  la  voluntad  dos  actos:  la  aprobación  y  la  re- 
probación, de  los  cuales  salen  las  acciones  exteriores. 
La  aprobación,  que  se  aplica  al  bien,  produce  la  ejecu- 
ción para  alcanzarle;  la  reprobación,  para  el  mal,  pro- 
duce el  resurgimiento  para  dominarle  ó  el  retraimiento 
y  la  huida  para  evitarle. 

Muchos  aprueban  mediante  juicio  y  voluntad,  sí,  pero 
lánguida  é  inerte,  que  no  trasciende  fuera,  y  de  ellos  dijo 
Salomón:  «el  perezoso  quiere  y  no  quiere.»  Aquí  se  da 
otro  acto  de  voluntad  que  impide  realizarse  el  primero; 
ó  sea,  la  dificultad  de  ejecución,  que  juzga  un  mal  la  vo- 
luntad, y  la  opone  al  bien  que  á  ella  misma  había  agrá- 


l34  LIBRO  SEGUNDO 


dado.  Y  es  para  muchos  un  motivo  de  admiración  pen- 
sar por  qué  nuestra  voluntad  se  enardece  y  estimula  por 
lo  prohibido  más  que  hacia  las  cosas  lícitas  y  permitidas. 
¿Es  que,  en  la  generalidad,  por  el  hecho  de  no  prohibirse 
las  cosas  vulgares  y  comunes,  y  sí  las  raras  y  preciosas, 
surge  la  sospecha,  en  cuanto  una  cosa  se  prohibe,  de  que 
es  muy  apetecible,  y  con  ello  se  excita  el  deseo? 

Otros  se  dejan  llevar  por  la  curiosidad  de  saber,  y  no 
dudan  de  que  es  cosa  digna  de  conocerse  cuando  se  difi- 
culta su  noticia:  ¿será  entonces  que  para  aquellos  que 
saben  lo  que  es  y  cómo  es  la  cosa  prohibida  se  presenta 
el  deseo  libre  con  menos  intensidad,  como  sucede  al 
viento  esparcido  por  la  llanura,  que  si  se  halla  apretado 
en  angosturas  hácese  potente,  coge  fuerzas  é  ímpetu; 
sucediendo  esto  mismo  en  la  voluntad,  que  si  está  suelta 
asienta,  y  si  forzada,  se  vuelve  vehemente  y  violenta? 

Las  cosas  que  son  en  nosotros  naturales  no  atienden  á 
la  voluntad;  por  ejemplo,  el  sentirse  bien  ó  mal  de  salud; 
en  otras  muchas,  aunque  también  recibimos  de  la  natu- 
raleza su  facultad  respectiva,  nacen  los  actos  de  la  vo- 
luntad; así  el  poder  oír,  hablar,  el  comer,  son  dones  de 
la  Naturaleza;  pero  el  oír  ó  no  oír,  hablar  ó  dejar  de 
hablar,  comer  ó  no  comer,  son  actos  relativos  á  la 
libertad. 

Si  la  voluntad  es  la  soberana  de  los  actos  humanos,  en 
su  potestad  está  el  obrar  bien  ó  mal,  la  virtud  y  el  vicio,, 
la  alabanza  y  el  vituperio,  el  premio  y  el  castigo. 


CAPÍTULO  XIÍ 


DEL  ALMA  EN  GENERAL 


Explicados  ya  del  mejor  modo  posible  los  actos  del 
alma  humana,  réstanos  averiguar  cuál  es  su  esencia,  cosa 
que  en  el  fondo  ignoramos;  mas  como  formada  por  Dios 
para  unirse  con  Él  en  la  felicidad  eterna,  no  es  posible 
definirla  mejor  que  afirmando  ser  de  la  substancia  misma 
divina,  tan  capaz  de  participar  de  la  divinidad  y  de  unirse 
con  ella,  que  su  conocimiento  engendre  el  amor;  y  unién- 
dose de  tal  suerte  que  alcance  la  suma  beatitud  perpe- 
tuamente. 

Podemos,  pues,  decir  que  «alma  humana  es  el  espí- 
ritu por  el  cual  vive  el  cuerpo  á  que  está  unido,  apto 
para  conocer  y  amar  á  Dios,  y  unirse  por  lo  mismo  á  él 
para  la  bienaventuranza  eterna».  En  efecto:  así  como 
nuestra  alma  desciende  de  lo  más  elevado  hasta  lo  ínfimo 
que  es  el  cuerpo,  en  virtud  del  amor  á  ella  de  Dios,  su 
autor — quien  por  ese  descenso  quiso  comunicarle  su  feli- 
cidad, y  á  todas  las  cosas  con  que  se  conexiona — ,  tam- 
bién ella  á  su  vez  se  levanta  y  retorna  á  su  origen  me- 
diante el  conocimiento  y  amor  divinos.  De  tal  modo 
viene  de  lo  más  alto  á  lo  más  bajo;  elévase  luego  de  esto 
á  aquello,  proceso  que  se  manifiesta  igualmente  en  la 
vida  entera,  pues  el  hombre  vive  al  principio  como  una 
planta,  después  como  el  animal,  luego  ya  con  vida  hu- 
mana; cuando  llega  á  depurarse  y  se  levanta  sobre  las 


I  36  LIBRO  SEGUNDO 


cosas  terrenales,  se  convierte  en  ángel,  y,  por  último, 
unido  á  Dios,  hácese  también  un  dios  en  cierto  modo. 
Es  así  nuestra  progresión  ascendente  de  la  materia  á  los 
sentidos,  de  los  sentidos  á  la  imaginación  y  á  la  fantasía, 
de  ésta  á  la  razón,  á  la  reflexión,  y  últimamente  al  amor. 
La  descendente  se  verifica  del  todo  al  contrario;  y  lo 
mismo  se  pervierte  el  alma  cuando  cede  el  juicio  ante  las 
pasiones,  ó  la  razón  se  somete  á  la  fantasía,  que  le  sucede 
al  cuerpo  si  intentara  andar  con  los  pies  extendidos  á  lo 
alto  y  la  cabeza  en  el  suelo. 

El  alma  es  una  sola  en  cada  hombre,  aunque  dentro 
de  su  esencia  están  sus  diversas  funciones  públicas  ó 
privadas,  como  son  para  el  hombre  las  artes  ó  las  cien- 
cias. Si  se  ocupa  de  lleno  en  alguna  obra,  diíícilm.ente 
puede  emprender  otra;  así  cuando  se  halla  pesarosa,  no 
es  capaz  de  reflexionar;  cuando  piensa  ó  medita  intensa- 
mente algo,  cesa  de  ver;  y  si  pone  gran  esfuerzo  en 
entender,  averiguar  ó  admirar  una  cosa^  no  juzga,  como 
sucede  ante  un  objeto  nuevo;  pero  cuando  se  pasa  esa 
admiración  ó  investigación,  aparece  de  nuevo  el  juicio, 
según  vemos  ocurre  al  desaparecer  la  novedad. 

Por  lo  mismo,  las  obras  de  los  ingenios  de  la  antigüe- 
dad que  resistieron  el  tiempo,  esto  es,  el  juicio  y  críticas 
de  muchas  gentes,  se  prefieren  con  razón  á  las  moder- 
nas, en  las  cuales  estorba  al  juicio  la  novedad.  Igualmente 
son  de  admirar  aquellos  que  pudieron  dedicarse  al  mis- 
mo tiempo  á  muchas  cosas  mentales,  como  el  dictador  Cé- 
sar, y  los  capaces  de  llevar  su  atención  desde  los  objetos 
exteriores  á  los  pensamientos  más  íntimos,  como  cuenta 
Séneca  que  solía  él  mismo  hacer  en  el  baño  y  en  el 
teatro  ocupándose  en  asuntes  de  interés  público,  y  refiere 
también  de  Plotino  Porfirio.  Así  pasa  en  los  dolientes  ó 
enfermos;  cuando  el  alma  consigue  apartar  su  atención 
de  las  molestias  del  momento,  las  siente  menos.  Todo 
ejercicio  vehemente  y  sostenido  del  alma  debilita  los 


CAP.    XII.  —  DEL  ALMA  EN  GENERAL  1  37 


Órganos,  cosa  que  también  sucede  á  todos  los  demás 
artífices;  por  eso  observamos  que  se  cansa  la  vista  cuando 
mira  con  mucha  fijeza,  y  el  oído  cuando  escucha  inten- 
samente. Sucede  esto  con  más  razón  cuando  la  materia 
en  que  se  opera  es  dura  é  impenetrable,  como  al  escribir 
en  un  papel  áspero  se  embota  la  pluma,  y  el  cuchillo  al 
cortar  un  nudo  en  la  madera;  por  eso  un  objeto  sensible 
inadecuado  estropea  el  sentido,  según  los  peripatéticos, 
como  difícil  y  excediendo  de  la  fuerza  del  órgano;  y  lo 
mismo  sucede  en  los  actos  de  inteligencia  que  se  fatigan 
y  embotan  con  objetos  arduos,  como  los  ojos  mirando 
al  resplandor. 

Como  nuestra  alma  es  acción  no  puede  cesar  en  ella 
enteramente,  á  no  ser  por  oponerse  con  gran  esfuerzo 
una  facultad,  esto  es,  por  algún  obstáculo  que  se  opone 
de  parte  de  los  órganos,  v.  gr.,  la  masa  que  abruma  el 
útero,  el  mareo  en  la  embriaguez,  los  vapores  contrarios 
en  la  estupefacción,  impedimentos  todos  que  como  algún 
otro  análogo  son  de  índole  violenta  y  opuestos  á  la  natu- 
raleza del  espíritu,  que  al  cesar  la  resistencia  de  la  facul- 
tad vuelve  en  seguida  á  su  actividad.  Para  ello  ningún 
auxilio  exterior  necesita,  sino  únicamente  para  quitar  el 
obstáculo;  una  vez  desaparecido  éste,  en  manera  alguna 
puede  el  alma  pararse,  es  preciso  que  piense  en  cualquier 
objeto  y  trabaje  con  él.  Si  alguien  se  empeña  en  que  cese, 
como  son  todos  los  que  no  quieren  pensar  en  nada  abso- 
lutamente, es  lo  mismo  que  si  intentase  impedir  arder  al 
fuego  que  ha  prendido  en  material  combustible;  de  lo 
cual  resultará  una  de  estas  dos  cosas:  ó  apagarle  ó  que 
su  fuerza  arrolle  el  obstáculo  todavía  con  pujanza  más 
violenta.  Sucederá  que,  ó  bien  se  destruyala  vida  en  tan 
extremada  lucha,  ó  en  vez  de  reprimir  un  pensamiento 
sólo,  se  originará  un  gran  tumulto  de  pensamientos  y  de 
visiones,  en  una  palabra,  la  verdadera  locura. 


CAPITULO  XIII 


DEL    SUENO 


Después  de  la  acción  tratemos  del  descanso,  esto  es, 
del  sueño,  que  es  un  reposo  y  cese,  no  ciertamente  de 
toda  el  alma,  sino  tan  sólo  de  los  sentidos.  Ese  es  propio 
de  los  animales,  pues  reparemos  que  todos  ellos,  unas 
veces  se  sirven  de  sus  sentidos  y  otras  cesan  éstos  en  ab- 
soluto de  funcionar,  como  en  fiesta  ó  vacación;  este  es- 
tado se  llama  sueño,  y  el  anterior,  vigilia. 

Concedió  el  sueño  la  naturaleza  porque  la  acción  finita 
de  los  sentidos  necesita  algún  reposo;  por  ser  preciso  el 
sueño  á  todos  los  animales  le  tienen,  como  benévola, 
mente  dispone  la  naturaleza  para  las  cosas  precisas;  aun- 
que en  unos  este  descanso  es  más  breve,  y  de  mayor  du- 
ración en  otros. 

Proviene  el  sueño  de  la  evaporación  del  alimento,  por 
escaparse  los  efluvios  que  rodean  los  nervios  hasta  impe- 
dir la  función  de  los  sentidos,  que  durante  la  vigilia  están 
en  libertad,  y  como  atados  en  el  sueño.  Aquel  vapor 
sube  al  cerebro,  donde  adquiere  materia  húmeda  y  fría, 
y  con  ella  se  humedece  y  condensa  más;  luego  se  difunde 
por  todo  el  cuerpo  á  manera  de  nube.  Dormido  el  ani- 
mal se  desploma,  incapaz  de  sostenerse,  pues  acometidos 
de  sopor  sus  nervios,  cuyo  origen  está  en  el  cerebro, 
dejan  de  realizar  sus  funciones  los  sentidos  y  miembros  * 
todos.  Ya  en  estado  de  pesadez  el  cerebro,  se  verifica  un 


CAP.  XIII. — DEL  SUEÑO  l3g 

m  I 1 

rápido  cambio  en  el  ser  durmiente;  invade  el  sueño  prin- 
cipalmente la  parte  anterior  de  la  cabeza,  que  es  la  más 
húmeda,  y  por  eso  aparece  con  preferencia  en  los  ojos, 
que  tienen  cerrados  durante  el  sueño  todos  los  animales, 
excepto  la  liebre  y  algunos  hombres;  en  aquélla  se  atri- 
buye al  miedo  el  no  cerrarlos  al  dormitar,  y  se  quedan 
rígidos  cuando  ya  duerme.  Después  aquella  humedad 
oprime  los  músculos  de  las  mejillas,  y  para  desecharla  se 
verifica  el  bostezo. 

También  agobia  y  oprime  el  sueño  el  sentido  común, 
situado  en  la  región  anterior  de  la  cabeza.  No  es,  por 
tanto,  el  sueño  un  estado  de  estupefacción  del  animal, 
como  pasa  en  el  desfallecimiento  del  espíritu,  ó  en  una 
enfermedad,  sino  el  descanso  de  los  sentidos  externos, 
por  evaporación  del  alimento  que  cuece  en  el  estómago, 
hallándose  el  cerebro  como  amarrado  é  impedido.  En  el 
sueño  reposan  tranquilamente  los  órganos;  pero  en  la 
estupefacción  ó  desmayo  una  violenta  opresión  invade  la 
mente  y  el  alma  entera. 

El  cuerpo  se  restaura  con  el  sueño,  como  la  planta  con 
el  saludable  riego;  porque  en  la  vigilia  se  agotan  los  eflu- 
vios trabajando,  y  durante  el  sueño  son  llamados  aden- 
tro y  se  refrigeran;  alh'  se  verifica  su  concentración,  y 
así  se  reparan  de  nuevo  para  la  labor  de  la  vigilia.  Por 
eso  el  que  duerme  siente  más  frío  exterior,  y  en  las  ex- 
tremidades del  cuerpo,  que  estando  en  la  vigilia;  además, 
las  cosas  creadas  y  frías  son  soñolientas;  las  primeras  de 
suyo,  las  últimas  por  su  crasitud  y  densidad. 

El  descanso,  la  soledad  y  el  silencio  invitan  al  sueño, 
porque  entonces  reposa  la  bilis  y  se  refrescan  los  humo- 
res; durante  el  sueño  es  más  favorable  la  digestión  á 
causa  de  recogerse  el  calor  adentro,  como  sucede  en  in- 
vierno, y  porque  mientras  se  descansa  cumple  mejor  que 
estando  despierta  sus  funciones  la  facultad  vegetativa 
del  alma.  El  que  no  duerme  es  solicitado  por  la  acción 


140  ■  LIBRO  SEGUNDO 


de  los  sentidos,  y  se  fatiga;  así  es  que  entre  las  facultades 
del  alma  obtiene  preferencia  la  nutritiva. 

Plinio  llamó  con  acierto  al  sueño:  «Retirada  del  alma 
al  centro  de  sí  misma»;  va  el  sueño  penetrando  por 
causa  del  cansancio,  pues  los  nervios  fatigados  ceden 
en  seguida  á  la  humedad  del  sopor,  y  también  porque  hay 
más  frío  cuando  se  debilita  v  consume  el  calor  con  los 
ejercicios,  cosa  que  puede  igualmente  aplicarse  al  can- 
sancio del  alma,  como  en  los  estudios,  en  la  tristeza, 
después  de  pasar  miedo;  lo  cual  sucede  por  el  trabajo  y 
flojedad  consiguiente  del  cuerpo  á  consecuencia  de  los 
estados  mencionados  del  espíritu.  Si  el  cuerpo  está  seco 
y  ardoroso  no  se  duerme  tan  fácilmente,  como  pasa  en 
las  enfermedades;  así  es  que  los  niños  necesitan  dormir 
mucho,  y  los  viejos  no  tanto,  aunque  están  llenos  de  hu- 
medad fría,  por  faltarles  calor  que  haga  hervir  á  ésta  me- 
diante la  evaporación  é  irrigación. 

Por  eso  son  soñolientos  los  biliosos  cuando  tienen 
humedad  abundante,  esto  es,  si  hay  mucha  evaporación 
por  el  exceso  de  humedad,  la  cual  tiene  debajo  un  fuego 
más  fuerte;  ni  hay  cosa  que  haga  temperamentos  biliosos 
como  el  sueño,  según  cuentan  de  Alejandro  de  Mace- 
donia. 

La  índole  de  las  cualidades  del  cuerpo  tienen  las  de 
lugar  y  tiempo:  así,  en  época  de  lluvia  suele  ser  más 
largo  el  sueño;  lo  mismo  en  las  comarcas  húmedas,  y 
también  cuando  participamos  de  un  banquete  abun- 
dante. 

La  cesación  del  sueño  puede  ocurrir  por  causa  inte- 
rior nuestra  ó  proceder  de  fuera.  Despertamos  espontá- 
neamente cuando  se  suelta  el  vapor  como  una  atadura; 
igualmente,  si  se  nos  pincha  ó  nos  excita  un  dolor  corpo- 
ral,  las  molestias  de  cualquier  enfermedad  ó  agitación 
del  alma,  como  el  miedo  ó  el  deseo;  pero  quitan  antes  el 
sueño  los  afectos  ardientes,  como  la  ira,  el  amor  y  el 


CAP.  XIII.  —  DEL  SUEÑO  I4I 


deseo  que  los  fríos,  como  son  el  miedo  y  la  tristeza,  pues 
á  m.enudo  nos  dormimos  rendidos  por  la  acción  de  uno 
de  estos  dos  últimos  afectos;  y  á  esto  se  refiere  aquel  pa- 
saje del  Evangelio:  «Habiendo  llegado  adonde  estaban 
sus  discípulos,  los  halló  dormidos  de  tristeza.»  Por  su 
parte,  el  miedo  también  ejerce  coacción  con  el  sueño,  le 
ataca  é  interrumpe  con  preocupaciones  y  cuidados. 
Afuera  ocurren  igualmente  movimientos,  ruidos,  punza- 
duras, pellizcos,  heridas;  todo  ello  enrarece  la  densidad 
de  las  humedades;  pero  mientras  no  se  desvanezca  hasta 
cierto  límite  la  evaporación  no  cesa  el  dormitar^  esto  es, 
la  lucha  del  sueño  con  las  funciones  de  los  sentidos;  no 
desaparece  del  todo  aquella  humedad  que  sube  desde  el 
estómago  á  la  cabeza;  aunque  esa  densidad  es  la  que  hasta 
cierto  punto  constituye  el  sueño,  y  su  atenuación,  la  vi- 
gilia, ó  sea  la  liberación  de  los  sentidos;  alternativa  que 
varía  con  la  cualidad  y  constitución  de  los  cuerpos,  según 
que  necesita  cada  uno  cosas  distintas. 

Asimismo  puede  intervenir  la  voluntad  impidiendo  en 
algún  modo,  con  su  resistencia,  que  nos  invada  el  sueño. 
Se  ha  concedido  éste  al  animal  en  razón  de  la  vigilia 
para  que  después  vele  diligentemente  y  cumpla  con  más 
prontitud  y  cuidado  las  funciones  de  la  vida.  Alguien 
dijo  que  la  vida  es  vigilia,  mientras  que  el  sueño  una 
especie  de  imagen  de  la  muerte,  como  estado  interme- 
dio entre  una  y  otra;  de  suerte  que  quien  duerme  no 
puede  decirse  que  está  muerto,  ni  aparenta  vivir.  Por 
eso  Nuestro  Señor  y  su  Apóstol  San  Pablo  llaman  «dur- 
mientes» á  los  que  llaman  muertos  los  demás;  pues 
algún  día  han  de  despertar  y  volver  á  la  vida. 


CAPITULO  XIV 


DE     LOS     ENSUEÑOS 


Dormido  el  cuerpo,  no  por  eso  está  en  sopor  el  alma, 
todas  cuyas  facultades  internas  siguen  realizando  sus  fun- 
ciones, á  lo  cual  llamamos  ensueño,  ó  sea  aquel  acto  in- 
terior d^l  alma  que  se  verifica  estando  el  cuerpo  en  estado 
de  sueño.  No  está  conforme  Aristóteles  con  que  se  llame 
ensueño  á  todo  aquello  que  se  representa  al  espíritu  du- 
rante el  descanso;  prefiere  el  nombre  de  fantasmas;  pero 
es  esa  una  cuestión  de  palabras  que  no  debe  preocupar 
al  investigador  de  las  cosas  naturales.  Mucho  más  obvio 
y  expedito  es  referir  esas  representaciones  al  orden  de 
los  ensueños. 

Sueñan,  en  efecto,  cuantos  seres  tienen  sentido  interno 
que  pueda  ver  mientras  se  duerme  las  imágenes  de  las 
cosas  que  se  han  ofrecido  á  los  sentidos  durante  la  vigi- 
lia; así  es  que  sueñan  casi  todos  los  animales,  puesto  que 
la  fantasía  no  cesa  de  obrar.  En  el  hombre  no  duerme 
la  inteligencia,  mucho  menos  que  el  alma  ea  los  brutos; 
antes  bien,  recogida  en  el  período  de  sueño,  inquiere, 
investiga,  indica  una  porción  de  objetos,  halla  solución  á 
cuestiones  que  durante  la  vigilia  no  encontraba;  á  veces 
da  el  descanse  por  la  noche  facundia  á  muchos  que  de 
día  carecen  de  ella. 

Mas  como  la  fantasía  se  halla  entonces  emancipada  de 
la  censura  de  la   razón,   saca  cosas  de  la  memoria  sin 


CAP.  XIV. — DE  LOS  ENSUEÑOS  1^3 

. . 1 . 

medida  ni  orden,  por  lo  cual  vemos  en  sueños  tantos  ab- 
surdos, necedades  é  incoherencias,  como  sucede  en  una 
enfermedad  que  ataque  á  la  cabeza.  Claramente  mani- 
fiestan los  ensueños  que  tenemos  dentro  algo,  distinto 
del  alma  vegetativa  y  de  los  órganos  del  cuerpo,  que 
percibe  y  conoce  los  objetos  ausentes,  que  en  cierto  modo 
ve  y  oye.  Nacen  esas  visiones  de  las  emanaciones  que 
al  cerebro  suben  del  corazón  como  desde  una  fuente  y 
cuya  cualidad,  lo  mismo  que  la  de  los  vapores  que  de  ellos 
surgen,  acusan  muy  frecuentemente  los  ensueños,  en 
particular  aquellos  que  en  ese  proceso  se  presentan  á  la 
emanación  ascendente,  en  la  garganta,  en  el  pecho  ó  en 
otro  sitio  análogo;  y  cuando  invaden  esos  hábitos  du- 
rante el  sueño  el  sentido  común,  no  puede  éste  juzgar 
rectamente  de  los  objetos  sensibles  ni  de  los  actos  de  los 
sentidos:  por  lo  cual,  si  hay  algo  de  pituita  húmeda  en  la 
garganta,  soñamos  cosas  de  agua;  si  de  sangre,  sangrien- 
tas; si  de  biüs  negra,  tristes;  si  de  amarilla,  riñas  y  con- 
tiendas. Así  es  que  los  médicos  diagnostican  con  preci- 
sión la  existencia  de  esos  distintos  líquidos  por  los  sue- 
ños de  los  enfermos;  y  á  veces,  cuando  se  presentan  con 
alternativa  líquidos  contrarios,  nos  parece  haber  visto 
cosas  contrarias  en  un  mismo  sueño. 

Con  igual  inexactitud  juzga  el  sentido  común  acerca 
de  las  funciones  de  los  sentidos  corporales;  por  ejemplo: 
cuando  oímos  un  pequeño  ruido,  nos  figuramos  que  son 
grandes  estrépitos;  al  sentir  calor,  que  estamos  ardiendo; 
si  ha  quedado  alguna  humedad  en  la  garganta  ó  en  la 
tráquea,  nos  parece  que  nadamos  y  hasta  nos  sumer- 
gimos en  un  río  profundo;  no  de  otro  modo  aparecen 
agrandados  los  objetos  vistos  á  través  de  niebla  ó  de  un 
cristal  espeso.  Como  el  cuerpo  sigue  el  movimiento  del 
corazón,  cuando  á  éste  le  empuja  hacia  arriba  algún  va- 
por, soñamos  que  subimos,  ya  por  escaleras,  ya  por  una 
cuesta  escarpada  y  penosa;  y  si  aquél  se  desvanece  y  el 


144  LIBRO  SEGUNDO 


corazón  se  sosiega  poco  á  poco,  creemos  bajar;  y  si  de 
pronto  se  desvanece  y  vuelve  á  su  sitio  el  corazón  con 
rápido  movimiento,  se  nos  antoja  que  caemos  por  un 
precipicio,  y  agarramos  convulsivamente  las  almohadas 
y  ropas  de  la  cama.  En  cambio  si  está  el  corazón  lleno 
de  humedad  excesiva  y  densa,  experimentamos  angustia 
y  creemos  soportar  un  enorme  peso  sobre  el  pecho;  na- 
cen á  veces  de  estos  sueños  graves  perjuicios  para  la  sa- 
lud, y  en  ocasiones  hasta  la  muerte;  otras,  halla  dificul- 
tad en  resolverse  ó  cambiar  de  sitio  aquella  humedad; 
entonces  nos  parece  que  queremos  correr  ó  subir,  pero 
nos  lo  impide  deteniéndonos  una  gran  fuerza  contraria. 

A  menudo  soñamos  lo  que  hemos  hecho  ó  presenciado 
durante  el  dia;  y  esto  sucede,  ó  porque  está  fresca  y  libre 
la  fantasía  sin  haberse  distraído  con  otras  imágenes, 
como  pasa  á  los  niños,  ó  porque  nos  dormimos  ocupados 
en  un  pensamiento,  el  cual  se  presenta  inmediatamente 
al  espíritu,  que  le  absorbe,  y  eso  mismo  ocurre  en  las 
visiones  impresas  por  una  fuerza  superior  que  obra  en 
nosotros,  como  son  los  pensamientos  fijos  y  constantes, 
una  pasión  enérgica  y  sostenida:  el  miedo,  el  amor,  el 
deseo,  la  ira  ó  la  envidia.  Es  la  fantasía  que  se  apodera 
moralmente  del  sentido  común  y  de  la  atención  obligán- 
dole á  fijarse  solo  en  el  objeto  que  ofrece,  como  se  ve  en 
los  amantes  y  en  todos  aquellos  que  están  dominados 
por  una  fuerte  perturbación  del  alma. 

Unos  tienen  ensueños  fragmentarios  y  descompuestos, 
mientras  los  tienen  otros  plácidos  y  completos;  quiénes 
temibles,  quiénes  agradables.  Ocurren  imágenes  claras  y 
como  verdaderas,  cuando  está  la  sangre  depurada  de 
humedades  impuras,  cual  sucede  al  amanecer  ya  termi- 
nada la  cocción  durante  la  noche;  por  lo  cual  los  filóso- 
fos antiguos  creían  ser  más  verdadero  lo  que  se  nos 
aparece  entonces.  Podrá  ser  más  completo  y  mejor  com- 
puesto y  detallado,  pero  no  más  verdadero,  por  lo  misma 


CAP.  XIV.  —  DE   LOS  ENSUEÑOS  I45 

que  una  fábula  puede  ser  más  bella  y  mejor  arreglada 
que  otra,  sin  ser  verdad  ninguna  de  ellas. 

Si  los  vapores  son  más  tenues  y  templados,  va  el  curso 
del  sueño  con  mayor  integridad  y  continuación,  por  co- 
rrer la  fantasía  más  tranquilamente  como  reposado  arro- 
yo; pero  si  llevan  excesivo  ardor,  se  arrebata  la  fantasía  y 
corre  con  exagerada  rapidez  tras  de  los  fantasmas  á  modo 
de  rueda  velocísima.  Proviene  entonces  una  gran  mezcla 
y  confusión  de  tiempos  y  lugares;  de  Roma  con  París,  de 
César  con  Pompeyo;  hacemos  de  una  misma  persona  rey 
y  esclavo;  juntamos  y  separamos  las  cosas  más  absurdas, 
increíbles  y  de  toda  imposibilidad;  los  sueños  así  pertur- 
bados nos  acarrean  grave  molestia,  pues  tal  confusión 
repugna,  no  sólo  á  la  inteligencia  y  al  pensamiento,  sino 
aun  á  la  fantasía  misma;  por  eso  no  queremos  dormir 
de  nuevo  para  no  reincidir  en  aquellas  visiones;  y  tal 
suele  suceder  tanto  en  una  enfermedad  ó  dolor  corporal, 
como  durante  una  gran  excitación  del  espíritu;  en  una 
palabra,  siempre  que  el  cerebro  se  halla  en  mala  dis- 
posición. 

A  veces  vuelve  el  sueño  sobre  sí  mismo,  y  creemos 
que  soñamos,  ó  se  nos  figura  que  no  soñamos:  eso  acon- 
tece generalmente  en  los  que  están  muy  alegres,  y  temen 
que  sea  aquello  una  vana  apariencia,  ó  por  lo  contrario 
en  los  muy  tristes,  que  prefieren  sea  falso  lo  que  sueñan. 
Como  siguen  las  visiones  en  el  ensueño  aquello  que 
fantaseamos  durante  la  vigilia,  ocurre  también  lo  contra- 
rio, como  en  los  niños,  los  enfermos  y  los  de  ánimo  mal 
dispuesto:  asustados  por  las  imágenes  que  ven  en  sueños, 
creen  estarlas  viendo  después  de  despertar;  por  eso  gri- 
tan, huyen  y  tratan  de  ocultarse. 

El  adormecimiento  es  un  estado  intermedio  entre  el 
sueño  y  la  vigilia,  cuando  nos  parece  soñar  lo  que  en 
realidad  vemos  ú  oímos,  si  bien  débil  é  incompletamente, 
y  lo  mismo  en  ios  restantes  sentidos;  á  veces  creemos 

10 


146  LIBRO  SEGUNDO 


oír  alguien  que  nos  habla,  ó  ver  una  vela  encendida, 
percibir  los  pasos  de  uno  que  pasea  por  la  habitación, 
tocar  algún  objeto  áspero  ó  suave.  Tal  sucede  cuando  el 
sentido  común  no  es  por  entero  presa  del  sopor,  é  igual 
es  la  causa  de  roncar  estando  dormidos;  si  dicho  sentido 
se  despavila  un  poco,  percibe  algo  sensible,  mas  no  te- 
niendo libertad  completa,  juzga  de  ello  inexactamente  y 
toma  el  sonido  que  oye  como  si  fuese  de  trompetas  ó 
bocinas,  como  un  clamoreo  y,  finalmente,  por  furibundo 
estrépito. 

Muchas  veces  creemos  oír  que  nos  hablan,  pero  sin 
distinguir  ni  entender  bien  la  voz;  otras,  que  leemos  una 
carta  que  no  comprendemos  enteramente,  lo  cual  nos 
molesta  y  disgusta  por  no  hallar  resultado  á  nuestros 
esfuerzos. 

Esto  consiste  en  que  la  fantasía  no  toma  de  la  memo- 
ria nociones  bastante  fijas  y  expresivas,  ya  porque  no 
las  suministra  esta  facultad,  ó  por  prohibirlas  aquélla 
con  excesiva  lentitud  é  inexactamente.  También  ocurre, 
al  contrario,  que  pensamos  percibir  por  los  sentidos  ex- 
ternos objetos  presentes  á  la  reflexión  durante  el  sueño. 
De  las  visiones  nocturnas,  unas  se  imprimen  en  la  me- 
moria de  tal  modo  que  las  recordamos  fácilmente  al  des- 
pertar; otras  con  menos  relieve,  aunque  no  podemos  re- 
cordar algo  de  ellas,  y  las  hay,  por  último,  tan  exigua- 
mente grabadas,  que  se  extinguen  por  completo,  como 
sucede  en  los  enfermos  y  los  embriagados. 

Puede  también  ocurrir  tal  condensación  y  mezcla  de 
vapores  y  espíritus,  que  nada  soñemos,  por  hallarse 
encadenados  los  instrumentos  del  centro  animal  como 
durante  un  gran  ataque  de  embriaguez,  en  un  pár- 
vulo y  aun  recién  nacido  y  hasta  en  el  útero — cosa  que 
muchos  no  admiten — .  Ni  faltan  viajeros  que  cuentan, 
al  describir  lejanos  países,  que  algunas  gentes  no  tienen 
visiones  de  noche,  y  afirman  no  haber  soñado  nunca,  ni 


CAP.  XIV.  —  DE  LOS  ENSUEÑOS  I47 

creen  que  oíros  sueñan,  sino  que,  más  bien,  se  entretie- 
nen en  inventar  y  contar  sus  sueños,  como  una  fábula 
para  divertirse  ellos  y  al  auditorio;  y  esto  sucede  porque 
las  cosas  presentes  al  espíritu  durante  el  sueño  no  se  fijan 
en  la  memoria  hasta  el  punto  de  poderse  recordar 
cuando  despiertos,  por  una  de  dos  razones:  ó  la  dureza 
del  espíritu,  que  no  las  recibe,  ó  la  fluidez  del  medio, 
que  no  las  retiene;  así  ocurre  á  un  signo  que  no  queda 
impreso  en  la  roca  ni  en  el  agua. 

Cuestión  es  importante  y  antigua  la  significación  que 
pueda  darse  á  los  ensueños,  y  preocupa  especialmente  á 
las  personas  meticulosas  y  perplejas  respecto  del  porve- 
nir. í^Hay,  en  realidad,  algo  verdadero  en  ellos  que  re- 
vele lo  venidero.'^  ^Podemios  saber  de  antemano  lo  que 
ha  de  suceder  por  meras  conjeturas  de  aquello  que  vi- 
mos durmiendo? 

Mucho  se  ha  discutido,  desde  bien  atrás,  en  pro  y  en 
contra  de  una  cuestión  que  ni  es  difícil  en  extremo  ni  es 
obscura.  Puede  interpretarse  de  dos  modos:  son  los  ensue- 
ños ó  signos  ó  causas  de  las  cosas  presentes,  pasadas  y 
venideras,  como  se  dice  de  los  astros  á  los  cuales  se  pre- 
gunta el  destino. 

Pero  es  indudable  que  no  son  causas,  sino  más  bien 
signos  de  vapores  de  humedades,  según  ya  se  dijo,  como 
electos  de  sus  causas  y  no  de  otra  cosa  alguna,  y  esto, 
naturalmente,  puesto  que  todas  las  cosas  naturales  tienen 
su  término  establecido,  hacia  el  cual  tienden,  ya  recta, 
ya  oblicuamente.  No  se  ha  concedido  á  los  animales 
soñar  para  que,  por  este  medio,  se  nos  descubra  lo  que 
-está  oculto  y  es  abstruso,  sino  que  soñamos,  porque  la 
energía  anímica,  disponiendo  de  un  órgano  adecuado,  no 
puede  descansar,  aun  dormido  el  cuerpo.  A  veces  resul- 
tan verdad  los  ensueños,  si  bien  sólo  casualmente  y 
como  por  accidente,  no  en  virtud  de  una  cualidad  natu- 
ral suya;  así  suele  pasar  cuando,  aterrados  por  efecto  de 


148  LIBRO  SEGUNDO 


alguna  pasión  ó,  por  el  contrario,  halagados  por  una  es- 
peranza, soñamos  con  peligros  que  nos  amenazan  ó  con 
dichas  que  nos  aguardan.  Además,  cuando  abriga  el  alma 
un  propósito  vehemente  hacia  un  objeto  solo,  éste  es  el 
que  aparece  estando  dormidos.  Y  un  último  razona- 
miento, que  acertadamente  emplea  Aristóteles,  es  que, 
como  soñamos  todos  los  días  tantas  cosas  y  tan  varias, 
no  se  extrañará  que  alguna  vez  acertemos  lo  que  va  á 
suceder,  ó  que  sucedió  ya  sin  saberlo  nosotros;  así  como 
el  que  á  menudo  hace  disparos,  tiene  que  dar  en  el 
blanco  alguna  vez,  aunque  carezca  de  toda  pericia  para 
el  caso. 

A  veces  la  inteligencia  superior  infunde  sueños  con 
igual  arte  y  fuerza  con  que  ellos  interesan  á  la  fantasía; 
aquellos  que  proceden  de  lo  alto,  es  decir  de  los  santos 
espíritus,  llegan  á  nosotros  avisándonos  algún  beneficio 
público  ó  privado,  como  cuentan  las  Sagradas  Escritu- 
ras los  sueños  de  Faraón,  de  Nabucodonosor  y  de  José. 
Asimismo,  Néstor,  según  Homero  refiere,  ordenaba  que 
se  observase  y  estudiase  con  diligencia  el  sueño  de  Aga- 
menón, por  ser  caudillo  del  ejército  griego,  mientras 
que  no  creía  tan  necesario  hacer  lo  mismo  con  los  de  los 
otros  jefes. 

Infunde  sueños  el  demonio,  con  falaz  intención  acerca 
de  cosas  pecaminosas,  vanas  ó  superfluas,  y  es  señal  evi- 
dente de  que  procede  de  intento  dañino  al  presentarnos 
como  juguetes  de  esas  ilusiones  provocativas.  En  realidad, 
por  su  fin  puede  conocerse  de  dónde  viene  el  ensueño; 
por  más  que,  a  veces,  guiados  de  natural  impulso  y  ce- 
diendo ante  un  afecto  ó  convicción  temeraria,  le  juzga- 
mos ya  celestial,  ya  contrario  á  nuestros  deseos. 


CAPITULO  XV 


EL  HABITO 


De  las  facultades  nacen  los  actos:  por  eso  las  tiene  el 
alma,  por  don  de  la  Naturaleza,  para  todo  aquello  que 
hace.  Hay  actos  que  siguen  inmediatamente  la  índole 
de  la  potencia  respectiva,  como  hallándose  ya  ésta  ma- 
dura y  dueña  de  sí,  y  son,  en  tanto  naturales,  de  igual 
modo  que  las  facultades  mismas,  v.  gr.,  el  ver  y  el  oír, 
una  vez  que  estos  sentidos  están  ya  completos,  como  en 
el  niño  y  en  los  perrillos,  pasados  los  nueve  días  de  su 
nacimiento;  actos  que  no  necesitan  reflexión  ni  ejercicio 
para  salir  bien,  sino  que  tienen  plena  madurez  y  vigor, 
como   amaestrados  por  virtud  de  la  naturaleza  misma. 

Otros  actos  necesitan  práctica  y  ejercicio  para  produ- 
cirse pronto  y  bien,  de  donde  resulta  la  costumbre  de 
realizarlos,  en  la  cual  se  reúnen  facilidad  para  obrar  y 
propensión,  y  viene  del  vocablo  griego  s^i;,  que  corres- 
ponde al  «habitus»,  ó  sea  la  inclinación  á  realizar  actos 
semejantes  á  aquellos  de  los  cuales  se  formó.  Esta  cos- 
tumbre no  se  dice  sólo  de  los  actos,  sino  también  de  las 
pasiones,  que,  en  cierto  modo,  son  actos  en  las  faculta- 
des del  animal,  porque  como  ejercen  igualmente  su  acti- 
vidad padeciendo,  aplicamos  el  nombre  de  acto  á  ambas 
cosas. 

Sucede  á  veces  que  la  índole  del  acto  es  natural,  pero 
su  forma,  atributo  ó  circunstancia  son  propias  del  ejer- 


IDO  LIBRO  SEGUNDO 


cicio:  así  hemos  recibido  espontáneamente  de  la  natura- 
leza el  ver,  oír,  gustar,  oler  y  tocar  y,  sin  embargo,  per- 
tenece á  la  costumbre  la  facilidad  de  soportar  formas 
absurdas,  repugnantes,  y  causan  miedo,  ó  sonidos  estu- 
pendos y  horribles,  sabores  ácidos  y  amargos;  de  esa 
costumbre  nacen  la  aptitud  y  facilidad  en  el  artíñce  y  la 
correspondiente  adecuación  en  el  instrumento:  así  el 
pintor  ó  el  artesano  se  hacen  más  prontos  y  hábiles 
con  la  práctica;  el  órgano  mismo,  como  la  mano;  y 
hasta  á  veces  el  instrumento  externo,  adquiere  mayor 
aptitud,  á  no  deteriorarse  la  materia  con  su  resistencia, 
como  pasa  al  pincel,  al  hacha,  la  sierra  y  el  cepillo.  Lo 
propio  verifica  en  el  alma  el  hábito:  hácese  más  docto, 
y  los  espíritus  más  dispuestos  para  una  clase  de  ejer- 
cicios; aunque  también  á  veces  se  deterioran  con  el  uso 
inmoderado,  y  llegan  á  estropearse. 

La  costumbre  arrastra  hacia  sí  el  espíritu  al  cual  se 
adhirió,  v  forma  la  llamada  propensión.  Cuando  un  há- 
bito se  arraiga  por  el  uso  continuo  adquiere  casi  fuerza 
de  naturaleza,  invitándonos  á  obrar  de  igual  modo  sin 
dificultad  y  hasta  con  gusto;  las  cosas  familiares  se  nos 
hacen  agradables;  y  esta  costumbre  disminuye  la  sensa- 
ción de  molestia  y  trabajo,  no  sólo  en  cuanto  á  los  de  ín- 
dole activa,  sino  á  las  pasivas  también  y  á  las  que  son 
contrarias  en  nuestro  temperamento;  así,  la  enfermedad 
misma  y  el  dolor  son  más  benignos  por  la  familiaridad 
con  que  los  sufrimos.  De  gran  sabiduría  es  aquella 
máxima  de  que  debemos  elegir  el  mejor  método  de  vida, 
porque  «con  la  costumbre  se  hará  llevadero»,  y  según 
Platón  es  de  gran  importancia  «el  modo  como  se  ha  for- 
mado y  acostumbrado  cada  uno  desde  la  niñez». 

Se  ha  concedido  esta  raigambre  á  nuestra  alma  para 
bien  suyo,  como  todas  las  demás  cualidades,  á  fin  de  su- 
ministrarla mediante  el  uso  y  el  ejercicio  cuanto  debe- 
mos hacer  que  sea  recto  y  conveniente;  pues  si  la  con- 


CAP.   XV.  —  EL  HÁBITO  l5l 


tinuidad  y  el  tiempo  no  confirmasen  la  facultad  de  poder 
seguir  obrando  en  un  mismo  sentido  con  mayor  libertad 
y  expedición,  de  saber  hacerlo  con  más  aptitud  y  de  que- 
rerlo con  más  gusto,  en  vano  habríamos  realizado  todo 
aquel  trabajo  y  siempre  estaría  nuestro  espíritu  rudo 
para  emprender  acciones  insignes,  nada  haría  con  bri- 
llantez, puesto  que  no  habría  aprovechado  cosa  alguna 
con  el  tiempo.  Esto  por  lo  que  se  refiere  á  lo  que  hace- 
mos voluntariamente,  pues  en  cuanto  á  lo  que  sufrimos 
á  pesar  nuestro,  bien  miserable  sería  la  condición  de  la 
vida  humana  si  de  ningún  alivio  sirviese  la  costumbre, 
entre  tantas  cosas  ásperas  y  amargas. 

Así  como  el  hábito  crece  y  se  afianza  con  el  tiempo, 
con  el  mismo  disminuye  por  el  desuso,  por  venir  alguna 
violencia  grave,  ya  en  el  interior,  por  un  veneno,  ó  cual- 
quier enfermedad,  ya  exteriormente  por  una  llaga  ó  he- 
rida. Asimismo  cuéntase  de  algunos  que  perdieron  du- 
rante una  enfermedad  el  conocimiento  de  las  letras,  de 
otros,  por  el  golpe  de  una  piedra  ó  de  un  palo;  pero  en- 
tiendo que  eso  se  refiere  más  al  hábito  del  instrumento 
que  al  del  artífice;  pues  las  víctimas  de  aquellos  acciden- 
tes, pasada  la  convalecencia,  recobran  su  primitiva  apti- 
tud, lo  cual  no  sucedería  si  hubiesen  perdido  deí  todo 
las  huellas  impresas  por  la  costumbre. 


CAPITULO  XVÍ 


DE    LA    VEJEZ 


Suministra  al  alma  la  naturaleza,  cuando  se  reúne  al 
cuerpo,  materia  adecuada  en  forma  de  miembros;  y  ya 
dentro  de  él,  va  poco  á  poco  acomodando  á  ella  instru- 
mentos suficientes  para  llevarla  á  la  perfección,  hasta 
donde  la  admita  y  conserve  la  cualidad  y  constitución 
de  la  materia.  Esos  instrumentos,  una  vez  llegados  á  su 
apogeo,  se  deterioran  con  el  uso  y  vuelven  paulatina- 
mente al  estado  de  torpeza  de  la  masa  primitiva;  por 
último,  se  estropean  del  todo  y  perecen. 

La  adaptación  de  los  miembros  se  verifica  en  el  útero; 
la  de  las  emanaciones  v  humedades,  en  la  infancia.  Es 
la  juventud  como  cierto  estado  de  vigor  y  perfección  de 
los  órganos;  la  vejez,  su  decadencia,  y  la  destrucción  é 
inutilidad  de  los  mismos,  la  muerte,  producida  por 
camino  natural,  sin  violencia.  Con  razón  se  ha  com- 
parado la  edad  humana  al  día  y  al  año:  así,  la  infancia, 
es  el  período  de  la  mañana  y  la  primavera;  la  juventud, 
el  mediodía  y  el  verano;  la  vejez  la  tarde  y  el  otoño;  por 
último  la  muerte,  la  noche  v  el  invierno. 

Es  el  calor  el  adminículo  é  instrumento  principal  de 
la  vida,  que  adquiere  lentamente  fuerzas  y  robustez 
para  consumir  el  sobrante  de  humedad  que  sacó  del 
útero  el  niño;  de  él  es  un  indicio  el  sueño  casi  continuo 
propio  de  éste.  Reducida  luego  la  humedad  á  una  por- 


CAP.  XVI.  —  DE  LA  VEJEZ  l53 


ción  que  baste  el  calor  actual  para  alimentarla  y  sos- 
tenerla sin  que  se  agote,  crece  luego  aquel  calor,  ó  sea  la 
juventud  en  el  animal;  por  eso  los  animales  más  calien- 
tes, si  es  bastante  el  alimento  dado  al  calor,  prolongan 
más  su  juventud.  En  cambio  disminuye  el  calor  cuando 
se  va  secando  el  jugo  en  el  grado  conveniente:  así  en  los 
viejos,  aunque  abundan  por  las  partes  extremas  los  resi- 
duos de  humedad  que  producen  las  secreciones,  como 
lagañas  y  fluxión  de  ojos,  mucosidades  y  destilaciones, 
son  más  tardas  las  interiores,  v.  gr.,  los  nervios  y  medu- 
las. En  cuanto  á  la  pituita  que  sale  al  exterior  en  los 
viejos  es  por  haberse  debilitado  el  calor,  que  á  causa  de 
su  fatiga  no  es  capaz  de  cocer  aquellas  humedades. 

Por  tanto,  consiste  la  juventud  en  la  atemperación  de 
lo  cálido  y  lo  húmedo,  mientras  que  cuando  falta  uno 
de  estos  elementos  viene  la  vejez.  Los  enjutos  envejecen 
pronto;  después,  los  húmedos  y  fríos.  Son  rasgos  de  la 
vejez  la  calvicie,  la  canosidad,  las  arrugas.  Proviene  la 
primera  de  la  sequía,  cuando,  agotada  la  humedad,  pierde 
el  pelo  su  raíz,  lo  mismo  que  sucede  á  las  plantas  en  la 
arena;  por  eso  mismo  se  quedan  muy  pronto  calvos  los 
de  cabello  crespo.  Se  produce  la  calvicie  en  la  parte  an- 
terior de  la  cabeza,  por  ser  menos  espesa  y  sólida  que  la 
posterior,  según  afirma  en  los  Problemas  Afrodisio,  ó 
quienquiera  que  sea  el  autor  de  esa  obra. 

Es  causa  de  la  canosidad  la  pituita;  y  por  eso  empieza 
el  pelo  á  encanecer  en  las  sienes,  después  en  el  cogote  y 
pescuezo,  por  ser  estas  partes  más  húmedas  que  el  occi- 
pucio. Los  niños,  aunque  más  húmedos  que  los  jóvenes, 
no  encanecen,  porque  las  canas  se  producen  por  el  lí- 
quido frío,  no  por  el  que  efervesce  por  la  fuerza  del 
calor. 

Son  las  arrugas  señal  más  cierta  de  vejez  que  las  canas 
y  la  calvicie,  pues  se  producen  al  contraerse  la  piel  por 
secarse  aquella  humedad  saludable,  lo  cual  sucede  prin- 


l54  LIBRO  SEGUNDO 


cipalmenie  en  las  personas  cuya  constitución  ha  acumu- 
lado mucha  bilis,  ya  amarilla,  ya  negra;  aunque  es  más 
bien  la  última,  porque  aquélla,  pasado  tiempo,  viene  al 
tin  á  parar  en  negra,  de  igual  modo  que  se  inclina  á  ese 
lado  cada  edad  según  va  avanzando,  el  otoño  en  el  año 
y  la  tarde  en  el  día.  No  sólo  envejecen  pronto  los  que 
tienen  ese  temperamento  natural  — por  ser  muy  contra- 
rio á  la  juventud —  sino  asimismo  se  hacen  viejos  prema- 
turamente y  se  llenan  de  arrugas  los  que  caen  bajo  la 
tiranía  de  la  bilis  negra,  ya  por  enfermedad,  pación  de 
ánimo,  por  efectos  de  localidad  ó  ejercicio,  ya  por  pade- 
cer cuartanas,  ó  las  angustias  del  miedo,  odio,  envidia  y 
en  particular  de  la  tristeza;  los  que  habitan  sitios  oscuros, 
se  consagran  á  estudios  continuos  y  difíciles  ó  á  una 
meditación  intensa. 


CAPITULO  XVII 


DE    LA    LONGEVIDAD 


La  vida  es  «la  conservación  de  los  instrumentos  que 
usa  el  alma  en  el  cuerpo».  Es  el  principal  de  ellos  el 
calor,  y  después,  su  alimento  y  conservación  mediante 
la  humedad  congruente  con  él.  Así,  son  los  más  vivaces 
aquellos  seres  vivientes  que  pueden  conservar  por  más 
tiempo  estas  dos  cualidades. 

La  razón  y  causa  primera  de  la  longevidad  están  en 
la  constitución  de  cada  uno,  en  que  sea  cálida  y  húmeda 
en  los  nervios,  las  medulas,  los  líquidos  y  las  emanacio- 
nes. La  segunda  está  en  que  tal  combinación  se  man- 
tenga el  mayor  tiempo  posible.  A  ello  contribuyen  mu- 
cho los  alimentos,  el  lugar,  el  sistema  y  forma  de  actos 
y  ejercicios,  pues  aquellos  que  comen  cosas  muy  calien- 
tes hacen  enrarecerse  los  jugos  saludables  del  cuerpo  y 
evaporarse  el  calor  hasta  el  punto  de  que,  extenuado  el 
corazón,  pierda  toda  su  fuerza,  y  pronto,  por  consecuen- 
cia, la  vida  misma;  á  menos  que  sea  tan  abundante  el 
humor  flemático  que  se  asimile  aquel  régimen  de  vida. 
Asimismo  los  que  habitan  regiones  calurosas  no  conser- 
van fácilmente  ese  equilibrio  de  lo  cálido  y  lo  húmedo^ 
pues  se  evaporan  demasiado  los  efluvios  y  queda  el 
cuerpo  como  desnudo,  de  donde  se  apresura  la  vejez  y 
la  muerte.  Igualmente  los  habitantes  de  lugares  húme- 
dos y  pantanosos  se  inficionan  con  muchas  enferme- 
dades de  distinto  género,  por  abundancia  de  pituita. 


I  56  LIBRO  SEGUNDO 


Son  las  enfermedades  un  camino  abierto  para  la 
muerte,  siempre  que  infesten  los  centros  vitales,  pues  al- 
gunas no  son  de  las  que  abrevian  la  vida.  En  los  sitios 
frescos  y  secos  se  conservan  los  cuerpos  más  puros  y, 
por  lo  mismo,  más  vigorosos  y  con  mayor  longevidad, 
pues  el  calor,  por  antítesis,  se  conserva  en  clima  algo 
fresco,  en  invierno  más  que  en  verano.  La  sequía  del 
cielo  y  del  suelo  dispersa  las  humedades  pútridas;  de 
este  carácter  es  la  vivienda  en  las  colinas,  en  sitios  ele- 
vados y  planicies  constantemente  surcado  de  vientos 
frescos;  allí,  el  aire  libre  limpia  los  cuerpos  y  no  deja 
que  se  consuman;  allí  se  hace  también  más  lozano  y 
despierto  el  espíritu  de  los  animales. 

También  el  ejercicio  moderado  provoca  y  aumenta  las 
fuerzas,  porque  excita  el  calor  y  vigorízalos  nervios; 
así  es  que  tienen  vida  más  larga  los  ocupados  que  los 
ociosos;  si  bien  un  trabajo  excesivo  debilita  las  fuerzas 
y  quebranta  el  cuerpo.  Los  seres  masculinos  de  todas 
las  especies,  como  tienen  más  calor,  son  por  naturaleza 
más  vivaces  que  sus  hembras;  pero  el  uso  venéreo  exa- 
gerado les  abrevia  los  años,  y  éstas  viven  más  tiempo; 
así  dijo  con  razón  Hipócrates:  «Comida,  bebida,  sueño. 
Venus,  ejercicio,  todo  debe  ser  moderado.» 

Los  animales  pequeños  y  de  menos  calor  son  de  vida 
más  corta  que  los  grandes;  así,  por  ejemplo,  las  abejas 
viven  menos  que  los  perros  y  las  ovejas;  y  de  éstos,  los 
que  han  obtenido  calor  más  fuerte,  tienen  vida  más  du- 
radera; V.  gr.,  las  abejas  más  que  las  avispas;  éstas  más 
que  las  moscas,  y  éstas,  que  los  mosquitos.  Además, 
los  animalillos  de  cuerpo  exiguo  no  resisten  el  vigor  de 
los  elementos:  calor  y  frío,  humedad  y  sequía;  lo  mismo 
que  las  hierbas  por  su  escaso  calor  y  poca  materia; 
mientras  que  los  árboles,  de  masa  más  compacta,  resis- 
ten muchos  verano?  é  inviernos;  en  particular  las  pal- 
meras, porque  es  el  más  caliente  de  todos  los  árboles. 


CAP.  XVII. — DE  LA  LONGEVIDAD  l5y 

Como  está  más  condensada  la  materia  de  los  árboles 
que  la  de  los  animales,  son  aquéllos  más  duraderos  que 
éstos;  pues  no  por  ser  unos  cuerpos  más  sanos  que  otros 
se  prolonga  más  su  vida,  ni  perecen  más  pronto  los  afec- 
tados de  enfermedades,  sino  que  consiste,  por  lo  regu- 
lar, en  la  cantidad  de  calor  y  humedad  correspondiente, 
tanto  para  la  generalidad  como  respecto  de  los  indivi- 
duos. 


CAPITULO  XVIII 


DE    LA   MUERTE 


Destruidos  ó  deficientes  los  instrumentos,  cesa  la  vida 
y  viene  la  muerte,  lo  mismo  que  deteriorados  ó  perdi- 
dos el  martillo,  yunque,  tenazas  y  otras  herramientas 
de  una  fábrica,  cesa  ésta  y  el  fabricante  queda  ocioso. 
Es,  pues,  la  muerte,  «la  falta  de  los  instrumentos  del 
alma,  por  los  cuales  se  prolonga  la  vida».  Sepárase  el 
alma,  no  por  desproporción  alguna  entre  ella  y  el  cuer- 
po, como  tampoco  los  había  unido  mutuamente  ninguna 
proporción  ó  correspondencia.  Entre  mí  y  la  pluma  con 
que  escribo  no  existe  proporción  alguna,  á  menos  que 
se  pretenda  haber  congruencia  entre  el  artífice  como  tal 
y  el  instrumento  hábil  de  que  se  sirve,  cosa  que  no  dis- 
cutiré. 

Consiste  la  vida  entera  en  lo  cálido,  según  hemos  di- 
cho repetidas  veces,  y  á  causa  de  lo  cálido  también  en 
lo  húmedo.  Es  natural  la  muerte  cuando,  secándose  la 
humedad,  que  es  el  pábulo  del  calor,  decae  éste  y  se  ex- 
tingue, por  último,  como  una  lámpara  privada  de  aceite. 

Es  la  muerte  violenta  la  que  llamaban  los  gentiles 
«realizada  contra  lo  decretado  por  el  destino»,  cuando 
se  quita  la  humedad  por  algún  accidente  ó  se  extingue 
«1  calor  á  causa  de  una  opresión  ya  interior,  como  por 
veneno,  hartazgo  ó  exagerada  ingestión  de  bebidas,  del 
mismo  modo  que  si  se  echa  demasiado  aceite  en  una 


CAP.  XVIII. — DE  LA  MUERTE  I  Sq 

lámpara,  ó  ya  exterior,  v.  gr.,  la  compresión  de  los  va- 
pores que  refrigeran  el  corazón  en  la  arteria  ó  en  la 
boca,  como  cuando  se  cubre  de  pronto  y  se  abruma  el 
fuego  con  piedras  ó  con  mucha  ceniza. 

Es  necesario  para  la  vida  animal  la  mezcla  y  como 
moderación  de  todas  las  cualidades,  unas  por  sí  mismas, 
otras  por  las  demás;  si  falta  una  de  ellas,  no  puede  des- 
arrollarse la  vida.  La  principal  de  todas  es  la  cálida  y  la 
húmeda,  situada  en  la  sangre,  agotada  la  cual  perece  el 
animal  en  brevísimo  tiempo.  Entre  los  miembros  los 
hay  principales,  sin  los  que  no  puede  conservarse  el  ani- 
mal: de  ellos  es  el  más  esencial  el  corazón;  es  el  primero 
que  vive  y  el  último  que  muere;  como,  á  su  vez,  son  los 
ojos  los  últimos  que  empiezan  á  vivir  y  los  primeros  que 
mueren.  Van  después  los  que  están  cercanos  al  corazón: 
el  hígado,  los  pulmones,  el  diafragma  y,  por  último, 
todos  aquellos  que  llamamos  órganos  vitales,  y,  asi- 
mismo el  cerebro  y  la  cabeza.  Otros  miembros  son  me- 
nos importantes  y  como  de  orden  inferior,  cortados  los 
cuales,  permanece,  sin  embargo,  la  vida:  tales  son  las 
manos,  brazos,  pies,  piernas,  ojos,  nariz  y  orejas.  Entre 
los  animales,  los  insectos  viven  aun  después  de  cortados, 
como  los  gusanos,  abejas  y  avispas,  cualidad  que  tienen 
común  con  las  plantas;  pero  la  muerte  del  animal  se  di- 
ferencia de  la  del  hombre  en  que  el  alma  de  aquél,  lo 
mismo  que  el  vigor  de  nuestros  sentidos,  perece  total- 
mente en  la  muerte,  mientras  que  nuestra  alma  sobre- 
vive á  su  cadáver.  Por  eso  podemos  definir  la  muerte 
del  hombre:  «Es  el  acto  de  desunirse  ó  separarse  el 
alma  del  cuerpo.» 

Pasemos  ahora  á  tratar  de  esto. 


CAPITULO  XIX 

DE  LA  INMORTALIDAD  DEL    ALMA  HUMANA 

Ya  los  sabios  de  la  antigüedad  discutieron  si  nuestras 
almas  sobreviven  á  la  muerte  del  cuerpo  y  están  eman- 
cipadas de  la  fuerza  ciega  del  destino:  problema  aún  más 
intrincado  y  difícil,  de  un  lado,  por  la  ignorancia  de  los 
hombres;  de  otro,  por  la  perversidad  ó  el  vicio  de  quie- 
nes, atribuyendo  todo  á  los  sentidos  corporales,  conclu- 
yeron que  el  alma  nada  sabe  fuera  de  lo  que  cae  bajo  el 
dominio  de  ellos.  Enfrascados  otros  en  sus  deleites  y 
placeres,  desearían  que  todo  acabase  á  la  vez  que  esta  su 
vida  corporal,  sin  que  hubiese  un  juez  que  nos  pidiese 
cuenta  de  ella. 

Tratándose  de  cuestión  de  tal  importancia  para  toda 
la  vida,  para  la  religión  y  hasta  para  la  felicidad  de  los 
hombres,  ó  para  su  total  desgracia,  la  examinaremos 
algo  más  despacio.  No  se  debe  tocar  con  ligereza  lo  que 
es  peligroso  dejar  sin  resolver. 

Si  sólo  damos  crédito  á  los  sentidos  y  no  pasamos  de 
sus  estrechos  límites,  como  pretenden  los  que  juzgan 
harto  groseramente  de  las  cosas,  ni  atribuiremos  alma  á 
los  irracionales,  porque  no  la  vemos  ni  percibimos  con 
ninguno  de  nuestros  sentidos,  ni  creeremos  que  existen 
«efectos»  ó  «formas»  en  los  seres  naturales;  sin  admitir, 
por  último,  nada  fuera  de  esta  masa  sensible  que  vemos  y 
palpamos,  lo  cual  es  contrario  á  toda  doctrina  científica 


CAP.  XIX. — INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      l6l 


y  totalmente  ajeno  y  distante  del  sano  entendimiento 
humano. 

Cuando  un  niño  muy  pequeño,  por  ejemplo,  ve  á  su 
padre  que  tiene  un  arma,  y  luego  ésta  misma  puesta  en 
pie  junto  á  un  árbol,  cree  que  es  éste  su  padre,  se  acerca 
y  le  habla,  sorprendido  al  ver  que  no  se  mueve  ni  le 
contesta,  pasa  de  la  admiración  al  miedo,  á  la  cólera  y, 
por  último,  se  echa  á  llorar. 

De  igual  modo  que  los  niños,  las  personas  necias 
toman  por  seres  vivos  las  figuras  pintadas  en  un  cuadro 
ó  en  un  tapiz,  las  incitan  á  hablar  y  ofrecen  cosas  para 
que  coman.  Pues  eso  mismo  piensan  también  los  anima- 
les al  juzgar  verdaderas  las  cosas  fingidas,  y  no  se  dife- 
rencian mucho  de  los  niños  y  de  los  tontos,  por  no  decir 
de  los  animales,  aquellos  que  se  guían  sólo  por  los  senti- 
dos, afirmando  ser  un  hombre  aquel  cuerpo  inerte,  y 
sin  embargo  no  sospechan  que  lo  es  un  cadáver  que  ven 
tendido  en  el  suelo. 

No  reparan  que  esos  mismos  ojos  y  esos  sentidos  cor- 
porales, incapaces  de  ver  ni  percibir  lo  que  hay  en  un 
sitio  cerrado,  sólo  pueden  saberlo  por  lo  que  aparece 
fuera,  el  fuego,  por  el  humo;  un  ser  vivo,  por  la  voz,  ó 
uno  muerto,  por  el  hedor. 

^Gómo  no  distinguir  la  inmensa  diferencia  que  hay 
éntrelos  hombres  y  los  animales?  Aparte  otras  pruebas 
de  menos  valor,  un  hombre  practica  muchas  artes  ma- 
nuales, produce  obras  tan  diversas  y  admirables  de 
invención  y  ejecución,  recorre  con  su  pensamiento  todo 
el  mundo,  disfruta  de  razón  y  de  lenguaje,  en  todo  lo 
cual  resplandece  cierto  poder  é  imagen  de  la  inteligencia 
divina.  Y  si  por  la  semejanza  del  cuerpo  hacemos  al 
hombre  igual  á  las  bestias  en  el  nacer  y  el  morir,  es 
necesario  que  le  juzguemos  superior  por  su  grande  y 
evidente  diferencia  mental;  si  renunciamos  al  gran  bene- 
ficio de  la  inmortalidad,  habrá  que  renunciar  también  al 

u 


102  LIBRO  SEGUNDO 


ingenio,  á  la  razón  y  al  entendimiento  que  nos  hacen 
inmortales;  y  si  vemos  en  el  hombre  señales  que  atesti- 
guan su  origen  celestial  y  divino,  es  de  esto  una  conse- 
cuencia cierta  el  que  haya  en  él  algo  más  grande  y  supe- 
rior á  lo  que  puede  verse  con  los  ojos  ó  tocarse  con  las 
manos. 

Dicen  algunos  que  nadie  ha  vuelto  del  otro  mundo 
para  decirnos  cómo  son  allá  las  cosas,  y  qué  sucede;  tal 
es  el  argumento  del  vulgo,  que  cree  haber  discurrido 
con  esto  algo  ingenioso;  pero  sucede  en  ello  como  en 
todo  lo  que  le  atañe.  Porque  nadie  haya  ido  á  las  Indias 
ni  haya  venido  á  nuestro  país  ningún  indio  no  vamos 
á  negar  que  existan  Indias  é  indios:  y  si  de  tantos  milla- 
res de  años  hasta  hoy  no  hubo  quien  navegase  hasta 
aquel  nuevo  mundo,  ni  de  allá  hacia  nosotros,  ni  de  una 
y  otra  parte  se  tienen  noticias,  ^*por  qué  extrañarnos  que 
tampoco  se  haya  establecido  comunicación  continua 
entre  las  almas  emancipadas  de  sus  cuerpos,  y  nosotros, 
seres  corporales?  Al  cabo,  entre  nosotros  y  aquellos 
hombres  remotos,  aunque  largo,  intrincado  y  dif/cil,  hay 
algún  camino,  y  es  posible  construirle  y  lo  está,  pero  es 
imposible  por  leyes  naturales  establecerle  entre  el  hom- 
bre y  los  cielos  ó  el  infierno;  no  cabe  correspondencia 
alguna  entre  lo  corporal  y  lo  incorpóreo,  ni  seremos 
adecuados  á  la  condición  de  aquellos  seres  mientras  este- 
mos encerrados  en  un  cuerpo  corruptible. 

Además,  las  almas  de  los  muertos  gozan  de  bienes 
mayores,  ó  sufren  males  peores  para  que  tengan  tiempo 
ó  gusto  de  pensar  en  las  cosas  terrenas,  ó  sea  en  bagate- 
las; en  suma:  unos  no  quieren  y  otros  no  pueden  vernos 
de  nuevo.  Si,  por  ejemplo,  á  uno  le  nombran  magistrado 
en  su  ciudad,  seguramente  no  querrá  volver  á  la  isla 
donde  estaba  desterrado;  y  si  otro  está  preso  en  la  cár- 
cel y  encerrado  en  un  calabozo,  no  puede,  aunque  lo 
desee.  Adondequiera  que  dirijamos  la  mirada,  arriba. 


CAP.  XIX.  —  INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      ¡63 

abajo,  alrededor  nuestro,  todo  nos  enseña,  demuestra  y 
proclama  que  el  alma  humana  es  inmortal;  la  índole  y 
lo  necesario  de  las  causas,  la  proporción  y  semejanza, 
la  vida,  la  conveniencia,  la  dignidad  del  hombre,  la 
bondad  de  Dios  y  nuestra  utilidad  por  razón  de  ella. 

En  principio  no  nos  son  conocidas  por  sí  las  esencias 
verdaderas  y  propias  de  todas  las  cosas,  sino  que  perma 
necen  recónditas  en  lo  más  íntimo  de  cada  una,  adonde 
no  penetra  nuestra  mente,  encerrada  en  esta  masa  cor- 
poral y  en  las  tinieblas  de  la  vida.  Es  nuestra  razón 
quien  indica,  principalmente  por  los  actos,  qué  es  y  cómo 
cada  objeto;  pues,  según  ha  dicho  acertadamente  Aristó- 
teles, toda  cosa  se  presenta  lo  mismo  en  el  ser  que  en  el 
obrar;  es  decir,  que  sus  obras  y  acciones  declaran  su 
cualidad,  cuantidad  y  la  razón  de  su  esencia.  Por  tanto, 
estudiemos,  en  primer  lugar,  las  acciones  propias  del 
alma. 

Es  la  primera  de  ellas  el  conocer,  que  en  cierto  modo 
significa  coger,  comprender,  concebir,  nombres  con  que 
designamos  también  el  conocer.  Pero  no  existe  facultad 
alguna  cognoscente  que  conozca  aquello  que  no  tenga 
cierta  correspondencia  con  ella  misma:  el  conocimiento 
es  á  modo  de  una  imagen  de  las  cosas  que  se  manifiestan 
en  el  alma  como  en  un  espejo;  ahora  bien:  éste,  siendo 
cosa  corporal,  no  puede  reflejar  lo  espiritual,  ó  lo  que 
pertenece  á  otros  sentidos  distintos  de  la  vida;  ni  tam- 
poco ofrecer  lo  que  tenga  proporciones  mayores  que  el 
espejo,  como  una  montaña  entera  que  se  halla  próxima, 
á  menos  que  se  aparte  más  lejos  para  que  resulte  la  pro- 
porción con  la  distancia;  ni  igualmente  aquello  que  no  se 
le  presenta  desde  enfrente. 

Nuestros  sentidos  externos  como  propios  de  la  exten- 
sión, y  dotados  de  cantidad,  no  perciben  lo  que  carece  de 
ella  ni  lo  que  tiene  masa  de  mayor  amplitud  que  el  alcan- 
ce de  ellos,  ni  lo  que  está  ausente.  Los  sentidos  internos 


164  LIBRO  SEGUNDO 


no  perciben  lo  espiritual,  á  saber,  á  los  ángeles  y  á  Dios; 
así,  la  inteligencia,  que  es  quien  los  concibe,  conoce  y 
comprende,  única  de  los  seres  sublunares,  es  como  aqué- 
llos un  espíritu,  y  quien  entiende  la  inmortalidad  de 
aquéllos  tiene  también  que  ser  inmortal;  en  otro  caso, 
no  concebiría  de  manera  alguna  lo  que  la  excediese  infi- 
nitamente en  amplitud. 

Se  demuestra  todavía  con  más  claridad  por  el  hecho 
de  que  no  podemos  comprender  con  nuestro  pensa- 
miento, agobiado  con  tal  magnitud,  aquella  parte  de  la 
eternidad  inmensa  anterior  á  nosotros,  mientras  que 
concebimos  y  entendemos  fácilmente  la  que  ha  de  seguir 
por  siglos  infinitos;  de  donde  aparece  notorio  que  la  pri- 
mera es  más  vasta  que  nuestra  alma,  la  cual  no  tiene  con 
ella  proporción  ni  analogía  alguna,  pero  sí  con  la  se- 
gunda, que  no  es  adecuada  á  aquélla,  y  lo  es  á  ésta. 

Del  mismo  razonamiento  se  infiere  sin  dificultad  que 
las  almas  de  las  plantas  y  de  los  brutos  son  creadas  y 
dispuestas  por  virtud  y  potencia  de  la  materia;  la  nues- 
tra es  peculiar  creación  de  Dios  en  el  cuerpo  sobre  las 
fuerzas  de  la  materia  de  éste  y  de  su  naturaleza;  porque 
nada  es  capaz  de  superar  y  rebasar  aquello  de  que  ha 
recibido  su  esencia  y  su  vigor;  en  otro  caso,  no  lo  reci- 
biría de  éste,  sino  de  algo  anterior  y  ulterior  hacia  lo  cual 
tendiese.  Nuestros  sentidos  internos  y  externos,  como 
también  los  animales  que  están  dotados  de  ellos,  ninguna 
otra  cosa  conocen  que  lo  propio  de  esta  naturaleza  que 
vemos,  y  no  se  elevan  más  allá;  pero  nuestra  alma,  no 
satisfecha  con  el  cielo,  los  astros  y  los  ángeles,  llega 
hasta  el  mismo  Dios,  y  no  puede  ya  pasar  adelante.  Esto 
demuestra  que  las  almas  de  los  brutos  son  engendradas, 
por  esa  naturaleza,  sobre  la  cual  no  pueden  elevarse,  y 
que  la  nuestra  lo  ha  sido  por  Dios,  que  está  por  encima 
de  la  potencia  de  ella. 
Acontece  con  nuestras  almas  lo  que  con  el  agua  de  un 


Cap.  XIX. — INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA     l65 

manantial,  que  sube  tan  alto  como  el  origen  de  donde 
procede,  y  no  más,  y  así  como  se  detiene  por  bajo  del 
conocimiento  de  Dios,  y  aun  mucho  más  abajo,  también 
los  sentidos  se  paran  en  punto  muy  inferior  á  las  obras 
de  esta  esencia,  no  penetran  en  su  intimidad,  sino  que 
se  ejercitan  siempre  en  la  superficie  más  exterior. 

Tal  parece  dio  á  entender  claramente  Moisés  al  des- 
cribir el  origen  del  Mundo,  al  afirmar  que  todas  las  cosas 
fueron  creadas  por  sólo  el  mandato  de  Dios;  al  llegar  al 
hombre,  no  atribuye  á  la  Naturaleza  el  poder  de  crearle, 
sino  á  Dios  únicamente:  «Hagamos  al  hombrea  nuestra 
imagen  y  semejanza»,  y  á  continuación:  «Inspiró  Dios 
en  la  faz  de  Adán  la  respiración  de  la  vida»,  significando 
con  ambas  frases,  tanto  el  origen  propio  de  Dios,  como 
la  inmortalidad  de  las  almas.  Con  todo,  para  que  nadie 
sea  inducido  á  error,  aunque  la  creación  del  alma  por 
Dios  sea  obra  que  excede  las  fuerzas  de  la  Naturaleza, 
ya  elemental,  celeste  ó  angélica,  así  es,  real  y  natural- 
mente, es  decir,  en  virtud  de  ley  dispuesta  y  establecida 
por  El  mismo,  como  todas  las  demás  cosas,  pues  no 
siempre  que  Dios  forma  un  hombre  hace  un  nuevo  «mi- 
lagro», ó  sea  algo  diverso  ó  contrario  á  la  ley  prescrita; 
por  más  que  no  falta  quien  así  lo  califique,  sin  dificultad 
de  mi  parte:  Mercurio  Trismegisto  (si  fué  él  efectiva- 
mente), dijo,  con  razón,  que  el  hombre  es  un  gran 
milagro. 

En  la  materia  adecuada  y  ya  dispuesta,  infundió  Dios 
un  alma  sobre  las  facultades  de  la  materia  misma  y  las 
de  la  naturaleza  formadora,  aunque  según  ley  por  El 
establecida.  Así  es  que  concedió  alma  aun  á  los  engen- 
drados en  adulterio  y  en  repugnante  incesto,  pues  aun- 
que lo  son  contra  el  bien  y  la  religión,  no  es  contra 
aquella  ley,  como  sucedería  si  se  concediese  igualmente 
á  los  deshonestos  y  otros  seres  análogos.  El  ser  nuestra 
alma  creada,  no  por  facultad  de  la  naturaleza,  sino  sólo 


l66  LIBRO  SEGUNDÓ 


por  la  bondad  de  Dios,  es  una  verdad  que,  además,  im- 
porta al  género  humano  que  lo  sea;  por  eso  no  admite 
duda  alguna,  pues  siendo  obra  peculiar  y  propia  de  El, 
á  Dios,  no  á  la  naturaleza,  debe  el  hombre  la  parte  prin- 
cipal de  sí  mismo;  á  El  reconoce  por  único  Padre  de  su 
alma,  para  ofrecerse  y  consagrarse  á  El  únicamente,  sin 
que  ningún  otro  tenga  derecho  á  participar  en  ella  más 
que  Dios  único,  uno  y  omnipotente  autor  de  los  espí- 
ritus. 

En  nuestro  cuerpo  y  en  todos  sus  sentidos  reclaman 
gran  parte  de  la  potestad  los  padres  corporales;  además, 
los  hijos,  la  propia  Naturaleza,  la  Patria,  los  parientes; 
pero  el  alma  es  sólo  de  Dios,  que  manda  se  le  reserve  á 
El  únicamente  para  nuestra  felicidad.  Si,  pues,  el  alma 
es  producida,  no  por  la  naturaleza,  sirviente  y  obrera 
de  Dios,  sino  por  El  mismo,  es  una  consecuencia  de  ello 
que  nada  haya  en  la  naturaleza  que  pueda  extinguirla, 
sino  sólo  Dios,  y  no  puede  creerse  que  este  hubiera  de 
formar  por  sí  lo  que  más  tarde  había  de  destruir,  cosa 
que  no  tendría  objeto,  pues  mejor  fuera  haber  concedido 
á  la  naturaleza  el  poder  de  crear  y  aniquilar  el  alma 
humana,  como  la  de  los  demás  animales,  y  no  reser- 
varse una  obra  especial  para  someterla  después  á  la  ley 
y  condición  común. 

Esto,  por  lo  que  se  refiere  al  conocimiento;  en  cuanto 
al  apetito,  se  puede  afirmar  lo  mismo,  pues  todo  conocí* 
miento  se  ha  otorgado  á  los  seres  animales,  como  hemos 
demostrado,  y  otros  autores  también,  en  muchas  ocasio- 
nes para  desear  ó  evitar  algo.  Nuestros  sentidos  conci- 
ben el  ser  actualmente  lo  mismo  que  los  animales;  en 
cuanto  á  la  cualidad  de  éstos  y  de  sus  afectos,  podemos 
conjeturar  con  mucha  certidumbre  por  los  sentidos  mis- 
mos, ya  externos,  ya  internos  que  tenemos,  comunes  y 
enteramente  iguales  á  los  suvos. 

Tienden  los  animales  sólo  al  momento  actual,  pues  el 


Cap.  XIX. — INMÓRtALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      167 

instinto  de  conservación  les  viene,  no  del  conocimiento 
de  las  cosas,  sino  por  obra  de  la  naturaleza;  por  eso  la 
facultad  de  procrear  no  pertenece  á  la  función  princi- 
pal, la  cognoscente,  sino  á  la  vegetativa,  ó  sea  la  ínfima, 
mientras  que  el  hombre  conoce  ser  él  interminable, 
porque  desea  lo  que  es  conveniente  y  bueno  para  sí, 
siendo,  en  tanto,  natural  este  apetito,  y  por  lo  mismo 
de  algo  que  nos  es  congruente  y  adecuado;  no  concedido 
en  vano,  sino  para  que  pueda  satisfacerse,  luego  alguna 
vez  ha  de  ser  satisfecho  plenamente.  De  otro  modo,  sería 
ociosa  y  estéril,  y  además  cruel,  la  concesión  de  un  be- 
neficio tan  grande. 

Un  indicio  de  que  existe  ese  deseo  de  la  esencia  eter- 
na, el  cual  nunca  desaparece,  es  el  ansia  de  inmortali- 
zar nuestro  nombre  por  los  siglos  venideros,  tan  innata 
en  el  corazón  humano  que  aun  los  mismos  que  creen 
que  acaba  todo  con  la  vida,  á  pesar  de  esto  aspiran  á  la 
fama,  y  hasta  después  de  sepultados  quisieran  oír  ha- 
blar bien  de  ellos;  como  aquel  Epicuro,  heraldo  de  la 
impiedad,  encargaba  en  el  testamento  que  se  celebrase 
su  natalicio  dando  á  sus  discípulos  un  banquete  el  día 
vigésimo  de  la  luna. 

Aquel  deseo  natural  de  verdadera  inmortalidad,  de- 
pravado y  corrompido  por  las  tinieblas  del  entendi- 
miento y  por  innobles  deseos  del  alma,  degeneró  en  esta 
otra  ambición  de  fama  al  modo  de  una  semilla  buena 
cuando  cae  sobre  tierra  mala.  Las  pasiones  mismas  de- 
claran cuál  es  la  naturaleza  de  nuestro  espíritu  y  de  los 
sentidos,  la  diferencia  entre  aquéllas  y  éstos,  así  los  in- 
ternos como  los  externos.  En  efecto:  cuando  empieza  el 
alma  á  pensar  en  su  muerte,  los  sentidos  internos  y  la 
fantasía,  si  creen  que  ha  de  ser  larga  esta  vida,  no  se  con- 
mueven mucho  por  aquella  otra  muerte,  y  hasta  quitan 
toda  importancia  á  tal  pensamiento.  El  alma,  en  cambio, 
se  envuelve  en  esas  tinieblas  y  se  llena  de  confusión 


68 


LIBRO  SEGUNDO 


hasta  el  punto  de  que  nada  teme  y  rehuye  más.  Los 
mismos  víctimas  de  los  mayores  males,  y  que  en  un 
ciego  arrebato  desean  su  muerte  y  total  aniquilamiento, 
si  lograsen  volver  en  sí  algún  tanto,  tranquilizarse  y 
pensar  en  la  muerte  del  alma,  seguramente  desecharían 
su  intención  primera  y  temblarían  ante  la  idea  de  morir, 
juzgando  que  es  un  mal  más  grande  que  todos  los  que 
padecieron  antes.  Y,  al  contrario,  cuando  se  piensa  en  la 
muerte  inmediata  del  cuerpo,  todos  los  sentidos  se  con- 
mueven de  pronto;  pero  el  espíritu,  si  está  sano  y  tran- 
quilo, permanece  inmóvil,  ridiculiza  y  corrige  ese  error 
y  ese  miedo  de  los  sentidos. 

Presenta  Platón  en  la  apología  de  Sócrates  á  éste,  el 
más  perspicaz  de  los  filósofos,  hablando  acerca  de  su 
muerte  á  los  jueces  de  Atenas;  y  como  la  multitud  se 
guía  por  los  sentidos,  dejaba  en  incertidumbre  la  inmor- 
talidad del  alma,  sirviéndose  del  dilema  siguiente:  oSi 
el  alma  no  muere,  me  esperan  bienes  mayores;  si  perece, 
ningún  mal  sufriré.»  Pero  estando  en  la  cárcel,  rodeado 
de  sus  discípulos,  expertos  en  la  ciencia  de  las  cosas,  y 
deseosos  de  saber  cada  vez  más,  no  puso  en  duda  aquella 
cuestión,  sino  que  se  esforzaba  constantemente  en  con- 
vencerlos y  persuadirlos  con  muchas  razones  de  que 
nuestras  almas  quedan  sobreviviendo  á  su  cuerpo. 

De  esto  se  deduce  con  evidencia  que  la  muerte  del 
alma  es  contra  su  propia  naturaleza,  y  que  teme  y  re- 
pugna hasta  el  mencionarla;  que  la  muerte  corporal 
para  nada  afecta  al  espíritu,  sino  que  es  sólo  del  cuerpo 
y  de  aquello  que  le  es  anejo,  es  decir,  de  los  sentidos  in- 
ternos y  externos.  Otra  prueba  es,  el  que  el  alma  con 
malos  hábitos  del  cuerpo,  como  perturbada  por  las  pasio- 
nes, envuelta  en  fantasmas,  indocta,  viciosa,  culpable  é 
impía,  se  quebrante  más  con  el  recuerdo  de  la  muerte 
corporal  que  si  es  sobria,  está  sana,  serena,  tranquila, 
docta,  inocente  y  piadosa.  Sólo  falta    ver  de   cuál  de 


CAP.  XIX.  — INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      l6g 


ellas  es  más  cierto  el  juicio  y  más  verdadero,  de  la  per- 
turbada ó  de  la  tranquila,  de  la  enferma  ó  de  la  sana,  de 
la  indocta  ó  de  la  instruida,  en  buen  estado  corporal  ó 
piadosa  y  santa. 

Del  género  de  placer  que  experimentamos  se  infiere 
también  la  esencia  del  alma  humana.  Son,  pues,  los  pla- 
ceres más  grandes,  dulces  y  duraderos  cuanto  mayor 
analogía  tienen  con  la  facultad  que  se  deleita,  y  más  afi- 
nidad y  proporción  con  ella  las  cosas  que  producen  el 
placer,  y  cuando  se  va  á  juzgar  de  alguna  especie  ó  for- 
ma; para  resolver  se  toma  el  modelo  de  las  cosas  que 
están  mejor  dispuestas  dentro  de  ella,  es  decir,  buscando 
la  naturaleza  pura  y  verdadera  de  cada  especie. 

Ciertamente,  hay  hombres  de  índole  tan  brutal  que 
se  dejan  llevar  sólo  de  los  placeres  de  los  sentidos;  mas 
nosotros  debemos  mirar  á  las  almas  superiores  y  de  ma- 
yor nobleza,  que  se  deleitan  más  con  los  sentidos  inte- 
riores que  con  los  externos,  con  el  pensamiento  antes 
que  con  la  fantasía,  y  dentro  del  pensar  con  la  reflexión 
principalmente,  y  de  las  cosas  que  reflexionan  toman  con 
mayor  gusto  y  conservan  más  tiempo  las  de  orden  su- 
premo, carentes  de  materia  corpórea,  las  que  son  eter- 
nas. Son  las  que  el  alma  desea  con  más  ardor,  las  con- 
serva y  se  cansa  menos  en  examinarlas  y  contemplarlas; 
son  estos  objetos  espirituales  y  sempiternos  más  análo- 
gos al  alma  que  los  corporales,  y  ésta  más  conforme  y 
partícipe  de  la  naturaleza  y  cualidad  de  las  primeras  que 
délas  últimas;  en  aquéllas  descansa  perfectamente  como 
en  algo  que  tiene  su  propia  semejanza  y  proporción,  de 
igual  modo  que  los  sentidos  externos  se  dejan  llevar  de 
las  cosas  materiales,  no  pudiendo  aspirar  á  conocer  las 
demás,  ni  aun  por  conjeturas.  Ahora  bien:  si  el  alma 
fuese  mortal  como  los  sentidos,  se  apasionarían  igual  que 
éstos  las  almas  más  excelentes  y  casi  divinas  por  las  co- 
sas perecederas,  con  placer  firme  y  verdadero. 


l^ó  LIBRÓ  SEGUNDÓ 


Pero  nuestra  misma  estructura  corporal,  la  cara  levan- 
tada hacia  el  cielo,  declaran  que  somos  de  origen  celes- 
te, dirigidos  siempre  á  lo  alto,  como  la  patria  hacia  la 
cual  caminamos;  el  cuerpo  mismo  manifiesta  el  modo  de 
ser  del  espíritu;  está  también  elevado,  pero  mucho  más 
sublime  que  aquél,  va  éste  subiendo  gradualmente  de  las 
cosas  inferiores,  sin  reposar  hasta  llegar  á  los  ámbitos 
celestiales  y  divinos,  donde  por  fin  se  detiene  y  des- 
cansa; así,  por  el  movimiento  y  la  quietud,  propios  de 
todos  los  seres  de  la  naturaleza,  se  evidencia  cuál  es  su 
natural  sitio.  Los  demás  animales,  entre  ellos  los  terres- 
tres, van  siempre  mirando  á  la  tierra,  donde  está  su 
bienestar;  mientras  que  el  nuestro,  si  no  estuviese  en 
aquella  eternidad  celeste,  nada  significaría  tener  el  hom- 
bre su  cabeza  levantada  y  los  ojos  dirigidos  al  cielo.  A 
no  ser  que,  en  medio  de  tantas  calamidades  como  esta 
vida  ofrece,  la  vista  de  aquel  lugar  maravilloso  y  apartado 
de  toda  miseria  nos  haga  más  penosa  la  vida  y  aumente 
en  nosotros  el  deseo  de  aquella  felicidad,  tanto  más  ve- 
hemente y  vivo  cuanto  mayor  ingenio  y  erudición  se 
tiene,  ó  cuanto  más  agobiado  se  halla  de  las  molestias  y 
contrariedades  de  la  vida...  No  es  difícil  que  algunos 
hombres,  semejantes  en  esto  á  las  bestias,  pasen  por  alto 
tales  razones,  ya  por  la  torpeza  mental,  ya  ofuscados  por 
su  suerte  próspera. 

Por  el  modo  de  nacer  á  esta  vida  mortal  puede  tam- 
bién comprenderse  el  de  renacer  en  la  inmortalidad.  Asf 
como  en  el  claustro  materno  se  forma  y  dispone  el  hom- 
bre para  la  vida  presente,  en  ésta  se  dispone  para  aquella 
otra,  ante  la  cual  la  luz  nuestra  de  ahora  es  noche  os- 
curísima y  tinieblas,  y  de  igual  manera  que  al  acercarse 
el  tiempo  del  nacimiento  decae  la  vida  uterina,  y  parece 
que  se  muere  el  niño  cuando  en  realidad  va  á  vivir,  así 
el  hombre,  al  salir  de  esta  vida  para  nacer  en  otra,  muere 
en  este  mundo  y  empieza  á  vivir  en  otro,  tanto  más  ex* 


tíAÍ».  Xl3C.  — INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      í^í 

célente  cuanto  es  mejor  esta  luz  que  la  del  útero.  Así, 
en  éste  nos  preparamos  para  la  vida  del  cuerpo,  y  en  el 
cuerpo,  para  la  del  espíritu.  Asústase  el  almaal  partir  de 
esta  vida,  por  motivo  de  la  gran  mudanza  que  se  efectúa, 
y  se  afecta  lo  mismo  que  el  niño  que  va  á  nacer  si  se  le 
diese  algún  sentido  para  conocer  y  pensar;  pues  lo  mis- 
mo el  niño  que  nace  que  el  hombre  al  morir  pasan  am- 
bos á  una  nueva  luz  y  vida,  á  un  aspecto  de  las  cosas 
que  causa  admiración;  uno  y  otro,  asustados  por  la  nove- 
dad, no  querrían  salir  de  su  escondite  á  no  empujarlos  la 
acción  de  la  naturaleza. 

No  hay  duda  alguna  de  que  la  muerte  humana  tiene 
gran  afinidad  y  semejanza  con  el  nacimiento,  á  causa  de 
la  imperfección  que  tiene  el  niño  en  el  útero,  y  el  hom- 
bre en  esta  vida;  pues  si  el  niño  fuese  perfecto  y  aca- 
bado en  todas  sus  partes  dentro  del  claustro  materno, 
no  tenía  para  qué  nacer,  y  cuando  se  le  ha  dado  el  sen- 
tido, y  la  facultad  de  conocer,  que  no  puede  ejercitar  en 
el  útero,  sale  á  esta  luz  dilatada,  donde  puede  sentir  y 
conocer. 

Hasta  aquí  todas  las  cosas  nos  son  comunes  con  los 
animales;  mas  como  éstos  cumplen  en  la  tierra  con 
todas  las  funciones  y  facultades  de  que  los  ha  dotado  la 
naturaleza,  aquí  es  donde  viven  y  mueren;  al  paso  que 
el  hombre  á  quien  se  concedió  el  alma,  de  la  cual  nada 
ó  muy  poco  usa  en  esta  vida,  tiene  seguramente  distinto 
nacimiento  en  otra  donde  cumplir  sus  funciones  espi- 
rituales. Ya  explicaremos  esto  en  los  libros  de  La  Ver- 
dad  de  la  fe  cristiana  é  igualmente  trataremos  lacuestión 
de  que  si  es  el  alma  mortal,  todo  pertenece  á  esta  vida, 
y  en  vano  ha  sido  creado  el  hombre,  á  causa  de  no  res- 
ponder á  ningún  fin  propuesto,  ó  á  uno  que  no  sea  digno 
de  su  excelsitud,  con  lo  cual  en  vano  habrían  sido  for- 
madas por  Dios  todas  las  cosas;  ni  tendría  objeto  el 
crearlas  si  habían  de  suprimirse  á  poco  de  aparecer,  ni 


Í72  LIBPO  SEGUNDO 


habrían  de  servir  al  hombre  sólo  para  beber,  dormir, 
divertirse,  sin  diferenciarse  de  los  animales  en  nada, 
siendo  antes  bien  más  infeliz  que  ellos,  puesto  que  nunca 
podría  alcanzar  aquello  que  para  él  es  más  importante 
y  apetecible,  como  declaran  Aristóteles  y  Teofrasto.  Y 
si  para  nada  es  traído  á  la  vida  el  hombre  á  cuyo  servi- 
cio están  todos  los  demás  cuerpos  de  que  él  sólo  puede, 
quiere  y  sabe  usar,  mucho  menos  lo  serán  las  cosas  que 
han  sido  creadas  para  su  bien;  inútil,  por  tanto,  la  crea- 
ción entera,  é  indigna  de  la  majestad  y  de  la  sabiduría 
inmensa  de  Dios,  cosa  que  no  cabe  pensarse;  nula  sería 
igualmente  la  providencia  de  quien  gobierna  el  mundo; 
pues  tan  conexas  y  unidas  se  hallan  en  nuestra  creencia 
y  convicción  estos  tres  preceptos:  la  religión,  la  provi- 
dencia divina  y  la  inmortalidad  de  nuestra  alma,  que  de 
ningún  modo  es  lícito  separarlas  y  disociarlas  una  de 
otra;  si  alguien  intentase  destruir  uno  de  ellos,  de  hecho 
perjudicaría  la  fe  en  los  otros  dos. 

Si  el  alma  no  es  «inmortal»,  no  habría  premios  ni  cas- 
tigos para  las  acciones  buenas  y  las  malas,  pues  en  el 
transcurso  de  esta  vida  vemos  tan  mezclados  y  confundi- 
dos nuestros  actos  que  toda  ella  no  es  más  que  un  mero 
fraude,  en  ese  caso  no  existe  «cuidado»  alguno  para  nos- 
otros de  parte  de  Dios:  y  si  no  nos  «cuida»,  ^para  qué 
hemos  de  «servirle»?.  La  «religión  de  Dios  y  la  piedad» 
serían  creencias  vanas  y  necias.  Y  vemos,  sin  embargo, 
que  todos  los  hombres  y  las  diversas  naciones,  por  bár- 
baras que  sean,  ajenas  y  opuestas  á  toda  civilización 
humana,  se  inclinan  por  naturaleza  á  profesar  alguna 
religión,  alaban  y  aprueban  la  modestia,  la  moderación, 
la  gratitud,  la  piedad,  la  mansedumbre,  la  paciencia  y  la 
equidad;  así  no  pueden  menos  de  ser  buenas  estas  vir- 
tudes, y  preferidas  á  sus  contrarias;  hecho  que  no  ten- 
dría explicación  si  no  fuese  Dios  nuestro  testigo  y  juez; 
ellas  son,  antes  bien,  las  que  atestiguan  que  estamos  bajo 


CAP.  XIX. — INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA       I  yS 

SU  cuidado,  y  que  debemos  esperar  en  otra  parte  el  pre- 
mio de  nuestra  virtud,  y  si  está  en  otra  vida  ese  premio 
y  el  fin  del  hombre,  allí  vivirá  de  cierto  el  alma,  y  recí- 
procamente, si  el  alma  vive  allá,  allí  está  también  el  fin 
del  hombre,  ó  sea  lo  que  toca  á  lo  último  y  más  perfec- 
to, que  por  eso  se  llama  fin. 

Y  si  damos  alguna  autoridad  al  sentir  de  la  mayoría 
de  los  hombres,  y  á  los  más  sabios,  tenemos  como 
prueba,  á  más  de  ese  asentimiento  tácito  del  género  hu- 
mano, otra  declarada  y  manifiesta  en  el  hecho  de  que,  no 
sólo  entre  las  gentes  doctas  y  de  culta  civilización,  sino 
entre  las  más  incultas  y  bárbaras,  como  los  getas,  esci- 
tas, indios,  y  lo  mismo  en  los  más  apartados  del  remoto 
Nuevo  Mundo,  existe  la  firme  creencia  de  que  las  almas 
de  los  hombres  emigran  desde  aquí  á  otros  lugares  ade- 
cuados á  las  acciones  que  en  esta  vida  realizaron.  En 
cambio,  los  menos  conocidos  de  aquellos  que  cultivaron 
la  ciencia,  y  los  que  colocaron  su  bien  supremo  en  los 
placeres,  afirmaban  ser  mortal  el  alma;  son  los  mismos 
que  negaron  de  raíz  toda  religión,  el  culto  á  los  dioses, 
su  bondad,  la  providencia  y  hasta  á  los  mismos  dioses. 
Una  vez  trastornada  la  fe  con  estas  perversas  doctrinas, 
no  podía  quedar  incólume  la  «inmortalidad»  de  las 
almas,  que  está  unida  y  combinada  con  la  causa  de  la 
«providencia»  y  de  la  «religión».  Pero  los  filósofos  más 
sabios  y  virtuosos  nunca  afirmaron  la  mortalidad  del 
alma,  como  si  la  condenasen  á  perecer:  tales  eran  Fere- 
cides.  Siró,  Pitágoras  el  más  antiguo  investigador  del 
pensamiento  en  Grecia,  su  discípulo  Sócrates,  Platón, 
Cenón  el  estoico  y  otros  muchísimos  que  de  ellos  sur- 
gieron como  de  un  manantial. 

Según  declara  Sócrates  en  el  Fedón,  es  innato  en  los 
hombres  el  deseo  de  saber,  el  cual  en  esta  vida  apenas 
se  satisface  en  muy  pequeño  grado  ó,  más  bien,  en  nin- 
guno; por  lo  mismo  arguye  que,  indudablemente,  habrá 


174  LIBRO  SEGUNDO 


de  cumplirse  en  alguno,  pues  nada  natural  es  inútil  y 
superfluo.  Así  como  fuera  en  vano  dotar  de  vista  á  los 
animales  si  no  les  fuese  posible  ver  cosa  alguna  por 
tener  que  vivir  siempre  de  noche  y  en  medio  de  tinie- 
blas, sería  ridículo  y  vano  también  el  deseo  de  la  verdad 
si  nunca  hubiésemos  de  conseguirla.  Con  tal  firmísima 
persuasión  pierde  importancia  aquel  pasaje  de  Teo- 
frasto  en  que  se  quejaba  de  «haber  la  naturaleza  conce- 
dido á  los  animales  una  vida  larguísima,  sin  que  les  in- 
terese vivir  mucho,  mientras  que  la  del  hombre,  á  quien 
tanto  importaría  prolongarla  para  conseguir  la  sabiduría, 
su  bien  supremo,  es  tan  breve  que,  cuando  empezamos 
á  saber  algo,  nos  morimos».  Ante  la  sabiduría  y  bondad 
divinas  no  cabe,  pues,  esa  queja,  sensata  por  otra  parte. 

Es  nuestra  actual  vida  bastante  dilatada  para  que 
aprendamos  lo  que  es  conveniente  saber  aquí;  en  la  otra 
tendremos  abundancia  de  sabiduría  hasta  la  saciedad. 
De  poco  serviría  cuadruplicar  nuestra  vida,  ni  aunque 
durase  quinientos  y  hasta  mil  años,  porque  no  adelanta- 
ríamos gran  cosa  en  el  curso  interminable  del  saber 
cuyo  fulgor  no  soporta  nuestra  mente,  oprimida  en  las 
estructuras  del  cuerpo  y  en  la  oscuridad,  lo  mismo  que 
sucede  á  los  ojos  de  la  lechuza  ante  la  luz  solar,  símil 
empleado  por  el  maestro  Aristóteles;  si  bien  un  tan  gran 
filósofo  como  él  no  debería  insistir  en  esa  acusación  á  la 
naturaleza,  esto  es,  á  Dios  sapientísimo  y  óptimo,  sino 
aprender  de  ella  misma,  que  existe  otro  lugar,  donde 
se  halla  esa  sabiduría,  cuyo  grande  y  vivo  afán  ha  in- 
fundido  la  naturaleza  en  el  corazón  humano  y  que  allí 
habrá  oportunidad  para  satisfacerle. 

Es  Aristóteles,  de  cuyo  íntimo  pensamiento  aquí  no 
juzgamos,  oscuro,  resbaladizo,  astuto  en  esta  cuestión 
como  acostumbra.  Dice,  con  efecto,  en  un  lugar:  «Si 
puede  la  mente  entender  sin  la  fantasía,  puede  separarse 
de  ella;  en  otro  caso,  no  puede»;  no  reparando,  á  pesar 


CAP.  XIX.— INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      lj5 

de  SU  gran  ingenio,  en  que  el  alma  dentro  de  su  cuerpo 
todo  tiene  que  entenderlo  sólo  corporalmente,  ó  sea  me- 
diante los  instrumentos  corporales,  que  son  los  sentidos 
externos,  y  á  la  imaginación  interior  sucede  como  á  los 
que  miran  á  través  de  un  cristal,  que  no  pueden  ver  sino 
lo  que  éste  permite.  Pues  en  otro  lugar  dice  que  «la  muer- 
te se  separa  del  cuerpo  por  los  sentidos,  como  lo  inmortal 
de  lo  perecedero».  A  esta  máxima  de  los  filósofos  más 
eminentes,  y  aun  propia  de  la  Filosofía  entera,  se  ad- 
hiere el  bueno  con  todo  su  ser;  pero  los  perversos  y  des- 
esperados desean  por  conveniencia  que  el  alma  sea 
mortal;  los  buenos  desechan  y  repugnan  esta  idea  por 
perjudicial.  Si  alguno,  como  poco  antes  decíamos,  da  en 
pensar  que  todo  absolutamente  termina  con  la  muerte 
y  se  hunde  en  perpetuas  tinieblas,  toda  persona  buena 
y  de  corazón  noble  la  aborrecerá;  ni  bastará  resignación 
alguna  ni  ánimo  para  dejar  de  temer  la  muerte  y  de  re- 
chazarla por  todos  los  medios,  así  como  para  esperarla 
con  la  mayor  impaciencia  y  para  soportarla  cuando  la 
haga  irremediable  la  necesidad.  En  medio  de  grandes 
sufrimientos,  cuando  se  desea  la  muerte  y  se  la  invoca 
como  un  puerto  de  refugio  contra  las  tempestades,  so- 
breviene algún  alivio  é  intervalo  en  los  dolores;  cuan- 
do uno  está  con  ánimo  excitado,  llama  á  la  muerte, 
y  al  apaciguarse  un  poco  la  excitación,  se  consuela  á  sí 
mismo  con  la  esperanza  de  que,  ó  cesará  el  dolor,  ó  de 
que  el  tiempo  y  la  costumbre  de  sufrir  le  hará  más  be- 
nigno. En  todo  caso,  esa  luz  es  cosa  grata  de  algún 
modo  hasta  á  los  más  desgraciados.  ^:Cómo  no  ha  de 
serlo  á  quienes  no  sienten  molestias  corporales  ni  con- 
tratiempos en  la  vida? 

Esto  sin  contar  la  desesperación  de  un  varón  justo  al 
considerar  que  todos  sus  buenos  pensamientos  y  obras 
no  han  obtenido  premio  alguno  en  esta  vida,  y  aun  al 
contrario,  como  sucede  más  frecuentemente,  reciben,  en 


176  LIBRO  SEGUNDO 


vez  de  beneficio,  mal  pago,  la  pobreza, ignominia, dolores, 
enfermedades,  martirios  y  el  suplicio;  en  suma,  que  no 
existe  recompensa  alguna  para  la  virtud  después  de  la 
vida,  y  que  el  virtuoso  no  recibirá  más  de  lo  que  reci- 
biese el  ímprobo  y  el  criminal. 

En  cuanto  á  la  fama  del  nombre,  ni  se  logra  siempre 
ni  es  justa,  puesto  que  otorga  gloria  y  alabanza  á  las  ac- 
ciones perversas;  á  la  virtud  y  honradez,  desdén  y,  lo 
que  es  más  indigno,  la  infamia.  Además,  no  se  aplica 
con  igual  extensión  á  la  diversidad  de  inteligencia,  cos- 
tumbres y  pareceres  de  todas  las  naciones,  una  vez  que 
en  algunas  se  juzgan  bellas  y  laudables  cosas  que  en 
otras  no  lo  parecen;  ni  es  tampoco  duradera  la  fama  ante 
el  tiempo  que  todo  lo  consume;  tampoco  aprovecha  á 
los  vivos,  pues  Aquiles  ó  Sócrates  no  disfrutan  de  su 
gloria  y  á  Catilina  ó  Tersites  no  les  causa  daño  su  ig- 
nominia. 

A  un  hombre  de  ciencia,  después  de  haber  escrutado 
con  todo  el  esfuerzo  y  propósito  de  su  inteligencia  los 
cielos,  los  astros  y  los  elementos;  discurrido  por  el  estu- 
dio de  las  plantas,  animales,  el  hombre,  los  ángeles, 
hasta  el  rey  de  la  creación;  estudiado  los  hechos  de  la 
más  remota  antigüedad,  todo  lo  que  en  el  mundo  ha 
acontecido,  nada  más  amargo  cabe  anunciarle,  ni  que 
menor  consuelo  admita,  que  en  medio  de  tanta  hermo- 
sura, de  un  espectáculo  tan  risueño  y  admirable,  ha  de 
extinguirse  la  mente  que  contemplara  tales  maravillas, 
el  receptáculo  y  tesoro  de  todas  ellas;  que  en  adelante 
cesará  de  percibir  cosa  alguna,  que  no  ha  de  estar  en 
ningún  otro  sitio,  lo  mismo  que  el  abyecto  espíritu  ani- 
mal, vil  y  torpe,  incapaz  de  toda  elevación.  Nadie  ha- 
brá que  después  de  pensar  esto  no  tema  la  muerte,  aun 
aquel  que  se  halle  sufriendo  los  más  graves  males  de  la 
vida. 

Y,  por  lo  contrario,  ¡qué  gran  consuelo  para  el  bueno 


CAP.  XIX.  —  IMMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      I  77 

y  el  sabio  en  todas  las  circunstancias  de  la  vida  el  saber 
que  hay  un  lugar  de  reposo,  no  de  privación  y  ausencia 
de  todas  las  cosas  como  imaginaron  algunos  necios, 
pues  lo  que  no  existe  no  puede  reposar,  sino  lugar  de 
felicidad  dispuesto  por  un  Dios  justísimo,  omnipotente 
y  óptimo  para  aquellos  que  han  aportado  su  buena  volun- 
tad, con  toda  verdad  y  con  su  alma,  para  vivir  bien  y 
santamente! 

Lo  dicho  hasta  aquí  respecto  á  la  opinión  unánime  de 
los  hombres  y  á  la  autoridad  de  sus  juicios  se  dirige  á 
poner  en  claro  que  la  naturaleza  y  la  verdad  se  hallan 
del  lado  en  que  están  los  buenos  y  los  sabios,  ó  sea  al 
nuestro,  siendo  el  criterio  de  éstos  más  recto  é  íntegro 
que  el  de  los  malos  y  los  insanos.  A  ese  juicio  de  los 
hombres  más  importantes  y  de  la  mayoría  del  género 
humano  se  agregan  la  justicia,  la  probidad,  la  religión  y 
las  virtudes,  todo  lo  cual  tiene  su  fundamento  en  la  in- 
mortalidad del  alma,  siendo  necesario  que  se  incline  la 
verdad  hacia  la  parte  á  que  ellos  se  inclinan,  y  así  suce- 
derá, más  bien  que  hacia  los  delitos,  los  pecados,  hacia 
la  maldad  y  la  impiedad,  que  son  el  más  seguro  cortejo 
de  la  mortalidad  del  alma. 

No  es  muy  de  extrañar  que  al  definir  y  establecer  la 
naturaleza  del  alma  ciertos  falsos  filósofos,  pequeños  se- 
gún los  llama  Cicerón,  y  poco  conocidos,  y  aun  otros 
de  más  renombre,  hayan  desvariado  tanto  en  las  cosas 
que  caen  bajo  nuestros  sentidos  hasta  afirmar  que  es  de 
color  negro  la  nieve  que  ven  blanquísima,  y  frío  el  fuego, 
la  cosa  más  ardiente  que  tocaron.  Es  en  verdad  la  cosa 
más  triste  en  los  asuntos  y  opiniones  de  esta  vida,  y  que 
debemos  deplorar  con  sinceras  lágrimas,  el  que  para 
afirmar  la  verdad  y  lo  bueno  no  son  bastante  competen- 
tes y  dignos  de  fe  todos  los  autores,  mientras  que  cual- 
quiera es  suficiente  para  la  falsedad  y  el  mal,  de  suerte 
que  no  resulta  calumniosa  la  frase  del  juglar:  «Para  lo 

12 


lyS  LIBRO  SEGUNDO 


lo  malo  está  siempre  pronta  la  sospecha»  (i).  Cierta  es 
también  la  afirmación  de  Ovidio: 

«Quod  nos  in  vitium  crédula  turba  sumus.» 

Es  en  realidad  nuestra  índole  mala  y  oscura;  somos 
propensos  á  lo  falso  y  lo  malo,  como  algo  semejante  á 
nosotros  mismos.  Y  no  son  pocos  los  que  se  burlan  de 
Epicuro  y  refutan  á  Plinio,  llamándolos  ignorantes, 
cuando  hablan  de  cosas  propias  de  la  naturaleza  ó  de  la 
vida,  y,  sin  embargo,  se  adhieren  á  ellos  y  los  alaban 
cuando  niegan  la  providencia  y  la  religión.  ¡Hasta  tal 
punto  invaden  su  mente  las  tinieblas  de  los  vicios  y  del 
pecado! 

Hay  quienes  dicen  que  es  innato  en  la  vida  creer  que 
el  alma  es  inmortal,  y  que  existen  los  dieses,  porque  ni 
habría  de  conservarse  entre  los  hombres  una  sociedad 
perfecta  ni  obrarían  cosa  alguna  buena  á  no  estar  con- 
tenidos por  el  miedo  de  que  hay  una  vida  futura,  y  en 
ella  dioses  vengadores  que  se  llaman  6;oj;  por  ese 
miedo,  es  decir,  casi  osoj:.  Y  qué,  ^sería  necesaria  una 
mentira  tan  grande  para  que  quisieran  los  hombres 
obrar  bien?  ¡Oh  mísera  condición  de  la  virtud,  si  no  ha 
de  poder  persuadirse  al  hombre  más  que  por  una  gran 
mentira,  no  habiendo  dos  cosas  tan  amigas  y  conformes 
entre  sí  como  la  virtud  y  la  verdad,  al  fin  hermanas, 
creadas  por  Dios,  útilísimas  para  las  inteligencias  hu- 
manas, y  agradabilísimas  para  las  sanas! 

Imposible  que  un  Dios  potentísimo,  sapientísimo  y 
óptimo  hubiese  creado  la  especie  humana  con  la  base  y 
condición  de  no  ser  movido  á  obrar  bien  por  la  verdad, 
sino  por  la  mentira.  Imposible  que  tan  gran  artífice  hu- 
biese tomado  para  perfeccionar  su  obra,   no  un  instru- 


ir) «Piensa  el  ladrón  que  todos  son  de  su  condición.» 


CAP.  XIX. — INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA      1 79 

mentó  de  su  propio  fondo  y  abundancia,  sino  la  mentira, 
que  es  de  su  enemigo  el  diablo;  la  más  ajena  de  Dios, 
que  es  verdad  pura. 

No  quedaría  ya  más  sino  que  aquel  que  hubiese 
aprendido  la  mentira  mediante  su  ingenio  ó  por  la  ense- 
ñanza, como  los  que  esto  afirmaron  y  los  aleccionados  y 
aconsejados  por  ellos,  se  librasen  del  miedo  que  antes 
los  ataba,  y  lo  mismo  el  más  docto  y  perspicaz  que  el 
más  perverso,  ya  sin  amenaza,  no  temiesen  á  los  dioses, 
sino  solamente  las  penas  de  las  leyes.  De  esa  manera, 
cuanto  más  se  acerca  á  la  perfección  humana  por  el 
cultivo  de  la  inteligencia  y  de  la  instrucción,  tanto  más 
dispuesto  é  inclinado  estaría  á  la  maldad  y  álos  pecados, 
pues  que  se  le  habría  revelado  el  secreto  de  que  son 
cosas  fingidas  cuantas  se  nos  preceptúan  acerca  de  la 
verdad  y  la  honradez.  Creencia  ésta  que  constituye  la 
más  grande  corruptela  del  alma  humana,  nos  aparta  de 
la  perfección  y  es  máxima  que  á  sí  misma  se  refuta, 
puesto  que  cuanto  más  perfecto,  más  imperfecto  es, 
peor  cuanto  mejor,  cuanto  más  hombre  y  más  veraz, 
más  semejante  á  la  índole  de  las  bestias  y  á  mayor  dis- 
tancia del  hombre. 

He  aquí  la  suma  de  argumentos  que  obran  á  favor 
nuestro,  es  decir,  de  la  verdad;  porque  nosotros  nada 
somos,  y  la  verdad  es  fortísima,  provista  y  acompañada 
de  fuerza  extraordinaria. 

^Esperamos  quizá  llegar  á  ver  salir  las  almas  de  los 
cuerpos  moribundos,  como  el  humo  de  la  llama? 

Ni  aun  entonces  faltaría  quien  dijese  que  padecía  ilu- 
siones, que  se  presentaban  á  sus  ojos  imposturas,  como 
cuando  veían  blanca  la  nieve  y  ardiente  el  luego.  Nada 
bastará  en  realidad  á  quien  se  obstinó  interiormente  en 
no  creer;  no  se  tramita  ya  el  asunto  ante  el  tribunal  de 
la  razón,  sino  de  una  pasión  malévola  y  pertinaz.  Para 
corroborar  esta  convicción  nuestra,  que  tenemos  por  tan 


I  8o  LIBRO  SEGUNDO 


clara  y  cierta  como  lo  que  tocamos  con  las  manos  y 
vemos  con  los  ojos,  han  expuesto  los  filósofos,  además, 
innumerables  argumentos;  si  sólo  la  décima  parte  de 
ellos  estuviese  á  favor  de  los  adversarios,  nadie  sopor- 
taría la  impertinente  insolencia  de  éstos,  quienes,  desti- 
tuidos ahora  de  toda  razón,  juicio  y  entendimiento,  nos 
desprecian  y  se  burlan  de  nuestra  verdad  como  de  una 
tontería  porque  tenemos  fe  en  los  corazones,  mientras 
que  á  su  favor  sólo  tienen  ese  «tal  vez  no  es  así;  sospe- 
cho, creo  que  no  es  eso.» 

Todos  estos  motivos  y  pruebas  me  llevan  á  pensar 
que  esta  máxima  de  la  inmortalidad  del  alma,  siendo  de 
tanta  importancia,  y  fundamento  de  toda  probidad  y  de 
la  religión  entera,  no  ha  sido  incluida  entre  los  artículos 
de  la  fe  para  que  pueda  ser  entendida  por  la  ciencia,  la 
cual  sería  inasequible  si  necesitase  más  argumentos  que 
los  que  hemos  expuesto  en  la  cuestión. 

«Parece —  dicen  algunos  filósofos —  que  el  alma  es  in- 
mortal para  las  creencias  religiosas,  y  mortal  á  la  luz 
de  la  naturaleza.»  No  hay  afirmación  de  más  ignoran- 
cia ni  más  absurda;  aquí  no  discutimos  lo  que  parece, 
sino  lo  que  es  realmente;  no  investigamos  la  luz  de  la  íe 
ni  la  de  la  naturaleza,  sino  la  verdad  misma,  que  no  es 
doble,  sino  única.  Y  ^qué  es  aquella  luz?  No  es  otra  que 
la  razón  humana;  ni  se  han  invertido  más  demostracio- 
nes ni  de  mayor  fuerza  para  las  verdades  que  creemos 
saber  en  virtud  de  causas  naturales  ciertísimas  á  nuestro 
juicio  y  evidentísimas.  Pero  aún  pudieran  aducirse  otras 
muchísimas  para  esta  que  defendemos,  y  es  indudable 
que  alguno  las  habrá  aducido,  pues  la  verdad  es  obra  de 
inmensa  extensión;  aquí  sólo  van  expuestas  las  que  nos 
han  ocurrido  al  pensamiento. 

No  quisiera  terminar  este  libro  sin  preguntar  esto: 

«^Por  qué  se  admiten  como  verdades  indudables  todas 
las  demás  que  se  afirman  del  alma  sin  otra  prueba  que 


I 


CAP.  XIX. — INMORTALIDAD  DEL  ALMA  HUMANA     í8l 

muy  escasas  y  muy  ligeras  conjeturas,  miemras  sólo  se 
tiene  por  poco  firme  esta  de  la  inmortalidad,  rodeada  y 
defendida  de  tanta  multitad  de  razones?  Por  más  que 
consideremos  también  como  firmes  é  indudables  aque- 
llas primeras,  lo  que  nos  interesa  es  declarar  como  cierto 
que  existe  alguna  fuerza  enemiga  del  hombre,  que  se 
propone  controvertir  esa  verdad  tan  necesaria  para  nos- 
otros, y  de  cuyas  perniciosísimas  tinieblas  nos  proteja 
Dios,  luz  inmensa  y  verdadera. 


TRATADO  DEL  ALMA  Y  DE  LA  VIDA 


LIBRO    TERCERO 


Viene  á  continuación  la  parte  del  alma  referente  á  las 
pasiones,  que  es  difícil  en  extremo  por  la  diversidad  de 
éstas,  y  á  la  vez  necesaria  para  poner  remedio  á  los 
grandes  males  que  causan  y  medicina  para  las  gravísimas 
enfermedades  que  son  su  resultado. 

No  estudiaron  esta  cuestión  con  bastante  diligencia 
los  pensadores  de  la  antigüedad,  según  vemos  por  sus 
escritos.  Los  estoicos,  á  quienes  sigue  Cicerón  por  con- 
fesión propia,  pervirtieron  todos  sus  razonamientos  con 
las  argucias  que  empleaban.  Aristóteles,  en  su  Retórica, 
sólo  trata  de  esta  materia  por  lo  que  se  puede  referir  al 
orador  político;  pero  aquí  nos  proponemos  explicarla 
con  la  mayor  prolijidad  y  exactitud  posibles. 

Creó  todas  las  cosas  el  Rey  de  la  naturaleza,  á  fin  de 
que  participasen  de  su  esencia,  para  ser,  y  de  su  beati- 
tud, para  el  bienestar,  según  las  facultades  é  índole  de 
cada  cual.  Para  adquirir  y  conservar  aquellos  dones, 
otorgó  las  facultades  correspondientes;  para  el  ser,  la 
propensión  á  librarse,  mientras  uno  pueda,  de  todo  in- 
flujo corruptor;  y  para  estar  bien,  el  deseo  de  lo  bueno 
y  la  aversión  á  lo  malo.  Por  eso  también  se  agregó  el 
conocimiento,  tanto  sensible  como  interior  para  juzgar, 
y  este  juicio,  ya  para  impulsarnos,  ya  para  retraernos. 
En  cuanto  á  la  retracción  en  sí,  ó  retirada,  se  concede 


184  LIBRO  TERCERO 


en  vista  de  algún  bien,  pues  consiste  en  apartarse  de  lo 
malo  hacia  lo  bueno;  así  es  que  todo  cuanto  hacemos  es 
por  causa  del  bien,  semejantes  en  esto  á  nuestro  autor, 
que  es  óptimo:  huímos,  con  efecto,  del  mal  por  el  bien, 
y  deseamos  éste  por  sí  mismo;  si  bien  en  la  elección  de 
él  se  nos  ofrecen  grandes  errores  en  la  vida. 

Es  bien  simplemente  aquello  que  simplemente  apro- 
vecha; es  bien  para  cada  uno  lo  que  aprovecha  á  éste. 
Frente  á  él  se  halla  el  mal,  que  es  aquello  que  perjudica. 
Como  el  bien  es  uno  por  su  naturaleza,  lo  es  igualmente 
para  nosotros;  es  decir,  aquello  que  es  tal,  en  verdad,  y 
por  cuya  participación  nos  hacemos  buenos  y,  en  tanto, 
felices.  Pero  la  ignorancia  ciega  acumuló  en  nosotros 
muchas  clases  de  bienes:  en  el  alma,  en  el  cuerpo  y  en 
el  exterior,  los  cuales  no  cabe  aquí  enumerar,  porque  ya 
lo  hicieron  muchos  autores  y  también  nosotros  en  otro 
lugar. 

Los  actos  de  estas  facultades  otorgadas  á  nuestra 
alma  por  la  naturaleza  para  seguir  el  bien  y  evitarnos 
el  mal,  se  llaman  pasiones  ó  afectos,  por  las  cuales  nos 
inclinamos  hacia  el  bien,  ó  contra  el  mal,  ó  nos  aparta- 
mos de  éste.  Entiéndese  aquí  el  bien  y  el  mal,  no  lo  que 
realmente  lo  sea,  sino  lo  que  cada  cual  cree  que  es  para 
él,  pues  lo  que  pensamos  ser  bueno  ó  malo  toca  al  jui- 
cio, y  en  esto  cabe  gran  engaño  por  la  multiplicidad  de 
opiniones  y  las  densas  tinieblas  que  reinan  en  nuestros 
juicios;  por  más  que  aquí  tenemos  ciertos  gérmenes  de 
verdad  infundidos,  naturalmente,  como  antes  se  dijo, 
aunque  de  carácter  muy  universal,  como  lo  son  ambos 
dones  de  Dios:  «es  un  bien  la  conservación  de  sí  propio 
y  el  vivir  con  beatitud.» 

Mas  como  hay  que  descender  desde  la  cabeza  hasta 
las  diversas  partes,  vienen  al  punto  muchas  caídas  y 
grandes  precipicios.  Hay,  asimismo,  ciertos  movimien- 
tos del  alma  ó,  más  bien,  ímpetus  naturales  que  surgen 


TRATADO  DEL  ALMA  Y  DE  LA  VIDA        l85 

del  cuerpo  impresionado,  v.  gr.,  el  deseo  de  comer  en  el 
hambre,  el  de  beber  en  la  sed,  la  tristeza  en  la  enferme- 
dad ó  bajo  la  presión  de  la  bilis  negra,  la  alegría  en  la 
sangre  líquida  y  pura  que  rodea  el  corazón,  la  molestia 
con  una  herida.  Todos  esos  movimientos  preceden  al  jui- 
cio; todos  los  demás,  por  prontos  y  velocísimos  que  sean, 
siguen  á  la  resolución  del  juicio. 

No  se  movería,  en  efecto,  el  alma,  si  no  prejuzgase  la 
bondad  ó  malicia  del  objeto  de  su  acción,  y  lo  mismo  su- 
cede en  los  animales,  cuya  pasión  no  es  producida  sólo 
por  la  imaginación,  sino  que  se  agrega  un  acto  estima- 
tivo que  en  ellos  hace  veces  de  un  cierto  juicio.  Pero  las 
agitaciones  de  nuestro  espíritu  son  muy  violentas  y  no 
dejan  tiempo  para  nuestra  percepción  y  estudio  de  ellas; 
por  lo  cual  parece  que  en  ocasiones  ese  movimiento  del 
alma  precede  al  juicio;  vemos,  sin  embargo,  que  á  me- 
dida que  cambian  las  enseñanzas  y  doctrinas  que  aquélla 
recibe,  cambian  también  las  pasiones;  aumentando  ó  dis- 
minuyendo, ó  desaparecen  en  absoluto  y  pasan  al  domi- 
nio de  otras  — ya  dijimos  en  el  libro  anterior  cuáles  son 
las  que  mueven  al  juicio  y  le  convierten  á  diversas  reso- 
luciones— ;  de  consiguiente,  sirven  para  concitar  y  para 
aplacar  los  movimientos  anímicos.  No  siempre,  con 
todo,  es  menester  para  excitar  la  pasión  un  juicio  deter- 
minado en  virtud  de  un  cúmulo  de  razones;  bastan  para 
moverla,  y  es  lo  más  frecuente,  las  representaciones  de 
la  imaginación. 

Así,  con  sólo  que  la  fantasía  arrastre  consigo,  en  su 
peculiar  ímpetu,  una  forma  de  opinión  ó  juicio  de  que 
es  bueno  ó  malo  el  objeto  que  se  la  presenta,  caemos  en 
toda  suerte  de  perturbaciones  de  ánimo:  tememos,  nos 
alegramos,  lloramos,  nos  entristecemos;  por  lo  cual  es 
evidente  que  aquéllos  convergen  hacia  la  parte  del 
cuerpo  en  que  domina  preferentemente  la  fantasía.  Por 
eso  achacamos  á  todas  las  pasiones  que  actualmente  su- 


l86  LIBRO  TERCERO 


frimos  las  mismas  cualidades  que  tiene  lá  naturaleza 
corporal:  son  cálidas  unas,  frías  otras;  éstas  húme- 
das, aquéllas  secas,  y  otras  mixtas  de  las  anteriores; 
pues  el  temperamento  del  cuerpo  humano  se  forma  de 
esas  mismas  cualidades,  y,  según  la  índole  y  naturaleza 
de  cada  pasión,  se  produce  fácilmente  y  se  aumenta  en 
su  semejante  corporal,  y  no  así  en  la  contraria. 

Estos  temperamentos  unas  veces  se  excitan  y  aguzan; 
otras,  por  el  contrario,  se  contienen  y  refrenan,  ya  por 
agentes  internos,  ya  externos;  son  los  primeros  las  pasiO' 
nes  mismas:  la  tristeza,  por  ejemplo,,  los  hace  fríos  y  se- 
cos; la  alegría,  cálidos  y  húmedos,  puesto  que  aquéllas 
no  sólo  reciben  sino  que  conservan  la  naturaleza  del 
puerpo;  de  éste  son,  v.  gr.,  la  comida  y  la  bebida,  la 
edad,  las  enfermedades;  factores  que  obran  no  perfec- 
tamente ni  para  todo,  sino  la  mayoría  de  las  veces,  y 
cambian  á  menudo  en  el  cuerpo,  por  lo  cual  también 
cambian  las  pasiones,  en  particular  para  aquellos  que  se 
xlejan  llevar  de  ellas,  no  gobernándose  con  el  timón  de  la 
razón  y  de  un  juicio  cumplido. 

A  esto  se  agregan  los  pensamientos  constantes,  Ios- 
estudios  vastos  y  difíciles  que  hacen  melancólicas  á  las 
personas;  el  criterio  que  tenemos  de  las  cosas,  como 
Demócrito,  que  se  reía  siempre  de  las  perpetuas  tonterías 
humanas,  ó  Heráclito,  que  no  cesaba  de  llorar  en  vista  de 
la  desdicha  de  los  hombres.  Exteriores  son  el  tiempo 
natural,  v.  gr.,  las  cuatro  partes  del  año,  las  horas  del 
día  y  el  nuestro  propio,  ó  sea  el  estado  de  nuestros 
asuntos  ó  el  de  los  públicos,  la  localidad,  general  ó  par- 
ticular, todo  lo  cual  quedó  explicado  en  otro  lugar  proli- 
jamente. En  la  última  se  comprende  la  habitación,  ves- 
tido, compañías;  los  negocios  y  actos  que  nos  propone- 
mos ejecutar,  según  que  sean  vehementes  y  penosos  ó 
agradables;  ya  los  molestos  ó  arduos,  como  los  tranqui- 
los y  fáciles. 


TRATADO  DEL  ALMA  Y  DE  LA  VIDA  I  87 

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No  corresponde  á  las  pasiones  un  solo  nombre,  por- 
que lo  son  también  aquellas  facultades  naturales  en  el 
alma  de  entenderse  hacia  el  bien  y  de  retirarse  del  mal; 
é  igual  denominación  tienen  sus  actos,  llamados  también 
costumbres,  que  de  ellos  se  formaron,  del  vocablo 
griego  £?ou;,  es  decir,  el  hábito;  y  así  debemos  tenerlo  en 
cuenta  en  lo  sucesivo  para  no  caer  en  error;  por  más  que 
el  sentido  mismo  indica  cómo  deben  entenderse  esas 
palabras.  :. 

Habiendo  el  alma  de  habitar  en  el  cuerpo,  infundió 
Dios,  artífice  admirable,  en  el  ser  animal  esta  facultad 
de  las  pasiones  que  sirviesen  á  modo  de  acicates  para  es-* 
timular  su  alma  y  no  yaciese  inerte  y  agobiada  por  la 
masa  corpórea,  cual  asno  perezoso,  con  entorpecimiento 
perpetuo,  y  se  adormeciese  en  su  bienestar  cesando  J^ 
actividad  que  la  era  conveniente.  Con  ellas  se  excita  de 
pronto  como  quien  recibe  varios  espolazos,  ó  bien  es 
contenida  por  un  íreno  para  que  no  caiga  en  el  mal; 
tampoco  el  hombre  carece  de  tales  estímulos  y  frenos, 
por  él  aspecto  animal  que  ofrece,  igualmente  necesarios 
por  las  mismas  causas;  aunque  nosotros  aguzamos  los 
primeros  y  hacemos  más  pesados  los  últimos,  al  agre* 
gar  el  enorme  peso  de  lo  superfluo  á  la  necesidad  sim- 
ple y  ligera. 

L  A§í  como  los  movimientos  del  mar  se  deben,  ya  á  un 
viento  suave,  ya  á  otro  más  fuerte  y,  por  último,  á  uno 
vehemente  que  en  horrenda  tempestad  levanta  hasta  su 
fondo  mismo  con  la  arena  y  los  peces,  sucede  en  estas 
agitaciones  anímicas  que  son  algunas  de  ellas  ligeras, 
que  podíamos  llamar  comienzos  de  movimiento,  otras 
más  potentes  y  otras  que  quebrantan  toda  el  alma  y  la 
expulsan  del  lugar  de  la  razón  y  del  asiento  del  juicio, 
constituyendo  verdaderas  «perturbaciones»  é  ^<impoten- 
cias»,  en  que  el  alma  apenas  es  ya  dueña  de  sí  misma 
sino  que  cae  bajo  potestad  ajena,  y  «ceguedades»  en  que 


l88  LIBRO  TERCERO 


nada  acierta  á  ver.  Puede  llamarse  mejor  á  las  primeras 
«afecciones»;  á  las  demás,  «conmociones»  ó  excitaciones, 
correspondientes  al  nombre  griego 'aOrj, ó  sea«pasiones», 
pues  en  realidad  padece  el  espíritu  entero  con  ese  á 
modo  de  golpe  y  agitación  que,  si  llega  á  ser  más  vio- 
lenta, se  llama  «confusión». 

Las  pasiones  que  han  llegado  á  dominar  con  el  uso  se 
llaman  con  razón  enferm.edades  y  vicios  del  alma,  por  lo 
cual  pertenecen  más  bien  al  género  de  malas  pasiones, 
que  se  tratan  en  otro  lugar.  Hay  también  pasiones  en 
transición,  como  el  pudor  que  viene  de  la  vergüenza;  el 
miedo,  de  un  ligero  ruido;  otras,  como  el  temor,  la  reve- 
rencia, permanecen  y  se  confirman  con  la  duración;  en 
suma,  persiste  toda  pasión  arraigada  por  la  costumbre  en 
virtud  de  la  repetición  de  actos  ó  impuesta  por  alguna 
acción  vigorosa  y  continua.  Algunas  son  infundidas  por 
la  naturaleza  y  por  la  constitución  corporal,  y  pasan  á 
ser  facultades  naturales  á  causa  de  un  prolongado  há- 
bito. Como  las  pasiones  van  unidas  en  parte  á  la  carne 
animal,  y  á  ella  se  adhieren,  cuanto  mayor  es  la  infec- 
ción del  juicio  por  contacto  del  cuerpo,  y  va  más  metido 
en  la  carne,  con  más  gravedad  y  en  mayor  número  sur- 
gen, perturbando  y  pervirtiendo,  no  sólo  los  sentidos 
internos  del  alma,  sino  también  ios  externos:  tal  sucede 
á  los  amantes,  á  los  encolerizados,  á  los  miedosos,  que 
creen  oír  lo  que  jamás  existió.  Por  eso  dijo  el  poeta: 

«Omnes 
Qui  amant,  ipsi  sibi  somnia  fingunt  (i).» 

Y  cuanto  más  puro  y  elevado  es  el  juicio,  tanto  me- 
nos pasiones  admite  y  más  leves,  pues  examina  con  ma- 
yor cuidado  lo  que  hay  de  verdadero  y  bueno  en  cada 
objeto,  y  por  lo  mismo  se  deja  conmover  más  rara  vez 


(i)    Virgilio:  Églogas,  8,  vers.  8. 


r 


TRATADO  DEL  ALMA  Y  DE  LA  VIDA  I  89 

.^ . ^ 1 — — 

y  con  mayor  lentitud.  Aquellas  agitaciones  enormes  y 
completamente  confusas  provienen,  en  efecto,  de  la  igno- 
rancia y  de  la  falta  de  consideración,  ó  también  de  la 
falsedad,  por  creerse  que  son  el  bien  ó  el  mal  mayores 
de  loque  son  en  realidad,  como  mirando  á  través  de  la 
niebla  del  desconocimiento,  y  no  obrando  con  miras  é 
intención  de  un  bien  cualquiera^  como  es  debido,  sino 
habiéndonos  propuesto  muchos  y  diversos  bienes,  fines 
y  medios,  que  cambiamos  en  seguida,  con  inaudita  in- 
constancia, según  los  sitios  y  las  ocasiones. 

Además,  sin  tener  en  cuenta  el  movimiento  que  se 
inicia,  y  sin  ser  dueños  de  nuestro  poder,  nos  dejamos 
llevar  de  la  tempestad  misma,  no  adonde  queremos,  sino 
donde  á  ella  le  place;  y  como  no  miramos  y  comprende- 
mos las  cosas  con  un  prefijado  propósito  mental,  sino 
por  arbitrio  de  la  naturaleza,  nos  conmovemos  en  el 
grado  que  ésta  puede;  porque  los  actos  naturales  no  están 
reducidos  á  los  límites  de  nuestra  voluntad,  sino  gra- 
duados por  el  mayor  esfuerzo  y  potencia  de  cada  fa- 
cultad. 

Todo  ello  es  muy  de  otra  manera  en  el  sabio,  que  no 
se  engaña  al  elegir  el  bien,  y  se  propone  siempre  alguno 
determinado,  y  para  alcanzarle  toma  pocos  caminos, 
pero  explorados  y  seguros.  No  consiente  que  le  gobier- 
nen los  negocios,  sino  que  los  gobierna  él  mismo;  se 
mantiene  en  su  derecho  y  potestad,  para  que  cuando 
surja  una  pasión  por  las  fuerzas  de  la  naturaleza,  la 
contenga  al  instante  con  el  freno  de  la  razón,  y  la  obli- 
gue á  ceder  ante  el  recto  juicio. 


CAPITULO  I 

ENUMERACIÓN    DE    LAS    PASIONES 

Todo  movimiento  del  alma  es  con  respecto  al  bien,  ó 
al  mal,  como  contrario  á  él:  es,  por  tanto,  ó  hacia  el  bien, 
ó  fuera  del  mal,  ó  contra  éste. 

El  bien,  y  lo  mismo  el  mal,  es  presente,  futuro,  pa- 
sado ó  posible;  la  ausencia  del  bien  se  tiene  por  un  mal, y 
viceversa.  Una  vez  conocido  el  bien^  inmediatamente 
agrada,  y  es  como  la  primer  aura  del  movimiento  que 
surge,  y  se  llama  gusto;  confirmado  éste,  conviértese  en 
amor.  El  movimiento  del  bien  presente  que  hemos  alcan- 
zado es  la  alegría;  el  del  bien  futuro  se  llama  deseo,  el 
cual  se  halla  dentro  de  los  límites  del  amor;  el  primer 
movimiento  del  mal  es  el  enojo,  contrario  al  agrado,  y 
confirmado,  se  convierte  en  odio;  el  del  mal  presente, 
tristeza;  el  del  venidero,  miedo.  El  movimiento  contra 
el  mal  presente  es  ira,  odiosidad,  indignación;  contra 
el  mal  futuro,  confianza  y  audacia. 

Bajo  el  amor  están  el  favor,  el  respeto,  la  misericor- 
dia; bajo  la  alegría,  el  deleite;  bajo  el  deseo,  la  espe- 
ranza; bajo  la  tristeza,  el  pesar.  La  soberbia  es  un  mons- 
truo, mezcla  de  muchos  sentimientos:  alegría,  deseo, 
confianza.  Todas  estas  pasiones  se  extienden  también  al 
pasado;  así,  amamos,  odiamos  ó  compadecemos  á  los 
que  vivieron  mucho  antes;  se  extienden  también  á  las 
cosas  posibles,  y  las  ocurridas  en  cierto  modo,  v.  gr.,  en 


CAP.   I. — ENUMERACIÓN  DE  LAS    PASIONES  IQÍ 

las  fábulas  que  sabemos  son  falsas,  lo  mismo  á  las  futu- 
ras que  aparecen  cual  presentes — por  eso  odiamos  hoy 
al  antecristo — y  las  que  parecen  venideras,  como  si  una 
fábula  contase  que  habría  un  hombre  eminentísimo  por 
su  valor  y  la  magnitud  de  sus  hazañas,  le  amamos  ya 
desde  luego;  á  lo  pasado  como  futuro;  por  ejemplo, 
cuando  leemos  la  historia,  nos  tienen  suspenso  el  espí- 
ritu la  esperanza  y  el  temor  de  cómo  quedarán  en  defini- 
tiva las  cosas. 

Observamos  que  siendo  las  pasiones  movimientos  del 
alma,  ya  en  acto,  ya  en  potencia  y  facultad,  no  se  tienen 
por  tales  la  ecuanimidad,  la  tranquilidad  del  corazón,  la 
mansedumbre,  la  seguridad,  pues  que  no  son  movi- 
mientos. Tampoco  se  llaman  pasiones  las  obras,  ni  na- 
cen del  juicio,  contra  lo  que  opinaron  los  estoicos,  sino 
que  son  naturales,  según  el  estado  individual  del  alma, 
el  llanto  en  la  tristeza,  el  sobrecogimiento  en  el  miedo; 
los  transportes  y  las  gesticulaciones  en  la  alegría  inmode- 
rada. Por  su  naturaleza  son  las  pasiones  unas  poderosas, 
como  el  amor  y  el  odio;  en  otras  influyen  exteriormente 
causas  agregadas,  esto  es,  que  vienen  de  fuera;  pero 
todas  ellas  adquieren  su  fuerza  principal  de  la  constitu- 
ción del  cuerpo,  según  decíamos  antes. 

Así  como  unas  brotan  fácilmente  de  otras,  las  hay 
también  que  son  cohibidas  y  refrenadas  por  las  demás: 
del  amor  nace  la  malquerencia,  el  odio  y  la  ira,  como 
si  alguien  aborrece  y  daña  á  un  ser  querido  para  nos- 
otros; de  la  ira,  el  deseo  de  venganza  y  la  alegría  de 
haberla  logrado.  Si  uno  ama  algo,  desea  que  venga,  y 
espera  apoderarse  de  ello;  teme  que  no  se  acerque,  y  al 
llegar  se  alegra;  si  no  llega  cuando  pensaba  y  lo  espe- 
raba, cae  en  tristeza. 

En  cambio,  una  gran  alegría  se  desvanece  con  la  tris- 
teza; la  envidia,  con  la  misericordia  ó  el  miedo;  ante  una 
tristeza  que  nos  oprime  desaparece  otra;  ante  el  miedo. 


192  LIBRO  TERCERO 


el  dolor  ó  la  aflicción,  como  sucede  en  una  lucha  ó  un 
altercado  presente;  así  corre  un  cojo  cuando  el  enemigo 
le  acosa.  Son,  pues,  estas  oscilaciones  á  modo  de  olas;  la 
que  sigue,  unas  veces  aumenta  la  anterior,  otras  la  dis- 
minuye y  amortigua;  lo  mismo  que  sucede  en  una  re- 
vuelta civil,  en  que  nadie  obedece  y  escucha  al  mejor 
sino  al  más  fuerte,  ó  sea  á  quien  somete  el  espíritu  entero 
á  su  jurisdicción,  según  suele  hacer  el  amor  reconcen- 
trado. Porque  aquello  que  uno  cede  por  miedo  al  vence- 
dor, ó  á  un  ladrón,  su  fortuna,  su  mujer  ó  sus  hijos,  lo 
hace  á  causa  de  que  se  ama  á  sí  mismo  más  que  á  todo 
ello,  pues  quien  no  es  así  prefiere  morir  en  el  acto  á  su- 
frir cosa  parecida;  y  quien  persigue  tenazmente  y  recibe 
con  mala  voluntad  al  enemigo  por  el  odio,  al  adversario 
por  la  ira,  al  aborrecido  por  la  malquerencia,  lo  hace 
también  aunque  sea  con  gran  contrariedad,  porque  se 
ama  á  sí  mismo  con  toda  vehemencia  y  en  ello  se  obe- 
dece, condesciende  consigo  y  se  sirve  con  sinceridad; 
mientras  que  quienes  no  se  aman  tan  tiernamente  á  sí 
propios,  son  menos  pertinaces  en  la  dureza  de  sus  actos, 
no  se  dejan  llevar  con  tanto  ímpetu  á  satisfacer  los  de- 
seos de  su  alma. 


CAPITULO  II 


DEL    AMOR 


Juzgada  por  buena  una  cosa,  y  tan  pronto  como  se 
ofrece  á  la  voluntad,  la  mueve  ésta  y  atrae  hacia  sí 
mediante  cierta  conformidad  natural  como  la  que  existe 
entre  la  verdad  y  el  entendimiento,  entre  la  hermosura 
y  los  ojos.  Este  movimiento  de  la  voluntad  que  se  mani- 
fiesta en  una  especie  de  alegría,  en  el  desarrugar  la 
frente  y  sonreír,  con  lo  cual  significa  que  la  gusta  aque- 
llo por  ser  bueno,  se  llama  agrado:  y  le  revelan  también 
los  irracionales  con  signos  exteriores,  saltos,  gritos  des- 
ordenados y  caricias.  El  hombre,  á  su  vez,  con  la  pla- 
cidez del  rostro,  la  desaparición  del  entrecejo,  la  alegría 
y  la  risa.  En  suma:  tanto  el  hombre  como  los  animales 
ante  la  presencia  de  lo  bueno,  deponen  su  fiereza,  si  la 
tienen,  y  comienzan  á  ablandarse. 

El  amor  no  es  otra  cosa  que  el  agrado  confirmado,  y 
se  puede  definir  cda  inclinación  ó  movimiento  de  la 
voluntad  hacia  el  bien»,  pues  la  voluntad  camina,  en 
efecto,  hacia  lo  bueno,  de  donde  nace  el  deseo  de  unirse 
con  él. 

Si  apetecemos  el  bien  por  nosotros  mismos,  esto  es 
para  nuestro  bienestar — aunque  en  realidad  sólo  juzga- 
mos buenauna  cosa  en  cuanto  nos  aprovecha — ,  ese  amor 
se  llama  deseo  ó  concupiscencia,  la  cual  tiene  dos  par- 
tes: cuando  apetecemos  un  bien  que  todavía  no  posee- 
mos, refiérese  á  lo  futuro,  y  entonces  se  llama  anhelo; 

i3 


¡94  LIBRO  TERCERO 


mas  si  se  refiere  á  cosas  que  ya  tenemos  en  nuestro 
poder,  recibe  el  nombre  de  apetito,  de  conservación  ó 
de  retención.  Esta  es  la  manera  de  amar  las  cosas  que 
creemos  útiles  ó  agradables  al  alma,  al  cuerpo,  á  los 
bienes;  y  hasta  muchos  aman  á  Dios  con  esta  clase  de 
amor,  por  ser  autor  y  dispensador  de  los  bienes  todos.  El 
verdadero  y  legítimo  amor  es  el  que  se  tiene  á  las  cosas 
por  sí  mismas,  por  su  propia  bondad,  sin  consideración 
alguna  á  nuestro  provecho  particular:  tal  es  el  recíproco 
entre  amigos,  y  muy  especialmente  el  que  profesa  un 
padre  á  un  hijo.  Del  amor  nace  la  amistad,  cuando  el 
objeto  de  nuestro  afecto  nos  corresponde  con  el  suyo, 
reciprocidad  que  acusa  también  benevolencia. 

Este  bien  hacia  el  cual  se  dirige  el  amor  no  es  sólo  del 
tiempo  actual,  sino  que  igualmente  se  remonta  al  pasado 
con  respecto  á  las  personas  de  insigne  virtud  que  más 
admiramos;  extiéndese  al  porvenir  y  hasta  á  las  cosas 
fingidas  y  fabulosas,  por  imaginarlas  verdaderas,  como 
poco  ha  decíamos. 

La  bondad  se  infiere  de  las  obras:  así  conceptuamos 
por  buenos  á  quienes  cumplen  bien  sus  deberes  para  con 
Dios,  la  patria,  los  padres,  el  monarca,  el  dueño,  los 
amigos,  los  hijos,  parientes,  aliados,  conciudadanos  y 
extranjeros.  Esta  serie  de  obligaciones  se  extiende  muy 
vastamente  en  el  género  humano,  pues,  como  dijo  muy 
bien  Cicerón:  «Ningún  miembro  de  la  vida,  ya  pública, 
ya  privada,  puede  carecer  de  obligaciones.» 

Tiénese  por  buenos  varones  á  quienes  han  procurado 
provecho,  le  procuran  ahora  ó  en  lo  sucesivo  á  más  gen- 
tes, y  siendo  uno  mismo  el  más  querido  para  sí,  ama  á 
quien  le  hace  beneficios,  ó  los  hace  á  los  que  uno  ama, 
sean  hijos  ó  íntimos  amigos,  pues  el  amor  todo  lo  hace 
uno.  De  aquel  que  nos  produce  provecho,  ó  á  quienes  con 
nosotros  se  hallan  unidos  por  cariño,  pensamos  que 
cumple  perfectamente  con  su  deber,  y  es  persona  buena 


CAP.   II.  —  DEL  AMOR  IQS 


porque  ama  lo  que  es  digno  de  amarse,  como  cada  uno 
cree  serlo;  y  no  desearía  conservarse  y  ser  protegido 
sino  tuviese  ese  sentimiento  respecto  de  sí  propio. 

Hasta  el  que  se  trata  con  violencia  á  sí  mismo  lo  hace 
por  amor  á  sí,  para  librarse  de  males  que  le  acosan  ó 
amenazan.  De  este  amor  á  nosotros  mismos  proviene  el 
que  tenemos  á  nuestros  hijos  como  parte  del  propio  ser, 
á  nuestros  semejantes  y  á  nuestras  obras.  La  semejanza 
es,  con  efecto,  causa  de  amor,  como  á  otro  yo,  pues  en 
cierto  modo  produce  la  identidad;  por  lo  cual  todos  los 
animales  se  juntan  naturalmente  á  los  seres  semejantes 
á  ellos;  los  niños  abrazan  y  besan  los  espejos  donde  ven 
su  imagen,  por  creer  que  hay  detrás  algún  otro  niño 
semejante  á  ellos.  Se  comprende  cuan  grande  debió  de 
ser  el  amor  que  inflamó  el  alma  de  Adán  al  ver  por  pri- 
mera vez  á  Eva,  en  quien  le  parecería  mirarse  á  sí 
mismo  bajo  un  nuevo  aspecto. 

Para  granjearnos  amor  es  más  poderosa  la  semejanza 
de  las  almas  que  la  de  los  cuerpos;  si  bien  aquélla  pro- 
viene de  la  constitución  misma  corporal  y  además  de  la 
análoga  proporción  del  temperamento,  de  iguales  estu- 
dios científicos,  de  las  convicciones,  régimen  de  vida  y 
costumbres;  también  la  práctica  y  la  costumbre  adaptan 
un  alma  á  otra,  de  donde  nace  la  amistad  entre  consan- 
guíneos, deudos,  conciudadanos,  condiscípulos,  consec- 
tarios, íntimos  y  domésticos. 

Entre  algunos  hombres  existe  una  admirable  confor- 
midad de  espíritu  que  une  inmediatamente  sus  volunta^ 
des  en  cierta  armonía  misteriosa,  hasta  el  punto  de  que 
amamos  de  pronto  á  quien  jamás  habíamos  visto,  y  al 
contrario,  aborrecemos,  en  virtud  de  una  oposición  y 
desigualdad  internas,  á  personas  del  todo  desconoci- 
das y  no  podemos  avenirnos  de  modo  alguno  á  querer 
sinceramente  á  otras,  aun  beneméritas  para  nosotros. 
Fúndase  ello  á  veces,  no  tanto  en  la  analogía  del  tempe- 


196  LIBRO  TERCERO 


ramento  corporal  como  en  cierto  recíproco  contraste  en- 
tre las  almas  para  constituir  la  armonía  que  resulta,  verbi 
gracia,  entre  los  sonidos  del  acorde  musical  ó  la  propor- 
ción de  los  humores  en  el  cuerpo  sano,  de  tal  modo  que 
no  se  busca  uno  á  otro  por  la  semejanza,  sino  por  la  pro- 
porción para  realizar  esa  conjunción  armónica  y  ese  so- 
nido agradable,  equivalente  á  querer  ó  no  querer  una 
misma  cosa  nuestras  almas.  Así  sucede  que,  á  menudo, 
hombres  de  muy  diversos  ingenios  y  con  una  constitu- 
ción corporal  absolutamente  contraria,  sostienen  mu- 
tua amistad  firmísima,  defecto  del  cual  dice  Plutarco 
con  gran  razón:  «No  se  sabe  de  dónde  ha  venido,  ni 
cómo  nos  ha  invadido.» 

Así  como  por  las  obras  juzgamos  de  la  bondad  inte- 
rior, pensamos  que  es  la  cara  una  imagen  del  alma,  y 
por  eso  amamos  naturalmente  á  quien  es  hermoso;  un 
cómico  dijo:  «El  rostro  hermoso  es  una  tácita  recomen- 
dación»; esto,  á  menos  que  sepamos  que  se  trata  de  un 
alma  mala,  al  modo  como  un  huésped  deforme  puede 
alojarse  en  un  bello  edificio.  Es  más  recomendable,  no 
tanto  una  cara  hermosa  como  una"gentil  y  agradable,  en 
que  se  reflejan  modestia  y  compostura;  señal  ésta  más 
cierta  de  un  espíritu  bien  formado. 

Hav,  además,  otras  causas  por  las  cuales  la  belleza 
atrae  el  amor  como  el  ámbar  las  pajit-.as,  y  que  podemos 
transcribir  de  Platón  y  de  los  platónicos:  así  como  el 
mundo  se  hizo,  por  virtud  del  amor,  de  algo  informe,  no 
sólo  cosa  formada  sino  hermosa,  igualmente  el  amor 
difundido  por  el  mundo  va  empujado  hacia  la  hermo- 
sura, de  cuva  fuente  se  deriva,  siendo  ambos  conformes 
entre  sí.  Aparte  de  esto,  toda  belleza  es  como  un  rayo  y 
vestigio  de  la  inmensa  hermosura  de  Dios;  por  eso  la 
recibimos  como  un  bien,  la  admiramos,  y  del  mismo 
modo  que  la  belleza  divina  produce  amores  verdaderos, 
su  imagen  produce  la  imagen  de  éstos. 


CAP.   II. — DEL  AMOR  I97 


Es  natural  que  la  belleza  de  los  cuerpos  represente  y 
•en  cierto  modo  ofrezca  ante  nuestra  vista  la  de  las  almas 
con  su  cadencia,  elegancia,  proporción  y  armonía.  En 
■efecto:  la  perfección  interior  produce  la  externa;  aquélla 
se  llama  bondad,  ésta  hermosura,  que  parece  ser  como 
una  ñor  de  la  primera  y  de  su  propia  semilla,  como  signi- 
fica el  vocablo  griego  y.rAoy.a-^adía,  Por  eso,  nuestra  alma 
tiende  hacia  la  hermosura  cual  á  cosa  semejante;  en  ella 
ve  expresado  corporalmente,  con  gra  admiración  y  di- 
cha, lo  que  ya  Dios  la  otorgó  espiritualmente;  así  es 
que  se  adhiere  al  ser  semejante  á  sí  misma,  y  desprecia 
lo  que  presenta  deformidad,  como  cosa  desemejante  y 
ajena.  Porque  hay  en  nuestra  alma  una  figura  de  bondad 
y  belleza,  ó  al  contrario,  de  malicia  y  deformidad  pin- 
tada por  obra  de  la  naturaleza,  del  arte  ó  de  la  costum- 
bre; y  una  pintura  exterior  del  objeto  que  corresponde 
con  aquella  interna,  si  conviene  con  lo  bueno  y  bello  que 
en  nosotros  hay,  es  amada;  pero  se  rechaza  si  conforma 
con  lo  malo  y  lo  torpe.  De  aquí  tanta  variedad  y  diver- 
gencia como  existe  en  los  juicios  acerca  de  lo  bueno  y  lo 
malo,  de  lo  hermoso  y  lo  deforme.  Esa  correspondencia 
entre  almas  y  cuerpos  puede  comprenderse  por  la  obra  y 
su  imagen,  dadas  en  el  espíritu  del  artista. 

Pensemos  también  que  la  bondad  del  autor  de  todas 
las  cosas  fué  la  que  le  movió  á  realizar  la  creación  de 
obra  tan  grande,  y  que  la  belleza  no  es  sino  un  rayo  de 
esa  bondad  difundido  por  todo  el  mundo;  según  que  uno 
ha  recibido  más  de  ella,  más  digno  de  amor  es.  Padre 
del  amor  es,  pues,  la  bondad;  así  que  la  belleza  y  el  amor 
parecen  engendrados  por  un  mismo  padre;  de  ahí  que  no 
sea  una  sola  la  causa  de  la  hermosura.  El  primer  rayo 
emanado  de  la  creación  cae  en  «la  mente»,  adornán- 
dola con  la  inteligencia  y  la  reflexión,  que  es  la  belleza 
suprema;  el  segundo  va  dirigido  al  «alma»,  ilustrán- 
dola con  el  conocimiento;  el  tercero,  á  las  «formas»  de 


igS  LIBRO  TERCERO 


los  grados  inferiores  para  fecundarlas  con  las  semillas 
de  propagación  de  la  especie;  el  último,  ya  de  índole  gro- 
sera, toca  á  «la  masa  de  la  materia»,  á  la  cual  dibuja  y 
pinta  con  variedad  de  formas.  Tales  son  las  cualidades 
y  órdenes  de  toda  hermosura,  reflejos  de  la  inmensa  luz 
divina. 

A  los  dos  grados  del  amor  asciende  la  inteligencia; 
pero  la  imaginación  se  detiene  en  los  últimos,  y  de  éstos 
provienen  los  amores  corporales  y  el  deseo  de  engen- 
drar en  lo  hermoso,  ó  de  ello,  para  que  salga  una  forma 
semejante  á  lo  hermoso,  hacia  lo  cual  se  dirige  la  pasión. 
La  finalidad  última  y  suprema  del  amor  es  hacer  de  mu- 
chas cosas  una;  de  diversas,  la  misma;  así,  quien  desea  6 
hace  bien  al  ser  amado,  parece  que  verifica  esto  mismo  al 
amante,  y  tanto  más  si  es  por  causa  de  éste  mismo,  coma 
sucede  en  la  recomendación.  Por  igual  motivo  amamos 
también  á  quien  sabemos  es  querido  de  aquellos  á  quie- 
nes queremos,  pues  el  amor,  como  unitivo  y  copulador 
de  suyo,  adondequiera  se  dirija,  siempre  junta  y  acopla; 
así  como,  al  contrario,  el  odio  desune,  separa  y  disocia. 
Mas  debe  cuidarse  que  lo  amado  no  sea  de  tal  natura- 
leza que  se  quiera  ser  el  dueño  único  de  ello,  pues  enton- 
ces hay  rivalidad,  y  tras  ella,  la  malevolencia.  Frecuen- 
temente se  toma  por  verdadero  amor  la  concupiscencia; 
yo  amo,  v.  gr.,  á  mi  médico  por  causa  de  la  salud;  des- 
pués que  me  la  ha  devuelto,  le  amo  de  veras  y  con  el 
alma  como  á  un  varón  bueno.  Cuanto  más  importante 
para  mí  y  más  frecuente  es  el  bien  que  he  recibido,  con 
mayor  vehemencia  surge  el  amor. 

Por  tal  razón,  el  amor  más  grande  y  ardiente  es  hacia 
Dios  en  aquel  que  contemple  debidamente  á  ese  Ser 
beneficientísimo.  Todo  amor  que  tiene  su  origen  en  la 
debida  gracia  es  tanto  más  ardiente  cuanto  menos  remu- 
nerados quedamos,  ó  cuanto  menos  le  deseó  y  esperaba 
aquel  á  quien  aprovecha.  Son  los  primeros  en  este  caso 


CAP.  II. — DEL  AMOR  IQQ 


los  padres  en  la  humanidad,  aunque  excediendo  Cristo  á 
todos  ellos.  Hace  las  veces  de  beneficio  el  apartar  y 
rechazar  el  mal;  como  hace  las  veces  de  éste  el  impedi- 
mento ú  obstáculo  del  bien. 

No  es  el  amor  puro  y  verdadero  mientras  no  esté  libre 
en  absoluto  de  toda  mira  utilitaria;  y  así  como  se  ama  á 
la  persona  benéfica,  también  ama  el  bienhechor  á  aquel 
á  quien  favoreció  como  si  fuese  una  obra  suya;  por  ejem- 
plo, el  padre  á  su  hijo,  el  maestro  á  los  discípulos;  y  aun 
sucede  á  menudo  ser  más  ardiente  el  amor  de  quien  fa- 
vorece y  ayuda  que  el  de  aquel  que  ha  recibido  el  bene- 
ficio, pues  el  del  primero  es  por  bondad,  y  el  del  otro, 
por  necesidad;  en  aquél  están  el  honor  y  la  gloria,  como 
en  quien  es  mayor  y  más  poderoso;  en  éste,  como  infe- 
rior, una  cierta  vergüenza,  digámoslo  así.  Tiene,  por 
tanto,  el  bienhschor  más  firme  y  valioso  el  principio  del 
amor,  que  es  su  voluntad  y  su  bondad;  pues  el  amor, 
como  del  bien,  va  más  fácilmente  al  bien  que  desde  la  ne- 
cesidad á  éste.  El  benéfico  obra  así  porque  quiere  hacer- 
lo; el  favorecido,  porque  necesita;  por  eso  es  exacto  el 
dicho  vulgar,  «el  amor,  aunque  de  naturaleza  ígnea, 
baja,  no  sube»:  así,  ama  más  el  padre  al  hijo,  el  maestro 
á  su  discípulo,  el  tutor  al  pupilo,  que  al  contrario. 

El  amor  más  grande  y  ardiente  de  todos  es  el  de  Dios 
á  nosotros;  por  eso  le  llamó  sabiamente  San  Juan,  no 
amante,  sino  «el  amor  mismo»,  y  del  propio  modo  Dio- 
nisio en  los  Nombres  Sagrados.  Podemos  afirmar  con 
fe  y  con  razón  verdadera  que  el  autor  de  todas  las  cosas 
lo  ama  todo  según  la  grandeza  de  su  bondad,  que  lo 
hace  y  perfecciona  todo,  que  todo  lo  contiene  en  sí  y  lo 
convierte  hacia  El. 

De  todo  cuanto  produce  el  amor,  nada  más  fuerte  y 
poderoso  que  el  amor  mismo;  ninguna  cosa  es  suscep- 
tible de  conciliar  nuestro  cariño  como  el  que  recíproca- 
mente nos  profesan;  ni  hay  filtro  alguno  más  seguro  ni 


200  LIBRO  TERCERO 


de  más  poder.  No  consiste  en  las  palabras,  como  dijo  el 
poeta  en  aquel  conocido  epigrama: 

«Maree,  at  ameris,  ama»  (i), 

siempre  que  sea  con  verdad  y  de  buen  grado,  pues  el 
amor  fingido  ninguna  fuerza  y  nervio  tiene,  como  tam- 
poco calienta  el  fuego  pintado  en  un  cuadro,  ni  ruge  y  se 
enfurece  un  león  de  mármol.  Tal  generación  mutua  del 
amor  recibe  su  germen  como  en  un  secreto  contacto 
de  la  naturaleza,  y  mediante  un  vínculo  de  todas  las 
cosas  entre  sí  que  creyeron  hallar  ciertos  filósofos,  de 
suerte  que  tocada  una  cosa  cualquiera  se  mueven  las 
que  son  análogas  y  semejantes  á  ella,  como  sucede  en 
las  cuerdas  de  la  cítara.  Se  explica  también  por  el  hecho 
de  que  al  saber  que  alguien  nos  ama,  desde  luego  le  juz- 
gamos por  bueno  y  creemos  justo  que  se  deba  amar  re- 
cíprocamente á  una  persona  buena.  Por  eso  muchas  ve- 
ces no  es  correspondido  el  amante,  si  el  ser  amado  no 
sabe  que  lo  es.  Los  platónicos  buscaron  más  en  lo  alto 
las  raíces  de  este  afecto,  diciendo  que  su  principal  ori- 
gen está  en  la  semejanza,  porque  como  á  quien  más  se 
quiere  naturalmente  es  á  sí  propio,  esa  semejanza  ó  na- 
turaleza idéntica  en  varias  personas  hace  como  otro  ser 
iguala  nosotros;  si  alguien  es  semejante  á  mí,  necesaria, 
mente  lo  soy  yo  á  él,  y  la  misma  circunstancia  que  le 
induce  á  amarme  me  obliga  también  á  corresponderle. 
Además,  el  amante  graba  y  esculpe  en  su  alma  la 
imagen  del  amado,  y  la  lleva  en  ella  como  en  un  espejo 
en  el  cual  se  mira  y  reconoce  el  amado  mismo,  viéndose 
obligado  á  amar  á  aquel  dentro  del  cual  cree  que  vive,  al 
modo  como  los  niños  suelen  besar  su  imagen  en  un 
espejo. 


(i)    «Ama  á  quien  te  ama,   y  responde  á  quien  te  llama, 
y  andarás  carrera  llana.» 


CAP.  a.  —  DEL  AMOR  201 


El  amante  prescinde  de  sí  si  se  entrega  y  esclaviza  en 
obsequio  del  amado;  éste  se  apodera  y  cuida  de  aquél 
como  una  cosa  suya  querida.  Si  pudiésemos  ver  nuestra 
vuluntad,  en  ella  juzgaríamos  acerca  del  amor;  mas 
como  está  cubierta  de  tantas  y  tan  fuertes  envolturas 
que  no  es  capaz  de  penetrar  en  ella  el  examen  de  nues- 
tros ojos  ni  el  de  la  inteligencia,  juzgamos  por  las  obras, 
según  sean  grandes,  frecuentes,  desinteresadas  y  espon- 
táneas; y  si  á  veces  no  es  posible  ejecutar  actos,  con  un 
consejo  sano  y  oportuno  puede  declararse  la  intención 
de  un  afecto  en  que  aparezca  la  voluntad;  así  nos  abo- 
rrecen aquellos  á  quienes  aborrecemos,  nos  aman  nues- 
tros seres  amados;  enójanse  aquellos  con  los  cuales  nos 
hallamos  enojados;  se  alegran  con  nuestra  alegría,  se 
entristecen  con  nuestro  pesar  y  vierten  lágrimas  que  son 
manifestación  elocuente  del  estado  interior  de  su  vo- 
luntad. 

De  consiguiente,  juzgamos  dignos  de  nuestro  amor  y 
amistad  á  quienes  nos  halagan,  alaban  todas  nuestras 
acciones  y  les  parecemos  seres  justos,  como  dijo  el  poeta 
cómico: 

«Obsequium  amicos,  veritas  odium  parit»  (i), 

es  decir,  á  aquellos  que  procuran  distraernos  y  apartar- 
nos de  cosas  tristes;  aborrecemos  y  evitamos,  en  cambio, 
á  los  que  nos  censuran,  nos  llevan  la  contraria  y  nos 
avergüenzan.  En  aquéllos  se  revela  un  afecto  idéntico 
al  nuestro;  en  éstos,  uno  contrario  y  repulsivo;  tal  suce- 
de á  quienes  prefieren  lo  aparatoso  á  lo  útil,  los  vanos 
deleites  al  provecho  sólido  y  permanente,  como  los  jó- 


(i)  «Lo  que  se  gana  regalando,  se  pierde  corrigiendo.  Mal 
me  quieren  mis  comadres  porque  les  digo  las  verdades;  bien 
me  quieren  mis  vecinas  porque  les  digo  las  mentiras.» 


202  LIBRO  TERCERO 


venes  y  personas  habituadas  á  los  placeres,  páralos  cua- 
les es  más  agradable  la  celestina,  el  buíón  ó  el  tahúr 
y  el  que  sabe  corromper  las  buenas  índoles,  que  las 
personas  más  prudentes  y  sabias — como  prefiere  el 
puerco  el  cieno  á  la  mejorana. 

Mácense  de  todos  amar  las  virtudes  sencillas  y  apaci- 
bles: la  equidad,  la  modestia,  la  moderación  y  la  frugali- 
dad por  su  misma  condición  inofensiva,  ó  porque  nos 
inclinamos  generalmente  á  lo  que  es  inferior  á  nosotros 
y  nos  molesta  lo  superior,  en  virtud  de  una  especie  de 
independencia  que,  naciendo  en  una  naturaleza  depra- 
vada, como  en  tierra  viciosa,  degenera  en  arrogancia. 
Las  personas  modestas,  dulces,  blandas  y  halagüeñas 
nos  parece  que  son  excelentes,  dignas  de  estima  y  sim- 
patía; muy  al  contrario  de  lo  que  nos  pasa  con  los  rígi- 
dos censores.  Entre  aquellas  virtudes  apacibles  está  la 
sobriedad  y  la  taciturnidad,  por  eso  las  amamos;  no  así 
á  los  habladores  y  versátiles,  ni  á  los  que  pugnan  por  en- 
terarse de  la  mala  situación  de  los  amigos,  no  para  soco- 
rrerlos, sino  por  afán  y  curiosidad  de  saber,  y  aun  las 
más  de  las  veces  para  tener  de  qué  charlar  con  otros^ 
y  ejercer  su  mordacidad,  según  el  dicho  de  Horacio: 

«Percunctatorem  fugito,  nam  garrulus  idem  est»  (i). 

Acuden  con  diligencia  para  averiguar  las  desgracias, 
mientras  ven  la  prosperidad  con  indiferencia.  Asimismo 
preferimos  la  amistad  de  aquellos  que  olvidan  fácilmente 
las  injurias  ó  las  perdonan,  á  la  vez  que  se  nos  hace 
odioso  el  que  pone  empeño  en  recordarlas;  buscamos 
por  amigos  á  quienes  no  echan  en  cara  los  beneficios, 
al  que  sabe  guardar  á  los  suyos  fidelidad  y  benevolencia, 
por  lo  cual  Dionisio,  tirano  de  Sicilia,  deseaba  ser  el 
tercero  en  la  amistad  de  los  pitagóricos  Damon  y  Pitias, 


(i  )     Epistolarum,  lib.  1,  epist.  i8,  verso  69. 


CAP.  II. — DEL  AMOR  20D 


cuya  lealtad,  cuando  para  alguno  de  ellos  había  peligro 
de  muerte,  ensalzaron  los  autores  de  la  época:  pues  asf 
como  nos  es  agradable  recordar  las  vicisitudes  ya  pasa- 
das, mucho  más  lo  son  los  nombres  de  aquellos  que  no 
nos  abandonaron  entonces,  sino  que  nos  favorecieron  en 
lo  posible,  y  de  aquí  el  proverbio:  Amicus  certus  in  re  in- 
certa  (i).  Con  ese  motivo  decía  Nuestro  Señora  sus 
discípulos:  «Vosotros  sois  los  que  permanecisteis  á  mi 
lado  en  mis  aflicciones.»  No  podemos  amar  á  quienes 
tememos  como  personas  poderosas  que  no  son  igual- 
mente buenas.  La  prudencia  sin  justicia  es  sospechosa; 
se  considera  como  astucia  y  engaño. 

La  confianza  en  alguna  cosa  brota  de  la  misma  raíz 
que  el  amor,  es  decir,  del  concepto  de  bien;  por  eso  uno 
y  otro  afecto  se  ayudan  mutuamente. 

Es  el  amor  un  sentimiento  cálido  y  nace  con  facilidad 
en  los  temperamentos  y  disposiciones  cálidas,  y  lo  mis- 
mo en  circunstancias  de  lugar,  tiempo  y  acciones  de  ese 
mismo  carácter.  Pero  la  mayoría  de  las  personas  cálidas 
dejan  el  amor  por  motivos  fútiles,  ya  porque  se  enojan 
á  menudo,  ó  ya  porque  se  presentan  dominantes  otros 
afectos  que  ahogan  el  amor  como  espinas:  tales  son  la 
envidia,  la  ira,  la  soberbia,  que  vencen  á  los  otros.  Si  la 
sangre  es  delgada,  y  enrarecidos  los  vapores,  con  el  más 
leve  movimiento  se  extingue  la  llama  que  prendió  en 
materia  ligera;  cuando  es  ésta  densa  y  fuerte,  que  no 
cede  con  facilidad  á  los  cambios,  domina  el  amor  vigo- 
rosamente con  sus  temperamentos  cálidos,  aparte  el 
peligro  que  ofrezcan  otros  afectos  muy  ardientes,  como 
la  ira,  la  arrogancia,  el  odio.  Los  templados  y  sanguí- 
neos son  menos  propensos  al  enojo,  y  por  lo  mismo  con- 


(i)    «Échate  á  enfermar  verás  quién  le  quiere  bien,  quién  te 
quiere  mal.  En  el  peligro  se  conoce  al  amigo.» 


204  LIBRO  TERCERO 


servan  el  amor  con  mayor  firmeza  y  fidelidad;  pues  en 
ellos,  aunque  no  es  tan  ardoroso,  tiene  en  cambio  más 
fomento.  Pudieran  aquéllos  compararse  á  la  estopa, 
éstos  á  la  leña,  por  ser  en  los  primeros  mayor  el  ímpetu, 
€n  los  últimos  la  perseverancia;  asimismo  á  los  amigos 
jóvenes,  aun  de  amistad  vulgar,  cada  uno  délos  cuales  no 
vacila  en  ofrecer  su  vida  por  el  otro,  cosa  que  apenas  se 
atrevería  á  hacer  un  padre  por  su  hijo  único;  con  todo,  la 
estopa  es  aquella  llama  súbita  y  arrebatada,  al  par  que 
el  amor  paterno  es  más  grande,  firme  y  duradero.  Así, 
pues,  los  temperamentos  fríos  aman  con  mayor  lentitud 
y  más  apaciblemente;  pero  una  vez  prendido  el  amor  en 
ellos  aman  con  más  ardor  y  constancia,  como  en  mate- 
ria densa  y  seca,  que  sirve  de  fomento  fuerte  y  perma- 
nente para  el  fuego,  semejante  al  hierro. 


CAPITULO  III 


LOS    DESEOS 


Es  el  deseo  un  apetito  del  bien  que  creemos  conve- 
niente para  nosotros,  ya  con  el  fin  de  alcanzarle  si  no 
le  tenemos,  ó  para  conservarle  si  le  disfrutamos.  Los 
bienes  se  refieren,  unos,  al  ser;  otros,  al  bienestar;  perte- 
necen al  primero  las  necesidades  propias  para  conservar 
y  propagar  la  vida,  que  llamamos  naturales:  comida, 
bebida,  medicinas,  fuego,  casa  y  vestido,  y  que  más 
bien  reciben  el  nombre  de  apetitos  que  el  de  deseos. 
Hacia  ellos  va  impelida  nuestra  alma  por  un  tácito  estí- 
mulo natural;  cuando  recibe  su  excitación,  rebasa  el  jui- 
cio sin  escucharle,  como  sucede  con  la  sed  y  con  el 
hambre,  que  por  eso  se  llama  «mala  consejera»,  y  en  los 
caprichos  de  las  embarazadas,  llamados  «picazas». 

Para  nuestro  bienestar  buscamos  comodidades:  man- 
jares bien  preparados,  vino  ó  cerveza,  tejidos  de  lana  y 
lino,  con  otros  elementos  exteriores,  ya  animales,  ya  del 
hombre  mismo;  además,  placeres  y  deleites  de  todos 
nuestros  sentidos  que  se  apetecen  sin  límite.  Por  nuestra 
parte  inventamos  otros  diversos,  como  la  nobleza,  hono- 
res, fama,  dignidades,  riqueza  y  gloria,  y  no  cierta- 
mente en  corto  número,  sino  que  los  aumentamos  todos 
en  proporciones  enormes,  de  donde  proviene  un  cúmulo 
interminable  de  deseos,  que  hizo  exclamar  con  razón  á 
Plinio  Segundo:  «Ningún  animal  tiene  apetito  más  gran- 


206  LIBRO  TERCERO 


de  de  todas  las  cosas  que  el  hombre,  siendo  así  que 
necesita  muy  pocas.» 

Infundióse  en  el  hombre  el  deseo  paraapetecer  y  seguir 
lo  que  juzga  bueno  para  él,  y  para  que,  una  vez  conse- 
guido, lo  conserve.  El  bien  verdadero  del  hombre,  el 
más  firme,  es  Dios;  por  eso  llega  hasta  desearle;  y  como 
es  inmenso,  también  lo  es  la  extensión  de  nuestro  deseo, 
que  no  puede  satisfacerse  sino  en  Dios  mismo,  donde  se 
detiene  y  reposa.  Cuanto  más  conveniente  nos  parece  un 
objeto,  tanto  más  vivamente  es  apetecido  y  con  mayor 
diligencia  conservado.  Ahora,  en  cuanto  al  concepto  de 
lo  conveniente,  divergen  los  pareceres  humanos:  el  espí- 
ritu del  joven  tiene  como  preferible  el  placer;  para  el 
hombre  maduro  son  los  honores;  para  el  enfermo,  la 
salud;  para  el  viejo,  el  sustento;  para  los  soberanos,  la 
gloria,  y  para  cada  cual  según  son  sus  afectos  corpora- 
les ó  espirituales.  Los  de  temperamento  cálido  tienen 
diversos  deseos,  vivos,  vehementes  y  elevados  que  qui- 
sieran satisfacer  en  seguida,  como  dijimos  hablando  del 
amor.  Los  fríos  tienen  menos  deseos,  y  más  apacibles, 
aunque  pertinaces;  se  dirigen  generalmente  á  uno  solo, 
aquel  que  eligieron  ó  que  inflamó  su  alma. 

La  confianza  disminuyelos  deseos;  el  temor,  los  acre- 
cienta; aquellos  que  están  seguros  de  que  no  ha  de  faltar- 
les lo  que  necesitan,  no  tienen  ansia  por  adquirir  ni  por 
■conservar;  así  los  jóvenes,  los  hombres  animosos  y  los 
ebrios,  cuya  sangre  afluye  al  corazón  en  abundancia 
y  con  ardor.  Lo  mismo  los  que  han  pasado  necesidades 
y  los  que  no  saben  cómo  se  consiguen  ó  se  pierden  las 
cosas  provechosas.  Quienes  temen  que  les  falte,  buscan 
y  guardan  con  avidez,  como  los  inválidos,  los  enfermos^ 
las  mujeres,  los  ancianos,  y,  por  último,  todos  aquellos 
que  tienen  junto  al  corazón  la  sangre  escasa,  tenue  y 
tibia.  Tienen  éstos,  naturalmente,  la  angustia  y  preocu- 
pación de  no  carecer,  y  no  en  virtud  de  motivo  alguno  ó 


CAP.  111.  —  LOS  DESEOS  2O7 


de  suposición  de  que  padecerán  necesidades,  sino  por  el 
miedo  que  oprime  su  corazón. 

A  una  juventud  suntuosa  y  dispendiosísima  sigue,  á  me- 
nudo, una  vejez  en  extremo  parca  y  sórdida;  los  que  de  sa- 
nos y  fuertes  eran  liberales,  cuando  enfermos  se  fijan  en 
las  cosas  más  despreciables;  no  quieren  alimentos  salu- 
dables si  cuestan  más  de  lo  que  pensaban;  los  sobrios  y 
avaros  vuélvense  generosos  al  sentir  los  efectos  del  vino. 

Aparte  de  todo  ello,  quien  ha  logrado  con  dificultad  lo 
que  posee,  lo  guarda  con  tesón,  ya  por  el  miedo  á  em- 
prender de  nuevo  el  trabajo,  ya  porque  lo  adquirido  pe- 
nosamente es  más  apreciable,  como  lo  comprado  á  mu- 
cho precio,  V.  gr.,  su  dinero  para  el  mercader  diligente 
y  laborioso,  para  la  madre  su  hijo  y  para  nosotros 
Cristo,  que  nos  redimió  á  costa  de  toda  su  sangre.  En 
cambio  se  descuida  aquello  que  nos  ha  venido  fácil- 
mente, como  son  las  herencias. 

Para  conseguir  las  cosas  que  deseamos  se  ha  conce- 
dido al  hombre  el  cuidado,  la  solicitud  y  la  astucia;  para 
conservarlas  y  custodiarlas,  el  miedo,  la  cautela  y  tam- 
bién audacia  frente  á  cualquier  daño  que  se  presente. 
Han  recibido  los  deseos  sus  nombres  especiales,  según 
los  objetos  en  que  recaen:  del  dinero,  avaricia;  de  los 
honores,  ambición;  del  gusto,  gula;  del  amor,  sensuali- 
dad, y  otros  infinitos  que  varían  según  las  gentes  y  el 
idioma,  siendo  abundante  el  griego  en  tales  nombres. 
Para  la  vida  usual  son  los  más  principales  aquellos  en 
que  interviene  un  vicio,  ó  bien  una  virtud,  como  en  el 
dinero,  honor  y  dignidades,  que  pertenecen  á  la  justicia; 
en  el  gusto  y  tacto,  que  se  refieren  á  la  continencia;  en 
el  conocer  y  saber,  á  la  curiosidad.  En  cuanto  á  otros  in- 
diferentes, v.  gr.,  el  deseo  de  caballos,  la  afición  á  la 
caza,  á  los  espectáculos,  etc.,  son  infinitos,  por  lo  cual 
no  caen  bajo  los  preceptos  del  arte,  ni  tiene  importancia 
el  enumerarlos  prolijamente. 


CAPITULO  IV 

DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR  INDISTINTAMENTE 

Tratemos  ahora  del  amor  en  general:  en  cuanto  al 
deseo,  es  un  amor  falso  y  fingido,  que  á  menudo  imita 
y  representa  al  verdadero  con  sus  actos.  Todo  amor  se 
engendra  del  bien,  y  hacia  él  tiende;  la  naturaleza  misma 
del  bien  hace  que  deseemos  unirnos  á  él  por  su  confor- 
midad con  nosotros,  de  donde  nace  el  deleite  y  la  dicha; 
por  eso  el  término  último  del  amor  es  la  reunión  hasta 
llegar  á  la  unidad,  si  pudiera  ser.  Cuanto  más  estrecha- 
mente se  junta  y  en  la  esencia  misma,  con  mayor  verdad 
y  perfección  consigue  el  amor  su  fin,  afirmándose  con  la 
disolución  de  su  propia  naturaleza. 

Discreta  y  oportuna  en  extremo  es  la  fábula  inventada 
por  Platón:  cuenta  que  habiéndose  Vulcano  presentado 
á  dos  individuos,  muy  estrechamente  unidos  entre  sí  por 
amistad,  complacido  al  ver  sus  recíprocas  muestras  de 
cariño,  los  indujo  á  que  le  pidiesen  un  don  digno  de  la 
munificencia  de  un  Dios;  ellos  le  contestaron:  «Vulcano, 
artífice  de  dioses,  te  rogamos  que  con  esas  tus  herra* 
mientas  y  en  ese  horno,  nos  fundas  de  nuevo  á  ambos, 
y  hagas  de  los  dos  uno.» 

Úñense  los  hombres  en  vista  de  los  bienes  que  les  son 
comunes:  aquellos  para  quienes  han  de  ser  provechosas 
ó  nocivas  unas  mismas  cosas,  con  el  fin  de  alcanzar  las 
primeras  y  evitar  las  últimas,  con  tal  de  que  no  se  estor- 


CAP.  IV.  —  DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR  209 

ben  mutuamente,  porque  entonces  pronto  se  enojarían  y 
separarían;  los  que  tienen  enemigos  comunes  y  dan  lugar 
al  antiguo  proverbio  «las  cosas  malas  ligan  á  los  hom- 
bres», los  que  van  embarcados  en  la  misma  nave,  ó  ha- 
bitan una  misma  ciudad,  los  que  confiaron  sus  merca- 
derías al  mismo  barco.  Amamos  las  cosas  por  su  precio, 
pues  estimamos  en  más  los  bienes  más  grandes  y  las 
mayores  utilidades,  prefiriendo  la  que  nos  parece  de  más 
valor,  y,  por  tanto,  es  querido,  en  primer  lugar,  quien 
nos  la  proporciona.  Para  el  joven  son  bienes  principales 
las  satisfacciones  y  placeres  del  cuerpo;  para  los  viejos, 
la  opulencia;  prefieren  éstos  la  salud,  otros  los  honores, 
la  fama,  el  prestigio  y  la  gloria.  Así,  para  el  ciudadano 
romano  fueron  más  dignos  de  estima  y  más  gratos  los 
que  ensancharon  las  fronteras  del  imperio  que  aquellos 
que  educaban  en  la  virtud  á  sus  propios  hijos;  el  vulgo 
prefiere  las  virtudes  de  provecho  general,  como  es  la 
liberalidad,  la  tolerancia,  la  sencillez,  á  aquellas  otras 
recónditas,  aunque  respetables  y  dignas  de  admirarse 
como  la  grandeza  de  alma,  la  constancia,  firmeza  y  san- 
tidad é  integridad  de  vida. 

Por  lo  mismo  fueron  más  simpáticos  para  el  pueblo 
romano  Pompeyo  y  César  que  Marcelo  y  Catón,  si  bien 
fué  éste  más  venerable;  y  nosotros  distinguimos  con 
nuestro  aprecio  las  virtudes  que  aprovecharon  á  otros 
por  su  semejanza  con  las  que  nos  traen  beneficio,  como 
son  el  haber  cumplido  sus  deberes  con  la  Patria,  con  los 
padres,  parientes  y  amigos;  el  haber  mantenido  su  pa- 
labra, aun  con  el  enemigo,  como  Atilio  Régulo.  En  cam- 
bio aborrecemos  á  los  que  menosprecian  sus  obligacio- 
nes, á  los  olvidadizos,  ingratos,  impíos  é  inhumanos.  El 
Rey  Alfonso  de  Aragón,  habiéndose  hecho  odiar  de  mu- 
chos nobles  napolitanos,  y  muy  principalmente  de  los 
partidarios  de  Anjou,  empezó  á  ser  querido  cuando  su- 
pieron que,  estando  de  caza  en  un  bosque,  ayudó  por  su 


210  LIBPO  TERCERO 


propia  mano  á  un  carbonero  á  sacar  á  su  amo  del  ba- 
rranco en  que  había  caído. 

.  No  interviene  la  razón  solamente  en  la  estimación 
del  amor,  pues  el  precio  es  unas  veces  constante  y  fijo, 
otras  inclina  nuestro  ánimo  en  el  momento  por  parecer- 
nos  bien  entonces,  ó  de  utilidad,  ó  en  virtud  de  algo  que 
nos  hemos  imaginado  en  ello.  Así,  importándonos 
mucho  más  la  salud  que  un  manjar  ó  una  salsa  presen- 
tada en  la  mesa,  nos  vemos  impulsados,  no  obstante,  á. 
tomarlos,  prefiriendo  el  sabor  á  la  cualidad,  con  perjui- 
cio de  la  salud,  bien  por  no  comparar  entonces  aquellas 
condiciones  encontradas,  ó  esperando  que  no  serán  tan 
nocivos  al  cuerpo  ó  que  hallaremos,  si  lo  son,  pronto 
remedio.  De  igual  manera  muchas  personas,  sin  ser 
malas,  pierden  el  favor  divino  por  algún  provecho  en 
negocios  humanos,  cosa  que  no  harían  si  bien  lo  pensa- 
sen, pero  ya  se  ofuscan  olvidando  aquel  gran  beneficio, 
ó  ya  confían  en  que  habrán  de  recuperarle. 

Son  fuerzas  en  cierto  modo  y  acciones  del  amor:  pri- 
mero, ama  la  voluntad,  dueña  y  directora  del  alma 
entera,  y  ese  amor  la  arrastra  hacia  su  bien;  este  movi- 
miento es  el  más  rápido  de  todos,  pues  nace  y  corre  que- 
riendo y  complaciéndose  en  él  la  voluntad  misma,  pa- 
reciendo que  va  impulsada  por  una  pendiente.  Por  eso 
es  el  amor  la  más  poderosa  fuente  de  todas  las  pasiones 
y  con  razón  han  confirmado  los  siglos  la  verdad  del 
axioma:  «Todo  cede  ante  el  amor  como  á  un  vencedor.» 

Además,  si  investigamos  prolijamente  la  cuestión,  ha- 
llaremos, como  ya  antes  se  dijo,  que  del  amor  provienen 
todas  las  pasiones,  pues  lo  que  seguimos  y  apetecemos 
es  aquello  que  amamos;  huímos  y  aborrecemos  lo  con- 
trario, como  la  enfermedad,  por  amar  la  salud;  la  des- 
honra, por  amar  el  honor.  Por  eso  los  que  desconocen 
los  bienes  y,  por  tanto,  tampoco  los  aman,  no  aborrecen 
ni  temen  las  cosas  contrarias;  v.gr.,  los  niños  las  armas 


CAP.  IV.  —  DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR  211 

Ó  los  precipicios,  ó  aquel  sátiro  que  quería  jugar  con  el 
fuego  que  nunca  había  visto,  desconociendo  sus  daños. 
Así,  no  temen  la  ignorancia  los  hombres  rudos  ni  las 
personas  depravadas  sus  vicios,  males  más  graves  que 
los  que  afligen  al  cuerpo,  porque  no  saben  ni  reflexionan 
cuan  importante  es  la  ciencia,  la  virtud  y  el  bien.  Así 
como  surge  el  amor  del  juicio  de  lo  hermoso  ó  de  lo 
bueno,  cuando  adquiere  fuerzas  confirma,  á  su  vez,  el 
juicio  mismo;  de  suerte  que  ya  no  puede  resolver  otra 
cosa  acerca  de  aquello  que  ama,  á  no  ser  que  se  trans- 
forme radicalmente  y  de  modo  tan  rápido  que  el  cambio 
empeore  pronto  lo  bello  ó  lo  bueno;  pues  si  se  verifica 
poco  á  poco,  el  mismo  poder  violento  del  amor  dismi- 
nuye el  efecto  de  la  mudanza.  Después  que  el  amor  ha 
extendido  con  toda  amplitud  su  dominio  en  el  alma, 
aquel  juicio  pasa  á  otras  particularidades,  hasta  llegar  á 
ver  el  amante  en  el  objeto  amado  cosas  buenas  y  hermo- 
sas que  antes  no  viera,  por  lo  que  se  llama  ciego  al 
amor;  y  siempre  aumenta  en  su  interior,  quien  ama,  las 
buenas  condiciones  de  lo  amado  y  rebaja  sus  vicios  ó 
deformidades,  como  dice  Horacio  (i): 

«Strabonem 
Appellat  paetum  pater,  et  pullum,  male  parvus 
Si  cui  filius  est; 
— huno  varum  distortis  cruribus  (2).» 

Sé  de  padres  que  juran  no  haber  nunca  advertido  las 
grandes  deformidades  de  sus  hijos,  aunque  las  tenían 
éstos  en  los  ojos  y  en  la  cara;  de  otros,  que  decían  ser 
correctísimos  y  de  toda  honradez,  siendo  realmente  de 
perversidad  notoria.  Así,  la  aquiescencia  respecto  de  lo 


(i)    Satyrarumy  iib.  I,  Sat.  3,  verso  ¿\<\. 
(2}    «Ojos  hay  que  de  lagañas  se  pagan.  Quien  feo  ama  her- 
moso le  parece.» 


21  2  LIBRO  TERCERO 


que  afirma  quien  es  amado,  equivale  á  un  juez  en  el  es- 
píritu del  que  ama,  que  siempre  sentencia  á  su  favor.  A 
veces  es  el  amor  absolvente,  en  cuanto  al  juicio  de 
otras  cualidades;  quien  ama  á  su  hijo  ó  á  su  mujer  sa- 
biendo bien  su  deformidad,  rudeza  ó  torpeza,  como  su 
cariño  no  toca  á  estos  defectos,  sino  sólo  á  la  persona  de 
la  esposa  ó  del  hijo,  no  se  enfría  su  pasión;  pero  es  que 
interviene  la  benevolencia  que  juzga  aquéllos  tolerables 
en  un  ser  querido. 

Como  el  amor  nace  del  juicio  acerca  del  bien,  en  nues- 
tra mano  está  no  admitirle,  porque  nada  hay  dotado  de 
bondad  ó  de  hermosura  tan  puras  y  excelentes  que  no 
tenga  mezcla  de  algo  que  pueda  disgustarnos  ó  no  con- 
venirnos, por  lo  cual  nos  parezca  menos  bueno,  y,  en 
tanto,  menos  digno  de  apetecerse. 

En  este  orden  sólo  debemos  exceptuar  á  Dios,  á  quien 
si  la  mente  humana  contemplase  tal  como  es,  cosa  im- 
posible de  hecho,  en  vez  de  como  le  contempla,  confi- 
nada dentro  del  cuerpo,  se  vería  arrastrada  á  amarle  con 
más  poderoso  impulso  que  al  conjunto  de  verdades  más 
ciertas,  pues  vería  el  bien  sin  estar  mezclado  con  mal 
alguno.  Todas  las  demás  cosas  llevan  por  delante  ó  con- 
tienen dentro  de  sí  algo  por  lo  cual  puedan  ser  desapro- 
badas por  el  examen  del  juicio  ó  rechazadas  por  el 
albedrío  de  la  voluntad;  tanto  más,  cuanto  que,  aun 
teniendo  cualquier  cosa  por  buena,  podemos  apartar 
nuestra  atención  de  mirarla  y  comprenderla. 

Puede  ser,  en  efecto,  la  voluntad  recibir  fríamente  lo 
que  el  juicio  propone,  ó  dejar  de  recibirlo;  por  eso  la 
frase  «puede  el  amor  ser  atraído,  pero  no  forzado», 
confirmada  por  el  dicho  de  Claudiano:  «No  obligarás 
por  fuerza  á  ser  amado.»  Mas  una  vez  que  el  amor  se  ha 
afianzado  en  su  dominio,  y  como  constituido  en  posesión 
de  la  voluntad,  no  está  dentro  de  su  poder  arrancarle 
cuando  quiera,  según  el  dicho  de  Publio  el  mimógrafo: 


Cap.  IV. — DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR     2l3 

«Entra  el  amor  por  arbitrio  del  alma,  pero  no  sale  así», 
como  también  lo  expresó  admirablemente  Plutarco: 
«Amor  sensim  illabitur,  sed  ingressus  non  facile  discet 
dit,  etiamsi  alatus  (i).»  Obliga,  en  efecto,  á  pensar  inme- 
diatamente en  el  objeto  querido;  ese  pensamiento  le  hace 
familiares  cuantas  cosas  con  él  se  relacionan,  y  no  sólo 
provoca  el  amor  un  pensamiento  frecuente,  sino  á  la  vez 
el  propósito  de  investigar  y  conocer  todo  lo  propio  del 
amado. 

El  santo  Apóstol  dijo:  «Todo  lo  investiga  el  amor, 
hasta  las  profundidades  de  Dios.» 

El  amor  del  cuerpo  quiere  unirse  corporalmente;  el 
amor  espiritual,  la  unión  de  las  almas,  de  suerte  que 
haya  una  sola  en  dos  cuerpos,  que  es  el  enlace  más 
grande,  verdadero  y  persistente,  del  cual  nace  el  querer 
ó  no  querer  una  misma  cosa,  y  que  el  amigo  sea  otro  ser 
igual  á  uno  mismo:  así  llamó  Horacio  á  su  gran  amigo 
Virgilio  «mitad  de  su  alma»;  por  eso  todas  las  cosas  que 
á  un  amigo  pertenecen  las  llama  suyas  el  otro;  de  donde 
aquella  ley  de  los  pitagóricos:  «Amicorum  esse  commu- 
nia  omnia  (2).»  Muy  á  menudo  se  cuidan  las  cosas  de  los 
amigos  con  más  diligencia  que  las  propias;  y  nos  acor- 
damos de  ellos,  al  paso  que  nos  olvidamos  de  nosotros 
mismos. 

Es  amor  el  deseo  de  gozar  del  bien,  de  unirse  á  él, 
para  que  quien  le  ama,  con  el  contacto  de  lo  amado,  ó 
sea  del  bien,  se  haga  bueno.  El  amor  de  concupiscencia 
quiere  acercarse  y  juntarse  con  una  clase  de  unión  que 
satisfaga  el  deseo  ó  la  captación:  bebo  el  vino  ó  como 
un  manjar;  lo  que  sólo  he  de  oler,  no  lo  aproximo  tanto; 
todavía  de  más  lejos  percibimos  los  sonidos  y  vemos  las 


(i)    «Quien  en  zarzas  y  en  amores  se  metiere,  entrará  cuan- 
do quiera,  mas  no  saldrá  cuando  quisiere.» 
(2)    «Las  entrañas  y  arquetas  á  los  amigos  abiertas.» 


2Í4  LIBRÓ  TERCERO 


cosas;  el  vestido  se  aplica  al  cuerpo  ó  se  guarda  en  el 
armario;  el  dinero,  en  una  arca  ó  en  sitio  donde  hay 
seguridad  de  hallarle  cuando  se  busque.  También  hay 
quien  se  cree  rico  por  las  partidas  de  su  libro  de  cuen- 
tas, por  las  mercaderías  que  navegan  en  los  barcos,  ó 
están  en  poder  de  sus  consocios  ó  administradores.  No 
es  igual  para  todos  los  hombres  el  concepto  de  cosas 
queridas:  unas  veces  se  busca  lo  necesario  para  vivir, 
otras  lo  que  nos  produzca  placeres.  Los  amigos,  cuando 
es  posible,  se  juntan  personalmente,  se  ven  y  se  hablan, 
se  mencionan  ó  se  recuerdan;  si  no  pueden  realizarlo  en 
la  medida  de  su  deseo,  sienten  disgusto  y  tristeza,  tanto 
mayor  cuanto  más  pequeño  es  el  obstáculo  que  los 
separa,  pues  experimentan  mayor  impaciencia  por  saber 
que  están  más  cerca.  Y  aun  los  que  quieren  á  personas 
ya  difuntas,  comunican  con  ellas  cuanto  pueden  me- 
diante su  continuo  recuerdo,  visitando  los  lugares  donde 
solían  reunirse,  y  hasta  con  la  presencia  de  las  cosas 
que  renuevan  su  memoria,  todo  lo  cual  hacemos  con 
los  amigos  ausentes. 

Se  ha  dado  al  hombre  este  deseo  de  unión  en  el  amor 
para  que  quiera  juntarse  con  su  verdadero  bien,  que  es 
Dios,  para  que,  hecho  á  su  vez  un  Dios,  por  decirlo  así, 
sea  copartícipe  de  su  eterna  bienaventuranza.  Esa  es,  en 
definitiva,  la  unión  cierta,  firme  y  fructífera;  precio  am- 
plísimo del  amor;  todas  las  demás  uniones  son  vanas  y 
sin  fruto;  tanto,  que  si  uno  examina  qué  es  lo  que  los 
amigos  apetecen  en  su  recíproco  amor,  verá  que  nada 
hay  más  vacío,  esto  es,   estar  juntos,  verse  y  hablarse. 

Sirve  de  tormento  el  amor  con  su  deseo  de  goce,  no 
por  el  amor  mismo,  que  es  lo  más  dulce  que  puede  ha- 
ber, sino  por  ese  deseo,  que  si  se  aplaza  en  su  satisfac- 
ción, aflige  nuestra  alma;  pero  si  existe  alguna  esperanza 
de  gozar,  produce  consuelo  y  hasta  agrado;  pues  así 
como  el  amor  experimenta  gran  deleite  en  su  goce,  no 


(JAP.  IV. — DÉ  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR  i^  I  5 

es  pequeño  el  de  la  esperanza,  porque  la  imaginación  nos 
le  ofrece  como  presente.  Así,  la  mayoría  de  los  que  de- 
sean inventan  diversas  esperanzas  y  dan  crédito  fácil- 
mente á  quienes  les  prometen  que  se  logrará  lo  deseado: 
ese  es  el  medio  de  que  se  valen  los  picaros  para  engañar 
á  los  avaros. 

El  amor  de  deseo  mira  dentro  de  sí;  el  de  amistad, 
hacia  fuera,  á  aquel  á  quien  ama;  el  amante  muere  poco 
á  poco  en  sí  mismo,  mientras  que  en  él  vive  el  ser 
amado;  tal  es  el  dicho  del  Apóstol:  «Vivo,  aunque  no  soy 
yo  quien  vive,  sino  Cristo  el  que  vive  en  mí.»  Deja  ya  de 
pensar  en  sí,  de  cuidarse,  de  atenderse;  y,  en  cambio, 
piensa  en  lo  amado,  le  cuida  y  atiende;  á  esto  se  llama 
«éxtasis»,  cuando  el  amante,  olvidado  por  entero  de  sí 
propio,  está  todo  él  fuer^  de  sí,  todo  él  en  lo  amado,  y 
lo  amado  en  él;  porque  si  esa  llama  se  vuelve  y  recoge 
al  interior,  menos  arderá  fuera.  Así  ocurre  que  quienes 
se  aman  vivamente  á  sí  mismos  quieren  á  los  demás  con 
frialdad,  todo  lo  refieren  á  sí  propios  y  á  cuanto  creen 
bueno  para  ellos:  placeres,  distracción,  honor,  dignida- 
des, poderío.  Los  hay  que  no  atienden  á  su  mujer,  hijos 
ni  á  otras  queridas  personas,  por  servir  á  sus  placeres, 
y  es  porque  se  aman  ellos  con  vehemencia,  siendo  para 
los  otros  tibios,  y  más  bien  fríos. 

El  amor  de  concupiscencia  desea  bienes  al  amado, 
pero  por  sí  propio,  v.  gr.,  al  vino,  dulzura  y  excelencia; 
á  su  caballo,  fuerza  y  agilidad;  hermosura  y  elegancia  á 
su  amiga;  riquezas  al  bienhechor;  apetece,  por  tanto,  las 
cosas  que  juzga  buenas  para  sí.  Muy  al  contrario,  el 
verdadero  amor  desea  y  procura  todos  los  bienes  al  ser 
amado,  por  éste,  no  por  sí  mismo;  jamás  es  mercenario: 
no  pide  para  él  premio,  ni  espera  cosa  que  sea  contra  la 
condición  del  amor;  si  así  lo  desease,  no  le  amaría  por 
ser  bueno  de  suyo,  sino  por  conveniente  para  él.  Consi- 
dera el  amor  el  origen  del  bien,  no  el  fin  de  su  utilidad, 


2l6  LIBRO  TERCERO 


y  de  ello  son  un  ejemplo  evidente  los  hijos,  á  quienes 
aman  sus  padres  sólo  por  ellos,  sin  mira  alguna  de  sus 
ventajas,  premio  ó  fruto.  Tal  es  el  amor  de  Dios  hacia 
nosotros,  y  tal  debe  ser  el  nuestro  á  El,  pues  no  desea  el 
amor  la  conjunción  como  recompensa  de  su  acto,  sino 
que  es  la  meta  hacia  la  cual  se  dirige  por  móvil  espon- 
táneo de  su  naturaleza.  Así  como  no  se  ama  uno  por 
aprovecharse,  sino  que  se  aprovecha  porque  se  ama, 
tampoco  se  ama  por  querer  unirse,  sino  viceversa;  ni 
desea  unirse  para  deleitarse,  sino  que  el  deleite  viene 
del  contacto  con  nuestro  bien,  de  su  posesión  y  estrecho 
enlace.  Ese  es  el  fruto  del  amor,  el  fin  de  su  deseo,  el 
que  acompaña  antes  déla  unión.  Cuanto  más  íntimo, 
más  igualador  es  el  amor;  produce  la  igualdad  en  cuanto 
lo  permite  la  naturaleza  de  las  cosas  que  une:  «las  más 
altas  — nos  dice  Dionisio,  según  Hierotco —  se  bajan  al 
nivel  de  las  inferiores;  las  iguales  se  asocian  entre  sí;  las 
inferiores  suben  á  la  altura  de  las  más  sublimes  y  exce- 
lentes.» 

Es  en  extremo  temeroso  y  lleno  de  angustia  el  amor 
para  los  seres  queridos:  el  ebrio,  porque  no  perjudique  la 
helada  á  las  viñas;  el  amante,  para  que  el  calor  ó  el  frío 
no  causen  daño  á  su  amiga;  el  comerciante  teme  las  tem- 
pestades, el  amigo  por  su  amigo,  el  padre  por  sus  hijos, 
el  marido  por  la  mujer,  ésta  por  él.  De  aquella  casta 
matrona  dice  el  poeta: 

«Quando  ego  non  timui  graviora  pericula  veris? 
Res  est  sollicili  plena  timoris  amor  (i).» 

Causa,  en  efecto,  molestias  todo  amor  á  hombres  y 
cosas  humanas,  pues  ninguna  hay  respecto  de  la  que  no 
haya  mil  temores,  por  más  guardada  y  defendida  que  pa- 
rezca contra  las  vicisitudes  de  la  fortuna.  Es,  en  cambio, 


(i)    Ovidio,  Heroidas,  epist.  I,  verso  ii. 


I 


2k 


CAP.  IV.  — DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR  Úl'J 


agradabilísimo  el  amor  á  Dios  de  quien  ningún  cuidado 
ni  molestia  puede  resultarnos;  todo  en  él  está  seguro, 
lleno  todo  de  goces  y  dicha  sempiterna.  En  los  demás 
amores  hay  mucho  molesto:  en  la  amistad  sentimos  con- 
tinuo miedo;  en  el  deseo,  preocupaciones  y  ansiedad;  en 
la  conservación,  cuidados;  en  el  sensual  son  innumera- 
bles las  molestias  que  le  asedian.  Cuando  hay  peligro,  el 
amor  es  cauto  y  temeroso,  si  confía  poder  escapar  de  él, 
como  vemos  en  Séneca  que  dice  Tiestes  á  sus  hijos: 
«Vosotros  me  hacéis  medroso»;  si  se  le  presenta  una 
dificultad,  se  hace  atrevidísimo. 

Ja.más  podrá  estar  ocioso  el  amor  en  virtud  del  estí- 
mulo de  la  voluntad  que  le  instiga  á  ejecutar  actos; 
siempre  está  proyectando  algo  y  piensa  qué  puede  ser 
grato  al  amado  y  aprovecharle,  no  sólo  á  él,  sino  á  quie- 
nes desee  complacer.  Si  no  puede  ser  con  obras,  por  lo 
menos  con  sus  buenos  deseos  y  aspiraciones,  con  faus- 
tos presagios,  procura  el  bienestar  del  amado,  se  alegra 
si  se  realizan,  y  siente  que  no  lleguen  á  verificarse,  ó  que 
sea  contra  su  pensamiento. 

Del  amor  de  concupiscencia  surgen  la  rivalidad  y  la 
envidia,  pues  muchos  apetecen  lo  que  uno  solo  desea 
poseer,  como  sucede  con  una  amiga,  con  un  amigo  opu- 
lento ó  con  las  ganancias.  Del  amor  de  las  almas  nace 
el  candor  y  la  comunicación;  quien  ama  á  una  persona 
buena  no  teme  rivales,  antes  bien,  quiere  que  haya  mu- 
chos que  le  acompañen  en  su  afecto;  como  el  que  quiere 
á  Dios  desearía  llevar  á  todo  el  mundo  á  adherirse  á  este 
amor,  y  piensa  que  son  bien  dignos  de  lástima  los  que 
están  separados  de  él.  Aquel  amigo  que  quisiera  tener 
para  sí  solo  el  cariño  de  otro,  no  ama  bien  y  con  verdad, 
sino  que  d esea  algo  útil  para  sí,  á  saber:  disfrutar  sus  con- 
versaciones, la  erudición,  riquezas,  hacienda,  la  repu- 
tación y  gloria  del  amigo.  Desea  el  amante  que  se  pre- 
sente algo  grande  y  de  empeño  que  redunde  en  favor  del 


2lS  LÍBRO  TERCÍEftd 


amado,  y  se  alegra  de  que  llegue  á  realizarse:  «Iban  los 
discípulos  alegres  á  presencia  de  la  asamblea  porque  los 
consideraban  dignos  de  padecer  injurias  por  el  nombre 
de  su  Señor  Jesús.» 

Nada  rehusa  sufrir  el  amor  por  grave  y  difícil,  por 
humilde  y  abyecto  que  sea,  bien  exceda  de  sus  fuerzas, 
bien  hiera  la  dignidad  y  autoridad  de  su  persona:  todo 
lo  cree  fácil;  todo  conveniente,  mientras  crea  que  habrá 
de  agradar  al  amado.  Y  no  es  este  sólo  á  quien  quiere  el 
amante,  sino  á  todas  cuantas  cosas  le  son  gratas:  los  hi- 
jos, parientes  y  amigos,  hasta  los  criados  y  los  perros, 
por  lo  cual  se  dijo:  «Diligit  canem,  qui  et  herum 
ejus  (i).»  Le  gusta,  en  suma,  cualquier  cosa  que  refres- 
que la  memoria  de  él,  sus  vestidos,  pañuelos,  retratos, 
los  lugares  y  objetos  semejantes;  esto,  á  menos  que  esté 
mezclada  con  el  amor  la  tristeza,  pues  entonces  son  tris- 
tes los  recuerdos  del  amado,  v.  gr.,  el  de  un  hijo  que 
murió  prematuramente,  el  de  la  esposa,  ó  del  marido. 
Como  está  en  su  pensamiento  continuamente  y  le  causa 
perpetuo  cuidado,  asciende  el  calor  desde  el  estómago  al 
cerebro;  de  ahila  crudeza  y  agotamiento  de  la  sangre,  la 
palidez  del  rostro  y  de  todo  el  cuerpo,  el  ahogo  de  la  res- 
piración, los  sollozos  del  alma  por  la  tensión  vehemente, 
muy  en  particular  ante  la  presencia  ola  mención  del  ob- 
jeto querido,  como  si  el  espíritu  se  viese  aliviado  de  un 
gran  peso;  á  menudo  saltan  también  las  lágrimas,  por 
liquidarse  la  humedad  con  el  calor  del  cerebro  hacién- 
dola fluir  por  los  ojos.  Otras  veces  se  canturrea  para 
espaciar  el  ánimo  fatigado  por  la  lucha  de  la  imagina- 
ción; se  mira  con  gran  fijeza  y  gesto  extravagante  al  ser 
querido  sin  dirigir  á  otro  lado  la  mirada  ni  el  pensamien- 
to; alterna  el  rostro  encendido  con  el  lívido  por  la  afluen- 
cia ó  la  retirada  de  la  sangre;  por  lo  mismo  se  está  á  veces 


(i)     «Quien  bien  ama  á  Beltrán,  bien  ama  á  su  can.» 


CaP.  iV.— de  ambos  géneros  dé  aaío^        úig 

sofocado,  á  veces  n'gido,  no  se  acierta  á  estar  quieto  en 
un  sitio;  es  frecuente  la  agitación  excesiva  de  los  miem- 
bros, continuas  las  lamentaciones,  fuera  de  tiempo  y  ne- 
cias las  alabanzas;  en  el  amor  de  Cupido  aparece  una 
repentina  indignación,  procacidad  y  petulancia,  sospe- 
chas á  cada  paso,  y,  como  dice  Terencio:  «En  el  amor 
hay  lo  siguiente:  injurias,  sospechas,  enemistades,  gue- 
rra, treguas  y  paz  otra  vez.»  Otro  poeta  cómico  describe 
en  la  Cistellaria  los  actos  y  operaciones  del  amor:  «Creo 
que  en  los  hombres  fué  el  primer  amor  una  invención 
del  tormento:  me  revuelvo,  padezco,  me  agito,  me  hallo 
excitado,  mísero,  doy  vueltas  en  la  rueda  del  amor»,  y 
sigue  por  este  orden.  A  fin  de  estar  más  tiempo  juntos 
los  amantes,  retiene  el  uno  al  otro  con  vana  charla, 
cuentecillos  y  fábulas  traídas  de  acá  ó  allá,  sorprendiendo 
tanto  flujo  de  palabras  que  no  se  sabe  cómo  salen.  Hay 
otros  que,  perturbado  el  entendimiento  ó  demasiado  fijo 
en  un  punto,  no  aciertan  á hablar  seguido,  sino  que  pro- 
rrumpen á  largos  intervalos  en  tal  cual  expresión  cor- 
tada: «jOh  amores,  vida,  dulzura,  esperanza!  ¡oh  belleza 
celestial  y  divina! 

Todos  los  amores  de  concupiscencia  lisonjean  y  alaban 
hasta  llegar  á  la  adulación;  personas  las  más  respetables, 
cuando  desean  vivamente  algo,  sirven  á  otras  indignas, 
temen  á  las  poderosas  y  respetan  á  las  de  mayor  desca- 
ro; los  avaros  hacen  regalos  y  se  humillan  ante  los  sober- 
bios, porque  todos  ellos  aspiran  á  complacer  por  cual- 
quier medio  sus  intentos  y  satisfacer  su  deseo;  con  esa 
sola  mira  no  tienen  en  cuenta  su  persona  y  calidad;  van 
á  los  placeres  á  través  de  toda  molestia  y  dificultad,  como 
Va  el  ambicioso  á  obtener  poderío  mediante  la  abyección 
y  la  servidumbre,  según  dijo  Ausonio:  «quieren  servir 
para  poder  dominar».  Son  tales,  aquellos  que  en  el  cortejo 
de  los  soberanos  sufren  miserable  esclavitud,  por  ver  si 
al  cabo  alcanzan  algún  favor  y  participan  de  la  potes- 


ááO  LIBRO  TERdERO 


lad.  Los  reyes  mismos  toleran  en  sus  ejércitos  á  hom- 
bres de  la  mayor  insolencia  y  maldad,  cun  tal  de  lograr 
con  su  auxilio  mayor  extensión  de  su  reino,  ó  gobernar 
más  á  su  capricho. 

Por  el  gran  calor  que  tiene,  impulsa  el  amor  á  ejecutar 
obras  grandes  y  admirables,  que  rebasan  las  fuerzas  ordi- 
narias, el  entendimiento  y  facultades  comunes;  se  aco- 
meten empresas  de  gran  aliento,  en  que  se  han  de  correr 
y  soportar  con  firmeza  graves  peligros;  se  disipan  patri- 
monios como  si  fuesen  livianas  pajas:  «aunque  diera  el 
hombre  toda  su  substancia  por  el  amor,  le  parecerá  no 
dar  nada»,  dice  Salomón  en  sus  Cantares.  Aquel  mismo 
calor  acrecienta  el  ingenio,  se  discurren  sutiles  razones, 
se  hallan  de  pronto  eficaces  consejos,  se  inventan  versos; 
adquiere  uno  de  repente  elocuencia;  nada  de  lo  cual 
subsiste  si  el  amor  se  extingue.  También  aumenta  el 
amor  con  el  continuo  pensar  en  el  objeto  querido,  que 
se  graba  así  en  el  alma  y  se  incrusta  más  profundamente; 
pues  no  hay  mayor  enemigo  suyo  que  el  olvido.  Y  si 
cuanto  más  se  piensa  mayores  bienes  se  ofrecen,  es 
natural  que  se  enardezca  más  con  la  benevolencia,  como 
pasa  con  el  amor  de  Dios.  Lo  mismo  sucede  si  se  pre- 
senta algún  bien  inesperado,  aunque  sea  muy  pequeño, 
se  considera  grandísimo  porque  viene  sin  esperarle,  y 
hasta  contra  lo  que  se  esperaba;  así  ocurre  cuando  pre- 
guntamos á  uno  á  quien  suponíamos  torpe  «qué  parte  del 
campo  cree  se  puede  arar»  y  contesta  acertadamente. 

En  suma:  amamos  el  bien  en  razón  directa  del  grado 
en  que  le  conocemos.  El  conocimiento  precede  al  amor, 
y  debe  ser  suficiente  para  producirle;  ahora,  cuando  ya 
nos  hemos  unido  con  el  objeto  de  nuestro  afecto,  le  co- 
nocemos mejor  y  de  más  cerca;  entonces  es  cuando  real- 
mente gozamos  de  él.  Por  el  primer  conocimiento  sabe- 
mos que  es  bueno;  por  el  siguiente  lo  comprobamos,  y 
esto  se  dice  de  todo  amor;  por  eso  el  fruto  de  éste  es  el 


CAP.  IV.  —  DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR     221 

goce,  que  es  un  acto  de  deleite,  no  sólo  de  la  voluntad, 
sino  también  de  la  inteligencia,  como  sucede  en  Dios. 

De  esta  manera  ocupa  el  amor  un  término  medio  en- 
tre el  conocimiento  incipiente  y  el  conocimiento  pleno 
que  tiene  lugar  en  ia  unión;  por  eso  con  ésta  se  extin- 
gue el  deseo,  pero  no  el  amor;  antes  bien,  éste  se  encien- 
de y  crece  cada  vez  más  cuanto  mayores  excelencias  des- 
cubrimos en  el  objeto  amado  sobre  aquellas  que  se 
ofrecieron  en  el  conocimiento  primero,  que  dio  origen 
al  amor.  La  costumbre,  además,  que  hace  más  peque- 
ños los  males,  y  aun  á  veces  agradables  las  molestias, 
destruye  las  cosas  contrarias  al  amor;  con  ella  se  purifi- 
ca éste  y  enardece.  A  las  personas  acostumbradas  enojan 
menos  las  molestias,  así  anímicas  como  corporales,  que 
al  principio  nos  causan  sensación  de  dolor  y  disgusto. 
Con  el  frecuente  ejercicio,  no  sólo  se  aviva  el  amor, 
sino  que  todo  cuanto  ve  y  oye  el  amante  lo  aplica  al 
amado,  ya  por  comparación,  semejanza  ó  por  algún 
recuerdo  indirecto;  porque  siempre  está  pensando  casi 
en  presencia  de  él. 

Igualmente  crece  el  amor  cuando  no  aman  los  demás 
aquello  que  juzgamos  digno  de  ser  amado;  recógese  en- 
tonces el  cariño  en  el  corazón  del  amante  y  adquiere  más 
fuerza,  como  el  calor  en  los  pozos  y  en  los  cuerpos  de 
los  animales  por  el  invierno.  Así  quiere  la  madre  con 
exaltación  al  hijo  aborrecido  de  los  otros,  porque  si  todos 
le  aman,  parece  como  si  se  dividiese  el  amor  entre  mu- 
chos, ó  que  reposa  en  la  estimación  general  del  objeto 
aquel  impulso  primero  del  alma  hacia  él;  por  eso  el 
amor  se  vuelve  menos  vivo  y  vehemente,  si  no  es  que 
amemos  lo  que  queremos  disfrutar  nosotros  únicamente, 
como  en  el  amor  de  deseo.  También  se  acrecienta  el  amor 
por  la  compasión,  cual  sucede  á  los  padres  con  los  hijos 
pequeños,  inútiles,  enfermos,  pobres,  desgraciados,  en 
viajes  ó  en  peligro,  v.  gr.,  en  guerra,  navegación  ó  en 


222  LIBRO  TERCERO 


expediciones  largas  y  difíciles.  Cuanto  más  numerosas  y 
graves  son  sus  causas,  es  natural  que  se  aspire  más  al 
amor  que  de  ellas  nace;  de  igual  modo  que  si  á  la  bondad 
de  una  persona  se  agrega  la  hospitalidad  paternal  que 
ofrece,  el  parentesco,  la  amistad  y  otras  análogas  cir- 
cunstancias. 

Los  deseos  de  cosas  naturales  tienen  algún  término; 
pero  en  los  de  objetos  qué  imaginamos  no  hay  meta  ni 
límite  alguno:  haciendas,  riqueza,  honores,  poderío  y 
gloria;  pues  no  consiste  en  su  cualidad,  sino  en  nuestro 
concepto  acerca  de  ellos,  pues  los  inventamos  para  vivir 
tranquilamente,  con  placidez  y  dicha;  pero  ellos,  como 
no  tocan  á  nuestra  alma  en  sí,  no  son  capaces  de  favore- 
cerla, y  por  mucho  que  queramos  aprovecharlos,  son 
cosas  leves  y  vanas,  que  no  llegan  á  colmar  la  profun- 
didad del  espíritu;  tan  lejos  están  de  hacernos  felices^ 
que  más  bien  sufrimos  increíbles  padecimientos  para 
inventarlos,  para  alcanzarlos,  y  después  para  conser- 
varlos. 

Una  vez  excitadas  la  avaricia  y  la  ambición  por  vanas 
conjeturas,  llegan  hasta  lo  inmenso;  pensamos  que  una 
vez  adquiridos  el  dinero  ú  honores  deseados,  habremos 
de  pasar  una  vida  alegre  y  dichosísima;  pero  ya  en  nues- 
tro poder,  quedamos  como  antes,  ó  peor  muchas  veces; 
no  se  nos  ocurre  la  idea  de  que  las  cosas  no  pueden  dar 
por  sí  lo  que  se  las  pide,  sino  que  extendemos  también 
el  error  á  la  magnitud  del  objeto,  y  apenas  conseguido 
lo  suficiente  para  llenar  nuestro  deseo,  va  éste  á  nuevas 
adquisiciones,  y  tras  éstas  volvemos  al  error  de  antes. 
Por  eso  no  existe  límite  en  la  ambición;  jamás  se  detiene, 
confirmando  la  justa  lamentación  del  cantor  de  Israel: 
«Es  vanidad  universal  todo  hombre  viviente.»  No  es  que 
aumenten  las  necesidades  de  la  vida  efectiva  ó  aumenten 
los  deseos,  sino  nuestra  falsa  opinión  acerca  de  ellos, 
como  sucede  en  los  viejos,  á  quienes  censura  el  Catón 


CAP.  IV.  —  DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR     223 

de  Cicerón,  porque  «tanto  más  se  preparan  para  mar- 
char adelante  cuanto  menos  vida  les  queda»;  esto  lo  hace 
el  miedo,  forjando  cálculos  acerca  de  nuestras  nece- 
sidades. 

Igual  origen  tiene  la  conservación  de  las  cosas  situa- 
das fuera  de  nosotros;  extiéndese  el  juicio,  no  sólo  á  las 
necesidades  presentes,  sino  á  las  que  pensamos  para  lo 
futuro  y  de  posibilidad;  también  á  los  placeres,  que  en 
mucho?  influyen  las  riquezas  y  honores  porque  mediante 
éstos  pueden  proporcionarse  cuantos  goces  apetezcan. 
Una  vez  saboreado  el  deleite,  nos  hace  insistir  en  la  po- 
sesión del  dinero,  del  mando,  del  poder  y  de  la  gloria, 
de  los  honores  que  constituyen  el  homenaje  de  los  de- 
más, el  que  estén  todos  atentos  á  nuestro  mandato,  y 
nosotros  al  de  nadie. 

Se  amortigua  el  deseo  de  conservar  cuando  lo  que  po- 
seemos es  tan  exiguo  que  no  ha  de  servir  para  las  nece- 
sidades imaginadas,  como  hacen  los  que  vienen  á  parar 
en  la  pobreza,  que  desdeñan  y  esparcen  lo  poco  que  les 
queda;  de  ahí  el  antiguo  adagio:  «Es  tardía  la  modera- 
ción en  la  hacienda.» 

Al  principio  cuesta  poco  trabajo  atenuar  el  amor;  por 
eso  el  poeta,  maestro  en  estas  materias,  aconseja  po- 
nerle obstáculos  cuanto  antes,  y  el  trágico  escribe:  «El 
que  se  opuso  en  el  primer  momento  al  amor  y  le  rechazó, 
ése  queda  seguro  y  victorioso.»  Así  como  aumenta  con 
el  pensamiento  interno  y  frecuente,  se  borra  llevando  á 
otra  parte  la  atención,  á  ocupaciones  y  asuntos  diver- 
sos: «Si  suprimes  el  ocio,  cayeron  los  arcos  de  Cupido», 
y  si  examinando  el  objeto  querido,  ó  viéndole  en  quien 
esté  cerca,  se  percibe  grave  deformidad  ó  malicia,  dismi- 
nuye el  ardor  y  se  contiene  el  ímpetu. 

A  veces  surge,  efectivamente,  el  amor  sin  que  medie 
juicio  alguno,  ó  siendo  muy  débil;  y  si  más  tarde  se  per- 
fecciona éste,  aquél  desaparece,  á  menos  que  se  descu- 


224  LIBRO  TERCERO 


bran  en  el  amado  otras  causas  de  amor;  y  tanto  más 
radicalmente  se  le  expulsa  cuanto  mayor  es  la  fealdad 
del  vicio  que  hallamos,  como  si  es  de  aquellos  que 
más  nos  repugnan,  el  más  opuesto  y  perjudicial  á  nues- 
tros deseos,  v.  gr.,  para  el  ambicioso,  un  defecto  que 
ataque  al  honor;  para  el  avaro,  el  daño  á  la  hacienda; 
para  el  flojo  y  perezoso,  aquel  que  le  dé  trabajo  y  moles- 
tias. Hubo  hasta  padres  que  mataron  á  sus  hijos  por 
motivo  del  reinado,  y  lo  mismo  hijos  á  sus  padres;  el 
avaro  arroja  de  casa  á  su  hijo  por  gastador;  la  espartana 
mató  al  suyo  por  huir  de  la  batalla  refugiándose  en  casa; 
hay  ebrios  que  privan  del  sustento  á  mujer  é  hijos,  si 
no  tienen  otro  recurso  para  beber.  Asimismo  nos  en- 
ojamos vivamente  cuando  el  defecto  está  en  un  sitio  que 
creíamos  bellísimo,  y  donde  había  nacido  nuestro  amor; 
como  al  observar  una  deformidad  en  quien  por  hermoso 
queríamos,  la  mudez  en  el  elocuente,  la  ignorancia  en  el 
erudito,  la  infidelidad  en  el  leal,  la  astucia  en  el  sencillo, 
y  faltas  semejantes  en  otros.  Pues  así  como  los  bienes 
inesperados  producen  amor  y  le  acrecientan,  el  frus- 
trarse los  que  esperábamos  le  disminuye  y  suprime;  por 
eso  en  los  amigos,  cuanto  mejores  son,  más  se  afirma  la 
amistad,  y  ésta  es  más  duradera  entre  los  buenos:  pues 
entre  los  malos  no  es  tal  amistad,  sino  una  relación  de 
familiaridad,  sociedad  ó  conspiración,  y  aun  ésa,  débil  y 
pasajera. 

No  sólo  debilitan  el  amor  los  males,  sino  hasta  los 
bienes  si  son  menores  de  lo  que  se  creía,  ó  de  distinto 
género;  como  son  muchas  cosas  dignas  de  estimación, 
pero  inútiles  para  nosotros,  que  las  juzgábamos  de  la 
mayor  utilidad,  l'ambién  disminuye  el  amor  con  alter- 
cados frecuentes;  más  pronto  y  con  menos  motivo  en 
el  iracundo  y  el  soberbio,  que  no  desea  tanto  ser  que- 
rido como  que  se  le  tributen  honores.  La  felicidad  de  un 
amigo  aparta  de  él  y  ahuyenta  al  envidioso.  Hay,  en  efec- 


CAP.  IV.  —  DE  AMBOS  GÉNEROS  DE  AMOR  225 


to,  quien  quiere  mucho  á  los  amigos  de^ígraciados  y  abo- 
rrece á  los  felices,  sobre  todo  si  alguno  ocupa  dignidad 
elevada,  pues  muchos  de  los  amigos  de  inferior  posición 
sospechan  que  aquéllos  los  menosprecian  y  los  tienen 
en  nada.  Así  leemos  en  la  fábula: 

«Amaniium  irae  amors  esi  redintegratio»  (i). 

Lo  que  se  dice  del  amor  sensual  se  aplica  muchas 
veces  á  la  amistad,  que  se  hace  más  fogosa  con  la  recon- 
ciliación, como  si  en  el  espacio  del  enojo  tomase  nueva 
fuerza,  lo  mismo  que  la  tierra  se  hace  más  fecunda  con 
el  descanso,  y  el  horno  arde  mejor  rodándole  con  algu- 
nas gotas  de  agua. 

Además,  la  sensación  de  dulzura  causa  mayor  agrado 
después  de  la  dureza  y  la  aspereza;  sentimos  haber  ofen- 
dido á  quien  nos  convenía  tener  aplacado;  por  eso  vol- 
vemos con  más  ánimo  á  la  amistad,  y  en  lo  sucesivo 
cuidamos  con  mayor  cautela  que  no  haya  en  el  amor 
cosa  alguna  molesta,  y  con  ello  se  corrobora. 

Conviene,  sin  embargo,  que  la  discordia  sea  breve  y 
con  motivo  no  muy  grave,  pues,  en  otro  caso,  se  destruye 
la  concordia,  como  sucede  cuando  el  enojo  dura  mucho, 
y  uno  de  los  enojados  ha  dicho  ó  hecho  al  otro  cosas  que 
le  molestan  si  se  le  recuerda  antes  de  hacer  las  paces. 
Tales  enfados,  no  sólo  apagan  el  amor  como  al  fuego  el 
agua  echada  en  abundancia;  suelen  convertirse  en  odio 
grande  y  en  furor  cuando  toman  incremento,  como  se 
hiela  con  más  dureza  el  agua  si  está  caliente  cuando  se  la 
expone  al  frío. 

Si  por  flaqueza  de  la  pasión  se  conmueve  el  alma  del 
amador,  es  preciso  que  ésta  vuelva  en  sí  poco  á  poco, 
como  de  una  peregrinación,  por  medio  de  la  música,  por 
invitación  á  banquetes  exquisitos  y  preparados  con  sun- 


(i)    «Riña  de  por  San  Juan,  paz  paja  todo  el  año. » 


220  LIBRO  TERCERO 


tuosidad;  bebiendo  vino  claro  y  muy  líquido  si  fuera 
menester,  sin  llegar  á  la  embriaguez — decían  con  razón 
los  antiguos  que  «el  culto  de  Baco  contribuye  á  limpiar 
el  alma» — ;  por  juegos  y  alegrías  de  todo  género,  la  pelota 
y  los  dados,  bailes,  contemplación  de  tapices,  cuadros, 
espectáculos  y  recreos,  edificios,  campos,  ríos;  con  la 
pesca,  caza  y  navegación,  con  fábulas  y  narraciones  fes- 
tivas é  interesantes,  con  ocupaciones,  con  fuerte  ejerci- 
cio hasta  sudar  y  que  se  abran  los  poros  del  cuerpo  á  la 
transpiración,  y  aun  siendo  conveniente  abrir  una  vena 
para  que  salga  la  sangre  primera  y  corra  otra  nueva,  de 
donde  surjan  también  nuevos  vapores  y  quede  sumisa  la 
otra  pasión  vehemente,  por  ejemplo  con  la  ambición  de 
riqueza  y  honores,  con  el  miedo,  la  indignación,  la  ira, 
y  esto  bastante  tiempo,  hasta  que  el  alma  se  afirme  en  su 
inclinación  á  la  otra  parte,  y  no  vuelva  de  pronto  al 
amor  primero. 

Basta  por  ahora  con  lo  dicho  acerca  del  amor:  sus 
grandes  energías,  inmensas  hasta  lo  increíble,  son  para 
nosotros  inagotables;  por  el  amor  fuimos  creados,  por 
él  nos  perfeccionamos,  él  nos  hace  dichosos.  Son  los 
misterios  del  amor  los  más  profundos,  recónditos  é 
incomprensibles. 


CAPÍTULO  V 


DEL    FAVOR 


Muy  cerca  del  amor  está  el  favor,  que  nace  del  con- 
cepto de  algún  bien  y  consiste  en  una  cierta  benevolen- 
cia: de  modo  que  no  hay  amor  sin  favor,  aunque  puede 
existir  éste  sin  aquél,  cuando  deseamos  beneficios  á  uno 
á  quien  no  amamos.  Por  eso  el  favor  es  más  fuerte  y 
duradero  si  va  acompañado  del  amor;  en  otro  caso,  es 
más  ligero  y  breve. 

Es,  por  tanto,  el  favor  un  amor  incipiente,  pues  em- 
pezamos ya  á  querer  á  aquel  de  quien  juzgamos  bien,  y 
al  que  creemos  digno  de  algo  bueno  é  interesante;  favo- 
recemos á  quien  tiene  en  nuestra  alma  algún  viso  ó  grado 
de  amor,  v.  g.,  á  nuestros  parientes,  deudos,  conciuda- 
danos, amigos  íntimos  y  consocios,  é  igualmente  á  los 
conocidos  más  que  á  los  que  no  lo  son,  porque  el  cono- 
cimiento es  el  primer  paso  para  el  amor,  y  podemos 
favorecer  á  uno  de  palabra,  como  de  pensamiento,  que 
equivale  á  desear  su  bien. 

Este  juicio  tocante  al  mérito  de  alguno  puede,  en  pri  - 
mer  lugar,  ser  simple  y  universal  para  todas  las  cosas,  de 
donde  proviene  ese  favor  general  que  sentimos  hacia  la 
sencillez  y  la  inocencia,  v.  gr.,  con  los  niños,  que  de  todas 
las  personas  son  favorecidos  sin  envidia  alguna,  con  los 
animales  jóvenes  que  nos  gustan  y  á  los  cuales  acaricia- 
mos, aun  los  pequeños  lobos,  leones  y  raposos  por  sólo 
la  consideración  á  su  hermosa  cara,  que,  según  se  dijo,  es 
de  suyo  una  recomendación  tácita.  Todos  los  motivos 


228  líbro  tercero 


para  el  amor  se  aplican  también  al  favor.  Otra  clase  de 
juicio  se  funda  en  la  estimación  por  el  mérito  de  una  cosa 
determinada,  de  donde  proviene  el  favor  hacia  ella  sola- 
mente, como  en  la  concurrencia  para  la  magistratura, 
en  el  juego,  si  uno  realiza  algo  por  lo  cual  le  considera- 
mos digno  en  general,  ó  más  que  su  competidor.  Por 
esta  razón  nace  el  favor  á  veces  del  odio,  inclinándonos 
hacia  el  adversario  de  aquel  á  quien  aborrecemos  ó  con- 
tra aquel  á  quien  él  favorece. 

También  sale  el  favor  de  la  misericordia,  por  ejemplo, 
cuando  alguien  recibe  injustamente  una  injuria,  desea- 
mos que  en  otra  cosa  se  le  indemnice  el  daño.  Hubo  en 
Atenas  un  caudillo,  reo  de  muerte,  que  solicitó  la  pretura 
para  que,  siéndole  denegada,  se  le  absolviese  más  fácil- 
mente, confiando  en  que  los  jueces  habían  de  inclinarse 
á  favorecerle  cambiando  el  deseo  de  venganza  en  com- 
pasión por  la  repulsa  obtenida. 

Igual  origen  tiene  el  pedir  cualquier  cosa  injusta  para 
obtener  lo  que  sea  justo. 

Otros  muchos  ejemplos  hay  de  esta  clase  de  sentid 
miento  compasivo. 

Si  el  favor  no  está  sostenido  por  el  amor,  es  afecto  que 
desaparece  por  los  más  livianos  motivos,  tanto  más 
pronto  cuando  va  contra  cosa  nuestra  ó  de  los  nuestros, 
esto  es,  si  aquel  favor  nos  trae  algún  daño,  peligro  ó  mo- 
lestia. El  concepto  de  estimación  que  formamos  temera- 
riamente ó  en  virtud  de  razones  baladíes  se  abandona 
también  con  facilidad;  así,  aquel  á  quien  favorecemos 
movidos  por  interés,  dejamos  de  favorecerle  una  vez 
recibida  la  recompensa,  pues  desaparece  la  causa,  ó  si 
no  la  recibimos,  porque  entonces  le  queremos  mal,  indig- 
nados. Asimismo,  si  favorecemos  auno  por  odio  ó  envi- 
dia á  otro,  calmado  este  sentimiento  se  debilita  el  favor, 
«cosa  que  acontece  diariamente  en  las  luchas  y  en  la  dis- 
í:ordia  civil», 


CAPITULO  VI 

DE    LA    VENERACIÓN    Ó    RESPETO 

Nace  la  veneración  del  juicio  de  un  gran  bien,  el  cual 
no  nos  perjudica;  si  creemos  que  ahora  ó  más  tarde  ha 
de  perjudicarnos,  es  ya  miedo. 

Tiene,  sin  embargo,  toda  veneración  alguna  mezcla  de 
miedo  ó  de  pudor,  pues  consiste  en  una  opresión  ó  enco- 
gimiento del  espíritu  por  idea  de  una  grandeza  buena,  ó 
al  menos  inofensiva  para  nosotros.  Se  halla  basada  en  la 
comparación  de  esa  magnitud  con  la  pequenez  propia  ó 
ajena,  llevando  siempre  consigo  un  sentimiento  de  ad- 
miración: lo  que  no  admiramos  tampoco  lo  respetamos; 
y  así  como  el  alma  se  ensancha  por  el  pensamiento  de  la 
propia  grandeza,  se  deprime  por  la  ajena:  de  lo  que  pro- 
viene el  rebajamiento  y  menosprecio  de  nuestra  estima- 
ción cuando  elevamos  la  mente  á  pensar  en  la  majestad 
divina.  Así  dijo  Ovidio: 

«Protinus  intravit  mentes  respectus  honoris: 
Fit  precium  dignis,  nec  sibi  quisque  placet»  (i). 

No  es  el  honor— como  pensaba  Aristóteles  y  después 
de  él  la  mayor  parte  de  los  gentiles— el  precio  de  la  vir- 
tud, sino  el  testimonio  por  el  cual  aseguramos  nuestra 
creencia  de  que  es  virtuoso  aquel  á  quien  honramos;  y 


(i)   Fastorum,  lib.  5,  verso  3i. 


23o  LIBRO    TERCERO 


esa  expresión  externa  con  que  el  espíritu  declara  some- 
terse á  la  excelsitud,  es  muy  diversa  en  los  distintos  pue- 
blos: «doblar  la  rodillao,  que  significa  humillarse;  «des- 
cubrir la  cabeza»,  que,  según  las  costumbres  en  Grecia 
y  Roma,  es  señal  de  esclavitud,  como  que  era  el  birrete 
símbolo  de  la  libertad;  oceder  el  sitio  y  el  paso»,  «acom- 
pañar», «conducir  y  traer»  á  la  persona  honorable,  con 
lo  cual  confesamos  que  es  superior;  «el  silencio»  con 
que  prestamos  atención  ó  tememos  las  reprensiones; 
«nuestras  palabras»  que  declaran  la  excelencia  de  aqué- 
lla. De  todas  estas  formas,  la  más  comprensiva  es  la  es- 
tupefacción que  nos  invade  al  admirarla,  de  tal  modo  que 
no  acertamos  á  expresarla  exteriormente;  quedamos 
c'atónitos»y  ofuera  de  nosotros».  Con  efecto:  una  vene- 
ración extraordinaria  sobrecoge  el  espíritu  y  le  tuerza  á 
olvidarse  de  los  propios  deberes,  por  ejemplo,  teniendo 
que  hablar  ante  el  Senado,  ó  á  una  reunión  de  personas 
eminentes,  ó  á  presencia  de  un  gran  soberano,  muy  á 
menudo  se  quedan  cortadas  las  personas  sin  acertar  á 
proferir  una  sola  palabra  de  las  que  tenían  pensadas;  asi- 
mismo al  saludar  á  un  varón  eminente,  olvidamos  mu- 
chas veces  tributar  el  debido  homenaje  á  otros  que  con 
él  se  hallan,  por  estar  embargada  totalmente  la  aten- 
ción en  el  respeto  de  aquél. 

Esta  suma  de  bienes  la  entiende  de  distinto  modo  cada 
uno,  como  sucede  en  todas  las  cosas  de  la  vida;  en  Dios 
se  dan  aparte  de  las  demás  excelencias  estas  dos:  la  del 
poder  máximo  y  la  bondad  infinita;  bajo  del  poder  viene 
la  sabiduría;  todo  lo  que  en  la  tierra  se  refiere  á  la  om- 
nipotencia produce  veneración;  lo  que  á  la  bondad, 
amor. 

Aplícase  el  poder  á  hacer  el  bien  y  á  resistir  el  mal, 
primero  «en  los  bienes  externos»,  en  cuyo  número  están 
los  príncipes  y  los  hombres  opulentos,  luego,  «en  los 
corporales»,  como  son  los  valientes  y  hermosos,  por  la 


Cap.  ví.— de  la  veneración  ó  respeto      23í 

natural  conjetura  de  que  dentro  tienen  un  espíritu  seme- 
jante á  la  forma,  de  donde  aquel  proverbio:  cda  hermo- 
sura es  digna  del  mando»;  «en  el  alma»,  cual  son  los  ani- 
mosos; «en  la  mente»,  los  prudentes, 'los  instruidos,  los 
elocuentes  y  los  sabios;  «en  la  voluntad»,  los  justos, 
moderados,  fuertes,  constantes,  los  no  dominados  por 
las  peripecias  y  caprichos  de  eso  que  llaman  la  fortuna, 
A  los  buenos,  es  decir,  á  los  justos,  los  de  moderación  y 
templanza,  más  bien  los  amamos  que  los  respetamos, 
bien  que  algunos  reverencian  más  á  estos  últimos,  aun- 
que no  ensalcen  todos  los  demás  bienes. 

Es  la  majestad  el  supremo  honor  hacia  los  más  gran- 
des bienes;  se  deriva  de  la  palabra  «major»,  para  dejar 
el  honor  á  los  objetos  medianos,  reservando  para  los  más 
elevados  la  majestad;  y  si  bien  el  honor  es  más  extenso 
que  ésta,  por  el  género,  se  distinguen  bien  en  el  lenguaje 
usual. 

hnaginaron  festivamente  los  poetas  que  la  majestad 
era  hija  del  honor  y  del  respeto;  fábula  que  desarrolla 
con  versos  ingeniosos  Ovidio  en  el  libro  quinto  de  sus 
Fastos.  Del  respeto  sale  el  amor,  cuando  contemplamos 
la  magnificencia  combinada  con  la  bondad,  como  está 
en  Dios;  quien,  por  ser  «máximo»,  es  también  «óptimo». 
En  cuanto  al  temor,  y  de  éste  el  odio,  nace  cuando  sos- 
pechamos que  nos  viene  ó  vendrá  algún  daño,  como  su- 
cede á  los  que  sólo  piensan  en  el  poder  de  Dios  y  la  se- 
veridad de  su  juicio,  sin  la  clemencia;  de  aquí  aquella 
aguda  sentencia:  «¡Oh  César!  quienes  se  atreven  á  hablar 
ante  ti  parece  que  desconocen  tu  grandeza;  los  que  no 
se  atreven,  tu  bondad.» 

La  admiración  preserva  el  respeto;  así,  al  terminar 
aquélla,  se  borra  la  veneración,  que  desaparece  con  el 
uso  y  la  familiaridad,  como  se  nos  cuenta  en  el  apólogo 
de  la  zorra,  que  desmayándose  la  primera  vez  que  vio  á 
un  león,  ya  en  la  tercera  empezó  á  jugar  con  él  confiada- 


202  LIBRO  TERCERO 


mente.  Por  eso  entre  las  gentes  rudas,  no  sólo  se  pasa 
del  respeto  á  la  familiaridad,  sino  que,  á  menudo,  dege- 
nera en  desprecio,  según  el  pasaje  de  la  conocida  co- 
media. 

Con  todo,  se  conserva  la  veneración  aun  en  medio  del 
trato  y  de  la  costumbre  si  aquellos  con  quienes  se  comu- 
nica comprenden  la  verdadera  grandeza,  á  la  cual  honran 
tanto  más  vivamente  cuanto  la  ven  con  mayor  fijeza  y 
claridad  teniéndola  cerca  de  sí.  También  se  conserva  si  á 
diario  se  ofrece  alguna  cosa  nueva  de  igual  grandeza; 
ó  si  ésta  lo  es  en  tal  grado,  que  por  sí  misma  se  vindica 
fácilmente  del  desdén  y  el  menosprecio. 

Las  palabras  y  actos  graves,  viriles,  constantes,  su- 
blimes, sin  vanidad  y  arrogancia  notoria,  que  es  lo  más 
aborrecible,  las  propias  de  la  grandeza,  guardan  nues- 
tra veneración;  la  quitan,  por  el  contrario,  las  palabras 
y  hechos  pueriles,  femeninos,  jocosos  y  bufonescos;  los 
lascivos,  ligeros,  vanos,  versátiles,  bajos  y  abyectos,  los 
ajenos  y  distantes  de  aquella  excelencia;  igualmente  los 
arrogantes,  pesados,  jactanciosos,  los  iracundos  y  ame- 
nazadores. Así  dice  un  poeta: 

«Non  bene  conveniunt,  nec  in  una  sede  morantur 
Majeslas  et  amor  (i)^>. 

Es  decir:  el  amor,  olvidado  su  deber  y  dignidad,  ha- 
laga, ruega,  se  reoaja,  dice  tonterías  y  burlas,  con  lo 
cual  desaparece  completamente  la  veneración  que  de 
suyo  ya  tenía  raíces  delgadas  y  endebles,  fáciles  de 
arrancar  con  pequeño  esfuerzo.  En  efecto:  una  vez  su- 
primida la  creencia  en  lo  excelente  del  objeto— que  es 
donde  está  el  origen  de  la  veneración — ,  ya  deja  ésta  de 
existir;  aquella  creencia  disminuye  con  gran  facilidad, 


(i)     «Amor  y  señoría  no  quieren  compañía.  Rey  y  enamo- 
rado, mal  se  compadecen.» 


Caí»,  vi.  —  DE  LA  VENERACIÓN  Ó  RESPETO  2^3 

porque  toda  excelencia  humana  está  mezclada  con  la  vi- 
leza, la  cual,  en  virtud  de  nuestra  debilidad,  se  mani- 
fiesta más  pronto  al  exterior  que  aquélla,  que  es  lenta. 
Además,  nuestros  juicios,  á  consecuencia  de  su  índole 
depravada,  se  apoderan  con  más  rapidez  de  lo  que  es 
vicioso  ó  malo,  como  algo  afín  y  semejante  á  sí  mismos. 
Además,  el  amor  inconsiderado  que  cada  uno  profesa  á 
si  propio,  y  que  es  origen  de  la  soberbia,  produce  el  de- 
seo de  no  ser  aventajado  por  otro  alguno,  y  aun  la  creen- 
cia de  que  no  lo  es.  Casi  todas  las  pasiones  extremadas 
impiden  la  veneración,  haciéndola  disminuir:  la  ira,  la 
envidia,  el  odio,  el  amor,  no  sólo  por  lo  que  es  venera- 
ble, sino  en  contra  de  los  demás,  perturban  de  tal  suerte 
el  juicio,  que  ya  no  puede  ó  no  quiere  resolver  en  justi- 
cia acerca  del  mérito  respectivo,  hasta  el  punto  de  que, 
si  está  presente  una  persona  enemiga  ó  menospreciada, 
omitimos  de  propósito  las  señales  de  respeto  hacia  otra, 
por  no  parecer  que  honramos  á  quien  aborrecemos  ó 
despreciamos.  Tal  se  cuenta  que  hizo  Eneas  cuando  ce- 
lebraba un  sacrificio;  al  pasar  Diomedes  por  delante  de 
él  no  hizo  demostración  alguna  exterior  de  adoración  y 
de  culto  divino  para  que  no  se  tomase  como  homenaje  al 
enemigo.  Así  ocurre  frecuentemente  en  la  vida,  á  no  ser 
que  intervenga  un  sentimiento  más  poderoso  que  nos 
obligue  á  exteriorizar  aquellos  signos,  v.  gr.,  el  deseo  ó 
el  miedo,  cuando  tememos  que  nos  perjudique  esa  omi- 
sión de  nuestro  deber,  ó  cuando  esperamos  ó  deseamos 
algo  de  aquel  á  quien  veneramos. 

Padece  la  veneración  según  en  el  grado  de  maldad  y 
vileza  de  las  cosas  que  la  dieron  origen  y,  según  nues- 
tro juicio,  acerca  de  la  excelencia  de  ellas;  pero  si  ha  na- 
cido de  un  juicio  prudente,  en  nada  la  daña  la  debilidad 
corporal  ó  la  vulgaridad,  aunque  sí  el  lenguaje  rústico, 
la  educación  poco  urbana  y  la  cólera;  por  más  que  hay 
quien  juzgue  que  la  fuente  de  lodo  bien  está  en  un 


i^4  LlÓftO  TERCERO 


solo  sitio  y  crea  que  fuera  de  él  no  hay  nada  exce- 
lente y  digno  de  veneración.  Unos  la  colocan  en  lo  ilus- 
tre del  nacimiento;  otros,  en  la  elocuencia,  en  la  gramá- 
tica ó  en  el  arte  de  hacer  versos;  quiénes,  en  la  belleza  de 
la  forma;  los  más,  en  las  riquezas.  Muchos  reúnen  necia 
y  perversamente  las  cosas  más  distintas,  confundiendo, 
por  ejemplo,  el  modo  de  vestir,  de  presentarse  ó  de 
tomar  asiento,  con  la  erudición,  de  suerte  que  si  no  tie- 
ne alguno  aquellas  circunstancias  como  uno  cree  se 
deben  tener,  no  le  consideran  como  persona  instruida. 
Así,  piensan  que  no  es  magnate  el  que  no  habla  con  al- 
tanería, ni  escribe  incorrectamente,  ó  no  tienen  por  buen 
soldado  al  que  no  suelta  recios  ternos  á  cada  palabra 
que  pronuncia. 


CAPITULO  Vil 

DE  LA  MISERICORDIA  Y  LA  SIMPATÍA 

Define  Aristóteles  la  misericordia  «el  dolor  del  mal  que 
nos  viene  sin  merecerle  al  parecer».  Llama  á  ese  mal 
cp6apxuov,  como  si  dijéramos  «corruptivo»  ó  «corruptor», 
tal  como  las  enfermedades,  la  muerte,  el  hambre  y  la 
sed,  los  tormentos,  las  heridas,  la  expoliación  y  otros  de 
género  análogo.  Quizás  afirmaba  esto  porque  no  discu- 
rría acerca  de  las  cosas  naturales,  sino  de  preceptos  civi- 
les, pues  en  la  curia  y  el  foro  no  aparece  la  conmisera- 
ción por  aquéllas. 

Son  objeto  de  este  sentimiento  toda  clase  de  males;  en 
efecto:  compadecemos  á  los  deformes  y  mancos,  á  los 
torpes,  rudos,  necios  y  malvados.  No  son,  á  nuestro 
juicio,  dignos  del  mal  los  hombres  buenos,  los  que  cum- 
plen rectamente  su  deber;  ni  los  inocentes  que  sufren 
una  pena,  los  hombres  totalmente  inofensivos  y  senci- 
llos, como  son  los  niños,  los  privados  de  razón,  los  inca- 
paces de  soportar  grandes  trabajos  y  miserias,  como  las 
mujeres,  viejos,  enfermos  y  personas  delicadas.  Agré- 
ganse  á  éstos  quienes  perdieron  una  gran  fortuna,  aque- 
llos que  no  han  podido  disfrutar  de  sus  bienes,  por  ejem- 
plo, el  hombre  de  gran  talento  que  es  arrebatado  de  lá 
vida  en  lo  más  fructuoso  de  sus  estudios,  como  Juan 
Pico,  ó  el  heredero  de  grandes  riquezas  que  muere  antes 
de  obtener  la  herencia  ó  el  nombrado  para  la  magistra- 
tura que  no  llega  á  lograr  ese  honor.  ^  . 


>.t6  LIBRO  TERCERO 


Es  tanto  más  intensa  la  conmiseración  si,  en  vez  del 
bien  que  se  espera,  se  padecen  males  impensados,  como 
el  heredero  de  un  reino  que  pasa  á  la  cautividad  de  un 
calabozo,  «como  sucede  todos  los  días  á  las  almas  de  los 
impíos,  y  de  ellos  no  nos  compadecemos».  Aquellos  que 
soportan  animosamente  y  con  valor  sus  calamidades 
menos  dignos  de  ellas  nos  parecen,  y  nos  apiadamos  más 
de  quienes  no  imploran  nuestra  misericordia.  También 
mueven  á  compasión  los  peligros  por  ser  cosa  próxima 
á  los  males:  la  navegación,  los  lugares  que  abundan  en 
salteadores;  produce,  antes  bien,  tristeza  que  conmise- 
ración el  pensamiento  del  mal  que  ocurre  á  uno  ó  á  los 
suyos;  pero  se  reúnen  ambos  sentimientos  cuando  cree- 
mos que  nos  sucede  injustamente  ese  mal,  ó  á  los  seres 
que  más  amamos,  como  se  infiere  de  las  palabras  con 
que  se  lamenta:  «padecemos  esos  males  sin  merecerlos», 
que  es  la  conmiseración  por  nosotros  mismos. 

La  semejanza  trae  la  simpatía  y  mueve  á  misericordia, 
como  sucede  con  los  semejantes  en  edad,  costumbres, 
constitución,  estudios,  dignidades  y  linaje.  Es  la  simpa- 
tía á  modo  de  contacto  de  una  función,  á  la  cual  respon- 
den las  demás  funciones  semejantes,  como  pasa  en  dos 
cuerdas  de  diversas  cítaras,  puestas  en  igual  tono,  cada 
una  de  las  cuales  suena  cuando  se  toca  la  otra. 

Mucho  se  afecta  al  alma  con  los  males  ajenos,  porque 
viéndolos  cerca  pensamos  que  también  nos  amenazan  á 
nosotros.  El  tránsito  entre  cosas  semejantes  es  cosa  fácil, 
y  lo  que  se  considera  lejano  se  desdeña,  como  si  para 
nada  nos  tocase,  como  sucede  á  gentes  del  interior  ante 
un  grave  naufragio,  ó  al  monje  con  los  padecimientos  en 
la  milicia.  Fué  aguda  é  irónica  la  contestación  de  aquel 
filósofo  que,  preguntado  en  tono  ofensivo  por  qué  las 
personas  ricas  socorren  mejor  álos  ciegos,  sordos  y  cojos 
que  á  los  filósofos  pobres,  apiadándose  mucho  más  de 
aquéllos  que  de  éstos,  dijo:  «Porque  los  ricos  se  tienen 


CAP.  VII.  —  DE  LA  MISERICORDIA  Y  LA  SIMPATÍA       23/ 

mejor  por  sordos  y  ciegos  que  por  filósofos.»  Así  tam- 
bién, los  que  «por  la  embriaguez  de  una  gran  felicidad» 
se  creen  exentos  del  destino  humano,  se  hacen  incompa- 
sivos por  pensar  que  á  ellos  no  llegan  las  vicisitudes  de 
los  demás  hombres;  de  igual  modo,  los  que  padecen 
males  extremos  ó  se  hallan  en  grandes  alternativas  del 
mal  de  nadie  se  compadecen,  por  creer  que  ninguno  es- 
tará peor  que  ellos  mismos;  desaparece  el  sentido  de 
humanidad  por  el  rudo  contacto  de  la  desgracia,  y  con 
él  se  embota  ese  sentimiento  tierno  y  suave  del  alma  en 
que  consiste  la  compasión.  Nada  más  propio  de  la  hu- 
mana naturaleza  que  el  apiadarse  de  los  afligidos;  senti- 
miento que  admira  ver  que  los  estoicos  pretendían  ex- 
pulsar del  alma  de  un  varón  recto,  siendo  ello  cosa  in- 
comprensible y  contraria  á  nuestra  condición.  Es  afecto 
que  nace  de  una  cierta  semejanza  y  correspondencia  de 
las  almas  entre  sí,  no  pudiendo  éstas  menos  de  conside- 
rar, cuando  contemplan  los  males  ajenos  ó  piensan  en 
ellos,  que  están  también  expuestos  á  los  mismos  y  ame- 
nazados de  sufrirlos,  y  en  tanto,  los  compadecen,  dolién- 
dose de  que  un  semejante  tenga  que  sufrirlos. 

Si  el  amor  todo  lo  hace  común  y  hasta  todo  lo  identi- 
fica, no  es  posible  que  un  amigo  deje  de  condolerse  de 
otro  que  sufre;  y  si  se  conduele  de  uno,  lo  mismo  tiene 
que  sucederle  con  otro  cualquiera  de  sus  amigos.  Siendo 
una  máxima  de  sabiduría  y  de  bondad  el  que  todos  los 
hombres  se  hallen  entre  sí  unidos  como  con  un  nudo 
sacratísimo  — y  tal  estamos  formados  y  dispuestos  por  la 
naturaleza— ésta,  la  sabiduría  y  la  bondad,  nos  imponen 
de  consuno  y  nos  inspiran  la  misericordia;  desaparecida 
la  cual,  gibemos  de  poner  en  su  lugar  la  dureza,  la  fero- 
cidad, la  crueldad  y  la  inhumanidad;  es  decir,  despojar 
al  género  humano  de  esa  humanidad  precisamente  para 
hacerle  inhumano?  Cierto  que  dijo  Séneca:  «Yo  puedo 
ayudar  al  afligido  y  socorrer  al  desgraciado  sin  que  sea 


238  LIBRO  TERCERO 


preciso  ese  dolor  y  tribulación  del  alma  que  llaman 
misericordia.»  Podrá  hacerlo  quizás  ese  filósofo  alguna 
vez,  pero  no  siempre;  ni  podrán  otros  que  necesitan  un 
acicate  interno  para  marchar  rectamente  en  la  vida. 
Además,  quien  no  tiene  con  qué  socorrer,  ^no  puede  ai 
menos  sentir  en  su  espíritu  los  males  ajenos  y  mani- 
festar que  éstos  le  afectan  también  á  él? 

No  hay  para  qué  discutir  más  sobre  el  caso,  y  dejemos 
sentada  esta  afirmación.  No  se  puede  al  afligido  darle 
socorro  más  eficaz  que  el  condolerse  de  su  dolor:  nada 
como  la  comunicación  de  éste  es  capaz  de  aliviar  y  con- 
solar las  enfermedades  del  alma  y  los  más  graves  males, 
porque  no  hay  cosa  que  nos  pueda  ocurrir  en  la  vida 
tan  triste  y  desesperado  como  el  pensar  que  nadie  nos 
compadece,  ni  puede  el  desgraciado  hallar  cosa  más 
grata  que  las  lágrimas  ajenas  asociadas  á  las  suyas. 
Dejemos  á  un  lado  á  los  estoicos  que  quisieran  en  vano 
convertirse  en  rocas,  gracias  á  sus  disquisiciones  esco- 
lásticas, habiéndolos  hecho  hombres  la  naturaleza.  Siga- 
mos hasta  terminar  esta  materia. 

Es  la  misericordia  un  sentimiento  de  gran  manse- 
dumbre, concedido  por  Dios  á  los  hombres  por  su  bien 
para  el  mutuo  auxilio  y  consuelo  de  las  diversas  vicisi- 
tudes que  pasan  en  la  vida,  en  las  cuales  suple  la  mise- 
ricordia la  falta  de  amor.  Cuanto  se  dice  de  los  males  á 
que  estamos  próximos  y  expuestos,  se  aplica  igualmente 
á  nuestros  allegados,  íntimos  y  personas  queridas.  En 
efecto,  hállanse  prontos  á  apiadarse  los  que  tienen  mujer, 
hijos,  ó  nietos  ó  grandes  amigos  amenazados  de  los  mis- 
mos males.  Por  eso  son  misericordiosos  los  viejos,  que 
lo  temen  todo  por  los  suyos;  la  blandura  de  corazón 
hace  á  las  gentes  simpáticas  y  compasivas:  hasta  el 
punto  de  que  algunos  compadecen  aun  á  los  que  sufren 
males  merecidos,  como  los  niños  y  las  mujeres  se  apia- 
dan de  ladrones  y  parricidas  aunque  no  se  los  castigue 


CAP.  VII. — DE  LA  MISERICORDIA  Y  LA  SIMPATÍA      23g 

más  que  con  golpes.  Al  contrario,  la  dureza  de  corazón 
disminuye  la  misericordia;  así  sucede  en  la  ira,  en  la 
milicia;  y  á  los  que  no  reflexionan  lo  que  es  malo,  ya 
por  torpeza  de  espíritu,  como  los  rústicos,  de  quienes 
dijo  Virgilio: 

«Aut  doiuit  miserans  inopem,  aut  invidit  habenti»  (i), 

Ó  por  ambición  de  aquello  que  creen  bueno.  Los  impru- 
dentes ó  sin  experiencia,  se  compadecen  pronto  y  mucho 
de  los  males  pequeños;  asimismo  las  almas  generosas  y 
sencillas  sienten  gran  misericordia,  como  son  los  jóvenes 
y  personas  muy  principales;  mas  los  experimentados 
y  prudentes  entre  los  magnates  no  hacen  caso  de  las 
minucias:  los  santos  varones  juzgan  cosa  muy  grave  el 
detrimento  de  las  almas  en  el  pueblo;  y  aunque  también 
los  conmueven  los  males  corporales,  desprecian  y  se 
burlan  de  la  hacienda  en  aras  de  las  almas. 

Las  obras  de  la  misericordia  son  análogas  á  las  del 
amor,  como  nacidas  aquéllas  de  éste,  á  su  vez  crece  el 
amor  con  la  misericordia,  como  el  de  la  madre  hacia  su 
hijo  enfermo,  afligidos  ó  en  peregrinación.  No  hay  afecto 
alguno  que  tenga  más  prontas  las  lágrimas  que  la  com- 
pasión; tanto  que  hay  quien  no  llora  los  males  propios  y 
llora  con  los  extraños:  ambos  sentimientos  son  dignos, 
honorables  y  generosos.  También  sucede  á  menudo  que 
algunos  derraman  lágrimas  por  el  mal  ajeno  y  no  pue- 
den llorar  por  el  propio,  como  si  se  hallasen  agobiados 
por  la  magnitud  del  dolor:  tal  cuentan  de  Amasis,  anti- 
quísimo rey  de  Egipto,  el  cual  lloraba  la  muerte  de  un 
amigo,  y  no  lloró  la  de  su  hijo.  También  se  dice  que  la 
misericordia  entra  generalmente  por  los  ojos,  según  ya 
dijo  Horacio: 


(i)     Geórgicas,  lib.  2,  verso  499. 


240  LIBRO  TERCERO 


«Segnius  ¡rritant  ánimos  demissa  per  aurem 
quam  quae  sunl  oculis  subjecta  fidelibus.»  (\) 

En  la  antigua  Roma  se  sacaban  á  la  plaza  ó  ante  la 
asamblea  los  hijos  pequeños  para  mover  la  compasión; 
iba  delante  el  reo  desharrapado,  sus  amibos  vestidos  de 
luto,  llevaba  á  la  vista,  desnudo  el  pecho,  las  heridas  ó 
las  cicatrices,  las  ropas  ensangrentadas,  la  representa- 
ción del  he^ho  pintada  en  un  cuadro.  Cierto  que  todo 
ello  influye  mucho  en  el  vulgo,  que  se  deja  llevar  por  los 
sentidos;  pero  quien  antes  bien  se  guía  por  el  pensa- 
miento y  la  inteligencia  se  conmueve  más  con  la  rela- 
ción del  suceso,  bien  expresada. 

Hasta  los  hay  que  se  impresionan  oyendo  una  fábula  ó 
una  historia,  y  apenas  se  conmoverían  presenciando  el 
acontecimiento  real.  Así  dice  M.  Fabio:  «Sirve  más  á 
los  actores  para  mover  los  ánimos  la  voz  misma  y  la 
pronunciación  bajo  la  máscara  teatral  en  la  escena»;  esto 
es,  al  paso  que  oímos,  ayudan  al  sentimiento  la  idea  y  la 
fantasía.  El  mismo  asunto  lamentable  gana  con  el  arte 
del  actor  para  producir  impresión:  «se  explica  la  grave- 
dad del  mal,  la  perversidad  de  quien  le  sufre:  se  compa- 
ran la  ventajas  del  bien,  se  comenta  cuánto  menos 
digno  era  el  protagonista  de  tal  ó  cual  desgracia,  se  nos 
hace  ver  esta  ó  la  otra  circunstancia  de  tiempo»,  todo  lo 
cual  parece  aumentar  la  probabilidad.  Además,  por  ese 
medio  el  oyente  saca  consejos  para  sus  hijos,  consortes, 
seres  queridos  y  aun  para  sí  mismos,  en  virtud  de  nues- 
tra suerte  común. 

Encargan  los  preceptores  del  arte  que  sea  breve  el 
efecto  de  compasión  que  se  obtiene  por  la  habilidad  del 
narrador:  las  lágrimas  que  no  brotan  por  virtud  del 
hecho  natural  tardan  poco  en  secarse. 


(i)    Arte  poética,  verso  180. 


CAPITULO  VIII 

LA     ALEGRÍA     Y     EL     GOZO 

Es  la  alegría  un  movimiento  del  alma  por  el  juicio  de 
un  bien  presente  ó  apetecido  como  cierto.  La  privación 
del  mal  se  tiene  por  bien,  aunque  en  éste  siempre  hay 
alegría,  y  no  así  en  la  retirada  del  mal,  como  cuando  sólo 
desaparece  la  enfermedad  que  nos  ataca.  La  alegría  no 
soporta  cosas  contrarias,  y  si  llega  á  soportarlas,  se  con- 
vierte en  afecto  leve  que  llamamos  hilaridad;  es  una  ale- 
gría atenuada. 

El  juicio  de  un  bien  ajeno,  que  nos  complace,  aunque 
no  en  términos  de  identificarse  con  nosotros  mismos,  ó 
el  de  bienes  que  han  de  sobrevenir  ó  de  los  pasados,  y 
también  de  males  que  ya  hemos  dejado  de  padecer,  pro- 
duce en  el  alma  un  cierto  movimiento  agradable  que,  si 
bien  semejante  á  la  alegría,  no  es  ella,  en  rigor,  sino 
gozo,  el  cual  se  experimenta  igualmente  con  el  bien  pro- 
pio cuando  le  recibimos  con  moderación. 

Distingue  á  la  alegría  un  impulso  vehemente  y  se 
aplica  á  cosa  que  hemos  deseado  mucho  ó  por  la  cual 
hemos  luchado  y  trabajado,  ó  que  nos  viene  de  re- 
pente, contra  lo  que  creíamos  ó  esperábamos,  agita- 
ción que  dilata  el  corazón  extraordinariamente,  has- 
ta el  punto  de  producir  á  veces  la  muerte.  Así  suce- 
dió á  aquellas  mujeres  de  la  segunda  guerra  púnica  que, 
al  ver  de  pronto  sanos  y  salvos  á  los  hijos  cuya  muerte 

i6 


242  LIBRO  TERCERO 


se  les  anunciara,  cayeron  exánimes;  siendo  más  rápida 
en  ocasiones  la  muerte  por  alegría  inmoderada  que  por 
gravísima  enfermedad. 

De  esa  misma  dilatación  del  corazón  nacen  la  risa, 
los  transportes;  cuando  ya  no  cabe  en  el  pecho,  la  ges- 
ticulación y  hasta  la  demencia.  En  cambio,  la  alegría 
moderada  ó  hilaridad  y  el  gozo  limpian  la  sangre  con 
su  calor,  afirman  la  salud  y  provocan  un  color  resplan- 
deciente, puro  y  agradable,  según  dijo  el  Rey  Sabio: 
«Un  corazón  alegre  sirve  de  medicina;  un  espíritu  triste 
deseca  los  huesos.)^ 

Los  que  son  de  corazón  blando  admiten  pronto  el 
pesar  y  la  tristeza,  como  sucede  al  sello  estampado  en  la 
cera;  los  que  le  tienen  duro  y  cálido  cogen  rápidamente 
la  alegría  y  la  conservan  largo  tiempo,  y,  al  contrario 
los  de  corazón  duro  y  frío,  la  tristeza,  como  en  la  bilis 
negra.  Es  ésta  una  pasión  terrosa,  fría  y  árida,  mientras 
que  la  alegría  es  cálida  y  húmeda;  por  eso  surge  fácil- 
mente en  los  niños,  jóvenes  y  personas  saludables,  en 
las  tranquilas  y  firmes;  porque  el  miedo  impide  la  ale- 
gría, sobre  todo  si  se  refiere  á  un  objeto  de  mayor  im- 
portancia que  el  de  la  alegría.  Surge  asimismo  en  prima- 
vera, en  los  sitios  templados,  en  las  fiestas,  conmemo- 
raciones y  banquetes. 

Al  presentarse  la  alegría,  muchos  apartan  los  obstácu- 
los que  á  ella  puedan  oponerse  y  llevan  á  mal  que  se  les 
perturbe  y  aun  se  les  pregunte  acerca  del  aconteci- 
miento agradable.  Por  igual  razón  no  quieren  oír  ha- 
blar de  asuntos  tristes  cuando  se  está  celebrando  una 
fiesta,  un  convite  ó  espectáculo,  v.  gr.,  de  la  muerte, 
las  privaciones,  la  pobreza,  de  negocios  públicos  ó  par- 
ticulares, del  rigor  de  la  virtud  y  de  la  frugalidad. 
En  tales  ocasiones  son  enojosos  todos  esos  asuntos; 
pero  una  vez  pasada  la  alegría,  se  enteran  de  ellos 
sin  dificultad  y  se  conmueven   más   que   en   ninguna 


CAP.   VIII.  — LA  ALEGRÍA  Y  EL  GOZO  243 

Otra  ocasión,  por  el  recuerdo  mismo  de  lo  fugazmente 
que  ha  pasado  el  suceso  feliz,  pues  entonces  ven  que 
desaparece  volando  aquello  que  tanto  gustaba,  ó  por- 
que, ya  refrescado  el  corazón,  reciben  con  mayor  facili- 
dad pensamientos  más  serios. 

Es  tanto  mayor  la  alegría  cuanto  más  grande  el  bien 
que  creemos  haber  alcanzado;  esto  es,  amplio,  nuevo, 
raro  ó  inusitado,  y  que  haya  cabido  á  muy  pocas  perso- 
nas y  éstas  las  más  principales  y  honorables.  En  los 
casos  contrarios  es  aquélla  menor. 


CAPITULO  IX 


EL    DELEITE 


La  alegría  es  el  primer  movimiento  por  el  bien  que  se 
acerca,  ó  por  el  que  se  nos  ha  unido  ya  agregado. 
Cuando  después  de  recibirle  sosiega  el  alma,  goza  y  des- 
cansa en  el  bien  concorde  con  ella,  resulta  placer  ó  deleite 
que  puede  definirse:  la  aquiescencia  de  la  voluntad  con 
el  bien  conforme  á  ella.  Repetidas  veces  hemos  dicho 
que  no  importa  á  las  pasiones  que  un  objeto  sea  ó  no  sea 
tal  en  realidad,  siempre  que  se  piense  que  lo  es.  Algu- 
nos, en  efecto,  por  sólo  la  acción  de  su  fantasía,  consi- 
guen creer  encontrarse  en  medio  de  los  mayores  bienes, 
como  sucedió  al  conocido  personaje  de  Argos  de  quien 
nos  habla  Horacio: 

«Qui  se  credebat  miros  audire  tragaedos 

In  vacuo  laetus  sessor  plausorque  theatro5>  (i), 

cosa  común  á  todos  los  afectos. 

El  deleite  reside  en  la  congruencia,  la  cual  no  se  halla 
si  no  hay  alguna  razón  de  proporción  entre  la  facultad  y 
el  objeto,  ó  sea  una  cierta  semejanza  entre  ellos;  de 
modo  que  ni  sea  mucho  mayor  lo  que  produce  el  deleite 
ni  notablemente  menor  que  la  facultad  que  le  recibe,  en 


(i)    Evistolar..  lib.  2,  epist.  2,  ver.  129. 


CAP.  IX.  —  EL  DELEITE  245 


la  parte  recibida.  Por  eso  es  más  grata  á  la  vista  una  luz 
mediana  que  una  fuerte;  y  las  cosas  semioscuras  son 
más  agradables  á  un  órgano  visual  débil;  lo  mismo  que 
sucede  en  los  sonidos;  así  nos  subyuga  más  el  canto  con 
versos  conocidos  que  con  los  que  no  lo  son.  Se  dice  «en 
la  parte  recibida»  por  ser  donde  se  aplica  su  fuerza  la 
facultad  al  objeto;  pues  unos  mismos  sonidos  son  exten- 
sos para  un  oído  y  moderados  para  otro,  y  aquel  que  era 
exagerado  á  poca  distancia,  si  se  retira  más  parece  te- 
nue. Dios,  que  es  inmenso,  es  recibido  con  deleite  por 
la  parte  del  alma  capaz  de  acomodarse  á  E\;  y  como  existe 
diferencia  entre  salud  y  placer  — pues  el  estar  sano  no 
es  deleitarse,  como  erróneamente  creía  Epicuro —  tam- 
bién la  hay  entre  recreo  y  deleite,  porque,  si  bien  mu- 
chos de  aquéllos  participan  de  la  índole  de  éste,  no  son 
todos:  la  disminución  ó  el  cambio  de  trabajo,  aun  del 
menor  al  mayor;  los  juegos,  las  conversaciones  triviales, 
á  menudo  no  tanto  deleitan  el  espíritu  como  le  espacían 
y  refrescan.  Por  eso  el  recreo  es  cosa  más  amplia  que  el 
placer:  todo  placer  recrea,  pero  no  todo  recreo  nos  pro- 
duce placer. 

En  cada  una  de  las  facultades  cognoscitivas  del  ani- 
mal hay  fuente  de  deleites:  en  los  sentidos  externos,  en 
los  internos,  en  la  inteligencia;  y  en  la  medida  que  cada 
cual  se  consagra  más  á  alguna  de  esas  facultades,  es 
atraído  con  más  fuerza  por  sus  deleites;  el  pueblo  se  in- 
clina á  lo  sensible;  los  sabios,  á  lo  intelectual;  según  la 
índole  y  cualidad,  ya  de  nuestras  facultades,  ya  de  la  cosa 
agradable,  es  el  respectivo  deleite  excelente  y  levantado, 
puro  y  duradero,  ó,  por  lo  contrario,  vil  y  sórdido,  corto, 
mezclado  con  molestias  y  perturbado,  siendo  el  inferior 
de  todos  el  que  corresponde  al  sentido  del  tacto,  el 
terrenal;  algo  más  elevado  el  del  gusto,  aunque  también 
propio  de  los  animales.  Es  ligero  en  el  olfato,  sentido  el 
más  obtuso  del  hombre,  pues  no  es  tan  grato  el  olor 


246  LIBRO  TERCERO 


suave  como  molesto  el  hediondo.  Los  oídos,  que  pertene- 
cen al  aire,  contienen  placer  algo  mejor;  los  ojos,  de 
naturaleza  ígnea,  casi  etérea,  aventajan  á  los  demás 
sentidos.  Más  elevados  que  ellos  son  los  placeres  inte- 
riores del  alma;  los  más  puros  y  nobles  de  todos,  los  to- 
cantes á  la  mente,  y  entre  las  facultades  mentales,  la  re- 
flexión. 

Los  deleites  del  tacto  y  del  gusto  no  son  duraderos, 
porque  esos  sentidos  se  cansan  pronto  y  llevan  consigo 
gran  pesadez  y  muchas  molestias;  los  de  los  otros  senti- 
dos son  más  persistentes;  entre  ellos,  la  facultad  de  mi- 
rar encuentra  placer  inagotable.  Los  deleites  de  la  fan- 
tasía son  más  estables  que  los  de  los  sentidos;  así,  entra 
pronto  la  saciedad  en  los  de  la  comida,  bebida,  los 
sexuales,  de  música  y  espectáculos;  no  así  en  los  de  ad- 
quisición de  dinero,  poder,  honores  y  gloria,  que  radican 
en  la  fantiisía  y  en  conceptos  falsos.  Los  de  la  inteligen- 
cia son  los  más  puros  y  perennes;  no  la  cansan,  sino  que 
la  refrigeran;  su  naturaleza  es  tal  que  no  pudiera  creerlo 
quien  no  los  ha  experimentado;  mas  pueden  servir  de 
prueba  las  personas  que,  habiendo  perdido  sin  dificul- 
tad ni  pena  cuanto  tenían,  se  contentan  con  gozar  libre- 
mente de  aquéllas.  Los  deleites  de  la  reflexión  son  de 
aqutllos  que  nos  hacen  más  felices  en  la  eternidad.  La 
vida  á  ella  consagrada  la  calificó  Pitágoras  como  la  más 
excelente  de  todas.  x\ristóteles  puso  en  la  reflexión  el 
término  de  todos  los  bienes. 

Esto  se  entiende  con  una  conducta  recta  y  sincera  en 
el  hombre;  mas,  corrompido  por  el  delito  y  como  ago- 
biado con  su  enorme  peso,  inclínase  hacia  abajo  y  busca 
objetos  inferiores  para  espaciarse  y  divertirse,  con  lo 
cual  se  aparta  de  contemplar  los  más  altos  y  excelentes 
para  consagrarse  á  los  actos  de  la  vida;  se  ocupa  en  polí- 
tica y  en  administrar  los  negocios  públicos  ó  los  domés- 
ticos; otras  gentes  hay  que  ni  con  esto  se  conforman, 


CAP.  IX.— EL  DELEITÉ  247 


sino  que  se  recrean  con  fábulas  y  con  el  solo  conoci- 
miento y  recuerdo  de  los  grandes  hechos;  quien  se  dedica 
á  obras  manuales,  la  edificación,  el  tejido,  la  sastrería, 
las  artes  plásticas  ó  la  pintura,  etc.  Los  hay  también  que 
no  son  capaces  de  tanto,  y  se  entregan  á  la  molicie,  á  los 
juegos,  al  ocio  infecundo  y  embrutecedor,  ó  bien  á  los 
placeres  é  ilusiones  de  los  sentidos,  hasta  llegar  á  esa 
interior  abyección  brutal  con  que  el  alma  se  ve  arras- 
trada por  el  vértigo  de  los  deseos  desenfrenados:  escalón 
del  cual  ya  no  puede  el  hombre  bajar  más,  sino  que  se 
desvía  completamente  del  camino  de  la  razón  y  del  jui- 
cio. Inventa  luego  la  nobleza,  los  honores,  la  fama,  el 
favor  popular  y  todo  aquello  que  la  suerte  ofrece  para 
halagar  nuestra  vanidad;  llegaría,  por  último,  á  preten- 
der despojarse  del  pensamiento  si  le  fuese  posible,  para, 
emancipándose  de  su  severidad,  sumergirse  en  los  pla- 
ceres. Y  como  no  se  atrevería  á  hacer  esto  por  impe- 
dirlo el  cuidado  de  su  propia  estimación,  se  sirve  de  una 
persona  intermediaria,  cualquier  muchacho  decidor,  fa- 
tuo ó  bufón,  á  cuyo  lado  se  hace  idiota  hasta  el  último  ex- 
tremo del  rebajamiento.  Con  eso  se  hace  tan  endeble  su 
espíritu,  que  no  soporta  el  menor  peso,  ó  tan  deprimido 
que  se  arrastra  al  fondo  deliberadamente. 

La  inteligencia  no  necesita  intervalo  alguno  en  el  dis- 
frute de  sus  placeres;  los  sentidos  sí,  y  á  menudo:  aqué- 
lla cambia  sus  deleites  por  otros  del  género  más  diverso, 
los  mayores  por  los  menores,  y  viceversa;  porque  las 
distracciones,  los  pensamientos  ligeros  acerca  de  cosas 
pequeñas  y  agradables,  son  actos  y  atractivos  del  inge- 
nio; mientras  que  los  sentidos  necesitan  ocio,  reposo, 
cierto  recogimiento  dentro  de  sí  mismos,  de  suerte  que 
en  nada  se  ocupan,  al  paso  que  la  mente  no  puede  pa- 
rar ni  descansar.  Por  el  ocio  y  la  interrupción  son  ma- 
yores los  placeres  de  los  sentidos;  así  dijo  el  poeta  sa- 
tírico: 


248  LIBRO  TERCERO 


«Quas  commendat  rarior  usus»  (i); 

y  se  hacen  más  vehementes  por  excitación  de  sus  con- 
trarios, como  la  comida  por  el  hambre  y  la  bebida  por 
la  sed. 

Combát  nse  mutuamente  los  placeres  del  cuerpo  y  los 
del  alma:  quien  se  entrega  á  los  primeros  no  percibe  los 
propios  de  la  mente,  y  á  la  inversa.  Cuanto  más  excelen- 
tes unos  y  más  viles  sean  los  otros,  más  luchan  entre  sí 
y  menos  toleran  su  comunicación  recíproca.  Los  objetos 
naturales  causan  deleite  más  puro  y  duradero  que  los 
artificiales.  Si  miramos  tres  ó  cuatro  veces  seguidas  obje- 
tos de  oro  ó  de  plata,  pinturas,  cosas  elegantes  y  de  arti- 
ficio, ó  casas  perfectamente  amuebladas,  vestidos  de  arle 
exquisito,  de  gran  precio  y  belleza,  nos  fatigamos  hasta 
el  punto  de  sernos  molesto  seguir  mirando,  lo  cual  no 
nos  sucede  al  contemplar  los  prados,  montañas,  huertos, 
valles  v  ríos,  el  cielo  y  el  mar;  porque  cada  cual  se 
deleita  con  aquello  que  es  para  él  adecuado  y  conve- 
niente; á  nosotros,  seres  naturales,  nos  interesan  más 
las  obras  de  la  naturaleza  que  las  de  nuestras  artes. 
Además,  la  perfección  es  mayor  en  cualquiera  de  aqué- 
llas que  en  éstas,  y  hasta  en  el  arte  mismo  se  aprueban 
y  agrandan  las  obras  de  la  naturaleza  más  que  las  pro- 
pias, y  se  desea  siempre  imitarlas;  tanto,  que  si  ello  fuese 
dable  á  los  artistas,  preferirían  ciertamente  producir 
obras  naturales.  Y  aquellos  que  á  esa  perfección  se  apro- 
ximaron, juzgan  que  han  acertado  mejor  que  nunca,  y 
son  los  que  más  aplaude  el  espectador. 

La  rareza  v  la  habilidad  aumentan  el  valor  de  las  cosas 
que  proceden  del  arte,  porque  nos  admira  que  haya  po- 
dido el  ingenio  humano  progresar  hasta  tal  punto.  Desde 
luego,  cualquier  cambio  gusta,  siempre  que  ofrezca  nove- 


(i)     Juvenalis,  sat.  11^  ver.  último. 


CAP.  IX.  — EL  DELEITE  249 


dad  á  los  sentidos,  como  sucede  en  las  pantomimas, 
oyendo  á  un  papagayo,  al  niño  que  empieza  á  hablar. 
La  admiración  y  el  placer  que  nos  causan  las  grandes  y 
estupendas  obras  naturales  se  borran  con  la  costumbre 
ó  se  ocultan  por  nuestra  falta  de  atención,  pues  de  con- 
tinuo vamos  de  propósito  á  las  cosas  viles,  y  no  estamos 
libres  para  mirar  y  contemplar  aquellas  obras  admi- 
rables. 

Una  pequeña  molestia  deshace  á  menudo  un  deleite 
grande  y  vivo,  porque  así  la  constitución  de  nuestro 
cuerpo  como  el  curso  de  la  edad  van  siempre  hacia  lo 
peor;  un  dolor  insignificante  alcanza  en  nosotros  mismos 
mayor  fuerza  para  encogernos  y  derribarnos  que  un  de- 
leite para  elevarnos  y  ensancharnos.  También  es  cierto 
que  más  fácilmente  carecemos  de  placeres  que  sentimos 
dolores,  y  es  menester  gran  esfuerzo  para  sostener  este 
cuerpo  vacilante:  lo  primero  es  propio  de  la  privación; 
esto,  de  la  existencia;  con  aquello  nada  podemos,  con  lo 
último  se  aflige  el  sentido  y  desaparecen,  entre  tanto,  sus 
buenos  hábitos. 


CAPITULO   X 


DE    LA    RISA 


De  la  alegría  y  el  deleite  nace  la  risa,  que  no  es  un 
afecto  sino  una  acción  externa  que  se  origina  de  la  inte- 
rior. Por  la  alegría  y  la  delectación,  en  efecto,  se  dilata 
el  corazón,  con  cuyo  movimiento  se  extiende  el  rostro  y 
en  particular  la  parte  contigua  á  la  boca  que  llamamos 
laringe,  de  donde  viene  la  risa;  así  es  que  ésta  tiene  su 
sitio  externo  primeramente  en  la  laringe,  luego  en  los 
ojos  y  en  toda  la  cara.  En  cuanto  al  interno  dice  Plinio 
Segundo  que  está  en  el  diafragma  que  los  griegos  lla- 
man (pc>£tvcí;.  «En  él  (en  esta  membrana)  se  halla  el 
asiento  principal  de  la  hilaridad,  como  se  observa  en  el 
cosquilleo  de  los  sobacos,  donde  va  á  parar.»  También 
afirma  que  los  gladiadores  recibían  riendo  las  heridas  en 
ese  sitio;  risa  que  es  completamente  corporal,  no  de 
pasión,  como  sucede  al  cosquilleo  en  el  sobaco  y  otras 
partes  del  cuerpo. 

Cuando  tomamos,  después  de  sufrir  hambre  largo 
rato,  los  primeros  bocados,  no  podemos  contener  la  risa, 
lo  que  se  explica  por  extenderse  con  la  comida  el  dia- 
fragma contraído.  Hay  risa  que  no  es  verdadera,  en  la 
tristeza  y  en  la  indignación,  como  dicen  que  pasó  á  Aní- 
bal, en  el  Senado  cartaginés,  después  de  ser  vencido  por 
Escipión;  mas  aquello  no  era  reír,  sino  rechinar  los 
dientes. 

Los  que  tienen  mucha  bilis  amarilla  son   propensos  á 


CAP'.  X. — LA  RISA 


25í 


la  risa,  porque  con  el  calor  exagerado  se  dilata  el  cora- 
zón, como  de  otro  lado  los  flemáticos  y  los  que  padecen 
bilis  negra,  por  el  retraso  que  produce  el  frío,  son  lentos 
para  reír.  La  risa  que  proviene  de  la  pasión  es  de  ale- 
gría ó  de  un  nuevo  deleite,  pues  surge  de  aquel  primer 
contacto  con  el  cual  mueven  estos  afectos  el  alma;  lo 
inesperado  y  repentino  nos  afecta  más  y  nos  hace  reír 
más  pronto  y  durante  mayor  rato;  por  eso  no  reímos 
con  cosas  antiguas  ó  habituales,  á  no  ser  que  alguno  las 
considere  nuevas  y  conocidas  por  primera  \ez,  como 
sucede  ya  en  aquellos  que  son  por  su  naturaleza  pro- 
pensos á  la  risa,  v.  gr.,  los  niños,  mujeres,  ó  personas 
fatuas,  ya  por  la  índole  del  asunto,  tan  congruente  con 
nuestro  espíritu,  que  cuantas  veces  se  ofrece,  la  recibe 
como  cosa  nueva. 

A  veces  no  nos  reímos  por  no  habernos  fijado  en  lo 
que  pasa,  y  al  cabo  de  mucho  tiempo,  al  acordarnos,  em- 
pezamos á  reír;  y  es  que,  así  como  un  pensamiento 
intenso  impide  manifestarse  la  pasión,  también  la  risa. 
Por  eso  en  los  hombres  sabios  y  mesurados  es  más  rara 
y  forzada  la  risa,  que  más  bien  llamaríamos  sonrisa; 
siendo  ello  debido,  ya  á  que  sus  pensamientos  son  inten- 
sos y  profundos,  ya  á  que  hay  para  ellos  pocas  cosas 
nuevas  ó  desusadas,  por  tenerlas  todas  previstas  y  cono- 
cidas. 

Además,  se  debe  tener  en  cuenta  la  constitución  cor- 
poral que  en  personas  de  gran  entendimiento  propende 
á  la  bilis  negra;  se  dominan  para  no  reírse  de  un  modo 
exagerado,  por  ser  inconveniente.  La  risa  es  siempre 
acto  natural  y  no  voluntario,  aunque  se  modifica  por  la 
costumbre  y  la  razón  para  no  estallar  inmoderadamente 
sacudiendo  todo  el  cuerpo  según  pasa  en  las  carcajadas 
de  los  ignorantes,  los  rústicos,  los  chicos  y  las  muje- 
res, incapaces  de  contener  la  risa  vehemente  que  los 
invade. 


252  LIBRO  TERCERO 


Así,  como  son  diversos  en  cada  uno  los  motivos  del 
deleite,  también  dimana  la  risa  de  varias  causas:  en 
unos,  por  lo  que  ven;  en  otros,  por  lo  que  oyen;  quién 
ríe  por  objetos  mentales  que  le  agradan,  por  la  alegría 
del  bien,  por  el  deleite  que  produce  lo  extraño  de  una 
frase  ó  un  hecho  dispuestos  para  hacer  reír,  tal  como 
sucede  con  las  gesticulaciones,  con  las  palabras  amena- 
zadoras del  débil— cuando  provienen  de  quien  tiene  fuer- 
za más  bien  nos  inspiran  temor,  aunque  no  seamos  cul- 
pables—;  con  las  ocurrencias  necias  ó  bufonescas,  con  las 
interpretaciones  y  preguntas  absurdas,  las  respuestas  en 
que  se  desvía  ingeniosamente  el  sentido  á  cosa  distinta 
de  la  que  se  preguntaba,  con  la  asimilación  de  palabras 
que  tienen  significado  contrario,  y  en  otras  muchas  oca- 
siones parecidas. 

En  todo  lo  cual  gusta  lo  inesperado;  porque  las  cosas 
que  se  presentan  por  el  camino  ordinario  se  dejan  pasar 
sin  atención,  por  ser  antiguas  y  previstas  en  cierto 
modo,  al  paso  que  nos  impresionan  las  torcidas  y  malig- 
nas, porque  no  las  esperamos.  La  eterna  risa  de  Demó- 
crito  era  más  bien  afectada  que  natural,  era  una  irrisión 
contra  las  tonterías  humanas  que  se  tomaban  como  actos 
de  sabiduría.  Entre  todos  los  animales  sólo  el  hombre 
ríe,  porque  es  el  único  que  tiene  rostro  donde  se  mani- 
fiesta la  risa;  en  los  demás  lo  impide  la  inmovilidad  de 
la  cara,  y  no  es  que  éstos  carezcan  del  sentido  del  bien 
ni  dejen  de  apasionarse  por  el  placer,  aún  mejor  que  el 
hombre,  dando  señales  que  hacen  veces  de  la  risa,  como 
saltos  y  gritos  informes  á  su  peculiar  manera,  sino  que, 
no  cambiando  su  rostro  de  expresión  como  el  nuestro, 
no  decimos  que  ríen. 

Llamábanlos  griegos  «agelasti»  —  no  rientes  —  no  á 
quienes  no  pudieran  reír,  sino  á  los  que  reían  rara  vez, 
ya  por  su  carácter  melancólico,  ó  por  dureza  de  cora- 
zón, ó  ya  por  estar  embargados  en  pensamientos  dema- 


CAP.  IX.  —  EL  DELEITE  s53 


yores  males  en  que  se  desvanece  la  alegría  y  el  placer, 
ya  por  hallarse  su  atención  ocupada  discurriendo  sobre 
asuntos  diversos,  ó  bien  que,  reflexionadas  perspicaz- 
mente todas  las  cosas,  nada  se  les  ofrece  de  nuevo  en 
ellas. 

Por  el  contrario,  estallan  á  cada  momento  grandes 
risotadas  por  las  delicias  que  contiene  un  corazón  blan- 
do, por  el  vino,  el  juego,  los  amores,  las  fábulas  festi- 
vas, el  canto,  la  lascivia,  por  dejar  á  un  lado  y  desterrar 
los  pensamientos,  por  recobrarse  la  seguridad,  emanci- 
pado ya  el  espíritu  del  miedo,  de  tribulaciones  molestas, 
ó  ya  en  fin  por  gozar  de  deleites  exquisitos,  en  extremo 
nuevos  y  desusados. 


CAPITULO  XI 


DEL  DISGUSTO 


Hasta  aquí  hemos  tratado  del  hombre  como  tal;  ahora 
se  nos  ofrece  como  la  bestia  más  atroz  y  fiera;  pues  las 
pasiones  que  provienen  del  concepto  del  mal  exasperan 
enormemente  y  ponen  fuera  de  sí  al  espíritu  humano. 

Llamamos  disgusto  á  esa  primer  mordedura  del  mal 
que  se  siente  como  un  pinchazo;  es  el  dolor  procedente 
del  contacto  con  un  mal  que  nos  contraría  y  que  lleva 
incubadas  otras  pasiones,  como  el  odio,  la  malqueren- 
cia, la  ira;  dolor  muy  semejante  al  corporal  que  nos  pro- 
dujera un  pellizco  ó  una  punzada.  Es  un  mal,  que  nos 
disgusta,  cualquier  cosa  adversa  é  inconveniente,  ene- 
miga de  nuestro  bienestar;  como  si  vemos  algún  ob- 
jeto deforme,  ú  oímos  sonidos  horrísonos  y  mal  acorda- 
dos. Tal  bienestar  ó  congruencia  existe  en  el  cuerpo  y 
en  el  alma:  en  aquél  es  la  armonía  por  la  cual  nos  sen- 
timos sanos;  y  cuando  es  acometida  de  un  movimiento 
adverso,  nos  disgustamos,  como  el  sufrir  un  choque,  em- 
pujón, lesión,  herida,  cualquier  presión  molesta,  y  tam- 
bién el  calor  ó  frío,  el  hambre  ó  la  sed. 

La  congruencia  espiritual  está  primeramente  en  los 
sentidos,  cada  uno  de  los  cuales  tiene  su  concordancia 
con  ciertas  cosas,  y  se  aparta  de  sus  contrarias,  v.  gr., 
los  ojos  en  el  color  y  las  líneas  bellas,  los  oídos  en  el 
concierto  de  los  sonidos,  el  gusto  en  los  géneros  de  sabor 


CAP.  XI. — DEL  DISGUSTO  255 


que  le  son  agradables,  el  olfato  en  ciertos  olores,  el  tac- 
to en  la  proporción  de  las  cualidades  primordiales.  Existe 
igualmente  otra  concordancia  en  los  sentidos  internos, 
como  en  la  imaginación  y  en  la  facultad  estimativa;  de 
ahí  la  delectación  y  el  terror  que  sentimos  en  sueños, 
cosas  ambas  que  se  observan  también  en  los  animales 
cuando  rechazan  ó  atacan  las  cosas  ajenas  ó  contrarias 
á  su  naturaleza.  Hay  también  una  doble  concordancia 
en  la  razón:  respecto  de  la  verdad  y  de  lo  que  se  sabe 
solamente,  y  respecto  de  lo  que  se  ejecuta;  y  los  actos  á 
su  vez  son,  ó  manuales,  que  llamamos  obras,  ó  aquellos 
que  consisten  en  la  práctica  y  orden  de  la  vida,  en  su 
régimen  prudente. 

A  todos  nos  disgusta  la  mentira,  aun  cuando  se  ex- 
prese como  una  verdad.  Por  otra  parte,  agrada  la  com- 
posición y  ficción  de  la  verdad;  así  pasa  con  una  pintura 
ó  imitación  contraria  á  ella.  Los  conocimientos,  artes  ó 
enseñanzas  que  no  tienen  proporción  con  nuestra  men- 
talidad nos  disgustan,  aunque  sólo  produciendo  aversión, 
no  censura  malévola,  á  menos  que  intervenga  maligni- 
dad, perversión  ó  soberbia  que  nos  haga  no  admitir 
como  bello  nada  que  no  nos  plazca,  ó  que  no  poseamos. 
Es  conveniente  y  digno  en  la  vida  aquello  que  tiene  su 
base  en  la  honradez,  en  el  cumplimiento  de  los  deberes  y 
en  la  virtud,  para  lo  cual  apenas  hay  fórmulas  prescri- 
tas, sino  que  depende  del  criterio  y  la  opinión  de  cada 
uno;  en  ese  punto  es  increíble  la  variedad  de  casos  de 
disgusto  que  de  ello  resultan,  pues  apenas  hay  dos  per- 
sonas á  quienes  guste  una  misma  cosa,  siguiendo  cada 
cual  su  inclinación  á  sus  ideas,  no  el  recto  examen  de  la 
razón;  y  por  eso  mismo  existe  hasta  diversidad  de  jui- 
cios, como  que  la  razones  única,  ó  al  menos  no  múlti- 
ple en  exceso,  y  los  entendimientos  son  infinitos,  los  más 
diferentes  y  varios.  A  más  de  esto,  nada  hay  susceptible 
de  tantas  versiones  y  argumentos  contrarios   entre  ¿i 


256  LIBRO  TERCERO 


como  el  concepto  de  los  deberes  y  la  dignidad  en  la  vida; 
en  cualquier  sentido  que  uno  se  dirija  halla  iguales  razo- 
nes y  probabilidad  de  acierto  que  en  el  opuesto;  de  lo 
cual  proviene  el  error  y  engaño  de  quienes  no  investi- 
gan las  cosas  con  mayor  elevación. 

La  cuarta  proporción  ó  concordancia  es  la  de  la  vo- 
luntad, respecto  de  aquello  que  cada  uno  ha  creído 
bueno  actualmente;  aquí  nace  el  disgusto  en  su  caso,  y  la 
voluntad  vehemente  de  desear  cuanto  juzgamos  bueno 
y  de  rechazar  con  cuidado  su  contrario,  lo  malo  y  per- 
judicial. Son  los  disgustos  tanto  más  graves  cuanto  más 
adentro  penetran,  es  decir,  en  la  parte  principal  del  ob- 
jeto, en  lo  más  íntimo;  por  eso,  el  tocar  á  ello  es  afectar 
y  herir  el  objeto  mismo,  y  en  tanto,  producir  el  disgusto 
más  gravedad;  el  máximum  de  ella  está  en  los  de  la 
voluntad,  después  en  la  razón  y  en  los  sentidos;  el  me- 
nos grave,  en  el  sentido  corporal,  pues  ni  siquier?,  nos 
disgustamos  con  aquello  que  nos  daña  el  cuerpo  si  la 
voluntad  no  se  muestra  ofendida,  como  sucede  cuando 
son  amigos  íntimos  quienes  hacen  el  daño,  que  no  tole- 
raríamos en  los  demás;  y  cuando  no  nos  impresiona 
una  mentira  que  nos  es  agradable,  porque  complace  á  la 
voluntad,  mientras  que  nos  disgustaría  profundamente 
si  se  dijese  de  otra  persona. 

El  disgusto  supone  la  sensación:  lo  que  no  se  siente 
tampoco  disgusta;  al  hombre  le  molestan  las  moscas,  y 
no  al  elefante,  porque  no  las  siente.  Por  eso  también  se 
disgustan  pronto  los  de  sentido  delicado  por  naturaleza, 
hábito  ó  debilidad,  y  no  se  entienda  esto  sólo  del  sentido 
exterior,  sino  del  general  de  la  razón  y  de  la  voluntad. 
Son  tiernos  por  naturaleza  los  niños  y  las  mujeres;  por 
costumbre,  los  niños  criados  con  mimos,  v.  gr.,  los  de 
madres  viudas;  los  príncipes,  magnates  y  aquellos  á  quie- 
nes todo  el  mundo  halaga  y  nadie  contraría,  hallando 
siempre  colmada  la  medida  de  su  deseo;  por  debilidad, 


CAP.  XI. — DEL  DISGUSTO  25j 

los  enfermos,  ancianos,  los  fatigados,  hambrientos  y  se- 
dientos; los  acosados  de  grandes  agitaciones  del  alma, 
como  amores  y  deseos  ardientes  que  no  se  pueden  satis- 
facer. También  producen  igual  efecto  las  vigilias,  an- 
gustias, miedos  y  terrores;  en  general  cualquier  forma  de 
desecación  ó  efervescencia  corporal,  pues  el  disgusto  se 
refiere  á  los  temperamentos  cálidos  y  secos,  y  por  lo  mis- 
mo, crece  fácilmente  con  una  análoga  constitución  del 
cuerpo  y  con  circunstancias  semejantes  de  lugar  y  tiem- 
po. También  por  la  falta  de  costumbre  es  grande  y  fre- 
cuente el  sentido  del  disgusto:  las  gentes  sin  experiencia 
se  disgustan  hasta  por  lo  más  mínimo,  pues  carece  para 
ellas  de  relieve  todo  aquello  á  que  no  se  han  acostum- 
brado; así  camina  con  dificultad  el  que  nunca  había  sa- 
lido de  su  casa;  se  censura  y  condena  como  absurdo, 
necio  y  bárbaro  todo  cuanto  parece  distinto  de  las  cos- 
tumbres ancestrales,  aun  siendo  generalmente  preferible 
á  lo  que  se  ha  visto  hacer  en  su  familia.  Son  menos  sen- 
sibles las  personas  versadas  en  la  práctica  y  experiencia 
de  las  cosas,  las  habituadas  á  soportar  males  y  afrentas, 
como  Sócrates,  que  en  su  vida  privada  aprendió  á  tener 
paciencia  para  demostrarla  en  público;  y  los  que  han 
sufrido  ya  muchas  adversidades  de  la  suerte. 

Interminable  sería  exponer  todas  las  demás  clases  de 
disgusto  peculiares  de  cada  uno;  hay  quien  no  puede 
sufrir  el  rechinar  de  una  sierra,  el  gruñido  del  cerdo,  el 
desgarrar  del  lienzo,  el  partir  un  ascua  con  las  tenazas; 
á  otros  disgustan  los  gestos  de  cierto  género,  el  modo  de 
sentarse,  de  andar,  de  mover  las  manos,  de  hablar;  al- 
guno, hasta  el  ver  una  arruga  en  la  ropa  de  otro.  ^jQuién 
acertará  á  explicar  tantas  impertinencias  de  este  animal 
difícil,  que  á  veces  ni  hay  quien  le  sufra  ni  puede  sufrir 
él  á  los  demás.'^  Por  otra  parte,  no  es  ello  muy  de  extra- 
ñar, porque  no  hay  cosa  tan  bien  hecha,  tan  recta  y 
buena  que  guste  á  toda  la  multitud. 

17 


258  LIBRO  TERCERO 


Algunos,  por  la  mala  costumbre  de  despreciar  todo,  se 
han  habituado  á  disgustarse  por  cualquier  cosa  sin  pa- 
rarse á  examinar  y  juzgar;  tienen,  en  vez  de  sabiduría,  la 
cualidad  de  no  aprobar  nada,  ni  aun  lo  ejecutado  con 
mayor  rectitud,  investigando  sólo  con  la  mayor  iniqui- 
dad aquello  que  sea  censurable.  Esto  les  complace  mu- 
cho, y  los  necios  les  dan  fama  de  talento;  como  si  no 
fuera  mucho  más  breve  y  fácil  á  cualquiera  condenarlo 
todo  indistintamente  que  establecer  diferencias  entre  lo 
bueno  y  lo  malo,  cosa  propia  del  hombre  inteligente  y 
cuerdo. 

El  disgusto  se  aminora  y  desaparece  por  las  causas 
contrarias:  el  máximum  del  disgusto  es  la  irritación,  y  el 
mínimum,  la  aversión,  pues  se  aplaca  con  sólo  ésta  y  con 
la  separación;  así,  cuando  el  alegre  se  aparta  del  triste,  el 
jocoso  del  serio,  el  batanero  del  carbonero,  á  lo  cual  se 
llama  molestia.  La  irritación  sacude  todo  el  cuerpo  y 
enardece  el  corazón;  si  se  la  contiene  y  no  puede  romper, 
se  convierte  en  rabia,  y  pone  sobre  sí  propio  mano  vio- 
lenta; en  tal  caso  se  dirige  lejos,  hasta  contra  aquellos 
que  en  nada  nos  ofendieron;  se  irrita,  exacerba  y  ex- 
tiende fuera  de  nosotros. 

Se  ha  dado  á  los  hombres  el  disgusto  para  que  al  pri- 
mer sabor  del  mal  se  eche  atrás  y  no  pase  ya  más  ade- 
lante para  que  no  empiece  á  agradarle  en  fuerza  de  la 
costumbre,  pues  lo  contrario  del  disgusto  es  el  agrado. 
«La  privación  es  cierta  ecuanimidad  y  profundidad  por 
la  cual  se  tolera  fácilmente  aquello  que  los  demás  no 
pueden  sufrir.» 


CAPITULO    Xíl 


DEL    DESPRECIO 


El  desprecio  nace  del  disgusto,  cuando  el  mal  que 
produce  no  daña,  sino  que  se  considera  vil  y  abyecto, 
como  sucede  con  personas  libertinas  y  perdidas.  No  de- 
seamos beneficiosa  quien  despreciamos,  pero  tampoco 
queremos  perjudicarle,  sino  solamente  burlarnos  de  él  y 
manifestar  cuan  digno  es  de  desprecio  y  de  ser  tenido 
en  nada. 

El  desprecio  templa  á  menudo  la  dureza  del  odio  y  de 
la  envidia;  no  nos  inspira  deseo  del  mal,  pues,  aunque 
intenta  dañar  carece  de  toda  fuerza  y  se  desespera  en  la 
impotencia;  ello  produce  odio  en  algunos,  pero  en  otros 
no  hace  más  que  aumentar  el  menosprecio  y  la  irrisión, 
según  se  refleja  en  el  proverbio  «la  mujer,  espada». 
Siguen  tras  el  desprecio  la  burla,  la  gesticulación,  el  des- 
dén, el  que  apartemos  vista  y  oídos  délo  que  dice  ó 
hace  el  despreciado,  como  indigno  de  verse  y  oírse. 

Los  pusilánimes  son  suspicaces,  creyendo  que  todos 
los  desprecian:  cuanto  hablan  ó  ejecutan  va  á  parar,  se- 
gún ellos,  á  que  los  menosprecien;  de  aquí  los  incesantes 
lamentos  y  maldiciones.  Es  propenso  á  ser  despreciado 
quien  alcanzó  muy  poco  de  los  bienes  á  que  damos  más 
importancia:  la  nobleza  para  unos;  la  elocuencia,  rique- 
zas, el  ánimo  viril  para  otros,  y  así  sucesivamente.  Con 
todo,  se  le  aprecia  si  ha  conseguido  otros  bienes  de  no 
menos  estimación,  como  el  poder,  dignidades,  favor, 
erudición;  igualmente  cuando  puede  hacer  mucho  daño, 
pues  no  despreciamos  á  quienes  tememos.  Ya  dijo  Cice- 
rón: «No  esperes  nada  de  él,  porque  no  querrá;  nada  te- 
mas, porque  no  podrá.» 


CAPITULO  XIII 


DE    LA    IRA    Y    EL    ENOJO 


Es  la  ira  una  fuerte  excitación  del  alma  al  ver  que  se 
desprecian  sus  bienes,  que  cree  no  deben  ser  desprecia- 
dos, pues  hay  en  ello  menosprecio  del  ser  mismo  que 
los  posee,  y  que  les  da  su  debido  valor  y  estimación.  La 
ira  es  un  movimiento;  la  iracundia,  un  hábito  ó  confor- 
mación natural;  toda  ira  nace  del  enojo,  aunque  éste  no 
siempre  es  ira.  Ambos  se  diferencian  como  lo  general  de 
lo  especial,  si  bien  aparecen  contundidos  en  el  lenguaje 
común,  que  emplea  los  dos  nombres  indistintamente;  lo 
que  los  separa  es  la  adición  del  desprecio,  como  una  dis- 
tinción entre  la  forma  y  el  género,  porque  no  hay  ira  sin 
desprecio,  mientras  que  enojo  sí  puede  haberle.  Así  de- 
cimos que  nos  encolerizamos  con  los  animales,  los  niños 
y  seres  inanimados  cuando  no  nos  obedecen,  y  aun  con 
nosotros  mismos  cuando  nos  arrepentimos  de  algún 
acto  ó  tratamos  de  hacer  algo  sin  éxito;  pero  eso  es 
enojo  y  no  ira,  porque  en  tales  casos  no  se  da  la  forma 
del  desprecio.  Como  acabamos  de  decir,  se  confunden 
usualmente  ambos  nombres  y  no  sólo  entre  el  vulgo, 
sino  también  los  aplican  uno  por  otro  las  gentes  doctas, 
debiendo  muchas  veces  entenderse  del  enojo  lo  que  se 
afirma  y  preceptúa  de  la  ira,  y  viceversa. 

Asimismo  existe  un  cierto  modo  de  inflamación  en 
nuestro  pecho  cuando  el  alma  se  excita  concentrando 


Cap.  xiir. — de  la  ira  y  el  enojó  261 

muchos  alientos  para  realizar  algo  grande  y  difícil,  en  lo 
cual  no  cabe  ira  ni  enojo  alguno,  puesto  que  ninguna 
forma  del  mal  se  ofrece;  sin  embargo,  todos  llaman  á 
tal  estado  de  ánimo  hallarse  airado,  hasta  el  mismo 
Aristóteles,  atribuyendo  las  grandes  obras  á  la  parte 
irascible,  con  abuso  de  la  palabra,  por  comprender  en  el 
concepto  de  ira  toda  suerte  de  enardecimiento  de  la  san- 
gre, que  en  el  caso  citado  es  ardimiento  del  deseo. 

Volviendo  á  nuestro  asunto,  se  toma  por  desprecio  el 
desdén,  sobre  todo  en  quienes  tienen  de  sí  propios  una 
alta  opinión  ó  juzgan  que  sus  cualidades  deben  obtener 
preferencia  y  respecto  de  parte  de  los  demás:  son  de 
este  género  los  nobles,  los  militares,  los  elocuentes,  los 
hermosos  y  superiores  en  cualquier  orden  de  virtudes, 
que  estiman  necesario  que  se  les  reverencie;  en  otro 
caso  creen  que  se  les  desprecia. 

La  suspicacia  de  la  soberbia  humana  ha  creado  muchí- 
simos signos  de  donde  se  infiere  el  desprecio:  frases  y 
actos,  la  risa,  señales  ó  gestos,  movimientos  diversos 
del  cuerpo;  y  cuando  esa  sospecha  toma  incremento, 
todo  lo  atribuye  á  desprecio.  Existe  un  cierto  movi- 
miento natural  de  enojo  hacia  quien  lastima  el  cuerpo, 
como  nos  sucede  con  los  animales;  hay  otro  que  nace 
súbitamente,  como  sin  intervención  de  tiempo  con  el 
primer  contacto  del  desprecio,  por  lo  que  algunos  creen 
que  es  natural  y  anterior  á  todo  juicio;  se  produce  á 
veces  por  una  exagerada  inflamación  de  la  bilis;  y  otras 
proviene,  no  de  un  juicio  formado  de  pronto  á  causa  del 
desprecio,  sino  del  que  tenemos  ya  impreso  en  nosotros 
y  confirmado  de  que  somos  buenos,  doctos,  liberales, 
industriosos  y  excelentes,  de  que  es  conveniente  que  se 
nos  manifieste  honor  y  respeto,  y  en  modo  alguno  que 
se  nos  desprecie.  De  este  concepto  que  nos  hemos  for- 
mado y  tenemos  interiormente  fijo,  estalla  de  pronto  la 
ira  en  cuanto  asoma  por  vez  primera  el  desprecio,  aun- 


262  LIBRO  TERCERO 


que  sea  de  lejos.  Con  la  ira  y  el  enojo  vehemente  se  per- 
vierte el  espíritu  hasta  el  punto  de  no  atender  á  lo  que 
es  bueno  y  piadoso,  de  no  tener  en  cuenta  la  benevolencia 
ni  el  parentesco,  pues  hasta  hubo  quien,  arrebatado  de 
ira,  dio  muerte  á  su  mujer,  á  sus  hijos  queridos;  el  avaro 
prodiga  sus  riquezas,  el  ambicioso  desdeña  los  honores, 
todo  ello  en  aras  de  otra  pasión  aún  más  desenfrenada. 

También  la  indulgencia  muy  blanda  consigo  mismo 
oscurece  el  juicio  y  se  abandona  hasta  caer  en  vengan- 
za; es  una  verdadera  ceguedad  mental,  y  crece  de  tal 
suerte  que  ansia  vengarse,  aunque  por  ello  se  derrum- 
base el  cielo,  la  tierra  y  todo  el  género  humano;  se  in- 
digna porque  no  se  interesen  en  su  venganza  los  astros 
mismos  y  tomen  en  ella  calurosa  parte.  Nos  enfurece- 
mos, no  sólo  con  el  que  nos  causó  daño,  sino  con  toda 
su  nación  por  culpa  de  él;  así  hizo  Dido  con  los  troyanos 
y  sus  descendientes,  por  Eneas,  aunque  fué  aquello, 
quizá,  más  bien  odio  que  ira,  según  opina  Aristóteles, 
en  oposición  á  Séneca. 

Algunos  se  complacen,  no  en  la  ira,  sino  en  el  pensa- 
miento de  la  venganza,  grata  al  hombre;  imaginan  cómo 
han  de  perjudicar  á  quien  les  dañó.  Si  la  ira  es  vehemente, 
provoca  el  furor  mental,  la  locura,  como  en  Ayax;  otras 
veces,  enfermedades  y  hasta  la  muerte;  Lucio  Sila  murió 
en  sus  tierras  del  Puzol  de  un  ataque  de  irritación.  Sus 
efectos  en  el  cuerpo  son  horrendos,  indignos  del  hom- 
bre; hierve  la  sangre  que  rodea  el  corazón  al  comienzo  del 
enojo;  ese  órgano  mismo  se  hincha,  de  donde  proviene 
la  palpitación  del  pecho,  si  bien  no  es  todavía  ira  ni 
enojo  hasta  que  aquellos  vapores  invaden  el  cerebro  su- 
biendo desde  el  corazón.  Por  mucho  que  se  caldee  el 
pecho  está  el  hombre  sosegado  y  tranquilo  si  el  calor  no 
sube  al  cerebro,  como  tampoco  está  ebrio  el  que  ha  be- 
bido mucho  vino  si  no  cuando  éste  ataca  á  la  cabeza; 
así  es  que  se  sofocan  muy  pronto  aquellos  cuyos  humos 


CAP.  XIII. — DE  LA  IRA  Y  EL  ENOJO  26Í 


cerebrales  hierven  con  exceso,  y  de  ahí  el  cambio  en  el 
rostro,  el  temblor  de  boca,  la  privación  de  la  palabra  y 
otros  síntomas  de  aspecto  terrible,  más  bien  de  fieras 
que  de  personas  humanas. 

Hay  todavía  gentes  tan  necias  que,  encima  de  la  defor- 
midad que  la  ira  presenta  ya  al  exterior  y  pinta  en  su 
cara,  gustan  de  exagerarla  en  ella  y  en  los  movimientos 
de  todo  su  cuerpo;  de  los  encolerizados,  unos  palidecen 
por  concentrarse  la  sangre  en  el  corazón,  así  sucede  en 
las  personas  de  gran  ánimo;  otros,  se  ponen  encarnados, 
por  subir  aquélla  al  cerebro,  como  ocurre  á  los  pusilá- 
nimes. 

Como  la  ira  es  el  dolor  al  ver  despreciadas  nuestras 
buenas  cualidades,  que  creemos  no  merecen  serlo,  por 
lo  mismo  queremos  demostrarlo  haciendo  alarde  de  po- 
der, y  principalmente  produciendo  daño;  de  aquí  el  de- 
seo de  venganza,  propio  también  del  enojo,  el  odio  y  la 
envidia.  Aristóteles  establece  algunas  diferencias  entre 
odio  é  ira:  «El  odio  crece  con  el  tiempo;  la  ira  dismi- 
nuye»; la  venganza  de  la  ira  es  devolver  el  dolor;  la  del 
odio  es  hacer  mal  y  dañar  gravemente;  aquélla  quiere 
que  se  sienta  su  venganza;  éste  no  se  cuida  de  eso  con 
tal  de  causar  daño,  y  por  eso  procura  la  muerte  del  ene- 
migo ó  sus  equivalentes,  la  privación  de  un  miembro, 
enfermedades,  pobreza,  la  prisión,  el  destierro,  un  vicio 
ó  la  locura,  como  los  antiguos  cretenses  que  no  desea- 
ban al  enemigo  otro  mal  que  el  de  complacerse  con  sus 
males  y  acostumbrarse  á  ellos. 

El  airado  se  duele;  el  que  aborrece,  no.  La  ira  y  el 
enojo  hacen  temibles  á  los  poderosos  y  ridículos  á  los 
impotentes,  como  los  niños  y  las  mujeres,  tanto  más  si 
profieren  vocablos  fuertes  y  trágicos,  é,  imitando  á  los 
poderosos,  amenazan  males  crueles  y  horribles.  Séneca 
afirma  que  la  ira  estalla  de  pronto  y  por  completo,  pero 
Plutarco  le  contradice  con  razón,  pues  crece,  por  virtud 


►64  LIBRO  TERCERO 


de  sus  motivos,  como  el  fuego  cuando  se  le  alimenta;  es 
decir,  arrecia  ante  las  propias  causas  de  las  cuales  na- 
ciera, ó  sea  de  la  creencia  del  desprecio,  y  se  extiende 
con  las  diversas  circunstancias,  según  es  quien  está  aira- 
do: si  es  tierno,  endeble,  está  fatigado,  enfermo  ó  ham- 
briento; si  es  un  amante,  como  se  dice  en  los  antiguos 
proverbios:  «Para  quien  desea,  nada  se  apresura  bas- 
tante; buscar  reyertas  al  cansado;  con  el  hambre  y  el 
malhumor  se  revuelve  la  bilis.»  En  algunos  de  estos 
casos  aquel  hervor  es  natural  y  anterior  á  toda  reflexión, 
según  ya  dijimos,  para  quien  no  está  hecho  á  sufrir  in- 
jurias es  más  intolerable  la  ofensa;  en  los  débiles  es  la 
ira  pronta  y  aguda,  pues  creen  que  por  serlo  se  los  des- 
precia; además,  por  malhumorados  se  hacen  suspicaces. 
Asimismo,  toda  debilidad  lleva  consigo  grandes  sos- 
pechas de  que  se  la  desprecia  por  los  seres  superiores; 
por  eso  el  débil  se  incomoda  fácilmente  y  los  moteja  de 
soberbios;  por  lo  general  piensa  de  sí  que  es  propenso  á 
que  se  le  menosprecie;  así,  los  ancianos,  enfermos,  po- 
bres, plebeyos  y  los  mal  conceptuados.  Los  abstemios 
suelen  ser  vehementes  é  iracundos,  por  ser  tenues  sus 
vapores  y  prontos  á  arrebatarse  por  la  llama  de  la  ira; 
en  cambio  los  tienen  más  crasos,  por  tanto,  menos  fáci- 
les de  incendiarse,  quienes  beben  vino  ó  cerveza.  Son 
también  propensos  á  esta  pasión  los  hombres  estudiosos, 
porque  con  el  trabajo  de  pensar  sube  el  calor  al  cerebro, 
donde  reside  la  iracundia;  igualmente  las  personas  tier- 
nas y  delicadas  y  todos  aquellos  con  quienes  se  abusa  de 
la  condescendencia;  es  por  eso  mucho  más  fuerte  y  du- 
radera la  ira  en  los  príncipes,  á  quienes  todo  el  mundo 
complace  y  adula;  por  razón  del  lugar,  es  más  irritable, 
v.  gr.,  quien  desprecia  al  maestro  en  su  escuela;  tam- 
bién se  observa  esto  mismo  en  las  localidades  cáli- 
das, y  dentro  del  mismo  sitio,  es  de  gran  importancia  en 
presencia  de  quién  bC  realiza  el  acto  de  desprecio,  pues 


CÍAI^.  XIII.  —  DÉ  LA  ÍRA  Y  EL  ENOJO  265 

nos  molesta  mucho  más  ser  despreciados  delante  de  per- 
sonas para  las  cuales  quisiéramos  ser  objeto  del  mayor 
respeto. 

Otra  circunstancia  es  la  ocasión,  por  ejemplo,  cuando 
se  va  á  solicitar  una  dignidad,  al  ser  coronado,  como  ve- 
mos en  Demóstenes,  en  su  oración  contra  Midias:  «En 
tiempo  de  recolección  se  entretiene  el  agricultor.»  Influye 
también  la  situación,  pues  se  tiene  como  mayor  afrenta 
despreciarnos  cuando  nos  hallamos  en  posición  desven- 
tajosa, habiendo  tenido  antes  fortuna  más  próspera.  Nos 
encolerizamos  con  quien  nos  contradice,  por  parecer 
que  tiene  en  menos  nuestro  juicio,  sobre  todo  cuando  se 
nos  juzga  á  nosotros  mismos;  cuando  aquél  es  inferior 
en  el  respecto  en  que  nos  desprecia,  v.  gr.,  en  noble- 
za, riquezas  ó  instrucción;  si  es  amigo  ó  si  ha  recibido 
beneficios  de  nosotros  ó  de  los  nuestros  él  ó  alguno  de 
sus  allegados;  si  queremos  ó  hemos  querido  servirle,  en 
lo  cual  hay  más  bien  enojo  que  ira,  igualmente  que  en 
el  caso  de  que  no  correspondan  debidamente  á  nues- 
tros favores,  y  más  aún  si,  en  vez  de  devolverlos,  nos 
devuelven  mal;  como  también  si  aquel  á  quien  se  me- 
nosprecia está  en  situación  de  auxiliarnos,  como  el 
hijo  y  el  padre  respectivamente,  el  soberano,  en  lo  cual 
hay  ó  una  omisión  ó  una  violación  del  deber.  Es  ira, 
en  realidad,  cuando  nos  vemos  menospreciados  por 
nuestros  íntimos,  resultando  mucho  más  grave  en  ellos 
el  desprecio  porque,  siendo  los  que  mejor  nos  deben 
conocer,  parece  que  se  nos  desprecia  con  razón. 

Se  considera  intolerable  el  desprecio  cuando  no  nos  re- 
verencian quienes  han  solido  hacerlo  antes;  si  nos  des- 
atienden con  indiferencia  ó  nos  causan  injuria  ó  afrenta. 
Tiénese  en  cuenta  también  el  instrumento,  v.  gr.,  según 
que  uno  es  golpeado  con  la  mano,  el  puño  ó  una  caña; 
el  modo  de  acción,  pues  se  encoleriza  grandemente  quien 
desea  algo  con  ansia  y  lo  mismo  si  alguien  se  presenta  ó 


206  LIBRO  TERCERO 


parece  presentarse  contra  nosotros;  igual  sentimiento 
inspiran  los  que  no  piensan  como  nosotros  y  no  se  in- 
dignan al  par  nuestro;  provocan  el  enfado,  no  sólo  aque- 
llos que  han  manifestado  el  desprecio,  sino  hasta  quie- 
nes le  anuncian  ó  refieren,  como  aquel  que  hirió  á  quien 
recitaba  una  poesía  dirigida  contra  él,  diciendo:  «El  que 
dice  versos  que  hablan  mal  de  mí,  los  hace.»  Y  esto  se 
aplica  extensamente  á  todo  aquel  que  fué  causa,  aun  la 
más  remota  y  tenue,  no  del  acto  despreciativo,  sino 
hasta  ocasión  de  él,  ó  la  facilitó,  ó  bien  pudo  impedirle 
si  hubiese  querido.  En  todos  estos  casos  se  halla  un 
cierto  desprecio,  desdén  ó  negligencia.  Nos  incomoda- 
mos si  se  da  poco  valor  á  lo  que  atribuímos  mucho,  ya 
en  nosotros,  ya  en  los  demás,  y  que  deseamos  sea  te- 
nido en  gran  predicamento,  tanto  en  cosa  propia,  como 
en  lo  que  nos  es  querido;  como  el  filósofo,  cuando 
delante  de  él  se  menosprecia  la  filosofía;  el  militar,  si 
las  armas,  tanto  más  proviniendo  de  personas  sin 
competencia  en  el  particular,  v.  gr.,  el  indocto  ó  el  co- 
barde. 

El  que  cree  causar  á  otro  un  bien,  como  noticias  agra- 
dables ó  un  regalo,  se  enfada  con  quien  dice  que  no  es 
tal  bien,  pues  parece  desestimar  lo  que  aquél  creía  cosa 
grande  y  se  vanagloriaba  de  haberla  traído.  El  que  se 
alegra  de  nuestra  desdicha  nos  hace  muy  grave  ofensa; 
nos  encolerizamos  con  quien  nos  anuncia  sucesos  adver- 
sos, como  Agamenón  con  Calcante,  á  quien  llamó  u-cíivX-.y 
xa/tuv,  con  los  que  presencian  ú  oyen  nuestras  afliccio- 
nes, porque  parece  que  no  se  preocupan  de  nuestro 
dolor  conduciéndose  mal  si  nos  desprecian,  ó  como  ene- 
migos ó  juzgándonos  sin  importancia,  pues  los  amigos  ó 
los  que  nos  respetan  se  conduelen,  se  indignan  y  nos  de- 
fienden. Más  nos  irritamos  cuando  se  burlan  si  mani- 
fiestan complacerles  nuestra  desgracia;  también  nos  en- 
fadamos con  los  que  toman  á  burla  nuestras  cosas  serias 


Cap.  XIII.— -de  la  ira  y  el  enojo  267 


y  aun  las  comentan  con  chistes;  en  tales  casos  nos  pa- 
rece que  añaden  la  broma  al  desprecio. 

Asimismo  nos  encolerizamos  contra  aquellos  que  ha- 
cen beneficios  á  todos  menos  á  nosotros,  cosa  que  lleva 
consigo  una  especie  de  negligencia  ó  desdén:  con  los  que 
se  han  negado  á  acceder  á  nuestro  ruego  persistente, 
donde  á  veces  aparece  la  envidia  ó  el  odio.  También  el 
olvido  produce  la  ira,  por  el  descuido  que  supone;  tanto, 
que  algunos  oyen  de  muy  mal  grado  que  los  llamen  con 
nombre  distinto  del  suyo,  pareciéndoles  que  no  fijan  la 
atención  en  ellos,  y  que  los  tienen  por  insignificantes.  In- 
fluye el  fin,  V.  gr.,  si  roban  á  uno  por  burlarse  de  él;  las 
circunstancias,  pues  cuando  el  desprecio  tiene  lugar  sin 
pensarlo,  ó  contra  lo  que  se  pensaba,  es  más  doloroso; 
los  antecedentes,  si  proviene  de  un  amigo;  los  consi- 
guientes, cuando  el  desprecio  lleva  consigo  ignorancia 
permanente  para  nosotros,  la  familia  ó  la  nación.  A  ve- 
ces nos  airamos  sólo  por  el  influjo  ajeno,  pues  aun  no 
siendo  motivo  alguno  para  irritarnos,  nos  aprietan  y 
estimulan  á  ello  nuestros  parientes,  afines,  íntimos  ó  los 
superiores,  pareciéndonos  un  delito  no  sacrificar  nuestra 
opinión  en  su  obsequio.  De  tal  suerte,  no  bastan  tan- 
tas diversas  pasiones  como  en  nosotros  anidan,  sino 
que  aún  hemos  de  tenerlas  por  mandato  extraño:  y  en 
ésta  que  estudiamos  es  bien  doloroso  que  tome  creci- 
miento tal  un  monstruo  tan  pernicioso  para  el  género 
humano. 

Hasta  hay  personas  que,  aun  después  de  pasada  la  ira, 
siguen  fingiéndola  por  soberbia,  porque  no  parezca  que 
se  han  encolerizado  sin  motivo.  De  Séneca  son  estas 
palabras:  «A  muchos  habríamos  de  absolver  si  empezá- 
semos por  juzgar  antes  de  irritarnos;  pero  preferimos 
seguir  el  primer  ímpetu,  y  luego,  aunque  nos  hayamos 
encolerizado  por  cosas  vanas,  seguimos  airados  para  no 
parecer  que  lo  hicimos  sin  motivo,  volviéndonos  más 


¡68  LIÉRO  TERCERO 


contumaces  la  injusticia  de  la  ira,  cosa  la  más  inicua, 
pues  la  conservamos  y  la  aumentamos  como  si  el  irri- 
tarse mucho  fuese  prueba  de  que  era  justa  la  ira.» 

Aquel  hervor  se  apaga  en  los  pulmones  al  tocar  en 
ellos  la  cúspide  del  corazón.  Observamos  que  algunos 
cesan  muy  pronto  en  su  deseo  de  venganza  por  hallarse 
así  dispuestos  los  pulmones,  y  por  la  delgadez  de  la  san- 
gre que  anuye  al  corazón,  que  se  extingue  en  seguida 
como  la  llama  de  una  estopa.  Son  más  tardos  para  airarse 
los  temperamentos  fríos,  aunque  también  más  pertina- 
ces; por  eso  ayuda  el  seguir  un  régimen  moderado  de 
vida,  tomar  frías  comida  y  bebida;  en  los  biliosos,  el 
alimento  craso,  el  sueño  prolongado,  el  descanso,  los 
actos  sosegados.  Disminuye  la  ira  al  amenguar  también 
la  opinión  del  desprecio  ó  el  deseo  de  venganza;  ó  por- 
que hayamos  olvidado  la  injuria  ó  desechemos  el  pensa- 
miento de  ella,  siendo  conveniente,  por  lo  mismo,  pasar 
á  otras  ideas  más  alegres.  Así  es  que  se  aplaca  fácilmente 
en  días  festivos,  en  las  conmemoraciones,  banquetes, 
espectáculos,  con  la  alegría,  los  sucesos  prósperos  y  el 
éxito;  la  risa,  cualquier  respuesta  graciosa  desvanece  los 
enojos,  como  los  jóvenes  de  Tarento  aplacaron  á  Pirro 
irritado;  lo  propio  sucede  si  quedan  ya  olvidados  aque- 
llos á  cuya  opinión  dábamos  gran  valor,  y  que  sentíamos 
nos  despreciasen:  unos,  por  haber  muerto;  otros,  por- 
que ya  no  nos  despreciarán  allí  donde  marcharon,  ó  no 
nos  preocupa  su  desprecio  en  tal  lugar,  ó  le  ignoramos. 
También  si  ellos  han  descendido  tanto,  que  más  bien  caen 
en  ridículo  que  nos  causan  cuidado  al  afectar  desdén. 
Cesa  igualmente  la  ira  cuando  es  manifiesto  que  no  ha 
existido  el  desprecio  que  creíamos,  por  venir  de  un  necio, 
imprudente,  ignorante  ó  afectado  de  algún  género  de 
locura,  de  suerte  que  sea  incapaz  de  juzgar  bien;  además, 
el  ya  habituado  ó  el  que  desprecia  involuntariamente  ó 
forzado  á  ello,  tampoco  se  entiende  que  menosprecien; 


Cap.  xiii.— de  la  ira  y  el  enojo  269 

así  como  refiriéndose  la  injuria  á  una  necesidad  inevita- 
ble, por  ejemplo,  á  la  voluntad  de  Dios,  á  la  cual  nadie 
puede  resistirse,  y  lo  mismo  al  mandato  de  un  rey  ó 
tirano,  \  en  general  de  todo  aquel  que  puede  imponer- 
nos su  fuerza. 

Tampoco  se  dice  que  menosprecia  el  que  perjudica  á 
otro  por  provecho  propio.  Preferimos  recibir  injuria  de 
personas  agitadas  por  una  perturbación  de  su  alma,  que 
de  las  tranquilas  y  de  resoluciones  maduras;  no  hay 
desprecio  cuando  realiza  el  hecho  alguien  confiado  en  la 
benevolencia,  humanidad  y  mansedumbre  de  otro,  lo 
cual  es  más  bien  una  opinión  de  su  superioridad.  Agré- 
gase á  esto  cuando  la  opinión  de  vileza  se  borra  por  un 
honor  que  antes  no  tenía  el  agraviado.  Cuando  observa- 
mos que  hasta  nuestros  íntimos,  cuyos  sentimientos 
tomamos  por  los  propios,  no  se  irritan  y  creen  que  no 
hay  afrenta,  nos  ablandamos  por  autoridad  ajena,  del 
mismo  modo  que  por  ella  nos  encolerizamos,  según 
arriba  se  dijo;  aplacándonos  también  al  ver  que  muchas 
personas  se  incomodan  con  quien  nos  injuria,  aparece 
ya  claro  que  se  juzgó  mal  de  nosotros,  y  asentimos  en- 
tonces á  tantas  opiniones  en  contrario;  habiendo  en  ello 
hasta  cierto  grado  de  venganza  al  estar  tanta  gente  irri- 
tada contra  uno.  Asimismo,  cuando  se  arrepiente  el  que 
nos  ofendió,  pues  sufre  ya  el  castigo  con  su  penitencia; 
los  que  confiesan  que  se  equivocaron  disminuyen  nuestra 
ira,  los  que  niegan  haber  hecho  lo  que  se  les  imputa, 
pues  no  admitieron  el  desprecio  que  en  ellos  sospechá- 
bamos, ó  porque  nos  temen,  confesando  con  eso  que 
somos  superiores.  Cuando  hay  enojo  y  no  ira,  nos  irri- 
tamos más  pensando  que  mienten;  así  sucede  con  los 
hijos,  criados  y  discípulos,  pues  nos  incomodamos  con 
su  indiscreción  y  contumacia.  Si  alguien  se  somete  á 
nosotros,  nos  aplaca,  como  puede  observarse  en  las  fie- 
ras; cuando  nos  causa  algún  gran  beneficio,  se  ablanda  la 


270  LIBRO  TERCERO 


ira  contra  él;  sométese  también  el  que  necesita,  ruega  ó 
cae  en  una  desgracia. 

Disminuye  la  bilis  cuando  nos  respetan  y  temen  quie- 
nes nos  quieren  mal,  pues  esa  sumisión  es  contraria  al 
desprecio;  también  cuando  nos  condenamos  á  nosotros 
mismos  por  creer  que  sufrimos  merecidamente,  como 
sucedió  á  David  con  Semei;  pues  en  tal  caso  no  estima- 
mos que  deben  apreciarse  mucho  nuestras  cualidades, 
pensando  en  nuestra  maldad.  Y  así  como  la  bilis  excitada 
provoca  fácilmente  el  enojo  y  la  ira,  cuando  disminuye 
se  apaga  aquella  especie  de  llama  de  la  perturbación,  por 
lo  cual  es  muy  eficaz,  como  antes  indicaba,  refrescar  la 
bilis  comiendo,  bebiendo,  con  las  abluciones,  el  sueño» 
el  aire  ubre  y  en  presencia  de  cosas  amenas.  Por  eso,  los 
que  asisten  con  frecuencia  á  banquetes  y  diversiones,  se 
enojan  menos  y  están  más  prontos  á  deponer  el  enfado; 
así  ocurre  en  los  países  del  Norte. 

Influye  mucho  en  dejar  la  ira  el  conocimiento  y  per- 
suasión en  que  estamos  de  que  casi  todos  los  hombres 
juzgan  muy  mal  de  las  cosas,  acaso  por  gusto  perverso 
del  espíritu,  tal  que  merezcan  ser  despreciados  aquellos 
mismos  que  nos  desprecian,  y  aun  dignos  más  bien  de 
lástima;  igualmente  influye  el  no  tener  de  nosotros  mis- 
mos una  muy  alta  opinión,  sino  reconocer  de  cuántos 
errores,  debilidad  y  vileza  está  compuesto  y  rodeado  el 
hombre. 

■♦(Se  ha  concedido  á  los  hombres  la  ira  para  apetecer 
las  cosas  excelentes;  y,  al  contemplarse  y  dolerse  de  ser 
rechazados  por  sus  actos  viles  y  abyectos,  procuren 
librarse  de  ellos  y  se  consagren  á  los  elevados,  que  no 
pueden  ser,  con  razón,  objeto  de  desprecio.» 


CAPITULO  XIV 


DEL  ODIO 


Es  el  odio  un  enojo  arraigado  que  hace  á  uno  desear 
causar  grave  daño  á  quien  se  piensa  que  nos  injurió» 
enojo  que  no  se  contrae  al  momento  presente  ni  al  tiem- 
po pasado,  sino  al  venidero  y  aun  á  la  mera  posibilidad; 
así,  odiamos  á  quien  nos  dañó,  daña  ó  dañará,  hasta 
á  quien  pensamos  que  pueda  dañarnos.  En  ello  tiene 
gran  fuerza  la  sospecha,  hacia  la  cual  nos  dejamos  lle- 
var de  nuestro  carácter  meticuloso  ó  de  conjeturas  de 
razón  ó  de  experiencia,  de  que  uno  causó  daño  á  otros, 
V  si  no  él,  sus  padres  ó  sus  parientes;  de  que  los  que  son 
como  él  suelen  hacer  daño;  los  forzudos,  los  arrojados 
sin  juicio  suficiente,  las  fieras  hambrientas  ó  irritadas. 
Por  eso,  quienes  han  sufrido  injurias  de  mucha  gente, 
se  enojan  menos  y  más  rara  vez,  aunque  sienten  mayor 
temor  y  se  hacen  más  suspicaces,  por  tanto  más  inclina- 
dos al  odio,  á  no  ser  que  se  aplaquen  por  bondad  de  su 
naturaleza  ó  por  sabias  reflexiones,  como  el  ateniense 
Sócrates. 

Hasta  los  animales  aborrecen  lo  que  les  trae  á  repre- 
sentación un  daño  antes  recibido.  Los  cobardes  son  pro- 
pensos al  odio,  por  el  temor  de  que  de  todos  lados  les 
amenaza  algún  daño;  por  lo  mismo  aborrecen  todo  cuanto 
supone  fuerza  y  poder  que  pueda  perjudicarlos  espiri- 
tual ó  corporalmente  6  en  su  hacienda;  de  aquí  que  en 


272  LIBRO  TERCERO 


los  poderosos  es  grande  la  crueldad  si  con  ella  va  unido 
el  temor,  como  se  cuenta  de  Calígula,  Nerón  y  otros 
príncipes  cobardes. 

Los  que  han  ofendido  á  poderosos  los  odian  mucho 
por  medio  al  castigo,  y  quisieran  verlos  desaparecer 
para  obrar  con  más  seguridad,  de  donde  el  proverbio: 
«El  que  ofende  no  perdona.»  Son  para  cada  uno  las 
causas  del  odio,  según  las  juzga;  lo  más  grave  para  el 
ambicioso  es  el  decir,  hacer  ó  pensar  algo  contra  su  re- 
putación; para  el  religioso,  contra  la  piedad;  para  el 
avaro,  contra  los  bienes;  para  el  buen  ciudadano,  contra 
la  patria  y  su  gobierno.  Si  estaba  anteriormente  ocupada 
el  alma  por  el  amor,  suprimido  éste,  contrae  odio  con 
más  facilidad,  como  al  enterarnos  de  que  una  cosa  no  es 
como  pensábamos,  pues  se  exacerba  más  el  odio  cuando 
vemos  lo  contrario,  v.  gr.,  ser  avaro  aquel  á  quien  que- 
ríamos por  su  benignidad,  débil  el  amado  por  fuerte. 
Lo  mismo  ocurre  cuando  se  pone  frente  al  amor  una 
causa  de  odio  preponderante,  por  ejemplo,  el  ser  despo- 
jados por  uno  de  quien  sabemos  que  es  generoso  para 
otros. 

El  odio  es  propio  de  temperamentos  fríos  y  secos  y 
por  eso  se  propaga  en  las  personas,  lugares  y  tiempos 
de  esa  índole;  en  los  melancólicos,  por  el  invierno,  con 
la  enfermedad,  penuria,  hambre  y  mala  fama.  En  ellos 
arraiga  más  hondo  el  odio  aunque  domina  la  inercia  y 
flojera;  con  el  calor,  en  cambio,  se  hace  más  fuerte.  Son 
propensos  al  odio  los  soberbios,  los  envidiosos,  los  dota- 
dos de  alguna  malevolencia  ingénita  y  los  que  la  adquirie- 
ron por  hábito,  acostumbrados  á  alegrarse  con  los  males 
humanos.  Quienes  se  aman  entre  sí  muy  tiernamente 
aborrecen  por  leve  motivo  á  los  demás,  pues  creen 
siempre  que  se  les  perjudica  é  injuria. 

Se  confirma  y  acrecienta  el  odio  por  la  frecuencia  de 
la  ira,  por  eso  algunos  le  han  llamado  «ira  inveterada»; 


CAP.  XIV. — DEL  ODIO  ayS 


igualmente  por  la  envidia,  que  es  la  pasión  más  violenta 
y  atroz  de  todas,  pues  más  pronto  se  aplaca  el  odio 
nacido  de  una  gran  injuria  ó  afrenta  que  el  de  la  envi- 
dia. Ei  odio  por  miedo  evita  el  pensamiento  porque  no 
nos  agrada  pensar  en  aquello  que  nos  asusta;  el  de  la  ira 
ó  envidia,  al  contrario,  promueve  un  pensamiento  fre- 
cuente, ya  estando  en  prosperidad  para  que  lo  sientan 
nuestros  enemigos,  como  dice  Gnaton  a  Parmenio  en 
aquel  pasaje  de  Terencio:  «^•x\caso  ves  algo  que  no 
quieres?»,  como  en  la  adversidad  para  que  no  se  alegren 
nuestros  enemigos  «Príamo  se  alegrará  de  nuestra  dis- 
cordia», que  Homero  pone  en  boca  de  Néstor.  Así  cui- 
damos en  lo  posible  de  que  no  nos  vean  tristes  ó  abati- 
dos, á  menos  que  evitemos  de  propósito  el  odio  de  la 
envidia,  como  Dionisio  de  Corinto;  pero  nos  alegramos 
si  están  mal  aquellos  á  quienes  aborrecemos,  tanto  más 
si  es  en  lo  que  nos  ofendió,  como  el  haber  perdido  sus 
fuerzas  el  insolente,  su  autoridad  el  arrogante,  sus  rique- 
zas quien  usaba  mal  de  ellas. 

Del  sentimiento  de  alegría  del  bien  nace  el  amor;  del 
de  amargura  del  mal,  el  odio;  los  bienes,  por  la  debilidad 
de  nuestra  naturaleza,  nunca  son  puros  ni  duraderos, 
dejándonos  exigua  sensación  de  ellos;  mientras  que  los 
males,  como  hallan  en  nosotros  donde  pasar  y  adherir- 
se, son  más  largos  y  graves,  imprimiendo  su  huella 
permanente.  Por  eso  surge  en  nuestra  alma  el  odio  más 
pronto  que  el  amor  echa  raíces  muy  robustas;  son  más 
lozanos  sus  troncos  y  sus  fibras,  porque  han  hallado 
tierra  adecuada;  así  dijo  muy  bien  Cicerón:  «Se  acuerda 
el  que  padece  y  olvida  el  contento.» 

Rebulle  bajo  el  odio  la  maledicencia;  una  vez  encen- 
dido, vienen  la  dureza  y  la  crueldad;  el  amor  estimula 
á  obrar  bien;  el  odio  nos  aparta  de  esto  y  nos  impulsa  y 
solicita  á  hacer  daño.  Con  ello  siembra  enemistades 
y  taimadamente  procura  que  se  vea  en  peligro  aquel  á 

i8 


274  LIBRO  TEHCERO 


quien  se  odia,  é  incurra  en  las  iras  del  que  puede  causar 
gran  mal;  desea,  en  fin,  que  de  cualquier  modo  le  venga 
daño,  directamente  ó  por  otro,  á  escondidas  ó  de  frente. 
Se  debilita  el  odio  con  lo  cálido  y  lo  húmedo,  con  los 
casos  alegres  y  muy  prósperos;  también  poniéndole  delan- 
te objetos  que  producen  amor,  ya  superiores  á  los  que  fue- 
ron causa  de  odio,  ya  iguales,  y  aun  á  veces  inferiores, 
según  nuestro  ánimo  en  cada  momento.  Se  desvanece 
con  la  misericordia,  se  quita  con  la  esperanza  ó  el  deseo 
cierto  de  conseguir  del  enemigo  algo  que  juzgamos  será 
útil  ó  agradable  y  digno  de  que  le  amemos  por  tal  ob- 
sequio. También  se  disuelve  por  otro  odio  mayor  ó  más 
grave,  por  la  preocupación  y  cuidado  de  otras  cosas  de 
más  importancia. 

Una  vez  desaparecida  la  causa  del  odio,  sucede  que 
también  acaba  éste,  como  en  el  cambio  de  afectos,  tanto 
más  pronto  si  existe  otra  causa  de  amor,  v.  gr.,  un  pa- 
riente, amigo  íntimo,  una  persona  instruida  ó  útil  á  la 
nación,  y  también  por  haberse  convertido  á  vida  mejor. 
Quebrantan  odios  y  enemistades  el  desprecio  de  las  co- 
sas terrenas,  la  elevación  del  espíritu  á  las  celestes  y 
eternas;  á  quien  está  destinado  á  la  patria  celestial,  nada 
importan  las  pequeñas  ofensas  de  esta  breve  peregrina- 
ción. Asimismo  se  aminora  el  odio  cuando  uno  se 
acostumbra  á  tomar  en  el  mejor  sentido  lo  que  hacen  ó 
dicen  los  demás;  con  ese  modo  de  pensar  desaparece  el 
origen  de  la  ofensa,  y,  por  tanto,  también  el  del  odio. 


CAPITULO  XV 


DE  LA  ENVIDIA 


De  cuatro  distintas  maneras  se  puede  considerar  el 
bien  que  ocurre  á  otro:  ó  nos  perjudica  por  aminorarse 
nuestros  bienes  al  sobrevenir  otros  mayores,  v.  gr.,  cuan- 
do se  perjudican  las  luces  de  nuestra  casa  por  levantar- 
se la  pared  vecina,  en  lo  cual  hay  un  cierto  dolor  natural, 
pues  la  privación  de  bienes  se  tiene  por  un  mal.  Otra 
razón  es  la  del  bien  ajeno,  el  cual,  aun  cuando  no  nos 
daña,  sentimos  sin  embargo  que  no  haya  sido  sólo  para 
nosotros,  y  esta  es  como  una  forma  del  deseo.  La 
tercera  es  cuando  no  quisiéramos  que  otros  consiguiesen 
lo  que  nosotros,  ó  lo  que  deseamos  ó  hemos  deseado  sin 
haber  podido  alcanzarlo;  y  es  mayor  esa  envidia  si  se 
trata  de  bienes  que  creemos  conveniente  disfrutar,  y  no 
los  tenemos,  ó  que  se  adjudican  á  otros  cuando  opina- 
mos que  deberían  correspondemos  propiamente,  como 
la  dignidad  á  un  noble,  forma  ala  cual  se  llama  celos. 
Por  último,  existe  la  cuarta  cuando  el  bien  nos  duele 
simplemente  y  sin  mira  alguna  de  nuestras  utilidades, 
sino  sólo  por  creer  malo  que  otros  estén  bien,  la  cual  es 
la  verdadera  y  más  propia  naturaleza  de  la  envidia, 
como  la  del  diablo  y  de  sus  progénitos. 

Hay  otras  clases  de  pasiones  que  por  la  semejanza 
con  ésta  se  llaman  también  envidia.  Esta  consiste  en 
un   encogimiento  del  ánimo  por  el  bien  ajeno;    en   lo 


276  LIBRO  TERCERO 


cual  hay  cierta  mordedura  y  dolor,  y  por  eso  tiene 
parte  de  tristeza.  Los  bienes  que  envidiamos  principal- 
mente son  los  que  llevan  consigo  precio,  estimación, 
honores,  prestigio  y  gloria;  los  demás,  como  la  agudeza 
de  ingenio,  la  vasta  erudición  desconocida  ó  la  virtud 
desdeñada,  no  son  tan  envidiados,  á  menos  que  se  los 
aprecie  en  poco;  así  es  que  la  envidia  no  los  ansia  por 
ellos  mismos,  sino  por  el  precio  que  se  les  atribuye;  de 
modo  que  más  bien  envidiamos  en  los  demás  la  honra  y 
la  gloria,  que  los  verdaderos  bienes  á  quienes  se  atribu- 
yen estas  cualidades. 

Casi  nace  la  envidia  de  la  soberbia,  pues  el  soberbio 
ambiciona  más  lo  sublime  y  aparatoso  que  los  bienes 
verdaderos  y  sólidos,  de  los  cuales  es  aquella  una  espe- 
cie de  sombra;  por  eso  es  envidioso  de  naturaleza,  origi- 
nándose la  envidia  del  deseo  de  sobresalir;  y  tanto  más 
envidia  uno,  cuanto  más  carece  de  los  bienes  que  desea 
y  menos  es  lo  que  afecta  parecer;  por  eso  son  envidio- 
sos en  general  los  pusilánimes,  según  dijo  Job:  «Mata  al 
pequeño  la  envidia»  y  elocuentemente  Cicerón:  «Nin- 
guno que  confíe  en  su  virtud  envidia  los  bienes  de  otro.» 

Es  la  envidia  una  pasión  abyecta  y  servil,  pues  el  que 
la  tiene  juzga  preferibles  á  los  suyos  y  mayores  los  bie- 
nes de  los  demás,  ó  teme  por  lo  menos  que  suceda  así: 
por  eso  nadie  se  atreve  á  decir  que  envidia  á  otro;  antes 
confiesa  que  siente  ira,  odio  ó  temor,  afectos  menos 
torpes  é  inicuos.  El  que  aborrece,  se  encoleriza,  está 
triste,  teme  ó  ama,  se  atreve  á  descubrir  estos  sentimien- 
tos, con  lo  cual  experimenta  gran  alivio  de  alma  y  de  co- 
razón; pero  quien  tiene  envidia  pone  gran  trabajo  en 
impedir  que  se  manifieste  esa  llaga  interior,  cosa  que 
trae  consigo  grandes  molestias  corporales:  palidez  lívida, 
consunción,  ojos  hundidos,  aspecto  torvo  y  degenerado. 
El  generoso  león  nunca  mira  de  reojo,  y  lleva  á  mal  que 
se  le  mire  así;  en  el  alma  se  revuelven  encerradas  y  co- 


CAP.  XV.— DE  LA  ENVIDIA  27^ 

hibidas  esas  manías  y  furias,  cuando  un  tormento  no  es 
superado  por  otro  alguno.  Con  razón  han  afirmado  al- 
gunos que  la  envidia  es  una  cosa  muy  justa  porque  lleva 
consigo  el  suplicio  que  merece  el  envidioso. 

Este  se  complace  en  la  maledicencia  y  se  apodera  de 
cuanto  hace  ó  dice  otro  como  él  para  infligir  una  mala 
nota  ó  difundir  una  mancha,  tergiversando  en  el  peor 
sentido  lo  que  es  bueno,  no  tanto  porque  él  lo  tenga  por 
malo,  sino  porque  parezca  así  á  los  demás.  Lo  cierto 
es  que  la  envidia,  una  vez  desarrollada,  pervierte  el  jui- 
cio más  intensamente  que  las  restantes  pasiones;  hace 
pensar  que  son  importantes  las  cosas  más  pequeñas,  y 
repugnantes  las  de  mayor  belleza;  en  lo  cual  influye  mu- 
cho la  fuerza  del  odio  que  está  ingénito,  y  con  el  carác- 
ter más  atroz,  en  toda  envidia.  Es  fácil  mitigar  el  odio 
de  la  ira;  el  de  la  ofensa  desaparece  con  la  satisfacción; 
pero  la  envidia  ni  se  amansa  ni  admite  excusas;  hasta  se 
irrita  más  con  los  beneficios,  como  el  fuego  prendido  en 
la  nafta  que  aumenta  el  incendio  al  echar  agua  encima. 
El  único  medio  de  que  disminuya  su  vehemencia  es  el 
de  que  desaparezca  la  dicha  objeto  de  la  envidia:  ésta 
quisiera  hacer  á  otro  desdichado;  el  odio,  perderle  por 
completo,  cosa  que  también  intenta  la  envidia,  si  no 
puede  de  otro  modo  provocar  su  desgracia,  y  adopta 
también  el  carácter  de  odio  grave  y  rabioso,  hasta  desear 
la  perdición  de  aquel  á  quien  envidia. 

La  cuarta  clase  de  envidia  se  extiende  á  todo  género 
de  bienes;  las  tres  primeras  sólo  á  aquellos  que  pensamos 
poder  lograr  de  algún  modo;  y  por  eso  existen  principal- 
mente entre  personas  iguales  ó  semejantes:  el  alfarero 
envidia  al  de  su  oficio;  el  pobre,  á  quien  está  también 
necesitado;  el  poeta,  á  los  poetas,  según  observó  Hesio- 
do;  es  decir,  que  se  considera  deshonra  —  y  mortifica,  es- 
tando en  el  mismo  concepto  —  no  ser  igual  en  todo  lo 
demás,  pues  se  tiene  como  injuria  que  valga  más  el  que 


2yS  LI6R0  TERCERO 


no  es  reputado  como  mejor;  ahora,  si  otro  es  superior, 
ya  no  hay  deshonra  ni  queja  alguna.  Entendemos  aquí 
por  iguales  v  semejantes  á  los  que  lo  son  ante  la  compa- 
ración de  algún  bien  determinado,  aunque  sean  en  lo 
demás  muy  diferentes,  v.  gr.,  un  rey  músico  con  respec- 
to á  los  otros  músicos;  Nerón  ó  César  comparados  con 
artistas  griegos  plebeyos;  los  doctos  desiguales  en  for- 
tuna: los  afortunados  con  distinta  instrucción  y  talento. 
Trátase  aquí  de  cuando  se  les  compara,  respectivamen- 
te, en  la  fortuna  ó  en  la  ilustración. 

Tampoco  es  la  verdad,  sino  la  apreciación  y  el  juicio 
de  cada  cual,  quien  mide  aquella  semejanza  ó  diferencia. 
Son  personas  de  la  condición  más  ínfima  los  que  envi- 
dian la  opulencia  y  felicidad  de  los  reyes,  alardeando  en 
su  creencia  insana  de  ser  iguales  á  ellos;  otros  se  juzgan 
más  dignos  del  reino  y  censuran  que  aquél  sea  quien 
ciñe  la  corona,  y  no  ellos;  habiendo  algunos,  encerrados 
con  los  furiosos  y  de  la  más  vil  prosapia,  que  reclaman 
para  sí  el  derecho  de  reinar,  como  los  hemos  conocido 
en  este  país  y  en  la  Gran  Bretaña.  Lo  propio  ocurre  en 
literatura,  en  todas  las  artes  y  doctrinas,  en  la  posesión 
del  talento;  sabemos  de  uno  que  sin  haber  apenas  pasado 
de  los  primeros  rudimentos  de  la  instrucción,  se  vana- 
gloriaba de  no  ser  inferior  en  erudición  á  Tomás  Moro 
ni  á  Erasmo  de  Rotterdam. 

La  envidia  de  los  bienes  espirituales  abarca  más  am- 
plios límites  que  la  de  los  corporales  y  externos,  porque 
el  prestigio  y  la  estimación  de  aquéllos  no  tiene  fin, 
como  tampoco  aquellos  bienes  que  se  extienden  indefini- 
damente con  el  poder  inmenso  del  alma.  Los  del  cuerpo 
son  de  límites  más  reducidos  ya  en  su  desarrollo,  como 
también  en  la  práctica  y  en  el  precio  que  se  les  atribuye; 
así  sucede,  por  ejemplo,  en  el  enojo  que  nos  produce  ser 
vencidos  en  el  juego,  que  si  es  de  gran  habijidad  como 
las  damas,  ú  otros  de  ingenio,   lo  llevamos  más  á  mal 


CAP.  XV. — DE  LA  ENVIDIA  279' 

que  cuando  es  de  aquellos  en  que  predomina  la  suerte, 
V.  gr.,  en  los  dados. 

Decae  la  envidia  cuando  aumenta  hasta  tal  grado  la 
felicidad,  en  nosotros  ó  en  el  rival,  que  se  quite  toda 
igualdad;  así  era  con  la  fortuna  de  Alejandro,  á  quien 
muchos  podían  odiar,  pero  ninguno  envidiar.  Sofócase, 
en  efecto,  aquella  pasión  con  la  grandeza,  no  de  otro 
modo  que  el  humo  con  una  gran  llama.  Adriano  César, 
á  quien  tocaba  ascender  á  la  soberanía,  al  salirle  al 
paso  cierto  rival  le  dijo:  «Evitaste  el  peligro.»  En  ver- 
dad, aquel  cuarto  género  de  envidia  no  entiende  de  di- 
ferencia: todo  lo  invade  y  destruye. 

También  se  convierte  la  envidia  en  misericordia  si  en 
vez  de  la  dicha  sobreviene  el  infortunio;  así  se  explica 
que  los  envidiosos  sean  propensos  á  la  compasión,  é  in- 
versamente los  compasivos  á  la  envidia.  El  desprecio, 
como  parte  que  es  de  la  desgracia,  atenúa  la  envidia;  y 
eso  sucedió  á  Dionisio  el  Menor  cuando,  derribado  de  la 
tiranía,  fué  tratado  en  Corinto  desdeñosa  y  vilmente; 
asimismo  envidiamos  menos  á  los  enfermos,  viejos  y 
niños  por  apiadarnos  de  su  debilidad;  en  unos  viendo 
que  se  les  acerca  el  fin  de  la  vida,  y  en  los  otros,  por  no 
saber  si  llegarán  á  alcanzar  la  grandeza  objeto  de  nues- 
tra envidia.  Además,  son  los  niños,  como  todo  animal 
joven,  amables  por  su  misma  inocencia  y  sencillez. 

Una  envidia  menor  se  combate  con  otra  mayor,  ó  sea 
de  cosas  á  que  nosotros  damos  más  importancia;  tam- 
bién se  contiene  por  el  miedo  de  algún  mal  grande; 
quien  se  lanza  de  propósito  á  un  peligro,  no  se  entretie- 
ne en  envidiar  á  nadie.  Aminórase  igualmente  con  res- 
pecto á  los  que  están  muy  distantes,  ya  en  lugar  ó  tiem- 
po, como  pasa  con  los  que  marcharon  muy  lejos  y  con 
los  muertos,  á  menos  que  alguna  circunstancia  los  apro- 
xime ó  haga  presentes,  cosa  que  sucede  cuando  recor- 

drn'cs  su  rrérilo  f  cr  ccn"f  ?rí  c  en  de  lik  1  I  (     i.    .   ., 


28o  LIBRO  TERCERO 


escritos,  hazañas,  ó  de  su  nobleza,  riquezas,  poder  ó 
algo  semejante. 

Hácese  menor  la  envidia  comunicada  á  otros;  la  nues- 
tra se  borra  con  la  ajena  respecto  de  una  misma  per- 
sona, por  resultar  ésta  digna  de  compasión  al  desearla 
males  tantas  gentes.  Hasta  hay  quien  habla  y  juzga 
bien  de  los  que  envidia,  al  oír  expresarse  de  ellos  en 
forma  peor  de  la  que  creen  merecida,  ó  cuando  ven 
que  se  la  vituperan  cosas  que  creen  más  bien  dignas  de 
alabarse.  Y  es  que  se  conmueve  su  alma  por  la  indigni- 
dad del  hecho,  pensando  que  suceden  cosas  malas  á  una 
persona  buena;  y  cree  que  el  castigo  de  ellos  es  contra- 
decirlos y  aplaudir  lo  que  reprueban,  para  mortificarlos. 

Esa  cuarta  forma  de  la  envidia  es  decididamente  la 
más  perversa;  no  nos  proviene  de  Dios,  sino  que  ha 
sido  introducida  mediante  el  pecado  por  su  enemigo  el 
diablo.  Las  otras  tres  constituyen  más  bien  estímulos 
para  que  deseemos  alcanzar  y  conservar  los  mayores 
bienes. 


CAPITULO   XVÍ 


DE  LOS  CELOS 


Comprendidos  en  la  tercera  clase  de  envidia  están  los 
celos,  que,  como  su  nombre  indica,  son  una  emulación 
tocante  á  la  belleza,  un  miedo  de  que  sea  hermoso  por 
algún  concepto  aquel  á  quien  no  queremos.  Esta  pasión 
se  manifiesta  en  forma  doble:  ó  de  disfrutar  algo  nos- 
otros solos,  ó  de  que  lo  disfrute  sólo  quien  queremos; 
por  eso  tenemos  celos  hasta  de  los  hijos,  las  hermanas, 
las  madres;  de  los  pupilos  y  los  confiados  á  nuestro 
cuidado;  no  para  disfrutar  de  su  belleza,  sino  para  que 
los  demás  no  la  disfruten  contra  lo  que  es  justo  y  lícito; 
pues  lo  consideramos  como  un  mal  ya  para  nosotros 
mismos,  en  sentido  de  pena  ó  ignominia,  ya  para  quienes 
nos  son  queridos,  en  concepto  de  deshonra  ó  pecado.  Los 
celos  de  nuestro  goce  nacen  del  propio  deseo,  el  cual 
es  de  placer,  posesión  ó  propiedad,  ó  de  honra.  Con  el 
crecer  y  descrecer  de  tales  deseos  aumentan  y  disminu- 
yen los  celos;  pues,  ó  creemos  que  es  tan  grande  el  pla- 
cer, que  deseamos  gozar  de  él  solos,  pensando  que  se 
acabará  si  se  comunica  á  otro,  ó  anhelamos  poseerle  te- 
miendo que  se  pierda  con  la  transmisión;  y  sea  como 
quiera  lo  que  poseemos,  no  queremos  tener  á  nadie  por 
consocio,  como  aquel  que  aseguraba  no  toleraría  por 
rival  ni  á  Júpiter  mismo.  Por  tal  razón  ocurre  á  me- 
nudo que  aquello  que  tenemos  como  propio,  si  se  con- 


282  LIBRO  TERCERd 


vierte  en  común,  lo  rechazamos  en  absoluto  con  desdén, 
desprendiéndonos,  no  sólo  de  los  celos,  sino  hasta  de 
todo  deseo  de  ello.  En  esta  pasión  se  atiende,  por  último, 
al  aspecto  de  honra  ó  deshonra;  según  la  estimación  ó 
censura  de  cada  uno,  entramos  en  celos,  los  desecha- 
mos, los  aumentamos  y  disminuímos;  de  donde  resulta 
que  en  personas  de  distintas  naciones  se  manifiesta  esa 
pasión  de  diferente  manera:  los  occidentales  y  meridio- 
nales reputan  como  gran  deshonra  para  los  maridos  el 
impudor  de  sus  mujeres,  y  por  eso  son  muy  celosos;  no 
lo  son  tanto  los  del  Norte;  algunos  animales  sienten 
también  esa  pasión,  como  los  cisnes,  palomas,  gallos  y 
toros,  por  miedo  de  la  comunicación,  es  decir,  para  que 
no  se  aminore  ó  pierda  por  completo  aquello  de  que 
participan  otros. 

Crecen  y  disminuyen  también  los  celos  según  las  per- 
sonas, el  lugar,  tiempo  y  las  diversas  ocupaciones.  En 
cuanto  á  las  personas  hay  que  distinguir:  el  celoso,  aquel 
de  quien  lo  está  y  el  que  motiva  los  celos;  si  el  primero 
es  suspicaz  é  interpreta  todo  en  mal  sentido,  da  gran 
acceso  á  su  enfermedad;  si  piensa  de  sí  propio  no  tener 
cosa  que  le  agrade,  cae  más  pronto  en  los  celos  y  con 
mayor  intensidad.  La  persona  de  quien  tenemos  celos 
puede  dar  ocasión  á  ellos  con  el  crecer  y  decrecer  de 
su  afecto,  en  el  cual — antes  que  se  haga  notorio  con 
la  experiencia — ,  se  consideran  preferidas  la  madre,  la 
abuela,  la  institutriz,  la  educación  misma  y  toda  la  vida 
anterior;  después,  en  la  práctica,  el  lenguaje,  las  cos- 
tumbres, la  religiosidad,  la  constancia,  el  talento,  la  dis- 
creción, el  amor  hacia  nosotros,  el  cuidado  del  buen 
nombre  y  el  temor  de  la  mala  fama.  Asimismo  importa 
mucho  nuestro  estado  de  ánimo  hacia  la  persona:  si  es- 
tamos incomodados  con  ella,  acogemos  toda  ocasión  de 
calumnia  y  rencilla;  si,  por  el  contrario,  la  amamos,  nos 
arrastrarán  con  menos  facilidad  los  celos,  pues  el  ver- 


CA?.   X:vI.  —  DE  LOS  CELOS 


!á3f 


dadero  amor  nada  tiene  de  suspicaz,  más  bien  se  desva- 
nece con  los  celos,  á  no  ser  tal  que  vaya  unido  con  la 
concupiscencia,  según  dijimos  en  otro  lugar,  ó  cuando 
uno  envidia  el  cariño  de  un  amigo  respecto  de  otros, 
queriendo  disfrutarle  él  solamente. 

La  persona  de  la  cual  estamos  celosos,  si  solicita  al 
impudor  cuando  puede,  si  conoce  las  artes  empleadas, 
si  se  prenda  de  un  género  de  belleza  como  la  de  quien 
tenemos  celos,  si,  efectivamente,  procura  solicitarla  ofre- 
ciendo con  qué  complacerla  directamente,  ó  más  cosas 
y  mejores  que  las  que  le  causan  desagrado,  —todo  ello 
produce  y  sostiene  los  celos. 

Por  razón  del  lugar,  si  no  existe  acceso  alguno  y  está 
todo  cerrado,  ó  el  sitio  es  sagrado,  ó  también  si  es  muy 
concurrido  y  está  expuesto  á  la  vista  de  nuestra  gente  ó 
de  amigos  que  nos  sean  fieles  ó  enemigos  de  ella,  curio- 
sos, habladores,  ó  de  un  vigilante  atento  y  discreto,  tie- 
nen menos  fuerza  los  celos,  y  muy  grande  en  los  casos 
contrarios.  Respecto  del  tiempo,  hay  que  tener  en  cuenta 
la  oportunidad,  las  reglas,  el  no  estar  desocupados  soli- 
citante y  solicitado;  y  respecto  de  las  ocupaciones,  si 
están  dedicados  á  importantes  negocios,  ó  muy  ocupa- 
dos; si  estiman  que  es  su  pasión  perjudicial  á  sus  intere- 
ses ó  á  su  reputación;  en  suma,  que  se  trate  de  algo  más 
importante  para  ellos  que  el  placer  mismo. 

A  esto  hay  que  agregar  las  causas  contrarias,  pues  las 
anteriores  se  sustituyen  unas  á  otras,  mientras  que  éstas 
producen  efectos  contrarios.  En  las  que  llevamos  ex- 
puestas, las  más  numerosas  y  más  fuertes  tienen  mayor 
peso;  pero  son  mayores  ó  menores,  no  en  realidad,  se- 
gún se  ha  dicho  varias  veces,  sino  por  el  estado  de  áni- 
mo actual  y  la  opinión  de  cada  uno. 

Los  celos  producen  inquietud  en  el  alma,  hacen  pasar 
días  y  noches  agitadísimas;  el  celoso  se  apodera  de  cual- 
quier susurro,   hasta  del  aire,  le  amplifica  y  convierte 


204  LIBRO  TERCERO 


en  la  más  alevosa  calumnia  de  todos.  A  su  vez  los  celos 
nacen  en  las  personas  suspicaces  y  hacen  también  que 
lo  sean,  como  ic;ualmente  muy  propensos  á  la  credulidad 
en  todo  lo  peor.  Se  convierten  en  odio  y  rabia,  no  sólo 
contra  el  objeto  de  ellos,  sino  contra  todo  en  general; 
hacen  formar  malamente  la  idea  de  haber  dado  ocasión 
para  algún  crimen,  con  la  angustia  consiguiente,  y,  en 
último  término,  hasta  contra  sí  mismos;  dándose  lugar 
á  actos  de  extrema  cruedad,  no  pocas  veces,  hasta  poner 
violentamente  manos  sobre  sí  propio,  ante  la  impotencia 
morbosa  que  los  invade. 

Aquí  no  nos  referimos,  según  es  usual,  sinc  á  uno  de 
los  sexos;  mas  entiéndase  todo  ello  de  ambos,  porque 
aquella  peturbación  no  es  menor  en  las  mujeres,  ni  la 
impaciencia  que  suele  producir  es  más  leve  que  en  los 
hombres. 

«Esa  pasión  se  extingue»  cuando  desaparecen  las  cau- 
sas que  la  originaron,  muy  principalmente  las  sospechas 
y  la  credulidad;  además,  cuando  se  invoca  la  razón  y  se 
reflexiona  que  cuan  en  vano  se  atormenta  uno  sin  otra 
ventaja  que  acarrearnos  molestias.  Por  eso  algunas  es- 
posas dotadas  de  gran  prudencia,  así  en  los  antiguos 
tiempos  como  en  nuestra  misma  época,  considerando 
que  con  ser  celo^as  no  podían  traer  á  buen  camino  las 
pasiones  de  sus  maridos,  dejaron  en  absoluto  los  celos 
como  cosa  inútil  v  calamitosa.  Otras,  al  ver  que  la  las- 
civia de  los  cónyuges  de  ningún  modo  producía  ignomi- 
nia para  ellas,  antes  bien  las  servía  á  menudo  de  mayor 
gloria,  toleraron  con  magnanimidad  el  adulterio  y  la 
deserción  de  los  suvos. 


CAPÍTULO  XVII 


DE  LA  INDIGNACIÓN 


Es  indignación  un  enojo  ó  dolor  por  una  felicidad  in- 
merecida; indignidad  que  puede  estar  en  la  persona  ó  en 
el  objeto:  lo  primero,  si  un  indigno  desea  algún  bien,  ó  le 
consigue,  lo  que  es  aún  peor;  lo  segundo,  cuando  su- 
cede algo  bueno  á  un  malo,  ó  viniendo  de  él. 

Hay  en  ello  un  doble  movimiento  del  alma:  indigna- 
ción contra  el  que  obra  sobre  el  malo  y  misericordia 
hacia  quien  sufre  injustamente.  La  indignación  nace  con 
facilidad  de  la  envidia,  la  cual,  siendo  perversa,  nos  hace 
creer  que  recae  en  un  indigno  cualquier  bien  que  acon- 
tezca á  otro;  la  punzada  que  uno  siente  por  la  molestia 
posible  del  bien  ajeno,  más  que  indignación,  es  una  per- 
turbación, ese  miedo  del  que  se  origina  el  odio,  y  si  el 
daño  está  ya  presente,  produce  pesadumbre  del  ánimo. 
A  veces  hay  hasta  quien  se  indigna,  aun  tratándose  de 
la  felicidad  propia,  con  aquel  que  se  la  concede  ó  pro- 
cura, por  juzgarse  indigno  del  caso  y  no  á  la  altura  de 
él;  V.  gr.,  con  el  soberano  que  le  nombró  cónsul,  con  los 
amigos  que  se  interesaron  en  el  nombramiento  y  consigo 
mismo  que  le  deseó,  ambicionó  y  aceptó;  en  este  sen- 
tido, hace  Tranquilo  hablar  á  Vespasiano  después  de 
triunfar  de  los  judíos:  lo  cual  suele  ocurrir  cuando  hay 
por  medio  alguna  molestia.  Por  eso  en  la  anterior  defi- 
nición, al  decir  «una  felicidad  inmerecida»,  no  hemos 


286  LIBRO  TERCERO 


añadido *la  ajena»,  como  puede  interpretarse  en  aquel  pa- 
saje de  la  Comedia:  «Atorméntase  á  sí  propio  porque  se 
conduce  mejor  en  la  paz  que  su  hijo  en  la  guerra,  y  por 
eso  resuelve  hacerse  mal  á  sí  mismo.» 

Esa  indignidad  se  aplica  á  todo  género  de  bienes;  nos 
indignamos  de  que  al  malo  hayan  tocado  riquezas,  her- 
mosura, fuerza,  salud  completa,  elocuencia,  talento  lite- 
rario. Entendemos  por  malo  aquel  que  á  nuestro  juicio 
no  ha  de  usar  rectamente  de  esos  bienes:  mientras 
que  si  se  trata  de  persona  justa  y  honrada  no  nos  indig- 
namos, pues  creemos  que  lo  merece,  y  que  no  será  ene- 
migo nuestro,  ni  nos  hará  daño,  como  tampoco  á  los 
que  deseamos  bien,  Dícese  que  los  cretenses  deseaban  á 
quien  querían  mal  que  se  habituasen  á  las  cosas  malas, 
y  una  vez  que  adquirían  buenas  costumbres,  no  persis- 
tían en  tal  deseo,  pues  no  hubieran  sido  enemigos  de 
quienes  no  lo  eran  suyos,  no  habiendo  nada  tan  amable 
como  la  justicia  v  la  probidad. 

Nos  indignan  con  más  fuerza  aquellos  á  quienes  otor- 
ga un  bien  el  azar,  que  si  proviene  de  la  naturaleza;  y 
los  que  le  obtienen  recientemente,  más  que  los  de  anti- 
guo, porque  tiene  ya  el  tiempo  un  fuero  que  hace  pare- 
cer natural  lo  que  de  muy  atrás  se  posee;  también  nos 
incomodamos  sí  alguien  pretende  cosas  que  están  sobre 
sus  fuerzas  ó  su  mérito;  por  ejemplo:  la  magistratura, 
honores,  prestigio,  competencia  con  un  superior,  ya  en 
aquel  mismo,  ya  en  otros  respectos.  Otros  casos  de  lo  pri- 
mero son  el  contender  el  ignorante  con  el  docto,  el  co- 
barde con  el  valiente,  el  pobre  con  el  rico,  y  de  lo  últi- 
mo un  inicuo  con  un  varón  justo,  un  orador  con  un 
general,  un  pintor  con  un  magistrado,  comparación 
ésta  en  la  cual  el  arte  pictórico  se  pone  en  paralelo  con 
la  dignidad  de  la  magistratura,  al  paso  que  en  otras  de- 
nominaciones no  pensamos  en  compararlas.  También 
nos  perturba  que  alguien,  aun  digno  de  alabanza,  sea  ala- 


CAP.   vil.— DE  LA  INDIGNACIÓN  287 

bado  más  de  lo  qae  merece;  entonces  tratamos  de  qui- 
tarle hasta  la  parte  merecida. 

La  indignación  domina  mucho  en  el  soberbio,  que, 
creyéndose  muy  digno  de  los  mayores  bienes,  juzga  á 
todos  los  demás  incapaces  é  indignos  aun  de  los  más 
moderados;  por  eso  censuran  á  quienquiera  que  ostente 
algún  género  de  bien  como  no  merecedor  de  él,  y  por  lo 
mismo  contra  la  justicia.  Si  les  hace  competencia  ó  em- 
prende igual  camino  que  ellos,  nace  la  emulación  para  que 
no  lleguen  á  la  meta,  bien  sea  las  riquezas,  fama,  erudi- 
ción, favor  ó  gloria;  por  eso  no  padecen  esa  perturbación 
las  personas  modestas  y  las  de  espíritu  humilde  y  servil. 

La  indignación  sale  de  la  misma  raíz  que  la  miseri- 
cordia, esto  es,  del  juicio  y  del  amor  del  bien.  Pero  en 
cuanto  al  objeto  son  efectos  contrarios,  puesto  que  la 
indignación  es  por  el  bien  de  quien  no  le  merece,  y  la 
misericordia  por  el  mal  inmerecido  también;  de  la  mez- 
cla de  ambas  nace  aquella  pasión  que  en  las  Sagradas 
Escrituras  se  llama  á  veces  celo,  como  en  los  libros  de 
los  reinos  de  Helia  y  en  los  Salmos:  c(Porque  tuve  ce- 
los de  los  malos  viendo  la  paz  de  los  pecadores»;  y  lo 
mismo  se  dice  de  aquellos  celosos  en  la  guerra  de  los 
judíos  de  quienes  habla  José.  Son,  en  efecto,  esos  celos 
la  indignación  que  se  siente  por  las  cosas  que  se  hacen 
indignamente  contra  quien  no  es  querido,  contra  Dios, 
las  cosas  santas,  contra  la  nación  ó  el  soberano.  A  me- 
nudo con  ese  pretexto  dan  culto  muchos  á  malos  deseos, 
y  dan  suelta  á  su  odio  perverso,  con  el  nombre  de  celo; 
otros  se  dejan  arrebatar  de  esa  pasión  ignorante  é  indis- 
cretamente, como  atribuye  á  los  judíos  San  Pablo  en  su 
epístola  á  los  romanos. 

«Se  ha  dado  al  hombre  la  indignación  para  comunidad 
de  la  vida,  á  fin  de  que  se  establezca  una  distribución 
equitativa  y  recta  de  todos  los  bienes  y  no  vayan  á  parar 
á  los  indignos,  esto  es,  á  quien  ha  de  usar  mal  de  ellos.» 


CAPITULO  XVIII 

DE  LA  VENGANZA  Y  DE  LA  CRUELDAD 

Cuantas  cosas  nos  afeccionan,  sean  buenas  ó  malas, 
ansiamos  devolverlas  al  punto  de  donde  vienen;  de  aquí 
nace  la  benevolencia  respecto  del  benévolo,  el  beneficio 
hacia  el  bienhechor,  ó,  por  el  contrario,  la  malevolencia 
y  la  maldad.  Por  eso  el  alma,  cuando  se  halla  afectada  de 
algún  dolor,  desea  rechazar  sobre  quien  le  causó,  una 
mordedura  semejante,  á  lo  cual  llamamos  deseo  de  ven- 
ganza, y  una  vez  realizado  éste,  venganza. 

La  cual  no  es  otra  cosa  que  la  imposición  de  una 
pena,  merecida  á  nuestro  juicio;  la  pena  es  un  daño  ó 
lesión  tocante  á  cualquier  clase  de  bienes  espirituales, 
corporales  ó  de  fortuna,  según  el  criterio  acerca  de  cada 
uno  de  ellos;  pues  hay  quien  cree  vengarse  de  una  inju- 
ria con  un  movimiento  de  desprecio,  un  gesto  feo  ó  un 
ultraje;  otros  que  prefieren  recibir  golpes  de  palo  ó  es- 
pada, á  un  dicterio  injurioso;  aquellos  que  no  tienen 
fuerzas  suficientes  para  vengarse,  á  pesar  de  desearlo 
con  el  mayor  ardor,  se  desatan  en  denuestos  y  maldicio- 
nes, ó  claman  á  un  vengador  más  alto,  al  príncipe,  á  la 
divinidad. 

Toda  ofensa,  pues,  extendida  merced  al  odio,  la  ira, 
la  envidia  ó  la  indignación,  abriga  el  deseo  de  venganza, 
es  decir,  de  devolver  el  dolor,  á  menos  que  otras  pasio- 
nes lo  estorben.  La  envidia,  por  ejemplo,  se  arrastra  tai- 


CAP.  XVIII.  —  LA  VENGANZA  Y  LA  CRUELDAD       289 

madamente  para  no  dar  á  entender  que  de  ella  partió  la 
venganza;  la  ira  y  la  indignación  proceden  de  un  modo 
abierto,  á  fin  de  que  lo  comprendan  y  sepan  los  demás, 
y,  sobre  todo,  aquel  de  quien  quiere  vengarse:  la  emula- 
ción cree  gloriosa  y  digna  de  publicidad  la  vindicta  ejer- 
cida sobre  aquel  á  quien  reprocha;  el  odio  obra  de  diver- 
sas maneras:  cuando  estalla,  pasa  á  convertirse  en  ira;  si 
permanece  frío,  se  infiltra  y  hiere  alevosamente,  como  la 
ponzoña.  La  intensidad  del  enojo  que  no  puede  ya  conte- 
nerse descargando  todo  género  de  venganzas  para  dañar 
á  cuanto  sea  posible,  se  llamea  rabia,  vocablo  tomado  de 
la  enfermedad  que  ataca  á  perros  y  lobos,  la  cual,  no  pu- 
diendo  romper,  comprime  el  corazón  que  tiende  á  ensan- 
charse; ataca  y  hiere  de  gravedad  el  cuerpo  entero,  que 
queda,  por  último,  destruido. 

El  acto  pleno  del  castigo  y  de  la  venganza  se  convierte 
en  dureza  ó  crueldad,  que  es  la  ausencia  de  la  simpatía; 
pues  los  que  se  compadecen,  sienten  también  miseri- 
cordia. Esa  privación  de  simpatía  es  en  unos  perpetua, 
temporal  en  otros;  aquéllos,  por  complexión  natural  del 
cuerpo,  por  costumbre  convertida  en  simpatía;  éstos,  por 
hallarse  endurecidos  á  causa  de  una  conmoción  pasional 
vehemente;  pero  su  estado  no  dura  más  que  la  perturba- 
ción misma;  así,  v.  gr.,  el  deseo  exagerado  de  una  cosa 
exacerba  la  dureza  contra  el  que  se  opone;  ya  se  trate  de 
riquezas,  mando,  placeres,  ya  del  temor  respecto  de  un 
objeto  querido,  la  vida,  el  imperio,  como  pasó  á  Nerón, 
Galígula  y  Cómodo,  que  fueron  crueles  por  miedo;  al 
contrario  que  Tito  Vespasiano,  hijo,  que  por  confianza 
y  seguridad  de  su  espíritu,  era  en  extremo  benigno,  aun 
con  los  que  conspiraban  contra  su  soberanía. 

Guando  se  encienden  en  ira  y  enojo,  apartan  los  bue- 
nos pensamientos  é  inducen  á  lo  más  duro  y  cruel. 

Tres  formas  tiene  la  crueldad:  cuando  procura  el 
acto,  le  ejecuta  ú  omite  el  contrario;  lo  primero  reali- 

í9 


290  LIBRO    TERCERO 


zan  quienes  mandan,  ó  emplean  artificio  ó  astucia;  lo  se- 
gundo, los  verdugos  y  los  soldados;  hay,  en  efecto,  per- 
sonas crueles  para  mandar,  que  serían  incapaces  de  mo- 
ver una  mano  para  el  acto.  La  crueldad  por  omisión 
consiste  en  dejar  de  cumplir  nuestro  deber  cuando  no 
nos  compadecemos  cuando  es  conveniente,  por  malicia  ó 
negligencia;  cuando  abandonamos  ú  olvidamos  á  padres, 
parientes,  amigos,  á  los  necesitados  en  trance  de  enfer- 
medad, miseria  ó  peligro,  sin  conmovernos  por  su  des- 
gracia. La  razón  de  ello  es  que  carecemos  de  aquella 
simpatía  antes  mencionada.  La  fiereza  é  inhumanidad 
consiste  en  despojarnos  del  criterio  y  condición  huma- 
nos tomando  los  de  los  animales. 

Queda  reducida  al  interior  la  venganza  cuando  se  ha 
refrescado  la  sangre  en  los  pulmones  ó  se  ha  enfriado 
por  sí  misma,  como  sucede  en  aquellos  cuya  bilis  se 
inflama  pronto,  aunque  se  apaga  en  seguida  por  haber 
prendido  en  materia  ligera  como  la  estopa.  Son  más 
pertinaces  los  melancólicos,  ó  los  flemáticos  enardeci- 
dos, por  ser  más  tardos  para  calentarse. 

Nos  apaciguamos  igualmente  una  vez  recibido  el  cas- 
tigo impuesto  por  nuestra  mano  ó  la  ajena,  sea  un  ami- 
go, la  naturaleza  ó  la  suerte;  cuando  uno  se  hace  des- 
graciado, enfermo,  pobre,  ignominioso;  cuando  soporta 
mayores  suplicios  que  los  que  había  de  causarle  un  en- 
colerizado. No  se  ensaña  la  ira  con  los  muertos,  por 
haber  ya  traspasado  el  último  límite  y  no  estar  expuestos 
á  nuestra  venganza.  A  menudo  también  cesamos  de 
desear  la  venganza  cuando  la  hallamos  ya  dispuesta, 
cosa  que  ocurre  á  muchos  que  perdonan  á  su  enemigo 
al  tenerle  en  su  poder  juzgando  que  es  bastante  haber 
podido  hacerle  daño.  Asimismo  decae  aquella  dureza, 
dominada  ya  y  fatigada  después  de  haber  descargado 
sobre  algunos;  así,  por  ejemplo,  en  las  ejecuciones  públi- 
cas, se  aplaca  el  soberano  en  sus  estados,  el  general  en 


CAP.  XVIII. — LA    VENGANZA  Y  LA  CRUELDAD       29  I 

SU  ejército,  una  vez  aplicada  la  pena  á  unos  cuantos 
reos.  A  veces  se  quebranta  por  otra  pasión,  por  una  ira 
más  grave,  como  una  piedra  se  rechaza  con  otra,  ó  con 
un  martillo. 

Cuando  la  fi*a  hierve,  no  admite  remedio  alguno;  an- 
tes bien  se  exacerba  con  él,  por  estar  la  razón  comple- 
tamente peturbada,  así  como  el  fuego  comprimido  arde 
con  más  fuerza,  á  menos  que  sea  tal  el  empuje  de  la 
opresión  que  ahogue  y  extinga  el  fuego,  como  sucede  en 
un  incendio  con  un  derrumbamiento.  También  se  mi- 
tiga por  amor  de  aquel  que  intercede  por  el  enemigo,  ó 
cuando  es  honroso  el  perdonar,  ó  cuando  esperamos  al- 
guna utilidad  ó  tememos  daños,  como  un  clavo  que  se 
saca  con  otro:  «El  tiempo  mismo  es  quien  trae  remedio 
á  todos  los  males  del  alma»,  más  pronto  ó  más  tarde, 
según  la  condición  del  cuerpo,  las  convicciones  y  el  jui- 
cio de  cada  cual;  y  así  como  la  bilis  exacerbada  produce 
fácilmente  enojo  é  ira,  cuando  se  aplaca  se  amortigua 
también  la  llama  de  la  perturbación  que  la  causó.  Por 
eso  es  muy  conveniente  que  se  refresque  la  bilis  en 
aquellas  personas  de  quienes  hablamos  más  arriba. 

La  venganza  se  comprime  y  reserva  también  para  otra 
ocasión,  si  el  momento  no  es  oportuno  para  realizarla; 
así  nos  dice  Homero  que  hacían  los  reyes:  disimular  el 
deseo  de  venganza  hasta  hallar  la  coyuntura  favorable; 
pero  entre  tanto  se  acumula  y  corrompe  en  nuestro  in- 
terior, y  cuanto  más  tiempo  es  aplazada,  con  mayor  vi- 
rulencia se  desahoga  luego. 


CAPITULO  XIK 


DE  LA  TRISTEZA 


La  tristeza  es  el  encogimiento  del  alma  por  un  mal 
presente,  ó  que  se  tiene  como  tal.  Es  una  perturbación 
contraria  totalmente  á  la  alegría,  y  Cicerón  la  llama  pe- 
sadumbre, que  consta  de  diversas  partes,  según  opinión 
de  los  estoicos.  No  las  enumeramos  aquí  por.  creer  que 
ni  éstos  transmitieron  con  fidelidad  ese  concepto  ni  Ci- 
cerón le  comprendió  y  explicó  rectamente:  fácil  es  á  cual- 
quiera esta  comprobación,  consultando  el  libro  IV  de 
las  Tusculanas. 

A  veces  nace  la  tristeza  por  sólo  la  ausencia  del  bien, 
por  ejemplo,  en  la  madre  que  pierde  su  hijo  único.  Mu- 
chos se  entristecen  aun  después  del  deleite,  de  los  ban- 
quetes, de  pasar  días  festivos  y  alegres,  lo  cual  se  expli- 
ca por  el  deseo  de  lo  que  hemos  perdido,  buscando 
siempre  algo  nuestro  espíritu  inquieto,  tal  como  sucede 
á  la  yegua  á  quien  quitaron  su  cría.  La  tristeza  produce 
la  bilis  negra,  por  la  cual,  á  su  vez  se  exacerba  aquélla,  y 
también  por  la  creencia  de  un  nuevo  mal.  Vemos  tristes 
á  personas  melancólicas  aunque  nada  malo  las  ocurra  y 
sin  que  sepan  darse  cuenta  del  motivo. 

Resultado  de  ese  negro  humor  es  entenebrecer  el 
alma,  con  los  inconvenientes  de  quitar  al  espíritu  su  lo- 
zania,  con  ofuscación  del  entendimiento,  que  sale  tam- 
bién al  rostro:   «Me  entorpecieron  las  molestias»,  dijo 


CAP.  XIX.  —  DE  LA  TRISTEZA  29^ 

Marco  Tulio,  y  de  Niobe  se  cuenta  que  á  fuerza  de  llorar 
se  convirtió  en  roca.  Ya  despejado  el  cerebro,  le  acomete 
el  sueño,  como  leemos  en  el  Salmista:  «Se  durmió  de 
pesadumbre  mi  alma.»  Surge  el  odio  á  los  hombres,  á 
la  luz  misma,  á  todas  las  cosas  de  este  mundo;  nos 
complace  sumergirnos  más  y  más  en  la  tristeza;  no  ad- 
mitimos nada  alegre,  ni  consuelo  alguno,  cual  sucedía  á 
Octavio  con  su  hijo  Marcelo  que  pereció  en  su  juven- 
tud; ansia  ensancharse  aún  la  pesadumbre  pensando 
que  nunca  ha  de  acabarse.  Así  hace  exclamar  Lucano  á 
la  Cornelia  de  Pompeyo,  frente  á  su  dolor: 

«Turpe  mori  post  te  solo  non  posse  doleré.» 

En  los  meticulosos  aumenta  especialmente  la  tristeza 
porque  prolongan  las  sospechas  en  extremo,  fabricando 
amplia  tela  de  dolores,  poniendo  un  daño  tras  otro, 
luego  uno  nuevo,  del  cual  vendrán  sucesivos  hasta  ter- 
minar en  odio  á  sí  mismo,  en  desesperación  y  rabia, 
como  se  lee  de  Hécuba,  á  quien  suponen  convertida  en 
perro  por  esa  causa. 

Con  la  pesadumbre  se  reseca  el  cuerpo,  el  corazón  se 
contrae  hasta  el  punto  de  que  en  algunos  que  murieron 
de  ella  se  halló  no  más  abultado  que  una  membrana;  á 
esa  contracción  sigue  la  de  la  cara,  imagen  de  aquél,  y 
por  último,  se  desgasta  la  salud  misma.  Lamentaciones, 
quejidos  y  llantos  acompañan  á  la  tristeza:  es  pasión  de 
carácter  frío  y  seco;  impera  por  lo  mismo  en  épocas  y  si- 
tios fríos  y  generalmente  en  todo  cuanto  ostenta  com- 
plexión melancólica:  en  otoño  é  invierno,  en  tiempo  nu- 
blado, de  noche,  hacia  el  Norte,  región  donde  invade  la 
tristeza  á  más  personas  que  en  España  ó  en  Italia. 

Por  lo  contrario,  la  luz  y  serenidad  del  ambiente  ale- 
gra las  almas:  el  sol,  al  decir  de  Plinio,  «desvanece  las 
tinieblas  y  la  tristeza,  no  sólo  del  cielo,  sino  también  del 
espíritu   humano».  Así  como  aumenta  la  alegría  co- 


294  LIBRO  TERCEÜO' 


municada  á  los  demás,  igualmente  en  la  tristeza:  en 
aquélla,  además  de  nuestro  propio  bien,  nos  regocija- 
mos con  la  alegría  de  nuestros  amados;  así  en  la  pesa- 
dumbre, además  del  mal  nuestro,  observamos  que  aque- 
llos que  nos  aman  sufren  los  mismos  males  porque  el 
amor  identifica  todas  las  cosas.  Sucede  lo  contrario  en- 
tre los  que  no  se  quieren  bien:  no  aumenta  la  alegría  co- 
municada, ya  sea  en  la  solidaridad  de  ganancias  de  vic- 
toria, en  la  guerra,  en  los  recreos,  en  los  pleitos.  En  la 
tristeza  transmitida  á  otros  se  alivia  el  ánimo,  porque  es 
un  consuelo,  ya  el  no  estar  solos  en  las  adversidades,  ya 
el  que  otros  se  apiaden  de  nuestra  desgracia,  como  si 
fuese  inmerecida;  y  si  ocurre  que  alguien  se  conduela  de 
nosotros,  y  ese  dolor  no  nos  vuelve  recíprocamente,  pa- 
rece que  trasladamos  parte  del  peso  de  nuestros  hom- 
bros á  los  ajenos.  De  aquí  se  sigue  que  la  alegría  ajena 
exacerba  nuestra  tristeza;  así  ocurre  en  días  festivos  y 
solemnidades  públicas  en  que  la  tristeza  se  reconcentra 
en  lo  interior  y  crece,  por  oposición  de  lo  contrario,  como 
en  invierno  el  calor  de  los  cuerpos  vivos. 

Cuando  juzgamos  que  los  demás  no  sienten  nues- 
tro dolor,  surge  la  indignación,  la  compasión  de  nosotros 
mismos,  y  la  tristeza  se  aparta  como  ante  un  nuevo  mal. 

La  tristeza  se  desvanece,  ya  por  ausencia  del  mal,  por 
recuperarse  el  bien  perdido,  ó  ya  sobreviniendo  cosas 
alegres  de  mayor  importancia  que  estimamos  en  más 
que  aquellas  cuya  ausencia  lamentábamos.  Igualmente 
se  aminora  con  todo  aquello  que  templa  la  bilis  negra, 
como  son  los  manjares  calientes  y  humeantes,  princi- 
palmente con  el  vino,  del  cual  dicen  las  Sagradas  Escri- 
turas: c(Da  vino  al  triste.»  Asimismo  con  las  distraccio- 
nes de  la  vista  y  el  oído,  por  ejemplo,  á  cielo  abierto,  en 
los  campos  y  praderas  extensas,  con  la  música,  aunque 
esta  es  de  tal  índole  que  causa  más  dolor  al  triste. 

Los  habituados  á  sufrir  males  tienen  como  un  callo  en 


CAP.  XIX.—  DE  LA  TRISTEZA  29$ 

■  ■I 

el  alma,  se  abaten  menos  por  la  pesadumbre  y  en  ellos 
el  mal  mayor  oscurece  el  sentimiento  del  menor.  Com- 
bátese también  la  tristeza  apartando  de  ella  el  pensa- 
miento, V.  gr.,  con  los  negocios,  narraciones  graciosas» 
con  reflexión  conveniente,  esto  es  pensando  que  el  mal 
no  es  tan  grande  para  que  nos  aflijamos  tanto;  que  per- 
demos más  obrando  así  que  por  la  pérdida  que  sentimos, 
por  ejemplo,  negocios,  ocasión  de  ganancias,  dignidades, 
autoridad,  fama  y  gloria;  así  como  otros  consuelos  co- 
munes: V.  gr.,  que  no  es  en  realidad  un  mal,  ó  de  tan 
grave  importancia;  que  no  lo  es  para  quien  le  ocurre  ó 
para  nosotros  ó  nuestros  seres  más  queridos;  que  se 
aproxima  ó  se  ha  alcanzado  un  bien  mayor;  que  ese  es 
el  destino  general  del  hombre,  y  que  proviene  de  Aquel 
á  cuya  voluntad  y  derechos  no  es  lícito  desobedecer; 
que  con  la  tristeza  nada  se  remedia. 

Por  último:  como  sucede  en  otras  enfermedades  espi- 
rituales, un  clavo  empuja  á  otro,  ya  cuando  se  pone  de 
manifiesto  que  no  hay  para  qué  tener  en  cuenta  un  peli- 
gro de  mal  mayor  que  el  que  ya  tenemos  delante,  como 
sucede  á  quien  se  duele  del  dinero  perdido,  hallándose 
ante  la  alternativa  de  la  esclavitud,  de  la  muerte  ó  de  la 
pérdida  de  sus  hijos;  ó  ya  cuando  se  nos  presenta  una 
esperanza  de  grandes  bienes,  la  fama,  la  inmortalidad 
del  nombre,  de  las  dignidades,  de  la  gracia  principal, 
«ó  de  aquello  que  supera  á  todos  los  bienes:  la  eterna 
felicidad». 


CAPITULO  XX 


DE     LAS     LAGRIMAS 


El  lagrimeo  no  es  una  pasión,  como  tampoco  la  risa. 
La  lágrima  es  un  humor  producido  por  el  caldeamiento 
del  cerebro  húmedo  y  tierno,  que  destila  de  los  ojos.  Si 
se  caldea  excesivamente  y  el  cerebro  se  deseca,  no  afluyen 
las  lágrimas,  como  sucede  en  los  hombres  encoleriza- 
dos; y  tampoco  si  está  ya  desecado  antes,  v.  gr.,  en  una 
prolongada  tristeza  y  duelo,  en  la  vejez  ó  cuando  es  uno 
seco  de  suyo,  como  los  melancólicos. 

Hay  personas  á  quienes  de  tal  suerte  embota  la  pesa- 
dumbre, que  hallándose  comprimido  todo  calor,  no 
pueden  verter  lágrimas,  que  correrían  con  abundancia 
en  cualquier  dolor  ordinario.  Brotan  ellas  cuando  está 
el  cerebro  humedecido,  como  en  los  embriagados,  ó 
blando  y  tierno  como  en  los  niños,  mujeres  y  enfermos; 
salen  también  á  menudo  con  el  viento  fuerte,  con  el  humo, 
con  alguna  manifestación,  con  mala  salud;  igualmente 
con  la  risa,  pues  el  cerebro  se  calienta  entonces.  Surgen 
asimismo  de  las  pasiones,  del  amor,  del  deseo  de  poseer 
un  objeto  querido,  de  la  ira  en  las  personas  débiles  y  en 
las  que  no  pueden  vengarse;  de  la  envidia  en  la  mujer  y 
los  niños,  del  pudor,  de  la  alegría.  Muy  singularmente 
afluyen  las  lágrimas  por  la  compasión,  ya  propia,  ya 
de  otro. 

Se  compadece  uno  de  sí  mismo,  entristeciéndose  por 


CAP.  XX.— DE  LAS  LAGRIMAS  297 


creer  que  le  viene  el  mal  sin  merecerle;  son  entonces  tan 
naturales  las  lágrimas,  que  muchos  las  derraman  en  abun- 
dancia sólo  con  pensar  que  puedan  ocurrirles  males 
injustamente;  por  ejemplo,  la  prisión,  el  destierro,  la 
pobreza,  la  orfandad,  la  muerte;  y  como  cada  uno  se 
ama  con  la  mayor  ternura,  y  se  juzga  digno  de  los  ma- 
yores bienes,  está  dispuesto  en  extremo  á  compadecerse, 
por  lo  cual  llora  con  sólo  imaginar  su  mal. 

También  nos  mueven  los  males  ajenos  por  simpatía, 
arrancándonos  lágrimas,  que,  sin  embargo,  son  más  tar- 
das en  salir  y  más  fáciles  de  secar,  porque  vemos  las 
molestias  ajenas  como  á  lo  lejos  y  su  sentimiento  llega 
á  nosotros  ya  atenuado.  Igualmente  asoman  lágrimas 
cuando  hemos  presenciado,  leído  ó  vemos  actualmente 
y  recordamos  alguna  acción  piadosa,  santa,  en  aras  del 
deber,  referida  ó  ejecutada  por  alguno;  y  tanto  más  si 
quien  la  realizó  ó  la  refiere  no  tuvo  en  cuenta  magnáni- 
memente  su  propio  daño  ó  peligro  ante  la  grandeza 
del  acto. 

c<Se  han  concedido  al  hombre  las  lágrimas  para  ates- 
tiguar nuestro  dolor;  para  inducir  á  los  demás  á  que  nos 
compadezcan  y  auxilien;  para  favorecernos  recíproca- 
mente con  la  mutua  ayuda,  y  también  para  dar  testimo- 
nio de  que  nos  afectan  los  males  ajenos,  en  lo  cual  hay 
una  muy  grande  solidaridad  entre  las  almas.» 


CAPITULO  XXI 


DEL  MIEDO 


Es  miedo,  según  Aristóteles,  la  imaginación  de  un 
mal  que  se  aproxima;  así  tenemos  miedo  á  los  peligros 
precursores  del  mal  próximo,  como  son  las  tempestades, 
las  malas  condiciones  del  tiempo  seguidas  de  inundacio- 
nes, hambre  y  peste;  asimismo  tememos  la  ira  y  los  en- 
ojos de  quienes  pueden  causarnos  daño;  pues  en  el  hecho 
de  tener  fuerza  y  propósito  de  causarle  es  evidente  que 
amenaza  algo  malo.  Los  taimados,  pérfidos  y  astutos 
son  más  temidos  que  los  sencillos  y  espontáneos. 

Tienen  miedo  los  que  son  temibles  para  los  demás, 
conforme  á  la  frase  del  cómico  Liberio:  «Tiene  que  te- 
mer á  muchos  aquel  á  quien  muchos  temen»;  pues  el 
que  causa  á  otros  temor,  á  menos  que  esté  loco,  verá 
que  se  halla  en  peligro  de  parte  de  todos  ellos,  de  que 
traten  de  librarse  del  miedo  según  el  antiguo  proverbio: 
«se  odia  á  quien  se  teme».  No  es  así  cuando  son  los  te- 
merosos aquellos  de  quienes  no  puede  salir  daño  alguno 
por  no  querer,  ó  porque  carecen  de  fuerza;  cosa  muy 
rara,  porque  nada  hay  tan  débil  que  no  sirva  para  ha- 
cernos algún  daño,  sobre  todo  si  se  ofrece  ocasión.  No 
perturban  menos  los  males  lejanos,  v.  gr.,  una  muerte 
incierta,  que  hasta  los  viejos  confían  que  no  esté  dema- 
siado cerca. 

De  otro    modo  define  también  Aristóteles  el  medio 


CAP.  XXl.  —  DEL  MIÍDO  29^ 


como  una  perturbación  por  la  creencia  del  mal  futuro, 
ya  molesto  solamente,  ó  ya  fatal.  Dice  que,  en  efecto, 
no  lo  tememos  todo,  por  ejemplo,  el  llegar  á  ser  mal- 
vado, ó  ignorante,  sino  aquello  que  nos  traiga  graves 
molestias  espirituales  ó  la  destrucción  corporal;  y  esto 
casi  concretado  á  la  vida  civil,  de  la  cual  trata  aquel 
autor  en  las  reglas  de  Retórica;  pues  la  mayoría  de  las 
gentes  no  concederán  como  un  mal  la  ignorancia  y  el 
vicio,  sino  lo  que  perjudique  al  cuerpo  ó  al  sentimiento; 
aunque  quienes  gozan  del  privilegio  del  talento  no  te- 
men menos  el  desconocimiento  de  las  cosas  buenas,  y  el 
vicio,  que  otros  las  enfermedades  y  la  muerte.  Por  eso 
puede  el  miedo  definirse  más  claramente  así:  es  el  enco- 
gimiento de  ánimo  por  algo  que  á  uno  parece  malo  cuando 
se  piensa  que  va  á  venir;  y  como  nace  el  miedo  del  pen- 
samiento del  peligro,  temen  más  los  que  más  reflexionan, 
como  son  los  prudentes,  virtuosos  y  experimentados. 

Los  peligros  próximos,  aunque  no  amenacen  directa- 
mente, nos  causan  el  temor  propio  de  que  no  tenemos 
lejos  el  mal.  Esa  proximidad  puede  ser  de  lugar,  como 
en  la  frase:  «cuando  arde  la  pared  vecina»;  ó  por  seme- 
janza de  condiciones,  por  ejemplo,  tiembla  el  ladrón 
cuando  ve  colgar  á  otro,  la  mujer  encinta  al  saber  que 
ha  muerto  una  en  el  puerperio;  siendo  mayor  la  pertur- 
bación cuanto  más  parecida  es  la  condición,  sobre  todo 
en  aquello  de  que  procede  el  mal;  por  eso  al  castigarse 
á  un  salteador  que  hirió  además  de  robar,  se  estremece 
el  que  ha  cometido  el  mismo  crimen;  y  si  existe  alguna 
diferencia,  es  menor  el  miedo,  v.  gr.,  el  que  no  hizo  más 
que  robar,  sin  herir;  ó  si  aquél  fué  preso  hallándose 
solo,  y  éste  tuvo  cómplices;  si  el  primero  pernoctaba  en 
una  posada  y  el  segundo  en  una  cueva.  Igualmente 
cuando  murió  de  fiebre  cuartana  uno  que  se  dejaba  lle- 
var demasiado  de  la  bebida,  tiene  menos  miedo  un  abs- 
tenio  que  también  la  padece. 


3oó 


LIBRO  TERCERO 


Ante  todo,  el  miedo  contrae  y  debilita  el  corazón: 
para  aliviarle,  le  envía  la  naturaleza  el  calor  superior,  y 
si  éste  no  basta,  también  el  inferior,  de  donde  procede 
la  palidez  y  el  frío. 

Al  temblar  el  corazón,  tiembla  todo  el  cuerpo,  el  cual 
sigue  el  movimiento  de  aquél,  de  ahí  el  titubeo  y  vacila- 
ción de  la  palabra;  y  eso  mismo  es  de  observar  en  otras 
pasiones  en  que  el  corazón  late  con  mucha  rapidez,  como 
en  la  ira  y  en  la  alegría,  igualmente  con  el  ejercicio.  Con 
el  miedo  sale  la  voz  débil,  porque  el  calor  baja  desde  el 
corazón  y  las  regiones  superiores;  con  la  ira  es  más 
fuerte  porque  sube.  También  se  erizan  los  cabellos  por 
comprimirse  los  vasos  con  el  frío,  y  se  quedan  rígidos. 
Aquellos  que  tienen  cerca  del  corazón  poca  sangre  ca- 
liente son  cobardes;  por  eso  los  de  corazón  voluminoso 
por  la  proporción  de  ese  líquido,  son  tímidos  natural- 
mente como  la  liebre,  y  también  las  palomas  y  los  cier- 
vos, por  carecer  de  hiél,  en  la  cual  puede  encenderse  la 
sangre;  pues  á  aquellos  en  que  se  hincha  la  bilis  amari- 
lla, les  hierve  la  sangre  cerca  de  los  intestinos,  y  se  ha- 
cen valientes  y  vigorosos;  los  que  tienen  sangre  gruesa, 
abundante  y  cálida  junto  al  corazón,  son  de  ánimo  firme 
y  audaz,  precisamente  por  esa  abundancia  de  calor,  ele- 
mento principal  de  la  confianza  en  la  cual  se  conserva 
largo  tiempo  la  materia,  por  su  densidad  y  fortaleza. 
Mas  cuando  el  calor  escaso  se  retira  dentro  del  pecho, 
hácese  más  débil  el  corazón  y  tiembla  más;  de  ahí  que 
el  colorearse  el  rostro  con  el  miedo  es  prueba  de  un  es- 
píritu pusilánime,  al  paso  que  es  lo  contrario  en  el  que 
palidece,  pues  la  naturaleza  favorece  al  corazón,  con  el 
auxilio  de  calor  y  sangre  que  de  todos  lados  le  envía. 
Cuando  el  calor  disminuye,  crece  el  miedo  en  el  cora- 
zón desamparado,  y  hasta  el  vientre  se  afloja.  Por  eso 
dice  con  razón  Homero  del  cobarde  «que  se  le  cae  el  co- 
razón á  los  cálcanos». 


CAP.  XXI.  —  DEL  MIEDO  3oi 


Hay  que  advertir  que  toda  opresión  del  corazón  por 
pesadumbre  y  temor,  aun  por  enojo  y  también  por 
algún  deseo  refrenado,  se  llama  angustia.  A  veces  se 
presenta  sin  estado  pasional,  sólo  en  virtud  de  algún 
humor  espeso  que  obra  sobre  el  corazón.  Tales  son  los 
efectos  corporales  del  miedo.  En  cuanto  á  los  del  alma, 
perturba  y  confunde  los  pensamientos;  acertadamente  se 
ha  dicho:  «^Gómo  ha  de  investigar  los  cielos  y  los  ele- 
mentos aquel  que  siempre  esté  dominado  por  el  miedo 
de  la  pobreza,  de  la  esclavitud,  de  la  muerte?»  Y  aquella 
frase  es  también  exacta:  «El  pavor  me  arranca  del  alma 
toda  la  ciencia.»  El  tener  ánimo  en  los  peligros  y  poder 
adoptar  resoluciones  en  cada  momento  y  á  la  mano,  como 
dejaron  escrito  Tito  Livio  de  Aníbal  y  Salustio  de  Yu- 
gurta,  no  sólo  es  de  hombres  los  más  esforzados  y  de 
aquellos  que  no  se  conmueven  fácilmente  por  los  peli- 
gros, sino  también  de  personas  agudas  y  de  gran  talen- 
to. Se  forman  así  por  la  práctica  y  larga  experiencia,  ó 
bien  los  ha  formado  ya  y  dispuesto  la  naturaleza  tenien- 
do sangre  abundante,  cálida  y  líquida  cerca  del  corazón; 
que  envía  al  cerebro  copiosos  vapores,  sutiles  y  templa- 
dos. Dice  Plinio  — y  á  sus  palabras  nos  remitimos — : 
«En  ningún  animal  produce  el  pavor  tanta  confusión 
como  en  el  hombre.»  Aquellos  que  por  condición  de  ca- 
rácter se  inclinan  al  miedo,  no  hallan  bastantes  razones 
y  consejos  para  recobrar  el  ánimo  y  para  mostrarse  con- 
fiados. Grande  es  y  poderosa  la  fuerza  de  la  naturaleza 
cuando  existe  por  dentro,  esto  es  en  la  primitiva  consti- 
tución; á  menos  que  haya  una  meditación  vigorosa  y 
continua  para  despreciar  los  peligros,  para  fortalecer  el 
ánimo  frente  á  los  males  hasta  persuadirse  firmemente 
de  que  aquellos  que  tememos  no  son  tan  dañosos,  ó  de 
que  hay  dispuestos  bienes  mayores  si  nos  libramos  del 
mal  temido,  ó  males  mayores  si  no  esquivamos  y  vence- 
mos los  que  nos  amenazan. 


002  LIBRO  TERCERO 


Acertadas  son  las  palabras  que  pone  Salustio  en  boca 
de  Catilina:  «Tengo  bien  sabido,  soldados,  que  las  pala- 
bras no  infunden  valor,  y  que  una  arenga  del  general  no 
es  capaz  de  hacer  valiente  al  cobarde,  ni  animoso  al  tí- 
mido. El  arrojo  que  cada  cual  tiene  ya  por  naturaleza  ó 
ya  por  costumbre  ese  es  el  que  manifiesta  en  la  guerra. 
A  quien  no  mueven  la  gloria  ni  los  peligros  no  hay  para 
qué  darle  consejos:  el  temor  de  su  alma  le  cierra  los 
oídos.»  Si  se  intenta  convencer  al  temeroso  de  que  el 
miedo  le  perjudica  más  y  hace  más  grandes  los  daños, 
mayor  temor  siente,  como  sucede  en  las  enfermedades 
contagiosas  en  las  que  causa  mucho  daño  la  imaginación 
del  mal,  por  moverse  un  miedo  doble,  el  del  peligro  y  el 
del  temor  mismo. 

Son  consecuencias  del  miedo  el  abatimiento,  la  pro- 
pia abyección,  la  condescendencia,  la  adulación,  las  sos- 
pechas, la  precaución  que  en  las  almas  fuertes  estimula 
á  buscar  remedios  al  mal,  al  paso  que  en  los  débiles  en- 
tra la  consternación,  la  perturbación  y  la  desanimación; 
aparece  también  la  pereza,  la  desesperación  y  postra- 
ción que  nos  convierten  como  en  un  ser  yacente  sobre  el 
cual  se  desploma  toda  amenaza.  Por  eso  no  hay  calami- 
dad en  el  alma  mayor  que  la  del  miedo,  ninguna  escla- 
vitud más  repugnante;  así  es  que  el  odio  hacia  la  per- 
sona temible  se  aguza  con  el  miedo,  cual  piedra  de  afilar, 
lo  mismo  que  hacía  el  tirano;  desea  el  alma  afirmarse  en 
la  libertad;  recobradas  fuerzas,  se  recalienta  la  sangre  en- 
friada, y,  por  efecto  de  la  reacción,  arde  en  ansias  de  ven- 
garse. Esto  hace  muchas  veces  animosos  á  los  que  habían 
sentido  miedo,  convierte  en  amos  cruelísimos  á  los  que 
antes  servían,  llegando  á  sacudirse  con  gran  ímpetu  á 
quienes  los  subyugaban. 

Como  en  general  otras  pasiones,  es  también  el  miedo 
suspicaz,  y  lo  son  todos  los  meticulosos:  él  aumenta  la 
importancia  de  las  cosas,  pues  el  peligro  nunca  es  tan 


CAP.  XXI.  —  DEL  MIEDO  3o3 

grande  como  uno  se  le  figura.  Por  eso  sirve  de  alivio  á 
quien  teme  por  un  ser  querido  el  presenciar  sus  peli- 
gros, ó  al  menos  conocerlos  con  toda  claridad;  estado 
que  expresa  muy  bien  Ovidio  en  aquel  conocido  verso, 
y  los  sucesivos,  cuando  hace  exclamar  á  Penélope: 

«Utilius  starent  etiam  nunc  moenia  Trojae  (i).» 

Aumenta  el  miedo  en  la  misma  proporción  que  las 
causas  de  donde  nace;  también  con  el  temor  de  otros 
que  han  pasado  aquellos  peligros  y  saben  los  males  que 
pueden  traer,  como  sucede  á  los  marineros  que  tiem- 
blan al  ver  que  el  piloto  se  asusta  ante  la  tempestad. 
Los  de  ánimo  intrépido  aumentan  nuestro  miedo,  si 
ellos  le  tienen;  por  ejemplo,  el  soldado  bisoño  que  ve 
temblar  á  un  veterano.  Igualmente  nos  aterran  más  los 
peligros  cuando  se  debilita  nuestro  amparo,  v.  gr.,  el 
pueblo  que  se  asusta  doblemente  cuando  muestran  temor 
los  magistrados  ó  aquellos  que  acostumbraban  á  mirar 
por  la  ciudad  en  tiempos  de  peligro;  ó  los  pollos  que 
tiemblan  al  ver  asustada  á  su  madre.  Asimismo,  des- 
pués de  haber  pasado  vicisitudes  muy  duras,  es  mayor 
nuestro  miedo,  como  sucede  en  una  pelea  al  que  salió 
gravemente  herido  en  otra  anterior. 

Existe  seguridad  cuando  pensamos  que  no  hay  peligro 
alguno,  ya  por  reflexión  ó  por  ignorancia:  lo  primero, 
si,  libres  de  un  peligro,  creemos  que  no  queda  ningún 
otro;  ó  despreciando  en  general  todo  cuanto  pudiera 
amenazarnos,  juzgamos  que  nada  malo  nos  ocurrirá. 
Obran  seguros  también  quienes  no  ponen  interés  ni  cui- 
dado por  el  bien  que  está  amenazado  de  peligro,  rique- 
zas, fama,  la  vida  misma;  nada  les  queda  de  qué  pre- 
ocuparse, y  por  tanto  que  temer. 

La  ignorancia  se  refiere  á  aquellos  que  no  piensan  ni 


(i)    Heroid.,  Epist.  i,  y.  67. 


304  LIBRO  TERCERO 


reflexionan,  como  el  que  está  dormido,  los  niños,  los 
embriagados,  aquellos  que  carecen  de  experiencia;  ó 
también  á  quienes  tienen  su  atención  en  otros  pensa- 
mientos ó  preocupaciones,  ó  están  violentamente  per- 
turbados con  la  ira,  la  envidia,  la  ambición.  Ya  dijimos 
arriba  que  nos  hallamos  seguros  si  tenemos  la  creencia 
deque  no  existe  peligro  algnno  para  nosotros. 

Sobreviene  la  confianza  cuando  en  medio  del  peligro 
cobramos  aliento  contra  los  males  que  se  aproximan;  y 
nace,  ó  por  aumentarse  el  color  interno,  v.  gr.,  bebiendo 
vino,  ú  otra  cosa  que  fortaleza  el  corazón;  ya  merced 
á  otra  pasión  viva,  como  la  ira,  el  amor,  el  deseo,  el 
miedo  de  un  mal  mayor,  todo  lo  cual  sirve,  aun  á  los 
más  cobardes,  en  vez  de  presencia  de  ánimo.  También 
se  presenta  por  medio  de  ciertos  cantos,  como  se  cuenta 
del  mismo  Timoteo  que  con  los  sonidos  de  su  lira  ex- 
citó primeramente  á  pelear  á  Alejandro  de  Macedonia,  y 
poco  después  le  hizo  calmar  cambiando  de  música. 

Surge  la  audacia  cuando  para  rechazar  los  males  ú 
para  conseguir  bienes  difíciles  se  levanta  y  arrebata  el 
ánimo,  lo  cual  sucede  mediante  un  mayor  hervor  de  la 
sangre,  y  por  lo  mismo  se  refiere  á  un  sentimiento  iras- 
cible, según  dijimos  al  tratar  de  la  ira.  Se  aprecia  el  pe- 
ligro por  el  lugar,  el  tiempo,  las  personas  — nosotros  ó 
nuestros  enemigos —  por  las  fuerzas;  la  consideración 
de  todo  lo  cual  aumenta  la  opinión  del  peligro  ó  la  dis- 
minuye, si  vemos  que  nos  puede  perjudicar  poco  en  tal 
ocasión  ó  lugar,  de  parte  de  quien  no  quiere  dañarnos, 
ya  por  amor  á  nosotros  ó  por  bondad  de  ellos  mismos, 
como  sucede  con  la  confianza  en  Dios. 

Aquellos  que  no  pudieron  hacer  daño,  por  carecer  de 
fuerzas,  no  se  atreverán,  por  desconocer  su  poder,  por- 
que realmente  no  le  tienen,  ó  no  le  entienden  como  los 
caballos,  los  toros  y  aun  muchos  hombres,  mientras 
que  nosotros  podemos  servirnos  de  la  familia,  amigos  y 


CAP.  XXi.— DEL  MIEDO  3o5 


allegados,  examinar  y  comparar  entre  sí  nuestras  fuer- 
zas y  recursos  — que  preservan  tanto  la  parte  invadida 
como  la  invasora— .  Al  talento  pertenecen  la  perspica- 
cia, la  erudición,  la  elocuencia;  á  la  fortuna,  las  rique- 
zas; á  la  salud,  la  complexión,  el  vigor,  las  medicinas;  á 
las  dignidades,  la  autoridad  y  el  favor;  todo  lo  cual  es 
sumamente  extenso  y  no  toca  á  este  lugar  explicarlo. 

Quienes  afrontaron  repetidas  veces  un  mismo  peligro, 
saliendo  de  él  incólumes  ó  con  pequeño  daño,  se  vuel- 
ven más  confiados  para  lo  sucesivo,  como  sucede  en  la 
guerra  á  los  soldados  veteranos;  mientras  que  los  peli- 
gros nuevos,  repentinos  é  inopinados  impresionan  y 
llegan  á  consternar  á  los  espíritus,  por  fuertes  que  sean; 
en  cuanto  á  los  que  ya  teníamos  previstos,  y  nos  hemos 
hecho  casi  familiares  dándoles  vueltas  en  el  pensamien- 
to, nos  imponen  menos,  porque  aquel  constante  pensar 
sirve  como  una  costumbre  de  sufrirlos,  formando  á 
rnodo  de  un  callo  en  el  alma.  Igualmente  nos  fortalecen 
los  ejemplos  ajenos:  si  lo  hizo  éste  y  aquél  ^por  qué  he- 
mos de  ser  menos?  Y  cobramos  tanto  mayor  ánimo 
cuanto  más  creemos  aventajar  á  los  que  arrastraron 
los  mismos  peligros  con  éxito,  en  fuerzas  suficientes 
para  soportarlos  ó  rechazarlos:  en  elocuencia,  discre- 
ción, favor,  fortaleza,  ó  en  auxilios  de  los  amigos,  de 
lugar  ó  tiempo,  del  soberano,  de  Dios. 

Cuando  no  estimamos  grande  y  pernicioso  el  mal  que 
nos  amenaza  se  reafirma  el  ánimo,  v.  gr.,  sabiendo  que 
hay  dispuesto  un  bien  mayor  que  le  compense  amplia- 
mente, riquezas,  erudición,  gloria,  la  vida  inmortal.  El 
horror  y  la  desanimación  que  son  efectos  y  consecuen- 
cia del  miedo  en  el  alma  se  extienden  hasta  á  lo  pasado, 
según  la  frase  de  Virgilio:  «Horrorízase  el  alma  aun  con 
el  recuerdo»,  y  cuentan  de  un  tal  Judeo  en  la  Galia,  que 
al  volver  de  noche  del  campo  á  su  casa  dormido  sobre 
su  asno  y  habiendo  pasado  un  puente,  casi  destruido, 

20 


3o6  LIBRO  TERCERO 


por  una  estrecha  tabla,  pensando  al  día  siguiente  en  el 
peligro  que  había  corrido,  se  desmayó.  Y  es  que  la  ima- 
ginación nos  ofrece  el  objeto  como  presente,  según  diji- 
mos en  otra  parte. 

Los  temores  se  extienden  aun  hasta  á  lo  meramente 
posible:  díganlo  aquellos  esposos  que  se  lamentaban  sin 
compasión  por  haber  estado  conversando  junto  al  fuego, 
mientras  que  podían  haber  perdido  el  hijo  único  que  te- 
nían, que,  sin  embargo,  estaba  sano  y  bueno.  Ese  imperio 
de  la  fantasía  domina  extensamente  en  todas  las  pasio- 
nes. «Kl  miedo  se  ha  concedido  al  hombre  para  pre- 
caverse de  lo  que  ha  de  causarle  daño  antes  que  lle- 
gue á  él.» 


CAPITULO  XXII 


LA  ESPERANZA 


La  esperanza  del  deseo  es  una  forma,  á  saber:  la  con- 
fianza de  que  ocurrirá  lo  que  deseamos.  No  tiene  la  evi- 
dencia de  la  ciencia,  sino  la  conjetura  de  la  opinión,  ya 
probable  ó  ya  posible,  fundada  en  que  muchas  veces  ha 
sucedido  cosa  parecida  ó  en  alguna  ocasión;  que  en  casos 
iguales  pasa  lo  mismo;  que  por  alguna  razón  ó  motivo 
debe  suceder;  que  es  natural  que  ocurra,  ó  debe  creerse 
que  será  así  en  tal  circunstancia,  por  cual  causa,  en  este 
momento,  lugar  ó  situación. 

En  una  palabra:  no  hay  cosa  alguna,  por  liviana,  por 
pequeña,  lejana  ó  extraña  que  parezca  á  que  no  se  ad- 
hiera con  facilidad  el  alma  para  buscar  los  auxilios  de  la 
esperanza;  de  cualquier  cantidad  ó  género  que  sea  ello, 
tiene  suficiente  fuerza  para  sostenerla:  tan  exigua  es,  y 
de  tal  calidad  de  anzuelo  y  cebo.  «Cosa  agradabilísima 
es  la  persuasión  de  la  esperanza,  y  de  primera  necesi- 
dad en  la  vida»,  en  medio  de  tantas  miserias,  de  vicisi- 
tudes duras,  poco  menos  que  intolerables.  Sin  ese  con- 
dimento todo  resultaría  insípido  y  repugnante;  por  eso 
tiene  gran  sentido  la  ficción  de  la  caja  de  Pandora,  en  la 
cual,  desparramados  y  perdidos  todos  los  demás  bienes, 
quedó  sola  en  el  fondo  la  esperanza,  que  es  imagen  de  la 
vida  humana;  así  ha  hecho  el  Artífice  del  mundo  «que 
con  muy  ligeros  motivos  nazca  y  se  conserve  la  espe- 
ranza)^. 


CAPITULO  XXIII 


DEL  PUDOR 


Es  el  pudor  el  miedo  de  un  desdoro  que  no  trae  daño 
consigo.  Aristóteles  le  definió:  «Un  dolor  ó  perturbación 
del  alma  por  cosas  que  parecen  producir  deshonor.» 
Refiérese  á  todo  tiempo,  el  presente  y  el  pasado,  el  fu- 
turo y  hasta  el  posible;  y,  no  sólo  versa  sobre  el  desdoro 
en  sí,  sino  aun  sobre  el  peligro  de  que  admitamos  algo 
en  que  parezca  haber  riesgo  de  vileza. 

Siendo,  pues,  el  pudor  un  miedo  de  deshonra,  influye 
mucho  en  quienes  tienen  apego  al  honor,  los  cuales  te- 
men lo  contrario  de  éste  como  un  grave  mal. 

Así  lo  vergonzoso  como  lo  honroso,  son  de  muchas 
clases,  unas  propias  de  la  naturaleza  misma,  por  ser 
afectas  ó  refractarias,  naturalmente,  al  hombre:  la  justi- 
cia, la  humanidad,  la  modestia,  son  cosas  bellas  y  deco- 
rosas; son  deformes  sus  contrarias. 

Puede  lo  vergonzoso  derivarse  del  primer  delito  que 
se  comete;  al  corromperse  ya  la  naturaleza,  disminuye 
la  bondad  y  prevalece  el  vicio.  Este  reside  en  toda  mani- 
festación libidinosa,  según  leemos  en  el  Génesis,  cuando 
los  primeros  cónyuges  cubrieron  su  desnudez  después 
de  la  desobediencia;  y  ello  es  debido  á  que  la  nobleza  del 
alma  humana,  al  ver  que  sus  órganos  no  la  obedecen, 
sino  que  se  guían  por  algún  motivo  y  pasión  propia, 
retira  de  su  presencia  y  oculta  al  siervo  que  se  resiste  y 


CAP.    XXIII. — DEL  PUDOR  SoQ 

al  subdito  rebelde.  Por  eso  aquellos  cuyos  dichos  miem- 
bros no  desobedecen  á  la  razón  y  á  la  voluntad  huma- 
nas los  ocultan  menos  en  la  presencia  y  en  la  mención, 
porque  no  sienten  tanto  pudor:  así  pasa  en  la  inocencia 
primitiva,  en  los  ancianos  y  en  los  niños,  donde  con  la 
pubertad  viene  también  el  pudor  de  aquellos  objetos. 

Asimismo  hay  otra  clase  de  vergonzoso  en  la  ofensa 
natural  de  los  sentidos:  en  un  olor  ó  aspecto  feo  y  re- 
pugnante, como  sucede  con  todo  excremento  corporal, 
particularmente  en  los  que  salen  por  los  grandes  des- 
agües del  cuerpo;  cosas  que  son  de  suyo  vergonzosas; 
teniendo  el  carácter  de  alguna  obscenidad,  y  debiendo 
evitarse  las  palabras  y  referencias  de  ambos  géneros, 
porque  necesariamente  mueven  la  inteligencia  y  la  fan- 
tasía del  que  las  oye;  así,  en  los  dados  á  placeres  sexua- 
les excita  la  imaginación  actos  pecaminosos  de  deseo;  en 
personas  tristes,  repugnancia  y  náuseas  con  perturba- 
ción de  todo  el  cuerpo,  si  son  un  poco  delicadas.  Con 
esto  se  refuta  aquella  maliciosa  censura  de  los  cínicos  á 
la  humanidad  porque  tiene  vergüenza  de  mentar  actos 
necesarios,  sin  ser  pecado,  como  el  procurar  hijos,  eva- 
cuar el  vientre,  sonarse,  orinar,  y  no  se  avergüenzan  de 
hablar  públicamente  de  vicios  y  crímenes,  por  ejemplo, 
de  latrocinios,  hurtos,  fraudes,  traición  á  la  Patria,  viola- 
ción de  leyes,  tiranía.  Pero  esta  mención  de  delitos,  aun 
siendo  nefandos,  no  mueven  la  fantasía  hacia  cosas  ver- 
gonzosas ó  perjudiciales  al  cuerpo,  y  las  otras  sí,  aunque 
sean  necesarias  y  convenientes  á  la  naturaleza;  además, 
las  personas  prudentes  se  abstienen  de  mencionar  tales 
actos  ante  quienes  sospechan  que  pueden  imitarlos  al 
enterarse,  si  bien  más  por  el  peligro  ajeno  que  por  pro- 
pia bajeza,  y  si  refieren  alguno  de  ellos  es  condenándole 
para  advertencia  de  los  oyentes.  Estas  formas  de  lo  de- 
forme y  lo  decoroso  dan  origen  á  reglas  de  las  costum- 
bres y  juicios  humanos;  siendo  por  eso  de  gran  impor- 


5lO  LIBRO  TÉRCÉRÚ 


tancia  saber  cómo  pensamos  de  aquéllas  nosotros  y 
aquéllos  por  cuyo  criterio  nos  guiamos. 

El  concepto  del  decoro  y  de  la  deformidad  se  forma 
por  las  costumbres  ó  por  las  opiniones  admitidas;  de  ahí 
que  las  cosas  parecen  más  ó  menos  feas  á  cada  cual,  se- 
gún los  sentimientos  de  las  gentes  con  quienes  vivimos  y 
tratamos;  así,  nada  hay  más  oprobioso  para  el  soldado 
que  la  cobardía;  para  el  comerciante,  la  pobreza  ó  la  falta 
de  lealtad;  para  el  aficionado  á  la  literatura,  la  ignoran- 
cia; cualquiera  de  estos  defectos  que  se  les  atribuye  les 
causa  pudor,  y  hasta  las  semejanzas,  imágenes  ó  signos 
de  ellos. 

Son  vicios  los  actos  contra  lo  piadoso  y  lo  lícito,  contra 
lo  equitativo,  el  derecho,  las  leyes;  contra  las  institucio- 
nes de  los  antepasados,  contra  las  costumbres  del  país, 
contra  los  preceptos  de  los  sabios  y  los  consejos  de  los 
prudentes. 

El  carecer  de  las  bellas  cualidades  que  adornan  á  otros 
semejantes  nuestros,  ya  sean  particulares,  como  la  falta 
de  educación  noble  en  un  joven  ilustre,  ó  ya  públicas, 
como  la  de  las  leyes  ó  de  la  libertad  en  una  nación,  suele 
contarse  entre  los  vicios,  como  si  fuesen  cosa  que  hemos 
perdido  por  propia  culpa  ó  que  no  hemos  adquirido. 

Las  cosas  que  se  apartan  de  la  razón  común  imprimen 
vergüenza,  ya  se  trate  de  vicios  verdaderos  ó  de  cosas  in- 
diferentes, como  una  estatura  enorme  ó  una  exigua,  la 
deformidad  de  la  boca  ó  del  cuerpo,  los  defectos  de  pro- 
nunciación; y,  no  sólo  nos  avergüenzan  nuestras  defor- 
midades, sino  las  de  aquellos  que  son  muy  allegados 
nuestros,  las  cuales  redundan  en  nosotros  como  las  nues- 
tras en  ellos:  por  ejemplo,  las  de  nuestros  padres,  abue- 
los, hijos,  nietos,  consanguíneos;  de  los  soberanos  y  los 
subditos,  de  los  tutores  y  pupilos.  Es  la  mayor  de  todas 
la  de  los  padres,  consignada  en  aquel  verso  griego:  «Na- 
die es  tan  excelente  y  confiado  en  sus  virtudes  á  quien 


CAP.   XXIII.— DEL  PUDOR  3ir 

no  afecte  la  ignominia  de  sus  padres»;  porque  los  vicios 
de  ellos  parecen  derivar  en  nosotros,  cual  hereditarios, 
por  la  semejanza  de  naturaleza. 

Con  todo,  para  quien  considera  bien  las  cosas,  nada 
de  aquello  lleva  consigo  un  pudor  justo  y  legítimo,  ex- 
cepto los  casos  en  que  hay  alguna  culpa  de  nuestra  parte, 
como  pasa  en  los  defectos  de  los  encomendados  á  nues- 
tro cuidado  y  gobierno:  hijos,  discípulos,  esposa,  pupi- 
los, subditos,  clientes,  la  familia  y  amigos  en  general, 
según  la  frase:  «Tolerando  los  vicios  del  amigo  los  haces 
tuyos»;  y  lo  mismo  en  aquellos  que  á  nuestra  solicitud 
toca  evitar  «ó  corregir;  por  lo  cual  hasta  las  leyes,  los 
hábitos  piadosos  y  las  buenas  instituciones  tradicionales 
en  un  país  no  tienen  buena  fama  en  otros  si  aquél  no  se 
mejora  con  todas  aquellas  cualidades,  como  dijo  San  Pa- 
blo: «Por  vosotros  se  habla  mal  del  nombre  de  Dios  en 
las  naciones.» 

Con  motivo  del  pudor  y  de  la  ignominia  ajenas,  tam- 
bién nos  avergonzamos  al  conocerlos,  ó  si  hemos  sido 
sus  causantes  ó  maestros,  auxiliares  y  colegas;  lo  mismo 
cuando  alguien  se  avergüenza  sin  motivo,  no  siendo 
digno  de  él  ese  sentimiento;  también  nos  sonrojamos  de 
la  impudencia  ajena  al  ver  que  no  se  inmuta,  ó  muy 
poco,  aquel  que  debía  avergonzarse.  Los  que  ven  que  no 
se  les  muestra  la  reverencia  que  estiman  se  les  debe, 
por  ciertas  personas,  ó  en  algún  lugar,  tiempo  ó  circuns- 
tancia, no  sólo  se  avergüenzan  sino  que  se  indignan  y 
encolerizan  á  menudo,  tanto  más  cuanto  mayor  es  el 
mérito  que  se  atribuyen,  y  son  más  apasionados  del 
honor.  Las  personas  modestas  se  avergüenzan  de  reci- 
bir alabanzas  ordinarias,  como  dice  Cicerón  de  Cayo 
Aquilio  en  la  oración  por  Publio  Quintio:  es  que  temen 
hacerse  sospechosos  de  arrogancia  si  escuchan  impávi- 
dos sus  elogios,  como  pareciendo  que  los  reconocen  y 
aprueban. 


3í2  LIBRO  TERCERO 


Aun  los  que  desconocen  esas  diferencias  entre  lo  feo 
y  lo  decoroso  tienen  miedo  á  la  deshonra,  y  otras  veces  se 
avergüenzan  sin  motivo  como  los  niños  y  la  mayoría  de 
loscampesinos— deaquí  elrubor  característicodeéstos — . 
Pero  los  que  de  nada  de  ello  se  preocupan  tampoco  se 
avergüenzan,  cosa  debida  á  distintas  causas;  unos  lo  ig- 
noran por  falta  de  educación,  v.  gr.,  los  rústicos,  los  hijos 
de  gente  pobre,  otros  por  haberse  echado  á  la  vida  vi- 
ciosa hasta  perder  completamente  los  respetos  propios 
del  hombre,  por  ejemplo,  los  ladrones,  meretrices. y  me- 
diadores; los  hay  también  que  van  impulsados  á  la  des- 
esperación por  sus  desgracias,  y  de  ahí  á  odiar  el  honor, 
como  los  miserables,  los  mendigos  ydeshonrados.  Otros, 
en  cambio,  se  creen  superiores  á  todos  los  demás,  y  que 
pertenecen  á  una  clase  que  no  tiene  que  guardar  respeto 
alguno  á  nadie,  como  los  soberanos,  los  maestros,  los 
padres  y  los  ancianos,  los  hombres  arrogantes  que  des- 
precian á  todos  cual  inferiores;  de  otro  lado,  los  que 
piensan  modestamente  de  sí  propios,  sienten  más  á  me- 
nudo pudor,  no  de  parte  de  las  cosas,  sino  de  su  condi- 
ción misma;  y  los  que  se  ufanan  de  no  ser. inferiores  á 
nadie  ni  subditos,  afectan  de  propósito  su  impudencia, 
á  la  par  que  buscan  ocasión  en  que  se  deba  manifestar 
pudor  para  ostentar  esa  confianza  en  sí  mismos. 

Están  en  la  mejor  y  principal  categoría  los  corifeos 
de  la  ciencia  que  se  burlan  de  estas  vulgares  distincio- 
nes de  los  conceptos,  teniéndolos  ellos  muy  superiores, 
más  minuciosameute  pensados  y  conformes  al  criterio 
de  verdad. 

Al  discernir  lo  hermoso  y  lo  deforme  se  tienen  en 
cuenta  las  circunstancias  de  «lugar»;  así,  v.  gr.,  en 
Etiopía  no  es  feo  el  color  negro,  ni  la  pequenez  de  esta- 
tura entre  los  pigmeos,  ni  el  robo  en  Lacedemonia;  las 
de  «tiempo»,  por  ejemplo,  los  juegos  y  bromas  durante 
las  fiestas  saturnales;  las  de  «personas»,  bien  sea  la  pro- 


ÓAP.    XXlII.  —  DEL  PÚDÓR  3l3 

pia,  V.  gr.,  porque  es  más  indecoroso  en  un  magistrado 
que  en  un  particular  hacer  una  cosa  fea;  bien  la  ajena, 
cuando  nos  avergonzamos  más  en  presencia  de  aquellos 
cuya  reprobación  tememos  que  nos  traiga  mayor  des- 
honra, ya  por  nuestro  concepto  de  ellos,  v.  gr.,  de  pa- 
dres, tutores  ó  maestros,  ya  por  el  de  todos  ó  de  la  ma- 
yoría, de  los  príncipes  y  de  los  más  considerados  en 
sabiduría,  en  su  juicio  de  las  cosas,  en  virtud,  y  muy 
principalmente,  de  aquellos  que  están  exentos  de  la  ig- 
nominia que  tememos,  pues  menos  vergüenza  nos  causa 
hacer  algo  indecoroso  entre  los  que  obran  de  igual 
modo. 

Más  nos  avergonzamos  ante  aquellos  que  nos  causan 
respeto;  lo  contrario  nos  sucede  con  las  personas  á  cuyo 
juicio  no  damos  importancia,  como  son  los  niños  y  los 
necios.  Lo  que  se  hace  delante  de  muchos  causa  más 
pudor  que  si  es  en  presencia  de  pocos,  con  circunstan- 
cias iguales  por  lo  demás;  así,  nos  da  mucha  vergüenza 
hacer  manifestación  de  algo  indecoroso  á  vista  de  quien 
sospechamos  que  habrá  de  referirlo,  y  más  aún  que  lo 
divulgará  por  todas  partes,  como  hacen  los  que  tienen 
esa  costumbre,  los  habladores,  los  que  lo  hacen  con 
gusto,  V.  gr.,  los  enemigos  ó  quienes  tienen  medios  al 
efecto,  como  los  escritores  de  renombre  ó  los  que  tratan 
con  muchas  y  elevadas  personas. 

Si  el  amor  está  unido  con  la  opinión  de  grandeza,  va 
también  acompañado  del  pudor;  en  otro  caso,  no  le  lleva 
como  sucede  entre  iguales.  Se  entiende  por  grandeza 
toda  alta  cualidad  que  se  reputa  como  tal,  ya  sea  de 
condición  y  fortuna,  ya  de  cuerpo,  alma  y  entendimien- 
to. También  contribuye  al  pudor  la  esperanza,  pues 
cuando  esperamos  recibir  algún  bien  de  cualquier  géne- 
ro, ó  creemos  que  lo  es,  de  una  persona,  nos  invade  el 
rubor  en  presencia  de  ella,  á  la  más  pequeña  señal  de 
falta  de  decoro,  por  miedo  de  que  se  frustre  nuestra 


3l4  LIBRO  TERCERO 


esperanza,  pues  deseamos  vivamente  parecería  bien 
para  lograr  nuestro  fin. 

Son  signos  de  la  fealdad:  el  acto  de  reprender  ó  incre- 
par, la  gritería,  la  burla  y  mofa,  las  palabras,  señales  y 
gestos,  las  voces  desordenadas. 

El  pudor  hace  afluir  á  las  mejillas  el  rubor,  ó  sea  la 
vergüenza;  porque  el  peligro  del  miedo  es  de  una  condi- 
ción que  para  desecharle  hace  falta  el  auxilio  del  cora- 
zón, es  decir,  del  calor  que  en  él  se  acumula.  Mas  tam- 
bién hay  en  el  pudor  cierta  perturbación  del  alma  por  la 
creencia  del  desdoro;  entonces  se  arrebata  el  calor  á  la 
cabeza  y  de  allí  se  esparce  por  el  rostro.  Por  eso  á 
M.  Catón  no  gustaba  que  el  niño  se  quedase  pálido  en 
momentos  de  pudor,  ni  que  el  soldado  enrojeciese  en  la 
pelea;  en  éste  es  prueba  de  cobardía;  en  aquél,  de  con- 
fianza propia  é  impudencia. 

Más  vergüenza  nos  causan  nuestras  torpezas  presen- 
ciadas, que  oídas,  y  mucho  mayor  ante  la  vista  de  per- 
sonas á  quienes  respetamos.  Por  eso  es  general  bajar  la 
vista  el  avergonzado;  á  veces  separarla  ó  cerrar  los  ojos. 
Al  sonrojarse  los  niños  se  los  cubren  con  las  manos,  y 
también  la  cara,  en  un  movimiento  natural. 

Al  tratar  Sócrates  del  amor,  en  el  Fedro  de  Platón, 
ocultábase  la  cara  con  el  manto,  como  si  se  ocupase  en 
materia  poco  digna  de  él;  de  aquí  la  verdad  del  prover- 
bio «El  pudor  está  en  los  ojos». 

Apenas  aparece  en  la  oscuridad;  y  si  lleva  uno  en- 
vuelta en  ropa  la  cabeza  y  no  es  conocido,  es  menor  el 
pudor,  si  bien  hay  gentes  más  delicadas  que,  aun  estan- 
do solas,  se  avergüenzan,  ya  cuando  ejecutan  algo  feo, 
ya  por  recordar  lo  que  hicieron. 

El  pudor  perturba  el  alma,  como  el  miedo,  aunque  no 
con  tan  gran  tormento;  con  todo,  confunde  las  ideas  y 
arroja  fuera  los  pensamientos  acertados. 

Puede  esto  comprobarse  en  personas  doctas  y  cuerdas 


CAP.  xxíii. — DEL  Pudor 


iii 


al  empezar  á  hablar  ante  la  multitud  ó  ante  algún  prín- 
cipe á  quien  tengan  gran  respeto. 

El  deseo  poderoso  de  alguna  cosa  sacude  la  vergüenza, 
como  pasa  entre  los  amantes  ó  cuando  se  está  en  peligro 
de  perder  algo  querido,  la  vida,  un  hijo. 

Por  ese  motivo  no  se  avergüenzan  mucho  los  avaros 
si  tienen  alguna  esperanza  de  lucro.  Tampoco  los  viejos, 
ya  por  hallarse  entre  jóvenes,  á  quienes  consideran 
como  inferiores  ó  como  hijos,  á  menos  que  los  tengan 
por  más  fuertes,  como  sucede  con  príncipes,  poderosos, 
ó  bien  que  sean  sus  patronos;  también  sucede  lo  mismo 
si  no  los  impulsa  tanto  el  decoro  ó  el  desdoro,  como  lo 
útil  ó  lo  inútil. 

Se  ha  concedido  el  pudor  á  los  hombres  «á  modo  de 
un  pedagogo».  En  efecto:  así  el  niño  como  el  joven  care- 
cen de  consejo  por  ignorancia  de  las  cosas  de  la  vida;  si 
confían  en  sí  propios,  sufrirán  muchos  perjuicios,  y, 
á  fin  de  conformarse  con  la  opinión  de  los  prudentes,  tie- 
nen por  estímulo  el  pudor,  que  los  hace  respetar  á  sus 
superiores. 

Son  superiores,  por  razón  del  número,  cuando  se  re- 
únen muchos;  otros  por  edad,  la  práctica  en  la  vida,  la 
prudencia,  la  instrucción  en  leyes  y  costumbres,  las  opi- 
niones paternas,  ya  universales  ó  en  mayoría,  ó  de  aque- 
llos que  están  en  gran  predicamento.  Nada,  por  tanto, 
es  más  útil  para  quien  desconoce  los  deberes  humanos; 
además,  impiden  que  se  desborden  y  divaguen  las  pasio- 
nes, sirviendo  de  educación  á  niños  y  mujeres,  de  las 
cuales  nada  ha  podido  decirse  más  deprimente  que  lo 
consignado  en  las  Sagradas  Escrituras  respecto  de  aque- 
lla «que  había  desechado  el  pudor»;  así  también  la  sen- 
tencia del  filósofo,  que  vio  avergonzarse  á  un  niño: 
«Está  tranquilo,  hijo  mío;  ese  es  el  color  de  la  virtud.» 
Además  sirve  de  freno  para  los  vicios,  á  fin  de  que  no 
se  lance  el  joven  á  actos  que  sean  indecorosos  é  incon- 


^i6 


LIBRO  TERCERO 


venientes  para  él  y  para  los  demás,  porque  no  ejecuten 
cosa  alguna  torpe  ó  pecaminosa,  con  malicia  ó  falta  de 
decoro,  ya  por  razón  de  la  persona,  de  la  edad,  del  tiem- 
po y  el  lugar,  de  la  vida  social  y  de  la  humanidad.  Es, 
en  fin,  grandemente  necesario  el  pudor  a  todos  cuantos 
havan  de  vivir  en  mutua  comunicación  v  sociedad. 


CAPITULO  XXÍV 


DEL  ORGULLO 


Es  el  orgullo  una  hinchazón  del  alma  por  creencia  de 
un  bien  eximio,  que  da  honor  y  mérito,  y  que  puede  ser 
actual,  pasado  ó  futuro.  Están  clavadas  en  nuestro  pecho 
las  raíces  de  ese  mal,  porque  de  su  amor  nace  el  que 
cada  uno  se  profesa  naturalmente  á  sí  mismo,  el  cual, 
cuando  va  unido  á  la  ignorancia,  se  obceca  y  hace  que 
nos  creamos  mejores  que  todos,  y  muy  dignos,  por  lo 
mismo,  de  cualesquiera  bienes.  Esta  opinión  pasa  de 
nosotros  á  aquellos  á  quienes  amamos  en  extremo,  por- 
que son  otros  «yo»,  según  hemos  dicho  antes. 

Así,  la  fuente  primera  del  orgullo  es  el  inconsiderado 
amor  que  cada  cual  se  tiene  á  sí  propio,  y,  como  todo 
aquello  que  surge  inconsideradamente,  tiene  que  influir 
mucho  en  las  personas  rudas,  burdas  ó  estúpidas,  en  las 
imprudentes  é  irreflexivas,  pues  los  doctos,  despiertos  y 
moderados,  aquellos  que  dirigen  su  vista  hacia  adentro, 
reconocen  bien  que  ningún  mortal  tiene  de  qué  envane- 
cerse. Los  biliosos,  aun  los  instruidos  y  agudos,  están 
expuestos  á  ese  mal  de  no  contenerse  con  gran  reflexión 
y  refrenarse,  por  decirlo  así;  se  lanzan  violentamente  en 
medio  de  perturbaciones  del  alma,  y  también  porque  el 
fuego  se  propaga  con  facilidad,  y  la  cólera  esparcida  por 
todo  el  cerebro  sacude  de  pronto,  como  de  un  golpe, 
toda  la  fuerza  de  la  razón.  Muy  á  menudo  esa  gran  os- 


3l8  LIBRO  TERCERO 


curidad  de  la  irreflexión  ensombrece  la  inteligencia, 
hasta  el  punto  de  que  los  más  orgullosos  son  quienes 
tienen  menos  motivos  y  más  nimios  para  ensalzarse. 

Del  orgullo  nace  la  arrogancia,  pues  como  el  orgulloso 
se  cree  digno  de  los  mayores  bienes,  estima  grandes, 
únicos,  los  más  excelentes  de  todos  aquellos  que  posee  y 
de  donde  toma  origen  su  orgullo:  así,  el  noble,  su  raza; 
el  hermoso,  la  belleza;  el  agudo,  el  ingenio.  Cuanto  á 
esto  se  agrega  de  otra  parte,  es  pequeño,  inferior  á  su  dig- 
nidad; pero  si  se  atribuye  á  otros,  se  piensa  que  excede 
del  mérito  y  calidad  de  ellos,  por  envidia  y  malevolen- 
cia, que  son  compañeros  del  orgullo.  Todo  lo  que  sea 
capaz  de  conquistar  honor,  autoridad  y  dignidades  trata 
de  obtenerlo  realmente  ó  finge  que  lo  posee,  y  evita  cuan- 
to de  cualquier  modo  pueda  dañar  á  su  estima;  de  aquí 
su  ardiente  deseo  de  ostentar  los  bienes  de  que  goza,  de 
hacerlos  ver  á  los  demás;  su  cuidado  y  diligencia  en 
ocultar  sus  vilezas,  no  sólo  en  las  cosas  mismas,  sino 
por  su  lenguaje  jactancioso,  con  los  gestos  de  todo  el 
cuerpo.  Y  como  nuestra  admiración  aumenta  el  valor 
de  aquello  que  es  raro,  nuevo,  inaudito  y  singular, 
queremos  que  los  demás  se  convenzan  de  que  lo  po- 
seemos, exhibiéndolo  en  las  dotes  del  alma,  en  las  cosas 
del  cuerpo,  en  aquello  que  toca  á  la  vida,  hasta  en  el 
comer,  vestir,  jugar  y  andar;  en  las  mayores  futilidades 
donde  nada  importa  conducirse  y  obrar  de  este  ó  de 
otro  modo.  Aun  en  aquellos  puntos  en  que  es  peligrosa 
la  novedad,  afecta  el  orgulloso  discrepar  de  los  demás, 
abrirse  por  sí  propio  el  camino  que  emprende;  de  ahí 
nuestras  absurdas  afirmaciones  en  la  enseñanza  para 
demostrar  que  ha  implantado  algo  nuevo;  de  ahí  la  mal- 
querencia hacia  los  que  hacen  cosas  mejores  ó  iguales, 
pues  consiguen  que  no  sean  únicas  y  propias  nuestras, 
que  es  lo  que  más  apetecemos. 

Nada  desea  tanto  el  orgulloso  como  alguna  semejanza 


CAP.    XXIV.  —  DEL  ORGULLO  3ig 

con  Dios;  no  ciertamente  por  bondad,  sino  por  el  poder 
V  la  grandeza;  el  no  necesitar  de  nadie,  y  de  él  muchos; 
no  ser  subdito  de  ninguno,  pero  tenerlos  él  numerosos; 
que  nadie  le  haga  beneficios,  y  poder  hacerlos  él.  Para 
ostentar  los  orgullosos  su  grandeza  se  conducen  en  una 
forma  que  no  es  amable,  sino  temible:  aparentan  y  se 
jactan  de  tener  riqueza,  recursos,  poderío,  desprecio  de 
los  demás  como  muy  distantes  de  sí;  no  se  dignan  con- 
versar con  ellos;  usan  un  tono  de  voz  grave;  emplean 
palabras  sonoras,  trágicas,  la  irrisión  y  la  burla,  quere- 
llas y  amenazas,  haciéndose  intolerable  su  insolencia  en 
hechos  y  dichos.  En  cualquier  género  de  disputa  apa- 
rece su  indomable  pertinacia,  contra  toda  autoridad  y 
frente  á  la  verdad  más  evidente,  hasta  en  contra  de  lo 
que  es  bueno  y  útil  al  mismo  orgulloso;  porque  todo  lo 
pospone  á  su  preeminencia  para  no  ser  inferior  en  cosa 
alguna.  Por  eso  no  toleran  ser  amonestados  ni  quieren 
ser  enseñados;  todo  cuanto  han  adquirido  lo  mantienen; 
de  ahilas  sectas  y  partidos;  preferirían  que  cambiase  la 
verdad  y  la  índole  de  las  cosas  antes  que  sus  afirmacio- 
nes, aun  sabiendo  que  son  erróneas  muchas  veces.  Sigue 
al  orgullo  la  ira,  porque  piensa  que  nunca  se  le  conoce 
tanto  como  merece;  luego  el  deseo  de  venganza,  el  cas- 
tigo en  las  ocasiones,  ó  también  la  circunspección  hacia 
toda  palabra,  signo  ó  gesto  ajenos  que  pueda  indicar  algo 
deshonroso  para  él. 

El  orgullo  es  suspicaz;  convierte  en  calumnia,  con  la 
interpretación  más  maliciosa,  lo  que  se  ha  dicho  ó  eje- 
cutado con  la  mayor  sencillez. 

Por  esta  malacostumbre,  equivalente  á  una  exagerada 
indulgencia  consigo  propio,  el  espíritu  se  hace  sensible 
en  extremo  y  muy  poco  sufrido  respecto  de  todo  cuanto 
sucede  contra  su  voluntad;  de  ahí  el  enojo,  la  indigna- 
ción más  rabiosa  y  las  reprobaciones,  no  sólo  contra  los 
hombres,  sino  hasta  contra  Dios,  tácitas  las  más  veces; 


320  LIBRO  TERCERO 


Otras,  expresas  y  manifiestas.  Esta  ignorancia  tan  crasa: 
esta  falta  de  reñexión  tan  imprudente  no  nos  permiten, 
cuando  meditamos  sobre  nuestros  bienes,  pensar  de 
quién  proceden;  quién  nos  los  dio,  de  qué  modo  y  por 
qué  razones.  No  nos  ocurre  la  idea  de  Dios;  creemos 
que  es  nuestra  aplicación  y  diligencia,  nuestro  mérito, 
quien  nos  los  ha  proporcionado,  y  así  leemos  en  Eze- 
quiel  de  la  persona  del  diablo:  «Yo  me  formé»,  que  equi- 
vale á  «besar  su  mano»,  cosa  que  es  una  gran  im- 
piedad. 

El  orgullo  se  desliza  en  el  alma  prodigiosamente  como 
por  terreno  minado;  á  menudo  nace  de  grandes  virtudes; 
otras  veces  nos  envanecemos  pensando  en  nuestra  mis- 
ma moderación,  y  aun  al  reflexionar  que  somos  orgu- 
llosos y  lo  sentimos,  vuelve  el  alma  sobre  sí,  pero  segui- 
mos siéndolo  porque  la  degrada  su  orgullo. 

Es  en  verdad  ondulante  aquel  reptil  enemigo  nuestro; 
mas  también  está  muy  corrompida  nuestra  materia  por 
la  larga  tradición  de  los  vicios.  En  ocasiones  despierta 
el  orgullo  un  régimen  recto  de  vida;  «enferma  curando», 
según  la  antigua  expresión,  y  «se  eleva  inclinándose», 
como  se  cuenta  de  la  palma.  En  efecto:  cuando  aconse- 
jamos á  uno  que  confíe  en  su  virtud,  que  es  un  bien  ver- 
dadero y  sólido,  y  no  en  nuestro  linaje,  riquezas,  belle- 
za, elocuencia,  instrucción  y  favor,  que  son  cosas  vanas, 
ocurre  muchas  veces  que,  despreciando  la  advertencia, 
cree  que  lo  principal  en  él  es  aquello  de  lo  cual  se  le 
manda  no  ensalzarse,  y  que  posee  gran  erudición,  be- 
lleza ó  dotes  semejantes,  puesto  que  ve  ser  necesario  un 
remedio  para  no  engreírse  con  tan  buenas  cualidades. 
Así,  al  aplicar  la  medicina,  se  recrudece  la  enfermedad, 
pues  se  rechaza  aquélla  por  molesta  ó  se  omite  como 
inútil;  mientras  que  resulta  agradable  y  se  favorece 
cuidadosamente  la  causa  de  la  enfermedad,  que  pa- 
rece contener  un  honor.  Por  eso  hace  falta  gran  arte 


CAP.  XXIV.  —  DEL  ORGULLO  321 

para   reprimir    esta   fiera   de   tan   múltiples   formas   y 
cabezas. 

El  orgullo  impide  que  se  hagan  grandes  progresos  en 
la  ciencia,  en  parre  por  vergüenza  de  aprender  á  fin  de 
no  parecer  inferior,  y  también  porque  los  orgullosos 
pasan  la  mayor  parte  de  la  vida  en  la  ambición,  la  envi- 
dia, la  ira  y  el  afán  de  venganza.  Ocupados  de  esta 
suerte,  no  cabe  en  su  pensamiento  idea  alguna  sana.  Y 
así  como  los  animales  envenenados,  cuanto  comen  algo 
saludable  lo  convierten  en  veneno,  cuanto  hace  el  or- 
gullo lo  aplica  á  procurarse  honores  y  conseguir  reputa- 
ción. Como  desea  ser  singular  y  único,  al  oír  hablar  de 
alguno  con  alabanza,  presenta  al  instante  sus  méritos 
para  comparar,  como  superiores.  Preguntado  Temís- 
tocles  cuál  era  la  música  más  grata  á  su  oído,  contestó: 
«El  lenguaje  de  quien  me  alaba.»  Gusta  que  le  enco- 
mien hasta  por  aquello  que,  no  sólo  está  cierto  de  no  te- 
nerlo, sino  que  también  lo  saben  otros;  así  dijo  una  mu- 
jer á  su  sirvienta  que  la  ensalzaba:  «Mientes;  pero  me 
agradas.»  Siente  que  los  demás  se  fijen,  piensen  y 
hablen  de  otra  cosa  que  de  él  mismo,  creyendo  que 
no  hacen  su  deber,  pasándole  por  alto,  según  es- 
cribe Tranquilo  acerca  de  Calígula.  Por  eso  quisieran 
que  se  borrase  toda  altura  como  perjudicial  á  su  propio 
esplendor,  de  igual  modo  que  ciertos  príncipes  sien- 
ten una  tácita  molestia  cuando  se  recuerda  el  poder 
divino,  y  desean  que  nadie,  ni  el  mismo  Dios,  fuese  su- 
perior á  ellos.  Calígula  aparentaba  tener  enemistad  con 
Júpiter. 

Tan  convencido  está  el  orgulloso  de  su  preeminencia, 
que  cree  debía  estar  hbre  de  las  leyes  humanas,  y  que- 
dar inmune  aunque  haga  lo  que  quiera,  á  la  vez  que  es 
un  juez  severísimo  para  los  demás,  y  no  sólo  que  sean 
impunes  sus  actos,  sino  lo  que  es  más  intolerable  aún, 
que  haya  exentos  de  las  leyes,  de  la  naturaleza,  en  cosas 

21 


322  LIBRO  TERCERO 


bien  hechas,  sin  ser  subditos  del  sumo  y  omnipotente 
Dios;  así  algunos  creen  vergonzoso  orar  en  los  templos, 
rogar  á  Dios  humildemente,  arrugar  el  rostro  al  recuer- 
do de  los  delitos,  ó  verter  algunas  lágrimas.  Oportuna 
es  la  exclamación  consagrada  al  orgullo:  «Se  avergüen- 
za de  tener  miedo  á  César.» 

El  orgullo  hace  al  alma  hinchada,  y  por  lo  mismo 
vacía,  como  el  fuego  al  agua,  y  así  lo  vemos  en  los  cuer- 
pos biliosos, dondeseproducenfácilmente  flatos  y  vientos. 

En  toda  clase  de  vicios,  excepto  el  orgullo,  pueden 
coexistir  la  paz  y  la  concordia,  á  lo  cual  aluden  los.  Pro- 
verbios de  Salomón:  «Entre  los  orgullosos  siempre  hay 
querellas»;  porque  los  otros  viciosos  desean  lo  que  to- 
dos desean  conseguir,  no  así  los  primeros.  El  soberbio 
sólo  tiene  algún  viso  de  amistad  con  aquel  que  le  está 
sometido,  ó  por  adulación  en  las  cosas  ó  por  condescen- 
dencia en  las  palabras.  No  hay  que  persuadir  al  orgu- 
lloso de  que  se  abstenga  de  las  pasiones  que  son  fronte- 
rizas de  la  humillación:  el  miedo,  la  alegría  abierta,  la 
condescendencia,  la  ostentación;  si  bien  aquél  se  rebaja 
en  ocasiones  para  ser  luego  más  ensalzado;  de  igual 
modo  que  retroceden  los  que  quieren  saltar  más,  así  á 
veces  complace  con  la  mayor  abyección  para  dominar 
con  menos  poder,  y  se  somete  aun  á  los  más  necesita- 
dos y  los  menos  puros  si  con  ello  cree  ganar  un  paso  en 
la  dominación,  como  sucedió  antiguamente  á  Cayo  Ma- 
rio  y  Julio  César,  y  ocurre  á  diario  á  nuestros  príncipes. 

Existe  también  una  cierta  cortesía  y  educación  orgu- 
llosísima,  no  por  honor  de  otro,  sino  de  nosotros  mis- 
mos, para  ser  considerados  como  buenos  y  prudentes  y 
bien  educados:  de  tales  dice  Jesús  en  el  Eclesiástico: 
«Hay  quien  se  humilla  malignamente,  y  sus  interiorida- 
des están  llenas  de  engaño.» 

Esta  pasión  es  muy  efervescente:  nace  y  crece  en  si- 
tios, tiempos  y  lugares  cálidos;   por  ejemplo,  en  el  me- 


CAP.  XXIV.  — DEL  ORGULLO  323 

diodía,  en  las  guerras  y  altercados.  Cuando  mayor  im- 
portancia se  da  al  bien  que  creemos  poseer,  más  levanta 
su  cresta  esa  especie  de  gallo,  como  si  fuese  el  más  raro, 
que  disfrutaron  muy  pocos,  los  más  distinguidos,  ó  nin- 
gún humano.  Se  examinan  y  tienen  en  cuenta  las  opinio- 
nes de  los  presentes:  así  se  envanece  en  los  campamen- 
tos y  en  los  francos  de  guerra  el  soldado  animoso;  el 
sabio  ilustre  en  las  academias;  al  contrario,  pierde  bríos 
el  hombre  estudioso  en  medio  de  los  arreos  militares, 
como  el  soldado  entre  los  libros.  Por  lo  mismo  los  más 
orgullosos  de  todos  son  los  nobles,  y  los  hermosos, 
porque  así  el  linaje  como  la  belleza  son  muy  apreciados 
en  todas  partes;  además,  los  ricos,  porque,  como  dijo  el 
sabio:  «todo  obedece  al  dinero»,  y  á  quien  le  tiene  se  le 
da  honor  universalmente. 

El  orgullo  se  quebranta:  primero  por  la  sabiduría, 
por  la  reflexión  en  nuestra  vileza;  también  cuando  sa- 
bemos claramente  que  los  otros  no  ignoran  que  carece- 
mos de  los  bienes  que  aparentamos,  ó  saben  que  no  son 
nuestros,  sino  con  relación  al  tiempo:  lo  mismo  si  vie- 
nen tantos  males  que  preponderen  sobre  los  bienes  creí- 
dos y  nos  llevan  al  encogimiento  de  alma,  ó  al  miedo  y 
horror  por  el  gran  peligro  que  haya. 

Siendo  una  pasión  cálida,  se  entibia  con  el  enfria- 
miento del  cuerpo,  por  los  alimentos,  por  el  lugar;  los 
bienes  pasados,  si  los  consideramos  en  sí,  nos  levantan 
el  ánimo,  al  par  que  le  deprimen  si  los  comparamos 
con  la  vergüenza  déla  suerte  actual,  pensando  que  los 
perdimos  por  culpa  nuestra,  y  más  si  además  es  infame, 
por  traición,  hurto,  latrocinio,  adulterio,  azar,  impru- 
dencia ó  locura. 

No  era  mala  aquella  primera  semilla  del  orgullo,  de 
la  cual  degeneró  en  tan  gran  maldad;  era  para  que  el 
hombre,  creyéndose  nacido  en  condición  excelente,  se 
amase  y  considerase    digno  de  los  bienes  mayores  y 


324  LIBRO  TERCERO 


verdaderos,  esto  es,  de  los  celestiales,  para  desearlos 
con  toda  su  alma.  Pero,  caído  en  la  ignorancia,  se  apartó 
mucho  de  aquel  rin  hasta  parar  en  el  deseo  de  cosas 
viles  y  las  más  vanas,  á  las  cuales  llamó  bienes,  y  las 
puso  en  lugar  de  aquellos  otros  eternos. 

Brujas,  año  de  i538. 


índice 


PAGS. 


Prólogo V 

Introducción xi.'i 

Nota  biográfica xxxix 

Prefacio i 

Libro  primero 5 

Capítulo  I. — De  la  facultad  acreedora 12 

Cap.   II. — De  la  generación 17 

Cap.   III. — De    los    sentidos 22 

Cap.  IV. — ^De  la  vista 24 

Cap.  V.— Del  oido 28 

Cap.  VI. — Del  tacto 32 

Cap.  VII. — Del  gusto 34 

Cap.   VIII.— Del   olfato 36 

Cap.   IX. — De  los  sentidos  en  general 38 

Cap.   X. — Del   conocimiento    interior 45 

Cap.  XI. — De  la  vida  racional 50 

Cap.  XII. — ¿Qué  es  el  alma? 52 

Libro  segundo 67 

Capítulo  I. — De  la  inteligencia  simple 70 

Cap.  II. — De  la  memoria  y  el  recuerdo 73 

Cap.   III. — De   la   inteligencia   compuesta 84 

Cap.   W. — La   razón 85 

Cap.   V. — >E1  juicio 97 

Cap.  VI. — Del  ingenio loi 

Cap.  VIL — Del  lenguaje 108 

Cap.  VIII. — De  la  manera  de  aprender 112 

Cap.  IX. — Del  conocimiento  ó  la  noción 121 

Cap.  X, — De  la  reflexión 125 

Cap.   XI. — La  voluntad 127 

Cap.  XIL — Del  alma  en  general 135 


320  ÍNDICE 


PAGS. 


Cap.    XIII.— Del   sueño 138 

Cap.  XIV. — De  los  ensueños 142 

Cap.   XV. — El  hábito 149 

Cap.  XVI. — De  la  vejez 152 

Cap.  XVII. — De  la  longevidad 155 

Cap.  XVIII.— De  la  muerte 158 

Cap.  XIX. — De  la  inmortalidad  del  alma  humana...  160 

Libro  tercero 183 

Capítulo  I. — Enumeración  de  las  pasiones 190 

Cap.  II. — Del  amor 193 

Cap.  III. — Los  deseos 205 

Cap.    IV. — De  ambos   géneros  de   amor   indistinta- 
mente   208 

Cap.  V. — Del  favor 22^ 

Cap.  VI. — ^De  la  veneración  ó  respeto 229 

Cap.  vil — ^De  la  misericordia  y  la  simpatía 235 

Cap.  VIII. — iLa  alegría  y  el  gozo 241 

Cap.    IX. — El    deleite 244 

Cap.  X. — De  la  risa 250 

Cap.  XI. — Del  disgusto 255 

Cap.  XII. — Del  desprecio 259 

Cap.  XIII. — ^De  la  risa  y  el  enojo 260 

Cap.  XIV.— Del  odio 271 

Cap.  XV. — De  la  envidia 273 

Cap.  XVI.— De  los   celos 281 

Cap.  XVII. — De  la   indignación 285 

Cap.  XVIII. — De  la  venganza  y  de  la  crueldad 288 

Cap.    XIX. — De   la   tristeza 292 

Cap.  XX. — De  las  lágrimas 296 

Cap.   XXL— Del   miedo 298 

Cap.    XXII. — La    esperanza 307 

Cap.    XXIIL— Del    pudor 308 

Cap.  XXIV.— Del  orgullo 317 


ESTE  TOMO  SE  ACABO  DE  IMPRIMIR 
EN  LA  TIPOGRAFÍA  DE     ''lA     LECTURA 
EL  DÍA  14  DE  NOVIEMBRE 
DEL  AÑO  MCMXVI 


EDICIONES    DE   LA    LECTURA 

PASEO  DE  RECOLETOS,  25.   MADRID 
CLÁSICOS   CASTELLANOS 

OBRAS   PIBLICADAS 

Santa  Teresa. — Las  Moradas.  Prólogo  y  notas  por  don  Tomás 
Navarro.    (Vol.  i.o  de  la  Bibl.) 

Tir.so  de  Molina. — Teatro.  {El  Vergonzoso  en  Palacio  y  El  Bur- 
lador de  Sevilla.)  Prólogo  y  notas  por  don  Américo  Castro. 
(Vol.  2.0  de  la  Bibl.) 

Oai'cilaso. — Obras.  Prólogo  y  notas  por  don  Tomás  Navarro.  (Vo- 
lumen  3.0  de  la  Bibl.) 

<^"ervantes. — Dox  Quijote  de  la  Mancha.  Prólogo  y  notas  por  don 
Francisco  Rodríguez  Marín,  de  la  Real  Academia  Española. 
(Vols.  4.0,   6.0,   8.0,  10,   13,   16,   19  y  22  de  la  Bibl.) 

Qnevedo. — Vida  dki.  Buscón.  Prólogo  y  notas  por  don  Américo 
Castro.  (Vol.  5.0  de  la  Bibl.) 

Torres  Villarroel. — Vida.  Prólogo  y  notas  por  don  Federico  de 
Onís.  (Vol.  7.°  de  la  Bibl.) 

Duque  de  RiA-as. — Romances.  Prólogo  y  notas  por  don  Cipriano 
Rivas  Cherif.  (Vols.   9.0  y  12  de  la   Bibl.) 

B.o  Juan  cTe  Avila. — Epistolario  espiritual.  Prólogo  y  notas  por 
don   Vicente  G.  de   Diego.  (Vol.    11   de  la  Bibl.) 

Aretpreste  (Te  Hita. — Libro  de  Buen  Amor.  Prólogo  y  notas  por 
don  Julio  Cejador.  (Vols.   14  y  17  de  la  Bibl.) 

Guillen  de  Castro. — Las  Mocedades  del  Cid,  Prólogo  y  notas  por 
don  Víctor  Said  Armesto.  (Vol.   15  de  la  Bibl.) 

3rarqués  die  Santillana. — Canciones  y  decires.  Prólogo  y  noíns 
por   don  Vicente  G.  de  Diego.   (Vol.    18  de   la  Bibl.) 

Fernando  de  Rojas. — La  Celestina.  Prólogo  y  notas  por  don  Ju- 
lio Cejador.  (Vols.  20  y  23  de  la  Bibl.) 

Villcíías. — Eróticas  o  amatorias.  Prólogo  y  notas  por  don  Narciso 
Alonso  Cortés.  (Vol.  21  de  la  Bibl.) 

Poema  de  >íio  Cid".  Prólogo  y  notas  por  don  Ramón  Menéndez 
Pidal,  de  la  Real  Academia  Española.  (Vol.  24  de  la  Bibl.) 

La  Vida  de  Tiazarillo  de  Tormes.  Prólogo  y  notas  por  don  Julio 
Cejador.  (Vol.  25  de  la  Bibl.) 

Fernando  de  Herrera. — Poesías.  Prólogo  y  notas  por  don  Vicente 
García  de  Diego.  (Vol.  26  de  la  Bibl.) 

Cervantes. — Novelas  ejemplares.  (La  Gitanilla.  Rinconete  y  Corta- 
dillo y  La  Ilustre  Fregona.)  Tomo  L  Prólogo  y  notas  por  don  Fran- 
cisco Rodríguez  Marín,  de  la  Real  Academia  Española.  (Vol.  27 
de  la  Bibl.) 

Fray  Luis  de  León. — De  los  no?*ibres  de  Cristo.  Tomo  L  Prólogo 
y  notas  por  don  Federico  de  Onís,  (Vol.  28  de  la  Bibl.) 


Fray  Antonio  de  Guevara. — Menosprecio  de  Corte  y  alabanza 
DE  ALDEA.  Prólogo  v  notas  por  don  M.  Martínez  de  Burgo>í 
(Vol.  29  de  la  Bibl.) 

Xiereniberg. — Epistolario.  Prólogo  y  notas  por  don  Narciso  Alon- 
so Cortés.  (Vol.  30  de  la  Bibl.) 

Quevedo. — Los  Sueños.  Tomo  I.  Prólogo  y  notas  por  don  Julio 
Cejador.  (Vol.   31    de  la  Bibl.) 

PRECIOS:   En   rústica,  3   pesetas;  encuadernado  en  tela,  4; 

ÍDEM    EN    piel.    5. 


CIENCIA   Y   EDUCACIÓN 

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Sánchez  Rivero.    Precio  :  6  pesetas  rústica,   7,50  tela. 

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Barnés.  Precio:    1.50  pesetas  rústica,  2,50  tela. 

Davidson.  La  Educación  griega.  Traducción  del  inglés  por  Juan 
Uña.   Precio :   3    pesetas  rústica,  4  tela. 

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Gloria  Gixer   de    Ríos.    Precio:   2,50  pesetas  rústica,  3,50   tela. 

I\  Xatorp.  Curso  de  Pedagogía  genera!.  Traducción  del  alemán  por 
María   de    Maeztu.    Precio:    1.50   pesetas   rústica,   2,50    tela. 

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Abel  Rey.  Lógica.  Traducción  por  Juli.án  Besteiro.  Precio  :  6  pese- 
tas encuademación  tela. 

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usual.   Precio  :   8  pesetas  encuademación  tela. 

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tas tela. 

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Abel    Rey.    Psicología.    Traducción    por    DoMiNno    Barnés.    Precio: 

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setas rústica,  2,50  tela, 

JLavlsse,  Monod,  Altamira  y  Cossío.  La  Enseñanza  de  la  Historie. 
(monografías).  Traducción  por  Domingo  Barnés.  Precio  :  1,50  pe- 
setas rústica,  2,50  tela. 


Edmundo  Lozano.  La  Enseñanza  de  las  Ciencias  físicas  y  natu- 
rales.  Precio:    1,50  pesetas  rústica,  2,50  tela. 

Oonipayré.  Pestalozsi  y  la  Educación  elemental.  Traducción  por 
Ángel   Regó.   Precio:    1,50  pesetas  rústica,   2,50  tela. 

Conipayré.  Herbart.  Traducción  por  Domingo  Barnés.  Precio:  1,50 
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Conipayré.  Herbcrt  Spencer.  Traducción  por  Domingo  Barnés. 
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mán por  Lorenzo  Luzuriaga.  Precio  :   3,50  pesetas  rústica,  5  tela. 

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alemán  por  Lorenzo  Luzuriaga,  y  prólogo  de  José  Ortega  Gasset. 
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l'estalozzi.  El  Método.  Traducción  del  alemán  por  Lorenzo  Luzu- 
riaga.   Precio:    0,50   pesetas  rústica,    1,50   tela. 

Milton.  De  Educación.  Traducción  del  inglés  por  Natalia  Cossío. 
Precio  :    i    peseta  rústica,  2  tela. 

Montaigne.  Ensayos  pedagógicos.  Traducción,  prólogo  y  notas  por 
Luis  de  Zulueta.    Precio  :   3  pesetas  rústica,  4,50  tela. 


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zano. Precio  :   1,50  pesetas. 

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Historia   de  España. — Grados   i.o,  2.°  y  3.0,  por  Rafael  Altamira. 
Geografía. — Grados   i.o,  2.0  y  3.0  ^ 

Ciencias    físico-químicas    y   naturales. — Grados    i.o   y   2.0,   por 

Edmundo    Lozano  y   Ángel    Cabrera. 
Gramática    castellana. — Resumen,    por  M.    de  Unamuno. 
Geometría. — Resumen,  por  Luis  Gutiérrez  del  Arroyo. 


BIBLIOTECA   DE  JUVENTUD 

F-Lil3lioa.ca.os 

EL  COXDE  LiUCAXOR. — Adaptado  para  los  niños  por  Ramón 
M.    Tenreiro,    ilustrado    por   A.    Vivanco.    Precio :    i .^o   pesetas. 

LA  VIDA  ES  SUEÑO.— Drama  de  Calderón  de  la  Barca,  adaptado 
a  manera  de  cuento  por  Ramón  M.  Tenreiro,  ilustrado  por  Fer- 
nando !NLarco.   Precio  :  2  pesetas. 

IIEKXAX  CORTÉS  Y  SUS  HAZAxAS.  por  la  Condesa  de  Pardo 
Bazán,  ilustrado  por  A.  Vivanco.  Precio :   2  pesetas. 

PLATERO  Y  YO. — Elegía  andaluza,  por  Juan  Ramón  Jiménez^ 
ilustrado   por   Fernando  Marco.   Precio  :  2  peseta^. 

FÁBULAS  LITERARLVS.  por  Tomás  de  Iriarte,  ilustradas  por 
P.  Muguruza.   Precio :   2  pesetas, 

EL    CALIFA  CIGÜEÑA  y   otros   cuentos,   de   W.   Hauff,    narrados 
por  R.  M.  Tenreiro.  ilustraciones  de  P.  Muguruza.  Precio  :  2  pesetas. 


J.    J  O  K,  O- E  isr  S  E  3sr 
VIDA   DE   SAX   FRANCISCO   DE   ASÍS 

.       TRADLXCIOX  DE  RAMOX  MARL\  TENREIRO 
PRECIO:   En  rústica,   5  pesetas;  encuadernado  en  piel,  8-. 

SHAKESPEARE 

EL.      R,  E  "Sr      31.  E -A.  R 

traducción   de  jacinto  benavente 
PRECIO:    En    rústica,   2   pesetas:   encuadernado   en   tela,    3. 


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